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ABISMO NEGRO: CONFESARON LA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE EN AAA – TODO ERA MENTIRA

Una de las leyendas del pancracio mexicano. Cuatro maestros para un solo muchacho que llegaba todos los días al gimnasio a las 5 de la mañana sin importar el calor. Su primera identidad fue Alex Dinamo. Duró poco, después fue Pequeño Samurá. Tampoco prendió. Furor fue el siguiente. El público apenas lo recordaba.

Tres máscaras gastadas, 10 años invertidos y un público que todavía no aprendía su nombre. Cualquier otro luchador habría renunciado. Andrés no renunció. A principios de los 90 adoptó el nombre que iba a usar durante 5 años. The Winners. Llegó a la DAA, la empresa que estaba revolucionando la lucha libre mexicana. Y aunque The Winners tampoco lo hizo famoso, lo metió por la puerta correcta.

En el 97, Andrés Palomeque debutó bajo un nuevo nombre y una nueva máscara negra, abismo negro. 9 días después de su debut, apareció en el Royal Rumble de la World Wrestling Federation en el prhow transmitido para Estados Unidos, 26 años. Máscara negra brillante, traje oscuro, mirada de rudo.

Por primera vez en su vida, el niño que había perdido a su padre estaba en el único lugar donde los hombres con máscara no se podían ir. Arriba del cuadrilátero, frente a las cámaras con un nombre que pesaba. Aquella aparición en la WF abrió todas las puertas. Lo metieron en una nueva facción de la triple A llamada Los Vipers, junto a psicosis, Histeria y otros luchadores rudos.

Andrés se convirtió en líder, carismático arriba del ring, sonriente afuera de él y desarrolló un movimiento de firma que iba a marcarle la carrera y, sin saberlo, la vida. Se llamaba El Martinete. En inglés lo conocían como Pile Driver. En México estaba prohibido. Lo prohibieron porque mataba. Consistía en levantar al rival por los pies, voltearlo de cabeza, encajarle el cráneo entre los muslos y dejarse caer al suelo.

La coronilla del rival impactaba directamente contra la lona. Las vértebras cervicales se comprimían. El cráneo absorbía toda la fuerza sin posibilidad de desviarse a un lado. Había paralizado luchadores en México, mandado al hospital a varios. matado a otros tantos en distintos países. Andrés decidió que ese, exactamente ese sería su movimiento firma.

Aceptaba la descalificación, aceptaba perder la máscara en luchas de apuesta, aceptaba la sanción de la comisión. Jamás aceptó dejar de hacerlo y el público le puso un nombre que iba a usar hasta la muerte. El rey del Martinete, el luchador obsesionado con el único movimiento capaz de matarlo. A finales de los 90 principios de los 2000, Abismo Negro era ya una figura central de la triple A.

Triple manías. Rey de reyes, giras nacionales. Una pequeña aparición en TNA en Estados Unidos. Funciones en Japón, en Michinoku Pro Wrestling y en Pro Wrestling Noah. Pero la verdadera explosión vino de la televisión. Televisa lo metió como juez en un programa familiar matutino llamado Cale, con la máscara puesta, con el traje completo, sentado en el panel de jueces, decidiendo concursos de talento de niños y de familias mexicanas que aparecían en cadena nacional.

Lo apodaron el juez de hierro de la televisión, otro matutino. Mismo formato, misma máscara negra, el rudo del cuadrilátero convertido en un personaje que las madres mexicanas veían tomando café por las mañanas mientras planchaban. En 10 años había construido lo que el niño de 4 años nunca tuvo. Identidad, reconocimiento, casa propia, familia completa, una máscara que nadie le podía quitar.

Y todo eso, exactamente todo eso, lo iba a destruir él mismo con sus propias manos. A principios de los 90, justo antes del nacimiento de abismo negro, Andrés se casó con una mujer llamada Blanca Perla García, boda modesta, civil. Después religiosa en la misma iglesia de Villahermosa, donde la abuela María de Jesús lo había bautizado de bebé.

Tuvieron cuatro hijos, tres niñas y un niño. La casa familiar estaba en la Ciudad de México, colonia de clase media Patiochico, garaje para un coche. Una vida sencilla escondida detrás de la máscara pública del rudo de la triple A. Blanca Perla nunca apareció en televisión, nunca dio entrevistas. Vivió 15 años casada con el rey del Martinete y la mayoría del público mexicano nunca supo cómo era su cara hasta que el cáncer entró a su casa.

A mediados de los 2000, Blanca Perla empezó a sentir un bulto en el seno izquierdo. Pequeño, doloroso al tacto. Fue al doctor. Le hicieron una mamografía, después una biopsia, después una segunda biopsia. El diagnóstico llegó como un puñetazo seco al pecho. Cáncer de mama. Etapa avanzada. Tratamiento agresivo de quimioterapia. Mastectomía probable.

Pronóstico reservado. Tres niñas pequeñas y un niño todavía más chico viendo có la má perdía el pelo en mechones, cómo se le hundían los ojos, cómo le costaba levantarse de la cama para hacerles el desayuno. Y mientras Blanca Perla luchaba contra el cáncer en una clínica de la Ciudad de México, su esposo, el rey del Martinete, el juez con máscara de la televisión, estaba haciendo otra cosa.

Algo que su esposa moribunda no sabía, algo que sus cuatro hijos tampoco, algo que ningún periódico publicó nunca con su nombre, algo que iba a matarlo se meses después. En el verano del 2008, durante una gira nacional de la triple A, Andrés Palomchique conoció a la luchadora más sexy del momento. 22 años, Pelo Largo, Cuerpo de gimnasio, Ojos Verdes, la promesa femenina más caliente, la Triple A. Le decían sexis Star.

Él tenía 37, 14 años más que ella. Esposo con 15 años de matrimonio, padre de cuatro hijos, con una esposa moribunda recibiendo quimioterapia a 2,000 km de distancia. Empezaron una relación clandestina durante esa gira. Óteles, camerinos, coches rentados, mensajes a horas raras, llamadas escondidas a las 3 de la mañana.

La esposa estaba conectada a una bolsa de quimioterapia. El esposo estaba dentro de un hotel de Acapulco con una luchadora de 22 años. Esa fue la traición que se sembró aquel verano. Pero lo que el espectador no sabe todavía es lo que pasó después, lo que él hizo cuando esa traición empezó a comerlo por dentro. Guarda esto en tu mente porque aquella relación clandestina del verano del 8 fue solo el principio.

El 20 de marzo del 2009, viernes por la noche, Abismo Negro luchó en una función de la triple A en Mazatlán, Sinaloa. Función rutinaria, nada especial. Una de tantas, en una gira de tantas, terminó la lucha cerca de la medianoche. Se cambió en el camerino, cargaba dos cosas con él que llevaba semanas cargando a todas partes. Una biblia gastada, una cruz de madera colgada al cuello bajo la camiseta.

A las 12:30 de la madrugada del 21 abordó un autobús de la línea elite con destino a la ciudad de México. Iba acompañado por otros luchadores de la misma empresa. Una hora después, en el kilómetro 190 de la carretera de Cuota Mazatlán Tepic, Andrés se levantó de su asiento y empezó a gritar. Sus compañeros luchadores, despertados de golpe lo vieron caminando por el pasillo del autobús, con los ojos abiertos como platos. Sudaba. temblaba.

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