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Justicia de Dos Caras: El Escandaloso Blindaje de los Intocables en el Poder

En el panorama político actual de México, parece haberse instaurado un sistema judicial con dos raseros completamente distintos. Un sistema donde la justicia, lejos de ser ciega, tiene una visión sumamente selectiva, capaz de distinguir a la perfección los colores partidistas antes de emitir una orden. La Fiscalía General de la República ha demostrado una celeridad asombrosa para sentar en el banquillo a los adversarios políticos, pero sufre de una extraña e incomprensible parálisis cuando los expedientes criminales señalan a los nombres más pesados del partido gobernante. La indignación ciudadana no deja de crecer al observar cómo se configura una verdadera lista de consentidos, un grupo privilegiado de la impunidad política donde gobernadores, operadores y altos cargos parecen ser completamente inmunes a la ley y a los citatorios judiciales.

Para ilustrar esta terrible disparidad, basta con observar lo ocurrido recientemente con la gobernadora del estado de Chihuahua, Maru Campos, perteneciente a la oposición. El pasado 27 de mayo, la fiscalía no titubeó un solo segundo en citarla a comparecer, junto al exfiscal César Jáuregui, para rendir cuentas sobre un operativo antinarcóticos realizado en abril, el cual contó con la participación de agentes estadounidenses. Hasta este punto, la exigencia de transparencia parece el estándar adecuado de una democracia saludable. Sin embargo, el contraste resulta verdaderamente brutal cuando se analiza el trato dispensado a Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa, y a otros funcionarios de su administración. A pesar de haber sido señalados directamente en Estados Unidos por presuntos vínculos alarmantes con el crimen organizado, a Rocha Moya únicamente se le convocó a una amable “entrevista”

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