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El viento de levante soplaba sobre Jerez de la Frontera con una furia inusitada aquella noche, trayendo consigo el aroma dulzón de las bodegas y un calor denso que ahogaba el aliento. Sin embargo, no fue el viento lo que despertó a Alejandro. Fue un sonido. Un crujido húmedo, seguido de un alarido agudo y desgarrador que no pertenecía a este mundo.

Alejandro, cuya vida entera estaba dedicada a la crianza del Caballo de Pura Raza Española, conocía cada sonido que sus animales podían emitir. Conocía el relincho de saludo, el bufido de impaciencia, el gemido sordo de un cólico. Pero aquello… aquello era el grito de un monstruo en el abismo.

Saltó de la cama, la camisa pegada al cuerpo por el sudor frío. Cogió la linterna pesada de la mesita de noche y la escopeta de caza por puro instinto. Sus botas resonaron contra el empedrado del patio andaluz, mientras el corazón le golpeaba las costillas con la fuerza de un martillo. A medida que se acercaba a las caballerizas principales, el hedor lo golpeó como un muro físico. No era el olor a heno limpio, a cuero engrasado y a sudor equino al que estaba acostumbrado. Era un hedor férrico, espeso y nauseabundo. El olor inconfundible de la sangre caliente, mezclado con la acidez de vísceras expuestas.

Encendió los focos halógenos del recinto. La luz blanca y estéril parpadeó antes de iluminar una escena que quedaría grabada a fuego en su cordura hasta el fin de sus días.

El establo parecía un matadero. Faraón, su semental tordo más premiado, un animal de una belleza y nobleza legendarias, estaba en el centro del pasillo. Pero ya no era noble. Sus ojos, normalmente grandes y expresivos, estaban inyectados en sangre, las pupilas dilatadas hasta consumir el iris, dándole una apariencia demoníaca. De su boca no colgaba bocado ni rienda, sino un trozo palpitante de carne cruda y crin blanca.

A sus pies yacía Duquesa, la yegua campeona de doma clásica. Estaba viva, emitiendo ese chillido agónico que había despertado a Alejandro, mientras Faraón hundía sus dientes, diseñados para arrancar hierba, profundamente en el cuello de ella, rasgando músculo y tendón con una fuerza salvaje. La mandíbula del semental crujía con una potencia antinatural, masticando la carne de su compañera.

—¡Faraón! ¡No! —rugió Alejandro, el pánico y la incredulidad estrangulando su voz.

Disparó la escopeta al aire, un estruendo ensordecedor que hizo temblar el techo de uralita. Normalmente, cualquier caballo se habría encabritado, aterrorizado por el ruido. Faraón apenas giró la cabeza. La sangre oscura y arterial le manchaba el pecho blanco y el morro. Miró a Alejandro, y en esa mirada no había nada del animal que él había criado desde potrillo. Había una inteligencia depredadora, hueca y absolutamente enloquecida por un hambre insaciable. Un hambre que no era de este mundo.

En los boxes adyacentes, el infierno se había desatado. Los caballos pateaban las puertas de roble con una violencia suicida, astillando la madera, rompiéndose los cascos hasta dejarlos en carne viva. Alejandro vio cómo Lucero y Viento, dos potros inseparables, se mordían la cara a través de los barrotes, arrancándose jirones de piel hasta dejar el hueso del cráneo al descubierto, ajenos al dolor, consumidos únicamente por el deseo de devorar al otro.

Alejandro cayó de rodillas, el cañón de la escopeta golpeando el suelo manchado de sangre. El mundo giraba a su alrededor. Sus majestuosos andaluces, el orgullo de Jerez, símbolos de elegancia y paz, se habían convertido en bestias antropófagas. Era una aberración contra la naturaleza. Era imposible.

Pasó las siguientes horas en un trance de horror. Tuvo que tomar decisiones que destrozaron su alma. Con las manos temblorosas y el rostro bañado en lágrimas, usó el arma para poner fin al sufrimiento de Duquesa y de los potros mutilados. Logró encerrar a Faraón y a los demás supervivientes en boxes aislados, reforzando las puertas con barras de hierro. Desde el interior, los golpes rítmicos y los mordiscos contra la madera continuaron hasta el amanecer, acompañados de gruñidos que sonaban a rabia pura.

Cuando el sol despuntó sobre los viñedos, bañando la tierra albariza en un tono dorado, la policía rural y los veterinarios ya estaban allí.

El doctor Manuel Vargas, un veterinario con cuarenta años de experiencia en caballos cartujanos, salió de las caballerizas con el rostro pálido como la ceniza. Se quitó los guantes manchados de sangre y encendió un cigarrillo con manos temblorosas.

—No lo entiendo, Alejandro —murmuró Vargas, exhalando el humo grisáceo—. He hecho análisis rápidos. No es rabia. No es el virus del Nilo Occidental. No hay toxinas botulínicas conocidas en los comederos ni en el agua. Neurológicamente, es como si una sección de sus cerebros, el córtex frontal, hubiera sido borrada y reemplazada por el instinto primario de un depredador carnívoro. Pero eso no sucede de la noche a la mañana.

—Se estaban comiendo, Manuel —susurró Alejandro, mirando al vacío—. Se estaban masticando. He visto a perros pelear, he visto lobos en la sierra, pero esto… esto era odio y hambre. ¿Por qué?

—No lo sé. Me llevaré muestras de sangre y tejido al laboratorio en Sevilla. Hasta entonces, cuarentena absoluta. Nadie entra, nadie sale. Tienes que vigilarlos de cerca. Si esto es contagioso, podría acabar con toda la industria ecuestre de Andalucía.

La noche siguiente, Alejandro no durmió. Se atrincheró en el guadarnés, rodeado del olor a cuero y monturas, con la escopeta cargada sobre las rodillas, mirando un monitor conectado a las cámaras de seguridad que había instalado a toda prisa.

A las dos de la madrugada, ocurrió de nuevo.

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