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RUBÉN ‘EL PÚAS’ OLIVARES: COMO VIVE hoy es MUY TRISTE | La Caída del Campeón c

RUBÉN ‘EL PÚAS’ OLIVARES: COMO VIVE hoy es MUY TRISTE | La Caída del Campeón c

Un hombre bajito de unos 70 y tantos, con una chamarra que le quedaba grande y los zapatos polvosos, empujaba con trabajo un carrito de supermercado. Adentro del carrito no había mandado ni bolsas ni pan. Había nada más dos cinturones viejos, dos cinturones de campeón mundial de boxeo con el cuero descarapelado y las placas doradas opacadas por el tiempo.

 El hombre caminaba despacio con la mirada pegada al suelo y de pronto, cuando una señora lo reconoció en la esquina, se detuvo. Ella se le acercó, lo miró a los ojos y le preguntó con voz temblorosa si de verdad era él, si de verdad era el púas. El hombre del carrito levantó apenas la cabeza y sonrió con esa sonrisa suya, cansada, ni a media cara, como de gallo viejo que todavía sabe pelear aunque ya no tenga cresta.

 El mismo señora, el mismo púas de siempre. La señora se puso a llorar ahí mismo en medio de la banqueta, porque acababa de entender algo que millones de mexicanos no saben todavía, que Rubén Olivares, el ídolo del pueblo, el campeón, el mismo que paraba a México los sábados en la noche, hoy anda así, así, empujando un carrito con sus propios trofeos adentro porque no tiene para las medicinas del mes.

 Y lo peor no es eso. O peor es lo que pasó esa misma semana, unos días después, cuando alguien entró a su casa y se quedó parado en medio de la sala sin poder hablar, porque lo que vio ahí dentro, lo que encontró entre esas cuatro paredes, es la imagen más dura y más triste que haya dejado un ídolo del boxeo mexicano en décadas.

 En los próximos minutos te voy a contar lo que vio esa persona en casa del Púas. Pero antes de empezar, dime una cosa en los comentarios. ¿Tú recuerdas alguna pelea del Púa Olivares en la televisión? La primera contra Chucho Castillo, la del Foro Olímpico, la noche que le ganó a Liyon el Rose o aquella vez que lo viste en una película de ficheras y no podías creer que ese boxeador también supiera actuar.

 Escríbelo porque lo que vas a escuchar ahora te va a hacer entender que entre aquel joven de cabello rebelde que saltaba al ring con los brazos en alto y este señor que empuja un carrito con sus propios cinturones, pasaron cosas que casi nadie se atrevió a contar. Dicen que el niño Rubén era delgado, nervioso, con el pelo tieso levantado como espinas de puerco espín.

De ahí le salió el apodo. Le decían púas porque así traía la cabeza, porque así cargaba la mirada, porque así repartía los primeros golpes que tiró en la calle antes de que nadie pensara siquiera que ese morrito iba a llegar a ser. Una década después, uno de los hombres más famosos de México.

 La casa donde vivía no tenía dinero. Su madre trabajaba largas jornadas. Su padre iba y venía. Y Rubén, desde muy chavo, aprendió que si quería comer algo más que frijoles y tortilla, tenía que buscárselo. Se metió a vender dulces en los camiones, a cargar costales en el mercado, a repartir periódico y entre un trabajo y otro se colaba en un gimnasio del rumbo, miraba a los boxeadores, les imitaba los movimientos y se iba soñando con un cinturón que todavía no tenía idea de cómo era.

 Su primer instructor fue el barrio y después, cuando ya tuvo 15 o 16 años, lo adoptó un hombre que iba a marcar el resto de su vida, Arturo Cuo Hernández, un promotor curtido que al verlo pegar al costal se quedó callado unos segundos y le dijo dos palabras que a él le cambiaron el destino. Tú sirves, muchacho, tú sirves.

 Debutó a los 17 años, noqueó al primero, al segundo, al tercero, al cuarto. No paraba de tirar al piso a sus rivales. De los primeros 22 combates, 21 los ganó por knockout. Una racha absurda, casi inverosímil, que empezó a poner su nombre en las crónicas deportivas antes de que cumpliera los 20 años. Mr.

 Knockout, le empezaron a decir el niño prodigio de Bondojito, el sucesor del ratón Macías. Y los estadios se fueron llenando y los promotores lo empezaron a pelear y las bolsas que al principio eran miserables empezaron a crecer mes con mes. Todo cambió el 22 de agosto de 1969. Esa noche en Inglewood, California, Rubén el Púa Olivares se enfrentó al australiano Lion el Rose, campeón mundial peso gallo, y lo tiró a la lona en el quinto asalto con un gancho de zurda que, según los cronistas, sonó como un costal de harina cayendo desde un tercer piso. Cuando el referíe

levantó el brazo del mexicano, el público, en su mayoría mexicano, en su mayoría inmigrante, en su mayoría gente humilde que había juntado centavo a centavo para ir a ver a su paisano, se puso a llorar y a gritar y a abrazarse. El Púas era campeón del mundo a los 22 años con apenas 5 años de carrera profesional.

 Esa noche dicen durmió con el cinturón puesto, no se lo quiso quitar ni en la regadera y a partir de ahí empezó la otra historia, la que tiene dos caras, la del campeón que llenaba plazas y la del hombre que sin darse cuenta se metió a un tobogán del que ya no iba a poder bajarse porque el Púas, que había crecido comiendo con lo justo, de pronto se vio con más dinero del que había visto en toda su vida junta.

 $,000 dicen las crónicas $,000 en los años 70 cuando un coche último modelo valía 50,000 pesos y una casa en las lomas costaba menos que una ida al doctor hoy. Ese dinero le llegó de un jalón y él, que nunca había tenido a nadie que le enseñara qué hacer con tanto billete, hizo lo único que se le ocurrió, gastárselo. Gastárselo en todo, en cualquier cosa, en lo que fuera.

Empezó por los trajes, trajes de seda, de Casimir, hechos a medida, con iniciales bordadas en el Luego vinieron los coches Cadilac, Mustangs, coches americanos enormes de colores llamativos que él manejaba por insurgentes tocando el claxon, saludando a la gente con una sonrisa de kilómetro y medio.

 Luego vinieron las casas, tres, cuatro, cinco casas, una en el centro, una en las afueras, una en Acapulco, una para su madre, una para una amiga, una para otra, una que nunca ocupó nadie y que al final terminó embargada por falta de pago. Pero ese fue no más el principio, la parte inocente, porque después vinieron las noches, las noches del Púas, que eran ya una institución en la ciudad de México de los 70s.

 Se cerraban cabarets enteros para él. Se mandaban traer mariachis desde Garibaldi a las 2 de la mañana. Se llamaba por teléfono a los amigos, a los artistas, a las bedets del cine de ficheras, a los toreros, a los luchadores, al elenco completo de cualquier espectáculo que estuviera esa noche en cartelera. Y todos llegaban, todos, porque el Púas invitaba, el Púas pagaba, el Púas ponía tequila para dos ejércitos y a nadie le importaba si amanecía o no.

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