Carmelita permanecía sentada en el mismo banco de madera. Sus manos descansaban sobre su regazo con el rosario entre los dedos, pero esta vez no lo movía. No estaba rezando, tampoco estaba pensando en algo concreto. Era como si su mente se hubiera rendido por un momento. Cansada de buscar respuestas, solo estaba allí respirando, esperando, sin saber exactamente qué.
Habían pasado varios minutos, tal vez más de una hora. El tiempo parecía diluirse en aquel lugar. Algunas personas cruzaban el parque a lo lejos, pero nadie se acercaba demasiado. Hasta que ocurrió. Alguien se sentó a su lado. Fue un movimiento suave, casi imperceptible. Carmelita no reaccionó de inmediato.
Solo cuando sintió una presencia cercana, giró ligeramente la cabeza. Era una mujer. Su apariencia era sencilla. Vestía ropas humildes sin nada que llamara la atención. No llevaba joyas, ni accesorios, ni nada que indicara una posición social específica. Podría haber sido cualquier mujer común caminando por la ciudad, pero había algo diferente.
Su postura era serena, su rostro transmitía una calma profunda y sus ojos tenían una forma de mirar que no era [música] habitual. No era una mirada invasiva ni curiosa. Era una mirada que parecía comprender sin necesidad de preguntar. Carmelita no dijo nada, tampoco la mujer. Durante unos segundos, ambas permanecieron en silencio mirando al frente.
No era un silencio incómodo, era extraño, como si no fuera necesario llenarlo con palabras. Entonces, sin previo aviso, la mujer habló. A veces el dolor no se va”, dijo con voz suave. “Solo cambia de forma.” Carmelita sintió un leve estremecimiento. No había mencionado nada, no había dado ninguna señal y sin embargo, esas palabras parecían dirigidas exactamente a ella.
Giró un poco más el rostro, observando a la mujer con mayor atención. Hay ausencias que pesan más que la presencia misma, continuó la mujer con la mirada fija en algún punto lejano. Porque no dejan de existir, solo dejan de ser vistas. Carmelita tragó saliva. Su corazón comenzó a latir un poco más rápido. Había algo en esas frases que no era casual.
No eran palabras genéricas ni consuelos vacíos. Eran precisas, demasiado precisas. Perdí a alguien”, murmuró finalmente Carmelita, casi en un susurro, como si las palabras le costaran salir. La mujer asintió levemente sin mirarla. “Lo sé, ese lo sé. No sonó arrogante, no sonó extraño, sonó natural, como si fuera una verdad evidente. Carmelita sintió que algo dentro de ella se abría lentamente.
No era confianza plena, pero tampoco era desconfianza. Era una sensación difícil de explicar, como cuando uno se siente comprendido sin haber tenido que explicarse. Era mi hermano dijo esta vez con más claridad. el único que me quedaba. Hubo un breve silencio. El viento pasó entre los árboles levantando algunas hojas secas del suelo.
Entonces la mujer habló nuevamente. El amor que compartieron no terminó. Carmelita cerró los ojos por un instante. Había escuchado frases similares antes, en sermones, en libros, en palabras de consuelo que las personas repiten cuando alguien pierde a un ser querido. Pero esto no era lo mismo. Había algo en la forma en que lo decía, que hacía que esas palabras no fueran solo ideas, eran certezas.
Pero ya no está, respondió Carmelita con la voz ligeramente quebrada. Ya no puedo hablar con él. Ya no puedo verlo. La mujer giró lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos se encontraron por primera vez y en ese instante Carmelita sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. No era miedo, no era sorpresa, era calma, una calma profunda, inmediata, casi inexplicable.
“Hay formas de presencia que no necesitan ser vistas”, dijo la mujer. “Y hay vínculos que no se rompen con la muerte, solo cambian de lugar. Carmelita la observó en silencio. Algo dentro de ella comenzaba a moverse. No sabía qué era, no sabía por qué, pero por primera vez en mucho tiempo no se sentía sola. El parque seguía igual, el viento, los árboles, el cielo gris.
Pero en aquel banco, algo diferente estaba ocurriendo, algo que Carmelita aún no comprendía, algo que estaba a punto de cambiarlo todo. El tiempo parecía haberse detenido en aquel banco. Carmelita no sabía cuánto llevaban sentadas allí. Minutos, tal vez más, pero la sensación era distinta a cualquier otra conversación que hubiera tenido en su vida.
No había [música] prisa. No había interrupciones, solo una presencia y una voz que parecía llegar directamente al corazón. La mujer mantenía una serenidad constante, como si nada pudiera alterarla. No gesticulaba demasiado, no elevaba el tono de voz, no intentaba convencer, simplemente hablaba y cada palabra encontraba su lugar exacto dentro de Carmelita.
A veces creemos que la ausencia es abandono, dijo la mujer con suavidad. Pero muchas veces es transformación. Carmelita frunció levemente el ceño. No lo entiendo. Respondió con honestidad. La mujer asintió como si ya esperara esa reacción. Porque estás mirando desde el dolor, explicó. Y el dolor no deja ver con claridad, solo deja sentir.
Carmelita bajó la mirada. Era cierto. Todo lo que había experimentado en los últimos meses estaba teñido por ese dolor silencioso. Incluso su fe, incluso su relación con Dios. He rezado, dijo con un hilo de voz. He pedido, he esperado, [música] pero no siento nada. Es como si, como si Dios se hubiera alejado.
Hubo un breve silencio. El viento volvió a mover las hojas y una de ellas cayó lentamente cerca de sus pies. La mujer la observó caer y luego habló. Dios no se aleja. Carmelita levantó la mirada. Entonces, ¿por qué no lo siento? La mujer giró suavemente hacia ella. Porque estás buscando sentir cuando en realidad necesitas confiar.
Esa frase quedó suspendida en el aire. Carmelita la repitió mentalmente. Sentir, confiar. Había pasado toda su vida sintiendo la fe, experimentando la presencia de Dios como algo cercano, cálido, constante. Pero ahora eso había desaparecido. No sé cómo hacerlo admitió con sinceridad. No sé cómo confiar cuando todo dentro de mí está en silencio.
La mujer la observó con una ternura que no era común. No era lástima, era comprensión profunda. “El silencio también es una forma de respuesta”, dijo. “Solo que no siempre es la que esperamos”. Carmelita respiró hondo. Algo dentro de ella comenzaba a relajarse. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque por primera vez no se sentía juzgada por no tenerlas.
Extraño a mi hermano susurró. La mujer. Asintió. Lo sé. No pude despedirme, continuó Carmelita, [música] ahora con los ojos ligeramente húmedos. No tuve la oportunidad de decirle todo lo que quería decirle. Su voz se [música] quebró. Por un instante pareció que las lágrimas volverían, pero esta vez no eran desesperadas, eran suaves, contenidas.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza. El amor no necesita despedidas para ser completo dijo con calma. Lo que fue verdadero permanece. Carmelita cerró los ojos por un momento. Esa frase tocó algo muy profundo. ¿Y si no hice lo suficiente?, preguntó casi en un susurro. ¿Y si pude haber sido mejor hermana? La mujer no respondió de inmediato, la miró con una serenidad inquebrantable y luego dijo, “El amor no se mide por lo que faltó, sino por lo que fue dado.

” Carmelita abrió los ojos lentamente. Esa culpa, ese pensamiento que la había acompañado en silencio durante meses, comenzaba a perder fuerza. Tu hermano no está en el dolor”, continuó la mujer. No está en la ausencia que sientes. Está donde el amor no se pierde, donde todo lo que fue verdadero permanece intacto.
El corazón de Carmelita latía con fuerza. Cada palabra parecía romper poco a poco las barreras que había construido alrededor de su propio sufrimiento. “¿Cómo puedes estar tan segura?”, preguntó con una mezcla de asombro y necesidad. La mujer sostuvo su mirada [música] y por un instante el mundo pareció desaparecer.
No había parque, no había ruido, no había tiempo, solo esa mirada. “Porque el amor verdadero nunca termina”, respondió. El silencio volvió, pero esta vez no era pesado, era diferente. Carmelita sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. No era una alegría intensa, no era una emoción desbordante, era algo más profundo, era alivio. Miró hacia sus manos.
El rosario seguía allí entre sus dedos, pero ahora, al tocarlo, la sensación era distinta. No mecánica, no vacía, viva. Levantó la mirada nuevamente. Gracias, murmuró. Pero en ese momento la mujer ya no estaba. No se levantó, no se despidió, no se alejó caminando, simplemente ya no estaba [música] allí. Carmelita parpadeó confundida.
Miró a su alrededor. El parque seguía igual. Algunas personas caminaban a lo lejos. El viento seguía moviendo los árboles, pero el banco estaba vacío. Su respiración se aceleró ligeramente, no había lógica, no había explicación y sin embargo, en lugar de miedo, sintió paz, una paz profunda, envolvente, imposible de ignorar.
Algo había ocurrido, algo que no podía explicar con palabras, pero que en lo más profundo de su ser sabía que no había sido casual. Carmelita permaneció sentada en el banco durante varios minutos sin moverse. Sus ojos recorrían el parque como si intentara encontrar una explicación lógica a lo que acababa de suceder. miró hacia los senderos, hacia los árboles, hacia los pocos transeútes que cruzaban a lo lejos.
Pero no había rastro de la mujer, no había pasos que se alejaran, no había figura que se perdiera entre la gente, nada. Era como si nunca hubiera estado allí. Y sin embargo, Carmelita sabía que sí podía recordar cada palabra, cada gesto, cada mirada. No había sido una ilusión, no había sido un pensamiento, había sido real, demasiado real.
Pero lo más desconcertante no era la desaparición, era lo que había quedado, porque dentro de ella algo había cambiado. Carmelita llevó una mano a su pecho como si quisiera comprobarlo físicamente. Respiró hondo una vez, dos veces y entonces lo sintió con claridad. La paz, no una paz superficial, de esas que duran unos minutos y desaparecen con el primer pensamiento.
No, esto era diferente. Era profunda, silenciosa, estable. Era como si alguien hubiera apagado de repente todo el ruido que había dentro de ella durante meses. El dolor seguía existiendo, pero ya no dominaba, ya no pesaba igual. se levantó lentamente del banco. Sus movimientos eran más ligeros, casi como si su cuerpo también hubiera sido liberado de algo invisible.
Caminó unos pasos, todavía mirando a su alrededor, intentando entender, pero en el fondo no necesitaba entender porque por primera vez en mucho tiempo no había angustia. Mientras salía del parque, una sensación extraña la acompañaba. No era inquietud, no era duda, era certeza. No sabía de qué, pero sabía que algo había ocurrido.
El camino de regreso al convento le pareció más corto de lo habitual. El cielo seguía gris, el aire seguía frío, pero ya no lo sentía igual. Todo parecía más suave. Al cruzar la puerta del convento, una de las hermanas la saludó con una sonrisa. Todo bien, Carmelita. Ella dudó un instante. Había tantas cosas que podría decir, pero ninguna palabra parecía suficiente.
Sí, respondió finalmente con una calma que sorprendió incluso a ella misma. Todo está bien. Y por primera vez en meses no era una respuesta automática, era verdad. Esa noche, durante la oración comunitaria algo fue diferente. Carmelita se arrodilló como siempre, juntó sus manos, cerró los ojos, pero esta vez no hubo esfuerzo.
Las palabras comenzaron a fluir con naturalidad, como si nunca se hubieran ido. No eran más intensas ni más emocionantes, eran sinceras y en medio de la oración lo sintió. No como antes, no como una emoción fuerte o una sensación abrumadora. Era más sutil, pero era claro. Dios no estaba en silencio, nunca lo había estado.
Carmelita abrió lentamente los ojos. Las velas iluminaban la capilla con una luz cálida. Las voces de las hermanas llenaban el espacio con armonía. Todo era igual, pero al mismo tiempo todo era distinto. Al terminar la oración permaneció unos segundos más en silencio. No quería apresurarse, [música] no quería romper ese momento.
Esa noche, al retirarse a su habitación, no sintió el peso que la había acompañado durante tanto tiempo. No hubo pensamientos insistentes, no hubo preguntas sin respuesta, solo una tranquilidad constante. Se sentó en la cama [música] y miró la pequeña cruz en la pared. Gracias, susurró. No sabía exactamente a quién se lo decía, pero lo sentía.
Se recostó lentamente y cerró los ojos. Y entonces ocurrió algo más, algo que no esperaba, algo que no se parecía a nada de lo que había vivido antes. No fue inmediato, no fue brusco, fue suave, como si la realidad comenzara a desvanecerse lentamente. El silencio de la habitación se transformó en otra cosa, en una presencia, en una luz que no venía de ningún lugar visible.
Carmelita no abrió los ojos, pero lo percibió y en lo más profundo de su ser supo que aquello no había terminado en el parque. Aquello apenas estaba comenzando. La noche avanzaba en silencio. El convento dormía. Los pasillos estaban en calma, las luces apagadas y solo el leve sonido del viento contra las ventanas rompía la quietud.
Todo parecía normal. como cualquier otra noche, pero en la habitación de Carmelita algo era diferente. Su cuerpo descansaba sobre la cama inmóvil con los ojos cerrados. Su respiración era tranquila, profunda, pero su mente no estaba completamente dormida. [música] Era como si estuviera en un punto intermedio, ni despierta ni completamente en sueño.
Y entonces ocurrió. La oscuridad que la rodeaba comenzó a cambiar. No fue un cambio brusco, no hubo sobresalto, fue algo gradual, casi imperceptible, como si la noche se disolviera lentamente, dando paso a una claridad que no provenía de ninguna fuente visible. Una luz suave comenzó a envolverlo todo. No era intensa, [música] no cegaba, era acogedora.
Carmelita sintió esa luz antes de verla. Sintió una calidez profunda, distinta a cualquier sensación física. No era calor, era algo más interno, como si esa luz tocara directamente su alma. [música] Y entonces abrió los ojos, pero ya no estaba en su habitación. El espacio había cambiado.
No había paredes, no había techo, no había límites visibles, era un lugar imposible de describir con exactitud. No era un paisaje concreto, pero tampoco era vacío. Era como si todo estuviera lleno de una presencia silenciosa, envolvente, llena de paz. Carmelita se incorporó lentamente. No sintió miedo. Eso fue lo primero que notó.
En cualquier otra circunstancia, algo así habría sido aterrador. Pero allí no había lugar para el miedo, solo había calma. Entonces la vio. A unos pasos de distancia estaba la misma mujer del parque, pero no era exactamente la misma. Su figura seguía siendo sencilla, pero ahora había algo imposible de ignorar. Una luminosidad suave la rodeaba como si la luz no viniera de fuera, sino de ella misma.
Su presencia llenaba el espacio, no imponía, no intimidaba, pero era imposible no reconocer que no era alguien común. Carmelita sintió que su corazón latía con fuerza, no por temor, sino por algo más profundo, reconocimiento. No sabía cómo explicarlo. No había una voz que lo dijera, no había una presentación, no había palabras formales, pero en lo más íntimo de su ser lo comprendió.
Aquella mujer no era una desconocida, era alguien que había estado presente en su vida. Mucho antes de ese encuentro, sus labios temblaron levemente. “Madre”, susurró. La palabra salió sola. No fue pensada, no fue analizada, fue sentida. La figura sonrió con una dulzura imposible de describir. No era una sonrisa humana común, era una expresión llena de amor, de ese amor que no juzga, que no exige, que no condiciona.
Un amor que simplemente acoge. Carmelita sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, eran de consuelo. La figura dio un paso hacia ella. No hubo sonido, no hubo movimiento brusco, solo cercanía. [música] Y cuando estuvo frente a ella, Carmelita sintió algo que nunca había experimentado en toda su vida religiosa.
Era como si todas sus heridas, todas sus dudas, todos sus silencios fueran comprendidos en un solo instante, sin necesidad de explicarlos, sin necesidad de justificarlos. No está sola. dijo la voz suave pero clara. Carmelita cerró los ojos al escucharla. Esa voz no era solo sonido, era presencia. Cada palabra parecía entrar directamente en su interior, tocando lugares que ni siquiera ella sabía que existían.
Nunca lo estuviste. Carmelita respiró profundamente. Todo lo que había sentido durante meses, el vacío, el silencio, la distancia, comenzaba a tomar otro sentido. “Pero no te sentía”, [música] murmuró con una mezcla de humildad y necesidad. La figura la miró con ternura. Porque estabas mirando tu dolor y no el amor que seguía contigo.
Esa frase atravesó todo. Carmelita sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no de forma dolorosa. Era como una barrera que caía. “Tu hermano no se ha ido del amor”, continuó la voz. “Y tú tampoco?” Las lágrimas comenzaron a caer libremente, pero esta vez no había angustia. Solo liberación. La figura levantó ligeramente una mano.
No la tocó físicamente, pero Carmelita sintió como si un abrazo la envolviera completamente. Un abrazo que no venía de fuera, sino de algo mucho más profundo, algo eterno. El tiempo dejó de existir. No sabía cuánto duró ese momento, pero sabía que nada volvería a ser igual, porque esa noche no solo había encontrado consuelo, había encontrado una certeza.
Una certeza que no se explica, que no se discute, que simplemente se vive. El amanecer llegó como cualquier otro día. Las campanas del convento sonaron a la misma hora. Las hermanas comenzaron a levantarse, los pasos suaves se escuchaban en los pasillos y la rutina volvía a tomar su lugar con precisión casi perfecta, pero para Carmelita nada era igual.
Abrió los ojos lentamente. Por un instante no se movió. permaneció acostada mirando el techo de su habitación, como si necesitara confirmar que todo seguía allí, que el mundo físico no había desaparecido. La cama, la cruz en la pared, la ventana con la luz tenue de la mañana, todo estaba en su lugar, pero dentro de ella algo había cambiado de forma irreversible.
Se incorporó con calma. No había confusión, no había miedo, no había duda, solo una certeza tranquila, profunda, firme. Lo que había vivido no era un sueño común, no era una imaginación, no era un reflejo de su dolor. Había sido real, no en el sentido físico que podía explicarse, pero sí en el sentido más verdadero que había experimentado en toda su vida.
Carmelita llevó una mano a su pecho. La paz seguía allí, no como un recuerdo, sino como una presencia constante. Se levantó y se preparó para el día. Cada movimiento era más consciente, más presente, como si todo, incluso lo más simple, tuviera ahora un significado más profundo.

Al salir de su habitación, se cruzó con una de las hermanas. Buenos días, Carmelita, dijo con una sonrisa. Buenos días, respondió ella. Y en ese simple intercambio algo fue evidente. Su voz era distinta, no en el tono, sino en lo que transmitía. Había firmeza, había serenidad, había algo que antes no estaba. Durante la oración de la mañana, Carmelita se arrodilló junto a las demás, juntó sus manos.
cerró los ojos y esta vez no buscó sentir nada. No lo necesitaba porque ya no dependía de la sensación, dependía de la certeza. Las palabras de la oración fluían con naturalidad, no eran mecánicas, [música] no eran forzadas, eran vivas. Y en medio de ese momento comprendió algo que antes no había logrado entender.
Dios no había [música] estado en silencio. Ella simplemente no había sabido escuchar de otra forma. Al terminar, permaneció unos segundos más en silencio, no por necesidad, sino por gratitud. Con el paso de los días, los cambios comenzaron a hacerse visibles. Las hermanas del convento lo notaron primero.
“Te ves diferente”, le dijo una de ellas una tarde. Más tranquila, más. No sé cómo explicarlo. Carmelita sonrió levemente. “Estoy en paz”, respondió. Y no necesitó decir nada más. comenzó a acercarse más a quienes sufrían, no desde la obligación, sino desde una comprensión nueva. Cuando alguien lloraba, ella no ofrecía respuestas rápidas ni frases hechas.
Ofrecía presencia, escuchaba de verdad y en su forma de mirar, de hablar, de acompañar. Había algo que tocaba profundamente a los demás, no porque tuviera todas las respuestas, sino porque ya no necesitaba tenerlas. Una tarde, mientras atendía a una mujer que había perdido a su hijo, Carmelita tomó sus manos y simplemente permaneció en silencio junto a ella.
La mujer lloraba sin control, pero poco a poco su respiración comenzó a calmarse. Y al levantar la mirada dijo algo que sorprendió a Carmelita. No sé qué es, pero estar contigo me da paz. Carmelita sintió un leve estremecimiento, no por orgullo, sino por reconocimiento. Aquello no venía de ella. Era algo que había recibido y ahora se manifestaba.
Las noches continuaron siendo especiales. No siempre había visiones claras, no siempre había palabras, pero había presencia. A veces solo una sensación de compañía, otras veces una luz suave. Y en algunos momentos aquella figura volvía, no para decir cosas nuevas, sino para confirmar lo que ya había sido sembrado.
Carmelita nunca habló abiertamente de lo que vivía, no lo escribió, no lo compartió como una historia porque entendía algo muy claro. No era algo para ser explicado, era algo para ser vivido. Su fe ya no dependía de emociones intensas ni de momentos extraordinarios. Era más simple, más profunda, más real y sin darse cuenta se había convertido en aquello que antes buscaba.
Un reflejo de paz, una presencia que no imponía que transformaba. Porque desde aquella noche, Carmelita ya no caminaba desde el dolor, caminaba desde el amor. Los años pasaron en silencio. Bogotá cambió, las calles se transformaron, los rostros nuevos reemplazaron a los antiguos y el mundo siguió avanzando como siempre lo hace, sin detenerse por nadie.
Pero dentro del convento algo permanecía constante. Carmelita, ya no era la misma mujer que había caminado por aquellos pasillos con el corazón herido y la fe en silencio. Tampoco era la mujer confundida que se sentó en aquel banco sin saber qué esperar. Era otra, no en apariencia, sino en esencia. Las hermanas más jóvenes la miraban con respeto, no por su edad ni por su experiencia.
sino por algo que no sabían explicar. Había en ella una paz que no era común, una paz que no dependía de las circunstancias, una paz que no se quebraba con el dolor, una paz que permanecía. Con el tiempo comenzaron a llegar más personas al convento buscando ayuda, no solo alimento o atención médica, sino consuelo.
Y muchas veces, sin saber exactamente por qué, pedían hablar con ella. “Quiero hablar con la hermana Carmelita,” decían. Y cuando se sentaban frente a ella ocurría algo curioso. No siempre les daba respuestas, no siempre tenía palabras exactas. Pero siempre estaban mejor después. Era su forma de escuchar, su forma de mirar, su forma de estar presente, como si al estar con ella el dolor no desapareciera, pero dejara de pesar tanto.
Una tarde, un joven llegó al convento completamente destruido. Había perdido a su madre y no encontraba sentido a nada. Hablaba con desesperación, con enojo, con preguntas que no tenían respuesta. ¿Dónde está Dios cuando uno más lo necesita?, preguntó con lágrimas en los ojos. Carmelita lo miró en silencio durante unos segundos y entonces respondió con suavidad.
A veces está más cerca de lo que podemos sentir, pero no más lejos de lo que podemos confiar. El joven no entendió completamente la frase, pero algo en su interior se calmó, porque esas palabras no venían de teoría, venían de experiencia. Los años siguieron avanzando. Carmelita envejeció. Sus pasos se volvieron más lentos, sus manos más frágiles, su voz más suave, pero su mirada seguía intacta.
Esa mirada que parecía ver más allá de lo visible, esa mirada que un día también había sido vista. Nunca habló públicamente sobre lo ocurrido en aquel parque. Nunca afirmó, nunca negó, porque no lo necesitaba. Lo que había vivido no dependía de ser contado, dependía de ser reflejado en su forma de vivir, en su forma de amar, en su forma de permanecer firme, incluso en el silencio.
Algunas hermanas con el tiempo comenzaron a sospechar que algo especial había ocurrido en su vida. No sabían qué, no sabían cuándo, pero lo intuían porque nadie cambia de esa manera sin haber sido tocado profundamente. Una noche, ya en sus últimos años, Carmelita se encontraba sentada cerca de la ventana de su habitación.
Afuera, la ciudad estaba en calma. Las luces lejanas brillaban suavemente y el cielo oscuro parecía abrazar todo en silencio. Sus manos sostenían el rosario, pero no lo movía, solo lo sostenía. Como quien sostiene algo que ya no necesita usar para recordar. Cerró los ojos lentamente y en ese instante sintió lo mismo. Aquella presencia suave, silenciosa, inconfundible.
No hubo visión clara, no hubo palabras, pero no hacían falta. Carmelita sonrió, una sonrisa tranquila, serena, completa, como alguien que no espera nada más, [música] como alguien que ya ha comprendido, porque en lo más profundo de su corazón sabía. Sabía que aquel encuentro en el parque no había sido casual.
Sabía que aquella voz no había sido imaginación. sabía que nunca había estado sola y en ese último silencio lleno de significado, comprendió algo que había llevado consigo durante toda su vida, que hay encuentros que no se explican, que hay presencias que no se ven, pero se sienten [música] y que cuando el amor viene de lo alto, no solo consuela, transforma.
Y desde aquel día en 1988, Carmelita nunca volvió a ser la misma.