Una tarde rentaron un tour en Catamarán por la laguna Nichupté y Alejandra se rió tanto del intento fallido de Alan de ponerse el equipo de Snorkel que terminó con dolor de costillas. Eran una pareja normal, con sus silencios y sus bromas, con la comodidad de quien ya conoce al otro de memoria. El miércoles 13 de marzo, 4 días después de llegar, hicieron una excursión a las ruinas de Tulum.
Salieron temprano a las 7 de la mañana en un autobús turístico que los recogió en la entrada del hotel junto con otras 12 personas. El camino fueron casi 2 horas hacia el sur por la carretera federal 307, pasando por Playa del Carmen, Puerto Morelos, Acumal. Las ruinas de Tulum se asientan sobre un acantilado.
El mar abajo, la selva atrás, el cielo arriba. Es uno de esos lugares que te obligan a detenerte, aunque tengas prisa. Alejandra caminó despacio entre las estructuras de piedra caliza blanqueada por el sol, sacando fotos con su celular, leyendo en voz alta los letreros informativos, haciendo preguntas al guía con una curiosidad genuina que al guía claramente le agradó.
Alan la seguía de cerca, pero algo más callado de lo habitual. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el sol y caminaba con un paso más lento. Al mediodía, mientras comían en un puesto frente al estacionamiento de las ruinas, tacos de cochinita píbil y agua de chaya con limón, le dijo a Alejandra que se sentía un poco mareado. El sol, preguntó ella, sí creo.
O el autobús o todo junto. regresaron al hotel pasadas las 5 de la tarde. Alan estaba definitivamente agotado. Subieron al cuarto, se ducharon y él se recostó en la cama con la intención de descansar un momento antes de cenar. Para cuando Alejandra salió del baño, ya estaba dormido con la ropa puesta. Ella lo miró un momento, sonríó, pidió comida al cuarto y cenó sola en el balcón, mirando el mar en la oscuridad, con las olas que no se ven, pero se escuchan.
Era una noche perfectamente ordinaria. A las 10:40 de la noche, Alejandra quiso ver una serie en su celular antes de dormir. El teléfono tenía 6% de batería. Buscó su cargador en la maleta. No estaba. Lo buscó en el bolso de mano. Tampoco revisó la bolsa lateral donde siempre guardaba los cables. Nada.
Entonces recordó. Lo había dejado enchufado en el baño del aeropuerto de Monterrey hacía 6 días. Un lunes en la mañana, con las prisas de abordar, lo olvidó pegado al contacto junto al espejo. Lo había notado cuando ya estaban en el avión, pero en ese momento fue solo un pequeño contratiempo. Ahora era un problema.
Miró a Alan dormido. Respiraba profundo, tranquilo. Despertarlo para pedirle prestado su cargador le pareció una crueldad innecesaria. El cargador de Alan era el mismo modelo, pero ella no sabía con certeza dónde lo había guardado él, y buscarlo en la oscuridad entre sus cosas tampoco era opción. Pensó un momento. Bajaba a recepción, preguntaba si el hotel prestaba cargadores o si tenían uno de cortesía, como hacen muchos hoteles de la zona hotelera, que se acostumbran a los descuidos de los turistas. Si no, preguntaba si había
alguna tiendita dentro del complejo. Había visto una especie de tienda de conveniencia cerca del lobby. Fue al espejo del baño, se recogió el cabello que ya traía suelto, se puso las pantuflas del hotel, pensó en cambiarse la pijama, pero el recorrido era corto. El cuarto estaba en el cuarto piso, el lobby en la planta baja. 5 minutos.
Máximo. No tomó llaves, no tomó el bolso, no despertó a Alan. Abrió la puerta con cuidado, tratando de no hacer ruido. Salió al pasillo. La puerta se cerró detrás de ella con ese clic suave y definitivo que tienen las puertas de hotel. Eso fue lo último que registró la cámara del pasillo del cuarto piso, Alejandra Ruiz Solano, a las 10:47 de la noche del miércoles 13 de marzo de 2019, caminando descalza sobre las pantuflas del hotel hacia el elevador con el cabello en trenza, la pijama azul marino y sin nada
en las manos. Lo siguiente que se sabe de ella con certeza es que llegó al lobby. Las cámaras del área de recepción la capturaron a las 10:49. Habló con un empleado del hotel, un hombre joven de uniforme rojo con el logotipo del resort. La conversación duró aproximadamente 2 minutos. El empleado señaló hacia el lado derecho del lobby.
Ella asintió, sonrió y caminó en esa dirección. A las 10:52, las cámaras del corredor que conectaba el lobby con la zona de tiendas y servicios la registraron avanzando hacia la pequeña tienda de conveniencia del hotel. Después de eso, no hay más imágenes, ninguna. Alan Bautista despertó pasadas las 2 de la mañana con una sed intensa.
Extendió el brazo hacia el lado de Alejandra en la cama. Estaba vacío. Pensó que estaba en el baño. Esperó un momento. Silencio. Se levantó. Revisó el baño. Nadie. Encendió la luz del cuarto. La cama de ella estaba tal como la había dejado cuando se acostó más temprano, ligeramente revuelta. El libro que ella leía antes de dormir sobre la almohada, su bolso estaba sobre la silla, su maleta cerrada, sus sandalias debajo de la cama.
Solo faltaban las pantuflas del hotel. Alan pensó que había bajado a la alberca o al lobby o a algún lugar dentro del hotel. Miró el celular. Eran las 2:11. Le mandó un mensaje de WhatsApp. Esperó, no llegó respuesta, le llamó. fue directo a Buzón. Esperó 20 minutos, luego bajó a buscarla.
En recepción le dijeron que sí, que una mujer con esa descripción había estado ahí cerca de las 11 de la noche, que había ido hacia las tiendas. El empleado que la había atendido ya no estaba de turno. Alan recorrió los corredores del hotel. La alberca exterior estaba cerrada a esa hora. El restaurante de playa también la tienda de conveniencia.
cerrada, regresó a recepción. Pidió que buscaran a su novia. La chica de recepción lo miró con esa expresión cautelosa que tienen las personas cuando no saben si están frente a una emergencia real o a un malentendido de pareja. Llamaron por el sistema interno. Nada. Las 3:30 de la mañana, Alan Bautista estaba de vuelta en recepción, esta vez con la voz tensa.
“Lléveme 3 horas y media desaparecida. Necesito que llamen a la policía.” La primera patrulla de la policía municipal de Benito Juárez llegó al Sunset Royal a las 3:58 de la madrugada. Los agentes que respondieron el llamado eran dos hombres jóvenes, ninguno mayor de 25 años. Uno se llamaba Óscar, el otro Fermín.
Escucharon a Alan con atención visible, pero sin urgencia. La zona hotelera de Cancún tiene un ritmo nocturno que a veces genera reportes de personas desaparecidas que en realidad terminan apareciendo en otro hotel, en una fiesta o en la playa con alguien que no debería estar ahí. No lo dijeron, pero Alan lo leyó en su actitud.
No es eso, dijo con voz fría. Ella no haría eso y además salió en pijama, sin dinero, sin tarjetas, sin nada. El agente Óscar anotó algo en su libreta. Pidieron ver el cuarto. Alan los llevó. El cuarto estaba exactamente como lo había dejado. El bolso de Alejandra sobre la silla. Dentro estaban su cartera con todas sus tarjetas.
efectivo en pesos y dólares, su pasaporte, sus aretes de plata, su teléfono no estaba, lo llevaba consigo. Cuando salió el agente Fermín revisó el balcón, cuatro pisos. La caída al nivel del jardín era considerable. La barandilla estaba intacta. A las 5:15 de la mañana, el caso fue escalado al turno de investigación de la Fiscalía del Estado de Quintana Roo.
La persona que recibió el expediente inicial fue el agente investigador Roberto Caal Zul, 41 años, nacido en Valladolid, Yucatán, radicado en Cancún desde los 19. Llevaba 12 años trabajando en la fiscalía, los últimos seis en la unidad de personas desaparecidas. había visto suficiente para no subestimar ningún caso desde el primer momento.
Llegó al hotel a las 6:40 de la mañana. El sol ya estaba saliendo sobre el Caribe y pintaba el agua de un color anaranjado y plata que en cualquier otra circunstancia sería hermoso. Lan lo esperaba en el lobby. Tenía ojeras profundas y los ojos ligeramente irritados, no de llanto, sino del tipo de cansancio que viene de estar paralizado mirando la misma puerta durante horas, esperando que alguien entre.
Amal lo escuchó sin interrumpirlo, tomó notas, luego pidió acceso inmediato a las cámaras del hotel. El encargado de seguridad del resort era un hombre de apellido Herrera, moreno, corpulento, con el gesto de quien ha visto demasiadas situaciones incómodas en demasiados años de trabajo en la industria hotelera de Cancún.
tardó en dar acceso a las grabaciones, argumentando que necesitaba autorización de la gerencia. Camal lo miró directamente y dijo con una calma que era peor que el enojo. Tenemos a una mujer desaparecida desde hace 7 horas. No tenemos tiempo para procedimientos administrativos. Las grabaciones estuvieron disponibles en 20 minutos.
Lo que encontraron en las cámaras fue lo que ya mencioné. Alejandra visible hasta las 10:52 de la noche caminando hacia la zona de tiendas. Después nada. El corredor que conectaba la zona de tiendas con el pasillo exterior del complejo, el que llevaba hacia el área de mantenimiento y la salida lateral que daba a la calle lateral del boulevard Cuculcán, tenía una cámara instalada, pero esa cámara llevaba 4 días sin grabar.
Herrera lo confirmó con un gesto que intentó parecer apesadumbrado y que no lo era. Estaba en lista de reparaciones. Camal anotó eso. Existía un punto ciego, un corredor de aproximadamente 40 m que las cámaras no habían cubierto esa noche. Y en ese punto ciego, Alejandra Ruiz Solano había desaparecido. Salida lateral del hotel.
una puerta de emergencia que debía estar cerrada desde las 9 de la noche según el protocolo del resort. Cuando el equipo de Caal la revisó esa mañana, la barra de cierre estaba correctamente puesta, pero el encargado de mantenimiento del turno nocturno, un hombre de nombre Gustavo EC, confirmó algo que heló el ambiente. Esa puerta tuvo problemas el mes pasado.
El mecanismo de cierre automático fallaba. A veces quedaba atrancada, pero no bloqueada. De verdad, bastaba empujarla con fuerza. Había sido reparada para el 13 de marzo. Gustavo bajó la mirada. No lo sé. Con certeza. La noticia de la desaparición llegó a la familia de Alejandra ese mismo jueves en la mañana.
Alan llamó a Daniela, la hermana mayor, a las 7. Fue la llamada más difícil de su vida. Daniela escuchó en silencio durante los primeros segundos y luego empezó a hacer preguntas en voz cada vez más alta, mezclando el miedo con algo que sonaba peligrosamente cercano a la acusación. “¿Por qué no escuchaste cuando ella salió? ¿Por qué no te levantaste con ella? ¿Por qué estabas dormido?” Alan no respondió a eso.
No tenía respuesta que valiera. El papá de Alejandra, Ernesto Ruiz, tomó el primer vuelo disponible de Monterrey a Cancún. Llegó a las 2 de la tarde del jueves, directamente al hotel. Era un hombre de 60 años, delgado, de cabello gris, con esa expresión rota que tienen los padres cuando el mundo se vuelve incomprensible.
Le estrechó la mano a Camal y le dijo en voz baja, a mi hija. Camal asintió. Era lo único que podía decir con honestidad. Las primeras horas de investigación se concentraron en el exterior del hotel. Los agentes peinaron el área circundante al Sunset Royal, la calle lateral sin nombre que bordeaba el complejo por el norte, el pequeño estacionamiento de servicio, el callejón de acceso a locales comerciales quedaban sobre el boulevard Cuculcán.
Nada. Ningún vecino reportó haber visto a una mujer en pijama esa noche. Ningún negocio cercano tenía cámaras orientadas hacia esa calle específica. El área de servicio del hotel colindaba con un pequeño hotel de categoría inferior llamado Hotel del Sol, cuya cámara exterior sí funcionaba y sí estaba orientada parcialmente hacia la calle.
Cuando revisaron esa grabación encontraron algo. A las 11:04 de la noche, una camioneta pickup de color oscuro, probablemente negra o gris oscuro, apareció en el borde del encuadre. Se detuvo durante aproximadamente 45 segundos frente a la salida lateral del Sunset Royal. Luego avanzó y salió del cuadro por el extremo izquierdo de la imagen en dirección al boulevard Cuculcán.
La calidad de la imagen era pésima, granos digitales, poca luz, ángulo desfavorable. La placa no era visible. El modelo exacto de la camioneta era imposible de determinar con certeza, pero la camioneta estuvo ahí 45 segundos frente a la salida lateral. a las 11:04, 7 minutos después de que Alejandra entrara al corredor sin cobertura de cámaras.
Mal le presentó esta información a Alan con cuidado, sin sacar conclusiones en voz alta que todavía no podía sostener. Alan escuchó, tenía la mandíbula apretada. ¿Puede ver quién maneja? No con esta calidad. Estamos mandando la imagen a análisis forense en Cetumal. ¿Cuánto tarda eso? Días, tal vez semanas si hay carga de trabajo.
Alan golpeó la mesa con la palma abierta, un golpe seco que hizo que el vaso de agua vibró. Camal no reaccionó. Lo había visto antes. Necesitamos que usted se quede disponible aquí en Cancún y necesitamos hablar más a fondo sobre la relación con Alejandra, sus hábitos, sus contactos, si había algo inusual en los días previos al viaje. Alan levantó la vista.
Estoy siendo investigado. Todo el mundo es relevante al principio de una investigación, señor Bautista. No lo tome personal. Las siguientes horas fueron una mezcla de desesperación organizada y burocracia dolorosa. La familia de Alejandra activó sus redes. Daniela empezó a publicar en redes sociales desde Monterrey, compartiendo la foto más reciente de su hermana, tomada el día anterior en las ruinas de Tulum, Alejandra de frente a las ruinas del castillo con el mar atrás sonriendo con el cabello al viento. Esa foto se
volvió viral en pocas horas. En México, los casos de mujeres desaparecidas tienen un peso específico, un peso que viene cargado de historia. de nombres que no se olvidan, de estadísticas que duelen. En 2019, el año de la desaparición de Alejandra, la Fiscalía General de la República registraba cerca de 90,000 carpetas de investigación por personas desaparecidas activas en todo el país, 90,000.
Y ese número crecía cada semana. Ancún en particular era una ciudad que cargaba con una contradicción brutal. Era el destino turístico más visitado de México. Millones de personas al año, playas perfectas, hoteles de lujo, resorts, con todo incluido. Y al mismo tiempo era una ciudad con índices de violencia que ningún folleto turístico mencionaba.
La zona hotelera vivía en una burbuja de relativa seguridad, pero a unos kilómetros en las colonias como Región 94, fraccionamiento Villas del Sol o El centro de la ciudad, la realidad era distinta. Camal lo sabía mejor que nadie. El jueves por la tarde, mientras el análisis de las cámaras continuaba, Camal centró su atención en el empleado que había atendido a Alejandra en el lobby.
Tadeo Carrillo UC, 23 años, oriundo de Tisimin, Yucatán, con 6 meses trabajando en el hotel. Lo entrevistaron en una sala pequeña de la gerencia del resort. Tadeo era un muchacho delgado, de complexión ligera, con el uniforme rojo ligeramente arrugado, y una expresión que oscilaba entre el nerviosismo y las ganas genuinas de ayudar. Confirmó la secuencia.
Alejandra había llegado al lobby cerca de las 11 de la noche preguntando si el hotel prestaba cargadores para celulares. Le dijo que tenían un par de cargadores de uso común disponibles en la tienda de conveniencia del hotel que estaba en el pasillo de servicios a la derecha del lobby. La tienda cerraba a las 11. Le dije que apurara porque estaban a punto de cerrar”, dijo Tadeo, y en su voz había algo que sonaba a culpa.
La vio llegar a la tienda. No, desde recepción no se ve el pasillo. ¿Notó algo inusual esa noche? ¿Alguien que la siguiera? ¿Alguien en el lobby que le llamara la atención? Adeo pensó. Había un señor sentado en los sillones del lobby. Ya llevaba rato ahí cuando llegó la señorita. No estaba consumiendo nada, solo sentado.
Amal se inclinó ligeramente hacia adelante. Lo conocía. No, no era huésped registrado esa noche. Lo revisé después cuando me preguntaron, pero no lo relacioné en el momento. Los lobis de hotel tienen gente que entra y sale. ¿Puede describírmelo, Tadeo? Parpadeó. Hombre, 40 y tantos, tal vez más, moreno, no muy alto.
Traía una camisa de cuadros oscura. Y después de que la señorita caminó hacia las tiendas, una pausa, no lo volví a ver. El hombre de la camisa de cuadros, Camal, repasó las grabaciones del lobby varias veces. Lo encontró efectivamente en el ángulo derecho del encuadre, en los sillones de la zona de espera, un hombre sentado, 35 a 50 años, difícil precisar más.
camisa oscura de cuadros, mirando en dirección general al mostrador de recepción. Cuando Alejandra entró al lobby y habló con Tadeo, la cámara captó al hombre girar ligeramente la cabeza en su dirección. Cuando Alejandra caminó hacia el pasillo de tiendas a las 10:52, el hombre se levantó y también caminó hacia ese pasillo 40 segundos después de ella. Eso cambió todo.
Camal convocó a su equipo esa tarde en el lobby del hotel con la imagen ampliada del hombre impresa en papel. La calidad seguía siendo limitada, pero alcanzaba para hacer una búsqueda básica. Enviaron la imagen a la central de la fiscalía en Cetumal y a la policía municipal de Benito Juárez para cruce con bases de datos. Al mismo tiempo comenzaron a revisar el sistema de registro del hotel.
El Sunset Royal tenía esa noche 212 huéspedes en 148 habitaciones. El equipo de Camal fue cuarto por cuarto, huésped por huésped, haciendo preguntas, descartando, buscando. El hombre de la camisa de cuadros no aparecía en ningún registro. No era huésped, no era empleado, no estaba en ninguna lista de visitas.
¿Cómo entró al hotel? Los hoteles de la zona hotelera tienen ese problema estructural. Están diseñados para ser abiertos y acogedores para que la experiencia se sienta fluida y sin fricción. Las entradas principales pocas veces tienen control estricto de acceso. Alguien con una actitud tranquila y ropa presentable puede entrar y sentarse en el lobby sin que nadie lo detenga.
Camal había visto eso docenas de veces. El viernes 15 de marzo, 36 horas después de la desaparición, el caso fue elevado a nivel estatal y se activó el protocolo ALBA, el mecanismo de búsqueda de mujeres desaparecidas en México que coordina a diversas instancias gubernamentales para localizar a víctimas con mayor rapidez. La activación del protocolo significó más recursos, más presencia pública del caso y más presión sobre la fiscalía para mostrar avances.
Ernesto Ruiz, el padre de Alejandra, dio una entrevista a un canal de noticias de Cancún desde el lobby del hotel. Habló con la voz rota, pero las palabras firmes. Pidió que quien supiera algo se comunicara. mostró la foto de su hija, dijo su nombre completo en voz alta. Esa noche el nombre de Alejandra Ruiz Solano estaba en todos los noticieros del estado y en varios de alcance nacional.
Mientras tanto, los investigadores volvieron sobre algo que en las primeras horas había quedado en segundo plano, la tienda de conveniencia del hotel. El empleado que trabajaba esa noche en la tienda se llamaba Patricio, 28 años, también originario de Yucatán, con 2 años en el hotel. Patricio recordaba perfectamente la noche del miércoles, dijo, porque había sido una noche tranquila y habían pocos clientes.
Llegó una mujer a comprar o pedir prestado un cargador. Patricio frunció el seño. No, Camal lo miró. Seguro, seguro. Esa noche los últimos clientes que tuve antes de cerrar fueron dos señores que compraron agua. Cerramos a las 11 en punto. Nadie más entró. Alejandra salió hacia la tienda a las 10:52. La tienda cerraba a las 11.
Eran 8 minutos de margen. El recorrido desde el lobby hasta la tienda tomaba menos de 2 minutos caminando normal. Alejandra nunca llegó a la tienda. Se había perdido en ese corredor de 40 met. El mismo corredor al que también se dirigió el hombre de la camisa de cuadros. Camal revisó el pasillo físicamente con luz de día.
Era un corredor largo con paredes color crema, iluminado con lámparas empotradas de luz cálida. A mano derecha la entrada a la tienda de conveniencia. Al fondo, una puerta de servicio quedaba a la zona de mantenimiento y la bandería del hotel. Y a mano izquierda, exactamente a la mitad del corredor, una puerta que en el mapa del hotel estaba señalada como acceso exterior de emergencia, prohibido el paso.
La puerta lateral, la que el encargado de mantenimiento, Gustavo EC, había dicho que tenía el mecanismo de cierre defectuoso. Camal la empujó, se dió. No estaba trabada con llave, solo con la barra de presión. Y la barra cedía con un empuje firme desde adentro. Detrás de esa puerta, la calle lateral sin nombre, el callejón de servicio, la oscuridad.
Y en algún punto de esa oscuridad, 45 segundos detenida, la camioneta de color oscuro. El sábado 16 de marzo algo ocurrió que cambió el rumbo de la investigación. Una mujer llamó al número de emergencias del estado de Quintana Rou. Dijo que no quería dar su nombre, que había visto las noticias, que tenía algo que contar. La llamada fue grabada como todas.
La mujer hablaba en voz baja, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara. dijo que vivía en la región 94, una de las zonas populares del centro de Cancún, a varios kilómetros de la zona hotelera. Dijo que la noche del miércoles 13 había escuchado algo inusual en la colonia. ¿Qué escuchó?, preguntó el operador.
Una mujer gritando. No duró mucho, pero alcancé a escuchar que gritó un nombre. Dijo Alan dos o tres veces. El operador mantuvo la calma profesional. ¿A qué hora fue eso, señora? Una pausa breve. Como a las 11:30, tal vez antes de las 12. No vi nada, solo escuché. Pensé que era una pelea de novios. Ya sabe cómo son las cosas aquí.
Pero después vi las noticias y pensé, no sé, pensé que debía llamar. Camal llegó a la región 94 esa misma tarde. Era un sábado y las calles de la colonia tenían esa actividad irregular de fin de semana. Niños en bicicleta, señoras en la puerta de sus casas, música norteña saliendo de algún lugar, un par de perros durmiendo en la banqueta.
Era un mundo completamente distinto al de los resorts del kilómetro 10. Cinco. Hancún tenía esa dualidad siempre presente, la ciudad de los turistas y la ciudad de quienes los atienden, separadas por kilómetros de boulevard Cuculcá, conectadas por las rutas de combi, que salen temprano y regresan tarde. La mujer que había llamado, quien solo dijo llamarse Marisol, aceptó reunirse con Caal en la esquina de su colonia, pero no quería que nadie la viera hablar con la policía.
Era una mujer de unos 45 años, robusta, con el cabello teñido de un color castaño que ya llevaba semanas sin retoque. Se veía nerviosa, pero decidida. Como alguien que ha pensado mucho si hace lo correcto y ha llegado a la conclusión de que sí, le repitió lo que había dicho por teléfono. Lo había escuchado desde su ventana, la que daba hacia el callejón trasero de la colonia, dos o tres gritos cortos de mujer que decían el nombre Alan. Luego silencio.
¿De dónde venía el sonido? Marisol señaló hacia el fondo del callejón. Había una bodega abandonada con portón de lámina corroída, las ventanas bloqueadas con tablas. Camal la miró. ¿Cuánto tiempo lleva abandonada esa bodega? Años. Pero últimamente entran personas de noche. Yo ya no me meto con eso.
El equipo de Camal llegó a la bodega esa misma tarde con una orden de cateo. El portón de lámina estaba sin candado, solo recargado. Adentro. El olor era a humedad y a aceite rancio. Había restos de lo que alguna vez había sido una pequeña taller mecánico, una prensa vieja, tamb oxidados, estantes de madera desvencijados. En una esquina, colchonetas tiradas en el suelo, envoltorios de comida chatarra, una cubeta plástica, botellas de agua vacías, señales de que alguien había estado ahí recientemente, tal vez más de una persona. En el piso
de cemento, cerca de la puerta trasera que daba al callejón, uno de los agentes encontró algo, una pantufla blanca con el logotipo del Sunset Royal Beach Resort impreso en la suela de talla pequeña, una sola. Camal se detuvo frente a esa pantufla durante varios segundos sin tocarla, esperando a que el fotógrafo forense la documentara.
Tenía el corazón en la garganta. aunque su rostro no lo mostrara. Una pantufla del hotel en una bodega abandonada de la región 94 a 12 km del resort. Lo que eso implicaba era tan claro que no necesitaba decirse en voz alta. Alejandra había estado en ese lugar o alguien quería que pensaran que había estado ahí.
En ese punto, el caso dio un giro que ninguno en el equipo esperaba. El análisis preliminar del calzado confirmó que era una pantufla nueva, prácticamente sin uso, del tipo que los hoteles de categoría media alta reponen en cada habitación con cada nuevo huésped, sin marcas de desgaste significativas en la suela, consistente con alguien que la había usado solo el tiempo de caminar de una habitación de hotel al lobby.
La distancia que Alejandra recorrió esa noche. El equipo levantó la pantufla y todo el material de la bodega para análisis. Se tomaron muestras de suelo, de las colchonetas, de las paredes. Se solicitaron análisis de ADN de urgencia. El problema era el tiempo. Los análisis de ADN en los laboratorios de la Fiscalía de Quintana Ro podían tardar entre 10 y 20 días hábiles, incluso en casos prioritarios.
Y Alejandra llevaba tres días desaparecida. Cada hora contaba. Mientras los forenses trabajaban en la bodega, Camal tomó una decisión que algunos en su equipo cuestionaron. En lugar de esperar los resultados del laboratorio, amplió la búsqueda de la camioneta oscura. Tenía algo con que trabajar, la grabación parcial del hotel del Sol, que mostraba la parte trasera del vehículo moviéndose hacia el boulevar Cuculcán.
Un analista de imagen de la fiscalía trabajó durante horas en la resolución y logró extraer un detalle que había pasado desapercibido en la primera revisión. La camioneta tenía un golpe en el faro trasero derecho, no un destrozo, un abollo pequeño del tipo que se produce cuando alguien te pega en un estacionamiento, pero suficiente para distinguirla de otras camionetas del mismo color y modelo aproximado.
Con eso, Caal fue al C5, el Centro de Control, Comando Comunicación, Cómputo y Calidad del municipio de Benito Juárez, donde convergen las señales de cientos de cámaras distribuidas en la zona hotelera, el centro de Cancún y las principales vialidades. Pasaron horas revisando grabaciones. zona del kilómetro 10 al norte, la salida hacia el centro, el cruce de Cobá con Tulum, la avenida Cabá, la López Portillo.
A las 4 de la tarde del sábado 16 encontraron la camioneta una pickup gris oscuro con un abolyo visible en el faro trasero derecho, captada por una cámara de semáforo en la intersección de la avenida Cabá con la avenida Ychilan. a las 11:21 de la noche del miércoles 13 de marzo, dirección hacia el centro de Cancún.
Esta vez la placa era parcialmente el legible. El número parcial de placa fue suficiente para una búsqueda en el Registro vehicular del Estado. Arrojó tres resultados posibles. El primero, una camioneta propiedad de una empresa constructora de Playa del Carmen. El segundo, un vehículo registrado a nombre de una familia de Chetumal.
El tercero, una pickup registrada a nombre de un individuo con domicilio en la colonia Región 521 de Cancún. Un hombre llamado Bernardo Salast Tun, 43 años, con dos denuncias previas por robo, una de las cuales había sido archivada y la otra resuelta con una multa. ninguna condena, ningún antecedente de violencia registrado. Pero había algo más en el expediente.
Bernardo Salastun había trabajado durante 3 años como proveedor de servicios de mantenimiento tercerizado para varios hoteles de la zona hotelera, incluyendo hasta 8 meses antes de la desaparición el Sunset Royal Beach Resort. Camal leyó eso dos veces. Conocía el hotel, probablemente conocía los corredores, las puertas, los puntos ciegos, sabía que cámaras fallaban y cuáles no, o al menos había tenido acceso a esa información en algún momento.
Era demasiada coincidencia para ser casualidad, pero las coincidencias por sí solas no son evidencia. Camal pidió localizar a Bernardo Salastun. Esa misma tarde. Los agentes fueron a su domicilio en la región 521, una casa de block sin pintar, con un tinaco en el techo y una reja de herrería negra en la entrada. Los vecinos dijeron que Bernardo vivía ahí con su hermano menor y que no lo habían visto en los últimos días.
El hermano no estaba tampoco. La camioneta gris oscuro tampoco estaba. Esa noche, mientras Camal coordinaba desde la fiscalía la búsqueda de Bernardo Salastun, Alan Bautista seguía en el hotel. No se había ido a ningún lado. Durmió, si es que durmió, en la misma habitación, en la cama en que Alejandra había dejado su libro abierto.
El padre de Alejandra, Ernesto, lo visitó en la tarde. Los dos hombres se sentaron en el balcón mirando el mar, sin decir mucho durante un largo rato. ¿Hubieron algún problema antes del viaje? Wend preguntó Ernesto de repente sin mirarlo. Alan tardó en responder. ¿A qué se refiere? No te estoy acusando de nada.
Te estoy preguntando porque necesito entender. Alan puso los codos en la barandilla. Teníamos nuestras cosas como todos, pero nada grave. Ella estaba contenta con este viaje. Los dos estábamos. Ernesto asintió despacio. ¿Alguien la conocía aquí? Tenía contactos en Cancún. que yo sepa, no. Una pausa larga. Tú, Alan lo miró.
¿Qué me está preguntando, señor Ernesto? El padre de Alejandra lo miró de vuelta con esa mirada cargada de dolor que tienen los padres cuando hacen preguntas que no quieren hacer. Te estoy preguntando todo lo que nadie más te ha preguntado directamente. La conversación entre Alán y Ernesto duró más de una hora.
Camal no estuvo presente, pero sí recibió el reporte después. Alan había hablado con calma, sin evasivas notables, respondiendo cada pregunta del padre con detalle. No había viajes previos a Cancún, no había contactos locales, no había conflictos importantes en la relación, ninguna deuda, ningún problema legal, ninguna situación que pusiera alguno de los dos en riesgo conocido.
Lo que sí dijo Alan y que el padre reportó a Camal casi como algo sin importancia, pero que Camal anotó con atención fue esto. dijo que en los últimos días antes del viaje sintió que alguien la seguía en Monterrey, un carro negro que apareció dos veces cerca de su trabajo. Pero dijo que lo pensó y creyó que era paranoia.
No lo tomamos en serio. Un carro negro en Monterrey. 4 días antes de llegar a Cancún, Camal dejó el bolígrafo sobre la mesa. A veces los casos tienen un solo hilo visible y cuando lo jalas todo lo demás empieza a moverse. Algo, en algún punto antes del viaje había puesto a Alejandra en el radar de alguien.
La pregunta era quién y la respuesta no estaba en Cancún, estaba en Monterrey. El domingo 17 de marzo, 4 días después de la desaparición, la búsqueda de Bernardo Salastun seguía activa, pero sin resultados. No había rastro de él ni de su camioneta. Su teléfono estaba apagado o sinal desde el viernes, sus cuentas en redes sociales inactivas, pero ese mismo domingo apareció algo más.
Uno de los agentes asignados a revisar el registro de llamadas del teléfono de Alejandra, que seguía sin aparecer, pero cuyo número podía rastrearse a través del operador, encontró algo en el historial de las semanas previas al viaje. Había un número que había llamado al teléfono de Alejandra en tres ocasiones durante la semana anterior al viaje.
Un número no agendado, no identificado en los contactos. llamadas de menos de un minuto, dos de las cuales había rechazado sin contestar y una que sí había atendido durante 42 segundos. El número estaba registrado a nombre de una empresa de mensajería, una empresa que al ser verificada tenía domicilio fiscal en la colonia industrial de Cancún, no en Monterrey, en Cancún.
Alejandra había recibido una llamada desde Cancún antes de llegar a Cancún. Eso significaba que alguien sabía que iba a ir, alguien que ya estaba esperándola. Y con eso, el caso, que parecía ser el de una turista que desapareció por una desafortunada coincidencia en el pasillo equivocado de un hotel, empezó a revelar una capa mucho más oscura.
Esto no era aleatorio. Alejandra Ruiz Solano había sido seleccionada antes de llegar. Alguien había planeado esto y en algún lugar de Cancún o más allá de él, esa persona todavía estaba libre. Lo que vendría después pondría a prueba cada instancia involucrada, rompería a una familia entera y desenterraría conexiones que nadie en el equipo de Caal estaba preparado para encontrar.
Hay casos que empiezan como un accidente y terminan siendo una trampa. Hay casos en los que mientras más avanzas más frío te da lo que encuentras, no porque sea sobrenatural ni porque no tenga explicación, sino exactamente porque sí la tiene. Porque detrás de lo que pasó hay decisiones humanas, cálculos, paciencia. Hay alguien que esperó.
Este era ese tipo de caso. El lunes 18 de marzo de 2019, 5 días después de la desaparición de Alejandra Ruiz Solano, el agente investigador Roberto Caamal Zul llegó a la Fiscalía de Quintana R en Cancún a las 7 de la mañana con tres hojas impresas en la mano y una taza de café que ya estaba frío. Las tres hojas contenían el historial de llamadas de las dos últimas semanas del número de Alejandra.
extraído con orden judicial del operador de telecomunicaciones. Ca las había revisado la noche anterior hasta las 2 de la madrugada, pero a la luz del día quería verlas de nuevo. El número desconocido que había llamado a Alejandra tres veces en la semana previa al viaje estaba registrado a nombre de Transportes y Mensajería del Caribe SA DCB.
con domicilio fiscal en la colonia industrial Nogalar de Cancún. Era una empresa con 3 años de existencia registrada, con actividad declarada de servicios de logística y paquetería regional. Cuando los agentes fueron a verificar el domicilio fiscal esa mañana, encontraron una bodega pequeña con el letrero borrado por el sol y un candado en la puerta.

Los vecinos del local contiguo, un taller de reparación de refrigeradores, dijeron que hacía meses que no veían movimiento ahí. empresa fantasma o empresa que alguna vez fue real y dejó de serlo de una manera conveniente. Ca pidió el expediente completo del SAT y del registro público de comercio. Eso tomaría tiempo.
Mientras tanto, había algo más urgente, identificar quién había usado ese número para llamar a Alejandra. La llamada que ella sí contestó de 42 segundos había ocurrido el martes 5 de marzo, dos días antes de salir de Monterrey. 42 segundos. No es mucho, pero es suficiente para decir algo. Camal se reunió esa mañana con su equipo completo por primera vez desde que empezó el caso.
Eran cuatro personas además de él. La agente Miriam Escamilla, 34 años, especialista en análisis de redes y comunicaciones. El perito Fernando UC Medina, forense con experiencia en criminalística de campo, el agente joven Rodrigo Naal, que llevaba solo un año en la unidad, pero que tenía una capacidad de síntesis poco común.
y Patricia Balam, coordinadora administrativa que conocía cada resquicio burocrático de la Fiscalía Estatal y que en la práctica era quien mantenía al equipo. Funcionando. Pusieron todo en la pared, fotografías, líneas de tiempo, mapas, el corredor del hotel marcado con flechas, la ubicación de la bodega en la región 94, la ruta de la camioneta gris oscuro, el nombre de Bernardo Salast Tun, el número de la empresa fantasma.
Miriam Escamilla fue la primera en hablar. Si alguien en Cancún llamó al teléfono de Alejandra antes del viaje, hay dos posibilidades. Uno, alguien que ya la conocía y sabía que iba a venir. Dos, alguien que la investigó encontró su número y se aseguró de verificar que efectivamente fuera a llegar. ¿Cómo investigas a alguien que vive en Monterrey desde Cancún?, preguntó Rodrigo Naal.
Redes sociales”, dijo Miriam sin dudar. Alejandra tenía Instagram con perfil público. En los días previos al viaje publicó al menos dos fotos con geotag de Cancún en las etiquetas, una de las reservaciones, una foto del mapa del resort. Camal la miró. Publicó el nombre del hotel en la segunda foto. Sí. etiquetó la ubicación del Sunset Royal directamente silencio en la sala.
Cualquiera que siguiera a Alejandra en Instagram o que encontrara su perfil sabía exactamente a dónde iba, cuándo llegaba y en qué hotel se quedaba. Eso abrió una línea de investigación que Camal dividió inmediatamente en dos frentes. El primero, identificar quién podía haber visto esas publicaciones. Miriam solicitó a Instagram, a través del proceso legal correspondiente los datos de cuentas que habían interactuado con el perfil de Alejandra en las semanas previas.
nuevos seguidores, visitas al perfil, menciones. El segundo frente era más inmediato, rastrear el número de la empresa fantasma a través del operador telefónico para identificar el dispositivo físico desde donde se habían hecho las llamadas, la ubicación aproximada de la torre de señal, los movimientos del chip. Mientras eso avanzaba, Caal tomó una decisión que algunos en el equipo consideraron precipitada.
Viajó a Monterrey. Llegó a la ciudad un martes por la tarde en un vuelo de Interjet que aterrizó en el aeropuerto Mariano Escobedo poco antes de las 5. Monterrey lo recibió con el viento frío de marzo que baja del cerro de la silla y que te recuerda que estás en el norte, no en el trópico.
Camal era yucateco de nacimiento y regio montano por experiencia acumulada. Había estado en la ciudad tres veces por casos anteriores. Conocía su ritmo, rápido, directo, poco dado a las ambigüedades. Fue al departamento de Alejandra y Alan en la colonia del Valle de San Pedro Garza García. Alan había regresado a Monterrey dos días antes con la condición de estar disponible y de no salir del país.
El departamento era exactamente como lo había descrito, pequeño, ordenado, lleno de plantas y libros. Alan le abrió la puerta con la misma expresión de los últimos días, cansancio profundo, ojos que buscaban noticias antes de que la boca dijera algo. Encontraron algo fue lo primero que dijo. Estamos avanzando. Necesito hablar contigo aquí en su espacio, ver dónde trabajaba, con quién se relacionaba.
Se sentaron en la sala. Alan le ofreció café y Caal aceptó aunque no lo necesitaba. Dijiste que en los días antes del viaje ella sintió que la seguían. Sí, mencionó un carro negro dos veces cerca de su trabajo en el barrio antiguo donde tiene el estudio de diseño. ¿Lo reportó? No. Dijo que probablemente era coincidencia.
Ya sabes cómo es eso. Uno ve cosas y no sabe si creerles. Ella tenía conflictos con alguien, un cliente difícil, una situación laboral, algo personal. Alan pensó un momento, luego dijo algo que hasta ese momento no había mencionado a nadie. Hace como 4 meses hubo un problema con un cliente. Ca esperó. Un tipo que le contrató un trabajo grande, diseño de imagen para una empresa de logística.
Pagó la mitad por adelantado, como acordaron. Cuando Alejandra entregó el trabajo, él dijo que no era lo que había pedido y exigió que le devolviera el anticipo. Ella se negó porque el trabajo estaba bien hecho. Él se puso muy intenso, le mandó mensajes, le llamó. Una vez apareció en el estudio sin avisar, “¿Tienes nombre?” Se llamaba Espera. Alan fue a buscar su teléfono.
Buscó en los mensajes viejos de Alejandra que ella le había reenviado en su momento cuando le contó el problema. Aquí, Rodrigo Infante Montoya tenía una empresa en Monterrey, creo que de importación. Caamal anotó el nombre y después de ese episodio, ¿qué pasó? Alejandra amenazó con ir a la profeco y a un abogado.
El tipo desapareció. Ella dijo que ya había quedado en nada. Quedó en nada o dejó de dar señales de vida. Alan lo miró. No lo sé. Rodrigo Infante Montoya. Amal ló a Miriam esa misma noche desde su hotel en la zona del barrio antiguo, un hotel pequeño sobre la calle Padre Mier con el ruido de la noche regomontana afuera.
Miriam tardó 20 minutos en volver a llamar. Roberto, escucha esto. Rodrigo Infante Montoya, 46 años, con empresa registrada en Monterrey bajo el nombre Importaciones y logística del norte SA de C Beto. Camal sintió algo frío recorrerle la espalda. Logística. Logística. ¿Adivina qué más aparece en su historial mercantil? una empresa asociada con actividad en Quintana R bajo otro nombre, pero con el mismo RFC vinculado a través de un prestanombre.
No lo dijo en ese momento, pero ambos lo pensaron al mismo tiempo. Transportes y mensajería del Caribe SA de CET, la empresa fantasma de Cancún, la que había llamado al teléfono de Alejandra. Al día siguiente, miércoles 20 de marzo, Caal fue al estudio de diseño de Alejandra en el barrio antiguo de Monterrey. Era un espacio que compartía con otra diseñadora en un edificio de los años 60 con escaleras de mosaico y paredes gruesas que en verano mantenían el fresco.
La socia de Alejandra se llamaba Fernanda Ortiz. Era unos años más joven, con el cabello corto y una expresión de alguien que lleva una semana sin dormir bien, que era exactamente lo que había pasado. Recuerda al cliente Rodrigo Infante, preguntó Camal. Fernanda no dudó. Claro que me acuerdo. Fue un problema horrible.
Ese hombre era raro, no de una manera que puedas explicar fácilmente, sino esa rareza que te hace sentir incómoda sin saber por qué exactamente. Lo conoció personalmente. Vino al estudio dos veces. La primera cuando contrató el trabajo. La segunda cuando vino a reclamar sin cita. Ese día yo estaba aquí. Me quedé en la sala de trabajo, pero escuché todo. Fue tenso.
Ale se mantuvo firme, pero yo podía ver que estaba nerviosa. ¿Qué tipo de empresa era la suya? Importaciones, decía, pero cuando le pedimos referencias para el contrato, nada cuadraba bien. Su empresa tenía página web, pero poca actividad real, como un escaparate. Camal asintió. Una última cosa.
Cuando se fue ese día, ¿vio qué vehículo llegó? Fernanda parpadeó. Sí, una camioneta oscura. Con eso, Camal tenía suficiente para solicitar una orden de localización y presentación de Rodrigo Infante Montoya ante la Fiscalía de Nuevo León con notificación a la Fiscalía de Quintana R por la vinculación activa del caso. Pero localizar a alguien que no quiere ser localizado en una ciudad de 5 millones de habitantes lleva tiempo.
Y mientras ese proceso se activaba en Monterrey, en Cancún, llegaron los primeros resultados del laboratorio. Los análisis de las muestras tomadas en la bodega de la región 94 llegaron parcialmente el jueves 21 de marzo, 8 días después de la desaparición. Parcialmente porque el laboratorio entregó los resultados de las muestras de superficie antes que los de ADN que seguían en proceso.
Lo que encontraron en las superficies de la bodega era consistente con la presencia reciente de al menos dos personas. Fibras textiles de dos tipos distintos, unas de algodón azul marino, consistentes con el tipo de tela de la pijama que Alejandra llevaba puesta esa noche, según la descripción de Alan, y otras fibras de un tejido más grueso, de color oscuro, indeterminado en esa etapa.
También encontraron restos de comida y agua, evidencia de que alguien había permanecido en ese lugar durante un periodo que los forenses estimaban de manera preliminar entre 24 y 72 horas. Alguien había vivido temporalmente en esa bodega, posiblemente más de una persona y una de ellas con probabilidad alta, aunque todavía no confirmada, era Alejandra.
Lo que eso implicaba era doloroso de procesar, pero necesario de enfrentar. Si Alejandra había estado en esa bodega y ya no estaba, había dos escenarios. Había sido trasladada a otro lugar o algo le había pasado en ese intervalo. Ca se negó a pronunciarse sobre escenarios hasta tener más datos. Era una postura que a veces irritaba a los familiares, que necesitaban respuestas, pero que en la práctica era la única que servía para no cerrar líneas de investigación prematuramente.
Le informó a Ernesto Ruiz, el padre, con la cautela y la honestidad que la situación requería. Ernesto escuchó en silencio. Luego preguntó, “¿Está viva?” Jamal no respondió de inmediato. No tengo información que confirme lo contrario, señor Ernesto. No era suficiente. Los dos lo sabían, pero era lo único que podía decir con integridad.
El viernes 22 de marzo, 9 días después de la desaparición, la búsqueda de Bernardo Salastun llegó a un punto inesperado. Un agente de la policía estatal de Quintana, Raw, que patrullaba la carretera 180 en el tramo entre Cancún y Puerto Morelos, detectó una camioneta gris oscuro estacionada en un camino de terracería que entraba a la selva a la altura del kilómetro 27.
Estaba oculta entre la vegetación con ramas encima que sugerían un intento rudimentario de camuflaje. El agente se acercó. La cabina estaba vacía, las llaves no estaban. En la caja trasera una botella de agua vacía y una mochila pequeña de color negro. El faro trasero derecho tenía un aboyo, era la camioneta. Llamó de inmediato a la fiscalía.
El equipo de Camal llegó al lugar en menos de 40 minutos. Era una mañana de marzo en la selva de Quintana Roo con el calor húmedo que se cuela entre los árboles y el sonido de los pájaros que en cualquier otro contexto sería agradable. Peritos, agentes, cámara fotográfica, guantes. El procedimiento de siempre.
La mochila contenía una muda de ropa de hombre, una navaja de bolsillo, un sobre de plástico con 15,000 pesos en billetes y un teléfono celular de gama baja. El teléfono tenía batería, estaba apagado. Cuando los técnicos lo encendieron, encontraron mensajes de texto sin borrar. Los últimos tres mensajes recibidos, todos del mismo número sin nombre registrado en los contactos, decían, “El primero enviado el jueves 14 de marzo a las 2:15 de la madrugada.
Ya terminaste. Espera instrucciones. El segundo enviado el viernes 15 a mediodía. No contestes. Muévete al punto dos. El tercero, enviado el sábado 16, sin hora de lectura. Todo está controlado, desaparece por un tiempo. Mensajes cortos, fríos, con la economía de lenguaje de quien hace esto con regularidad. Bernardo Salastun no era el origen, era un eslabón.
El número desde el que se enviaron esos mensajes fue rastreado de inmediato. Era otro chip prepago activado una semana antes de la desaparición y que ya no registraba señal desde el día siguiente al último mensaje. Otro rastro cortado con cuidado. Pero hay algo que las personas que planean estas cosas a veces olvidan. Los metadatos. Información invisible que viaja con cada señal, cada transmisión.
Torres de celular, ubicaciones aproximadas, tiempos. Miriam Escamilla trabajó durante dos días con los datos del operador. El chip, desde el que se enviaron los mensajes a Bernardo Salastun, había estado activo en momentos distintos en tres ubicaciones. La zona hotelera de Cancún, la colonia industrial de Cancún y en una ocasión en la ciudad de Monterrey, específicamente en la zona del barrio antiguo de Monterrey.
mismo barrio donde estaba el estudio de Alejandra. El mismo día que Rodrigo Infante Montoya había ido a reclamar sin cita, la magnitud de lo que estaban viendo empezó a tomar forma. Alguien había visto a Alejandra en redes sociales o la había conocido a través del trabajo. Había investigado su rutina, su agenda, su próximo viaje.
Había coordinado desde al menos dos ciudades. Había usado personas distintas en distintos roles. Había aprovechado los puntos ciegos de un hotel que no mantenía bien su sistema de seguridad. No era un crimen de oportunidad, era un crimen de planificación y eso lo hacía más aterrador, pero también lo hacía rastreable porque las operaciones complejas dejan huellas complejas.
Más puntos de contacto significan más posibilidades de error, más personas que saben cosas, más cadenas que se pueden jalar. Camal lo sabía y lo que no sabía todavía, pero estaba empezando a intuir, era el por qué. ¿Por qué, Alejandra? Esa pregunta lo obsesionó durante los siguientes días con una intensidad que sus colegas notaron, pero ninguno comentó directamente.
Camal tenía la costumbre de quedarse hasta tarde en la oficina con el expediente extendido sobre la mesa, mirando las fotografías, los nombres, los números. buscando el hilo que conectara todo. Alejandra Ruiz Solano no tenía vínculos conocidos con actividades criminales, no tenía deudas peligrosas, no tenía enemigos declarados más allá del conflicto con el cliente.
Era una diseñadora gráfica de clase media en Monterrey. No era famosa, no era rica en el sentido que pudiera generar un interés financiero directo de ese nivel de operación. Entonces, ¿por qué? Una noche, revisando por décima vez su perfil de Instagram, Camal notó algo que había pasado por alto. Entre los seguidores recientes de Alejandra, uno agregado exactamente 20 días antes del viaje, había una cuenta con nombre genérico y sin foto de perfil, una cuenta que no tenía publicaciones propias, que no seguía a nadie más y
cuya única actividad registrada era seguir a Alejandra y darle like a tres de sus publicaciones, incluida la foto donde etiquetó el hotel. La cuenta era nueva, creada específicamente para eso. Miriam lo rastreó al IP desde donde se había creado. No fue a un domicilio particular, fue a un cibercafé en la colonia Centro de Cancún, un lugar llamado Cermax, ubicado sobre la avenida Uxmal.
Fueron al Cbermax el lunes 25 de marzo. Era un local angosto con una hilera de computadoras viejas. el olor a café instantáneo y el ruido de ventiladores de CPU. El dueño era un hombre de nombre Aurelio, cincuent y tantos años, con lentes gruesos y el gesto de quien no recuerda a sus clientes, pero tenían la fecha exacta de creación de la cuenta y el Cybermax, contra toda expectativa, tenía una cámara instalada apuntando hacia las computadoras, una cámara que sí funcionaba y que sí guardaba grabaciones durante 30 días antes de
sobreescribirlas. 30 días. La cuenta había sido creada 20 días antes de la desaparición. Todavía estaba en el periodo de almacenamiento. Por 10 días habían llegado a tiempo. Revisaron la grabación del día y la hora correspondiente. La computadora número tres del Cibía en cuestión. En esa computadora esa tarde había estado sentado un hombre moreno de unos 45 años con una camisa de cuadros oscura, el hombre del lobby del Sunset Royal.
Era la primera imagen clara de su rostro. Con esa imagen, la investigación aceleró. El fotograma fue procesado y comparado contra las bases de datos de la Fiscalía de Quintana Roo del Registro Nacional de Personas. y del historial de antecedentes penales. El proceso de reconocimiento tardó horas.
El resultado llegó a las 11 de la noche del martes 26 de marzo. El hombre tenía antecedentes en el estado de Veracruz bajo el nombre de Efraín Castellanos Mora, con una detención por fraude 7 años atrás que no prosperó en juicio sin condena, pero el nombre aparecía en al menos dos investigaciones previas del estado de Tamaulipas relacionadas con tráfico de personas.
tráfico de personas. Camal cerró el expediente y se quedó en silencio un momento. Eso cambiaba la naturaleza del caso de una manera que dolía. No era un crimen personal contra Alejandra específicamente. Era algo más frío, más sistemático. Alejandra había sido identificada, investigada y seleccionada como objetivo dentro de una operación mayor.
cliente que la había presionado, Rodrigo Infante Montoya, la empresa fantasma, Efraín Castellanos Mora en el lobby, Bernardo Salastun con la camioneta, la bodega en la región 94, eran piezas de una red. Al día siguiente, miércoles 27 de marzo, dos semanas exactas después de la desaparición, llegaron los resultados completos de ADN de las muestras tomadas en la bodega de la región 94.
Las muestras biológicas encontradas en las colchonetas y en una de las paredes eran de dos personas distintas. Una de ellas coincidía con las muestras de referencia proporcionadas por la familia de Alejandra. Era confirmación oficial. Alejandra Ruiz Solano había estado en esa bodega. Estuvo ahí entre 22 y 48 horas después de desaparecer del hotel.
según la estimación forense basada en los restos orgánicos. Y luego fue trasladada a dónde. La segunda muestra de ADN no coincidía con ningún perfil en las bases de datos disponibles. Era una persona sin antecedentes registrados o una persona cuyos datos simplemente no estaban en el sistema. Pero la pantufla del hotel encontrada en la bodega tenía algo más.
Algo que el informe inicial no había capturado, una mancha microscópica en la tela de un material que el laboratorio identificó como tierra rojiza con composición mineral específica de suelo calizo, del tipo presente en ciertos tramos de la zona de los senotes, del estado de Quintana Ro, tierra de la selva, no de la ciudad, alguien que había estado en la selva reciente y que después había estado en a bodega urbana.
Amal extendió el mapa de Quintana R sobre su escritorio. La zona de Cenotes, más cercana a Cancún, se distribuía principalmente entre los municipios de Benito Juárez, Solidaridad y Lázaro Cárdenas. Cientos de kilómetros de selva baja caducifolia, con caminos de terracería que en la temporada seca son transitables y en la de lluvia se convierten en una trampa.
Buscar en esa extensión, sin un punto de referencia más específico, era casi imposible. Necesitaban más. Lo que vino después fue un golpe de suerte disfrazado de trabajo metódico. Miriam Escamilla había estado rastreando la actividad del chip usado para enviarle mensajes a Bernardo Salast Tun. El chip se había apagado el 16 de marzo, pero antes de apagarse había estado activo durante varios días en un radio de señal que incluía, entre otras torres, una estación repetidora ubicada en la carretera Puerto Morelos Leona Vicario, en el kilómetro 8 de un camino
de terracería sin nombre que entraba a la selva. Esa torre de señal era de baja potencia, cubría un radio reducido, lo que significaba que quien usaba ese chip había estado físicamente cerca de ese punto. Camal llamó a la gente que había encontrado la camioneta abandonada, el camino de terracería donde estaba la camioneta.
¿En qué kilómetro de la carretera? El agente revisó su reporte. Kilómetro 27 de la 180 hacia Puerto Morelos. Ca midió en el mapa la distancia entre ese punto y la torre de señal del kilómetro 8 del camino sin nombre. 4 km en línea recta, selva adentro. El jueves 28 de marzo al amanecer, un operativo de búsqueda entró a la selva.
Eran 16 personas, cuatro agentes de la fiscalía, seis elementos de la policía estatal de Quintana Roo, dos guías locales que conocían los caminos de esa zona desde hace años, porque ahí habían cazado y cortado leña desde niños, un médico forense y dos paramedics del IMESCS de Puerto Morelos por precaución. La selva de esa zona de Quintana Ro no es la selva densa del sur del estado.
Es más baja, más seca, con el suelo calizo blanco asomando entre la vegetación. Hay cenotes ocultos que no aparecen en ningún mapa turístico. Hay abandonos de construcciones viejas, estructuras que alguna vez fueron fincas o bodegas de producción de chicle en el siglo XX y que hoy no son más que paredes cubiertas de hiedra.
Los guías conocían dos de esas estructuras en un radio aproximado del punto de interés. El equipo se dividió. La primera estructura estaba vacía, completamente abandonada, sin señales de uso reciente. La segunda estaba a unos 3 km adentro del camino, accesible solo por una vereda que sin los guías habría sido invisible.
Era una construcción de bloc y lámina de una sola planta. con las ventanas tapadas con tablones de madera y la puerta metálica asegurada desde afuera con un candado relativamente nuevo, no oxidado en contraste con el resto de la estructura que llevaba décadas envejeciendo. Andado nuevo en una estructura vieja, Camal se detuvo.
Había un sonido tenue, casi imperceptible sobre el ruido de los pájaros y el viento entre los árboles. Un golpe, dos golpes, como algo contra una superficie metálica. El médico forense se adelantó. Los golpes vinieron de adentro. El serrajero del equipo abrió el candado en 30 segundos. La puerta se abrió. El interior estaba oscuro.
Olía a humedad, a tierra, a encierro. Un olor que no debería existir en un lugar donde debería haber solo abandono. La linterna de la gente Rodrigo Naal iluminó el interior. En el fondo, contra la pared, en el suelo, había una persona, una mujer, cabello oscuro enredado con tierra, ropa rasgada que alguna vez fue una pijama azul marino, las muñecas con marcas visibles de haber estado atadas.
Los ojos cerrados ante la luz repentina, pero viva. Respirando, los golpes habían sido ella. El médico se arrodilló a su lado en segundos. tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no perder la compostura que 16 años de trabajo habían construido, porque en ese momento todo lo que había dentro de él quería gritar algo que no se permite gritar en el trabajo. La mujer entreabrió los ojos.
La luz le molestaba. ¿Es usted Alejandra Ruiz Solano?, preguntó el médico con calma. Una pausa. Luego con una voz que llevaba 15 días sin tener agua suficiente y sin tener a nadie que la escuchara. Sí, ya. El helicóptero de Lims la trasladó al hospital general de Cancún en 40 minutos. Deshidratación severa, heridas superficiales en muñecas y tobillos por las ligaduras, contusiones menores, una fractura pequeña en el dedo meñique de la mano derecha, probablemente de golpear contra la pared en los días previos a ser
rescatada, nada que no fuera a sanar con tiempo. El médico de urgencias que la atendió le dijo después a Camal fuera del cuarto, “La encontraron en el momento correcto. Un día más sin agua y la historia sería diferente. Cama la sintió, no dijo nada. Ernesto Ruiz llegó al hospital dos horas después del rescate.
Entró al cuarto con esa clase de lentitud que tienen las personas cuando tienen miedo de lo que van a ver y al mismo tiempo no pueden detenerse. Alejandra estaba recostada con un suero puesto, el cabello lavado ya por las enfermeras, los ojos abiertos mirando el techo. Cuando vio a su papá en la puerta, no lloró de inmediato, solo lo miró durante un segundo, como si tuviera que verificar que era real.
Ernesto se sentó a su lado, le tomó la mano y ahí sí empezó a llorar los dos en silencio primero, luego con esa clase de llanto que no pide permiso. Camal esperó afuera del cuarto en el pasillo del hospital con olor a antiséptico y el ruido lejano de los monitores, y pensó en todo lo que todavía faltaba por hacer, porque el caso no terminaba con el rescate.
Los responsables seguían libres. En los días siguientes, mientras Alejandra se recuperaba bajo vigilancia médica y comenzaba el proceso de declaración con el equipo de fiscalía, los operativos en Monterrey y en Cancún se intensificaron. Rodrigo Infante Montoya fue localizado el sábado 30 de marzo en un departamento en la zona de Santa Catarina en el área metropolitana de Monterrey, que tenía rentado a nombre de un primo.
Fue detenido para presentarse ante la Fiscalía de Nuevo León en coordinación con la de Quintana Re. Lo que encontraron al revisar sus dispositivos electrónicos fue suficiente para sostener una investigación formal. Contactos con números asociados a redes de tráfico de personas en tres estados, comunicaciones codificadas, pero no lo suficientemente codificadas, y un archivo en su computadora que era esencialmente una carpeta con información sobre varias mujeres, sus rutinas, sus redes sociales, sus patrones de vida. Alejandra era una de
ellas. Había sido seleccionada específicamente por su perfil, mujer joven que viajaba con frecuencia, con presencia activa en redes sociales, que publicaba sus ubicaciones con regularidad. Un perfil que millones de personas en México comparten sin pensar en las consecuencias. Efraín Castellanos Mora, el hombre de la camisa de cuadros del lobby, fue detenido en Tampico, Tamaulipas, 10 días después del rescate, gracias a la colaboración entre las fiscalías de tres estados.
Tenía antecedentes en esa ciudad bajo otro nombre, lo que complicó el proceso de identificación, pero no lo impidió. Bernardo Salast Tun fue encontrado en Cetumal, en casa de un familiar. El mismo día que la camioneta fue procesada por los forenses, se entregó sin resistencia, con el aspecto de alguien que lleva días sabiendo que lo que hizo tiene un peso que ya no puede cargar.
En su primera declaración dijo que le habían pagado para llevar a la mujer de la salida lateral del hotel a la bodega de la región 94 y nada más, que no sabía qué pasaría después, que alguien más se encargó del traslado a la selva. Ese alguien más llevó más tiempo identificar, pero se identificó. Alejandra pasó 12 días en el hospital antes de que los médicos autorizaran su traslado a Monterrey.
En ese periodo, declaró ante el equipo de fiscalía en sesiones cortas con una psicóloga presente, respetando sus tiempos y su estado. Lo que narró era coherente con la evidencia. Había caminado por el pasillo, notado la puerta lateral entreabierta cuando llegó a ella, se había distraído un momento con algo que cayó o creyó que cayó.
Y en ese segundo una persona la había tomado por detrás. Había gritado dos o tres veces. Había gritado el nombre de Alan, aunque sabía que era imposible que la escuchara. Marisol, la vecina de la región 94, la había escuchado. Y esa llamada anónima, esa mujer que decidió hablar, aunque tenía miedo, fue uno de los hilos que condujo al rescate.
El 8 de abril de 2019, 26 días después de la desaparición, Alejandra abordó un vuelo de Cancún a Monterrey, acompañada de su padre y de Daniela, quien había llegado al hospital tres días después del rescate y prácticamente no se había separado de ella desde entonces. Alan estaba en el aeropuerto de Monterrey cuando llegaron.
No hay registro de qué se dijeron cuando se vieron. Eso fue privado y privado debería quedarse. Pero quienes estuvieron cerca dijeron que los dos lloraron y que estuvieron mucho tiempo sin hablar. A veces no hay palabras para lo que necesita decse. El proceso legal fue largo, como son todos los procesos legales en México cuando se trata de delincuencia organizada y crimen transnacional.
Rodrigo Infante Montoya fue vinculado a proceso en agosto de 2019 bajo cargos de privación ilegal de la libertad, tráfico de personas y asociación delictuosa. Efraín Castellanos mora bajo los mismos cargos, más el de secuestro. Bernardo Salast Tun, bajo privación ilegal de la libertad y participación en secuestro, con una pena reducida por su colaboración.
El caso destapó conexiones con una red que operaba en varios estados del norte y del sureste de México, aprovechando los corredores turísticos para identificar y seleccionar objetivos. una red que según las investigaciones posteriores, llevaba al menos 4 años activa. Alejandra no fue la única víctima, tampoco fue la última antes de que la red fuera desarticulada parcialmente.
Hay casos anteriores que siguen sin resolverse completamente, nombres que no aparecen en este relato porque sus historias merecen contarse por separado, con el mismo cuidado, con el mismo respeto. Roberto Camal volvió a Cancún después de que el operativo de Monterrey concluyó. Regresó a su oficina en la fiscalía, a su escritorio con café frío y expedientes apilados.
Tardó una semana en cerrar el archivo activo del caso de Alejandra y pasarlo a la carpeta de investigación judicial en curso. Antes de hacerlo, se quedó un momento mirando la foto de Alejandra en las ruinas de Tulum, la misma que Daniela había publicado en redes sociales el primer día, la que se había vuelto viral, la que había puesto un nombre y una cara en el dolor abstracto de las estadísticas.
Alejandra de frente a las ruinas del castillo, el mar atrás, el cabello al viento, sonriendo. La guardó en el expediente y cerró la carpeta. Luego agarró el siguiente caso que esperaba en el escritorio. Siempre hay un siguiente caso. Hay cosas que Alejandra dijo en las semanas posteriores a su rescate que circularon a través de entrevistas que dio a medios de comunicación meses después.
cuando tuvo la distancia y la fortaleza suficiente para hablar en público. Una de esas cosas fue esto. Lo que más recuerdo de esos días en ese lugar oscuro es que no dejé de pensar en que alguien me iba a buscar. No de una manera mágica, sino que sabía que las personas que me querían no iban a detenerse.
Y eso fue lo que me mantuvo golpeando esa pared, aunque me doliera y aunque nadie me escuchara, porque en algún momento alguien iba a escuchar. La vecina Marisol escuchó. El agente de patrulla en la carretera 180 vio la camioneta. Camal y su equipo jalaron cada hilo disponible sin detenerse. No siempre termina así. Hay que decirlo con honestidad.
En México hay 90,000 expedientes de personas desaparecidas que todavía esperan. Hay familias que llevan años golpeando paredes y nadie ha escuchado todavía. Hay casos que no tienen un rescate en el kilómetro 8 de un camino de terracería. Hay nombres que merecen el mismo nivel de atención, el mismo esfuerzo, el misma urgencia y que no lo reciben.
Eso también forma parte de esta historia. Contar lo que salió bien no debería hacernos olvidar todo lo que todavía está pendiente. Alejandra volvió a trabajar 8 meses después de su regreso a Monterrey. Tardó ese tiempo y no hay nada de malo en eso. El proceso fue largo con altibajos. con meses mejores y meses donde todo era difícil.
Tuvo apoyo psicológico sostenido, tuvo a su familia cerca, cambió algunas cosas en su vida, no publicó más su ubicación en redes sociales. Hizo sus cuentas privadas, no por miedo paralítico, dijo, sino por una conciencia nueva sobre la información que regalamos sin pensar. Alán y ella siguieron juntos durante un año más después del incidente.
Luego se separaron. No por la tragedia en sí o no solo por ella. Las parejas a veces terminan aunque se quieran. Eso también es humano y también es verdad. Lo que Alan dijo cuando le preguntaron cómo había procesado los 16 días que pasaron entre la desaparición y el rescate, fue simple y difícil al mismo tiempo.
Hay una culpa que no se va fácil. Uno de los dos volvió y el otro no estaba ahí cuando pasó. Eso lo cargas, aunque sepas que no fue tu culpa. Lo cargas de todas formas. El caso de Alejandra Ruiz Solano se enseña hoy en talleres de seguridad turística en Quintana Row como ejemplo de las vulnerabilidades que existen en los complejos hoteleros de la zona hotelera, la cámara sin funcionar, la puerta lateral con mecanismo defectuoso, el hombre que entró al lobby sin ser identificado, los puntos ciegos que en conjunto formaron un corredor de 30
segundos suficiente. Para que todo cambiara, el Sunset Royal implementó nuevos protocolos después del caso. Otros hoteles de la zona también, no todos, no suficientes. Cancún sigue siendo el destino turístico más visitado de México. El Caribe sigue siendo ese azul que no se parece a ningún otro azul.
La zona hotelera sigue siendo una burbuja de relativa calma a unos kilómetros de una realidad más compleja. Y la pregunta que este caso dejó en el aire, la que nadie puede responder del todo, sigue siendo válida. ¿Cuántas personas están ahí afuera que nunca encontraron su camino de terracería con alguien esperando al final? Esa pregunta no tiene una respuesta cómoda, pero mientras exista alguien dispuesto a hacer el trabajo, a jalar cada hilo, a no darse por vencido, aunque el expediente sea uno entre 90,000, hay una posibilidad y a veces una posibilidad es suficiente.