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UNA SEÑORA LE DIO REFUGIO A UN HOMBRE EXTRAÑO… ERA JESÚS EN FORMA HUMANA

UNA SEÑORA LE DIO REFUGIO A UN HOMBRE EXTRAÑO… ERA JESÚS EN FORMA HUMANA

La primera piedra golpeó al hombre en la frente justo cuando sonaron las campanas de las once.

No fue una pedrada grande. No le abrió la cabeza ni lo tiró al suelo. Pero dejó una marca roja sobre su ceja, y eso bastó para que el pequeño grupo reunido en la plaza de San Bartolomé se envalentonara.

—¡Lárgate de aquí! —gritó un muchacho desde el portal del bar.

—¡Vago! —añadió otro.

—¡A saber qué trae en esa bolsa!

El hombre no respondió.

Estaba de pie junto a la fuente seca del pueblo, empapado por la lluvia fina de noviembre, con una manta vieja sobre los hombros y una bolsa de tela en la mano. Tendría unos cuarenta años, quizá más, quizá menos. Era difícil calcularlo. Su barba oscura tenía algunas hebras blancas, y sus ojos, aunque cansados, miraban de una forma extraña: sin desafío, sin miedo, sin rencor. Como si conociera la violencia desde antes de que los demás aprendieran a pronunciarla.

Aquello ocurrió en Valdeluna, un pueblo de Castilla donde todos sabían rezar en los entierros, pero no siempre sabían abrir la puerta a un desconocido.

A esa hora, casi todo estaba cerrado. El viento arrastraba hojas por las calles estrechas. En las ventanas, algunas cortinas se movían apenas. La gente miraba desde dentro. Eso era lo peor. No los insultos. No la piedra. La mirada escondida. La forma en que una comunidad entera podía ver una injusticia y decidir que no era asunto suyo.

Mercedes Alcázar lo vio desde su balcón.

Tenía sesenta y ocho años, una bata gris, el pelo recogido de cualquier manera y un dolor antiguo sentado en el pecho. Desde que murió su marido, Julián, vivía sola sobre la antigua tienda de ultramarinos que había cerrado hacía cuatro años. La tienda seguía abajo, con los estantes medio vacíos y el cartel de “Se vende” torcido por el viento. Mercedes no tenía fuerzas para venderla ni valor para abrirla.

A veces una no cierra un negocio por ruina, sino por tristeza.

Esa noche había bajado a apagar la luz del portal cuando oyó los gritos. Subió al balcón y vio al hombre en medio de la plaza.

También vio a Ricardo Sanz, el hijo del alcalde, empujándolo con una sonrisa de borracho.

—Vamos, santo —se burló Ricardo—. Si dices que vienes de Dios, haz un milagrito y desaparece.

Algunos rieron.

Mercedes sintió que se le helaban las manos.

El hombre levantó la mirada hacia él.

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