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 En México, un pastor sufrió un accidente brutal; atrapado, clamó a Carlo Acutis y ocurrió un milagro

 El olor específico de ese edificio que uno aprende a reconocer como el olor de casa después de suficientes años de entrar por esa puerta. Abrí con mi llave, encendí las luces, revisé que todo estuviera en orden, las sillas en filas rectas, el podio con el micrófono ajustado a mi altura, las biblias en la mesa de la entrada para quien llegara sin la suya, el sistema de sonido que el hermano Toño revisa cada sábado y que ese domingo estaba funcionando perfectamente como casi siempre funciona cuando el hermano Toño

lo revisa. Me senté en la primera fila. Abrí mis notas del sábado. El tema estaba decidido desde el viernes cuando recibí el mensaje de la hermana Rosario diciéndome que su nieta le había preguntado si Carlo Cutis era de verdad un santo y que ella no había sabido qué responder.

 Ese mensaje me llegó mientras estaba preparando el sermón del domingo y cambió lo que iba a predicar, porque hay momentos en que la semana te dice cuál es el tema que el domingo necesita y ese era uno de esos momentos. La canonización había sido el 7 de septiembre, 8 días antes de ese domingo. Y en esos 8 días el nombre de ese muchacho italiano había entrado a los grupos de WhatsApp de mi congregación con una presencia que yo no esperaba y que no me gustó cuando la vi.

 No porque el tema me asustara, sino porque conozco a mi gente y sé lo que pasa cuando algo nuevo aparece en sus teléfonos y no encuentra una respuesta clara desde el púlpito. Encuentra respuesta en otro lado y el otro lado no siempre es el lugar que uno quisiera. Mi trabajo ese domingo era claro, darles las herramientas para responder, decirles lo que tenían que saber sobre Carlo Acutis, sobre los santos, sobre la diferencia entre lo que la Biblia enseña y lo que la Iglesia Católica Romana enseña, con la claridad y la firmeza que esos temas requieren cuando uno tiene

responsabilidad pastoral sobre un grupo de personas que confían en que uno les va a decir la verdad. Eso iba a hacer. Eso hice a las 9:30. El salón estaba lleno de la manera en que está lleno regularmente las familias de siempre en sus lugares de siempre. Los jóvenes en las filas de atrás con esa energía que tienen cuando están en un lugar que les importa, pero que todavía no han aprendido a habitar con la quietud de los que llevan más años.

 Los visitantes ocasionales mezclados entre ellos que uno reconoce porque son los que miran alrededor con esa mezcla de curiosidad y de querer pasar desapercibidos al mismo tiempo. Adoramos. Oramos juntos. Tomé el micrófono y prediqué. Prediqué con una contundencia que sorprendió a mi propia congregación que lleva 22 años acostumbrada a mi estilo directo.

 Sorprendió porque ese domingo yo no estaba simplemente predicando un tema doctrinal. Ese domingo yo estaba respondiendo algo que sentía que estaba invadiendo un espacio que no le pertenecía. Y cuando uno responde eso desde el púlpito, la voz tiene una carga diferente que la gente percibe, aunque no sepa nombrarlo. Les dije que la canonización de Carlos Cutis era un ejemplo más de como la Iglesia Católica Romana usaba figuras humanas para llenar un vacío que solo Cristo puede llenar.

Que los santos no son intermediarios. Que la Biblia no enseña que oremos a los muertos. que un muchacho de 15 años que hacía páginas web sobre milagros eucarísticos no era diferente en términos espirituales a cualquier otro joven con buenas intenciones, que vivió y murió. Que los milagros no se fabrican con exposiciones de internet, que los santos no se construyen con campañas mediáticas, que el pueblo de Dios no necesita figuras humanas para tener fe viva, porque tiene a Cristo que es suficiente, que siempre ha sido suficiente, que

nunca va a dejar de ser suficiente. Les dije que su trabajo cuando alguien les preguntara sobre Carlo Acutis era responder con amor, pero con claridad. Que podían reconocer que ese muchacho posiblemente fue una buena persona sin validar la teología que la Iglesia construyó alrededor de su figura. Prediqué todo eso con la Biblia abierta en la mano izquierda y el micrófono en la derecha y 22 años de estudio y de ministerio detrás de cada palabra.

 Y en ese momento lo creía completamente. Eso necesito que lo entiendas. En ese momento, parado frente a mi congregación con la voz firme y los amenes llegando en los momentos correctos, no había ninguna duda en mí. No había ninguna grieta. Era un hombre completamente convencido de lo que estaba diciendo.

 Los amenes llegaron donde tenían que llegar. El silencio de la atención completa estuvo donde tenía que estar. Cuando terminé y bajé del púlpito, varios hermanos se acercaron de inmediato. La hermana Rosario me dijo que ahora sabía exactamente qué responderle a su nieta. El matrimonio joven de la fila 4 me preguntó si podía recomendarles material de estudio sobre las diferencias doctrinales.

Un joven de 18 años que había estado siguiendo páginas de Carlo Acutis en redes sociales me dijo que el sermón le había abierto los ojos. Me sentí bien con esa satisfacción específica del trabajo bien hecho, de haber cumplido con lo que me correspondía, de haber protegido a mi gente de algo que yo veía como un peligro real y que había respondido con las herramientas que 22 años me habían dado para responderlo.

Me quedé en la puerta después del servicio como hago todos los domingos. Despedí a los fieles uno por uno. Oré con quien necesitó oración. Hablé con quien necesitó hablar. Escuché lo que había que escuchar. 22 años de darle la mano a mi gente en la puerta de esa iglesia, todos los domingos me han enseñado que los pastores que desaparecen después del sermón pierden algo que no se recupera desde el púlpito.

 La gente necesita ver que el que predica también escucha, que el que tiene autoridad para hablar también tiene humildad para quedarse. Y fue justamente ahí, en esa puerta, con la mano todavía tibia de tanto saludar, que se me acercó alguien del equipo con esa cara de quien no viene a traer un chisme, sino un dato que pesa.

 No lo dijo para herirme, lo dijo como quien avisa que el agua ya llegó al cuello. Me miró y soltó, casi sin aire, que más del 60% de la iglesia ya no estaba viniendo, que se habían ido y se habían convertido al catolicismo y que lo raro era que no se estaban yendo quebrados ni resentidos. se estaban yendo en paz.

Quise reaccionar como antes, con la defensa lista, con la frase preparada, con esa urgencia fingida que suena a celo, pero en realidad es miedo de perder el control. Solo que algo no me dejó, porque mientras él hablaba, me empezó a contar lo que yo no quería escuchar, pero necesitaba ver. Me dijo que familias que llevaban años durmiendo en la misma casa como extraños estaban volviendo a conversar sin gritar.

 ¿Qué matrimonios que ya tenían la separación en la punta de la lengua estaban aprendiendo a pedir perdón sin sentirse humillados? Que hijos que no pisaban una mesa en paz estaban regresando a comer juntos y que en más de una casa se había vuelto normal rezar otra vez, no por obligación, sino por alivio. Y ahí apareció el detalle que me clavó.

No era solo que se habían ido, era que estaban teniendo acceso a un libro digital, que se lo pasaban como quien comparte agua en medio de un incendio y que ese libro estaba cambiando vidas. Lo decían sin exageración, con ese tono raro de quien no quiere convencer a nadie, solo explicar por qué por fin pudo respirar.

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