Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ CANCUN: una pareja se separó un momento y solo uno volvió

Una tarde rentaron un tour en Catamarán por la laguna Nichupté y Alejandra se rió tanto del intento fallido de Alan de ponerse el equipo de Snorkel que terminó con dolor de costillas. Eran una pareja normal, con sus silencios y sus bromas, con la comodidad de quien ya conoce al otro de memoria. El miércoles 13 de marzo, 4 días después de llegar, hicieron una excursión a las ruinas de Tulum.

Salieron temprano a las 7 de la mañana en un autobús turístico que los recogió en la entrada del hotel junto con otras 12 personas. El camino fueron casi 2 horas hacia el sur por la carretera federal 307, pasando por Playa del Carmen, Puerto Morelos, Acumal. Las ruinas de Tulum se asientan sobre un acantilado.

El mar abajo, la selva atrás, el cielo arriba. Es uno de esos lugares que te obligan a detenerte, aunque tengas prisa. Alejandra caminó despacio entre las estructuras de piedra caliza blanqueada por el sol, sacando fotos con su celular, leyendo en voz alta los letreros informativos, haciendo preguntas al guía con una curiosidad genuina que al guía claramente le agradó.

Alan la seguía de cerca, pero algo más callado de lo habitual. Tenía el rostro ligeramente enrojecido por el sol y caminaba con un paso más lento. Al mediodía, mientras comían en un puesto frente al estacionamiento de las ruinas, tacos de cochinita píbil y agua de chaya con limón, le dijo a Alejandra que se sentía un poco mareado. El sol, preguntó ella, sí creo.

O el autobús o todo junto. regresaron al hotel pasadas las 5 de la tarde. Alan estaba definitivamente agotado. Subieron al cuarto, se ducharon y él se recostó en la cama con la intención de descansar un momento antes de cenar. Para cuando Alejandra salió del baño, ya estaba dormido con la ropa puesta. Ella lo miró un momento, sonríó, pidió comida al cuarto y cenó sola en el balcón, mirando el mar en la oscuridad, con las olas que no se ven, pero se escuchan.

Era una noche perfectamente ordinaria. A las 10:40 de la noche, Alejandra quiso ver una serie en su celular antes de dormir. El teléfono tenía 6% de batería. Buscó su cargador en la maleta. No estaba. Lo buscó en el bolso de mano. Tampoco revisó la bolsa lateral donde siempre guardaba los cables. Nada.

Entonces recordó. Lo había dejado enchufado en el baño del aeropuerto de Monterrey hacía 6 días. Un lunes en la mañana, con las prisas de abordar, lo olvidó pegado al contacto junto al espejo. Lo había notado cuando ya estaban en el avión, pero en ese momento fue solo un pequeño contratiempo. Ahora era un problema.

Miró a Alan dormido. Respiraba profundo, tranquilo. Despertarlo para pedirle prestado su cargador le pareció una crueldad innecesaria. El cargador de Alan era el mismo modelo, pero ella no sabía con certeza dónde lo había guardado él, y buscarlo en la oscuridad entre sus cosas tampoco era opción. Pensó un momento. Bajaba a recepción, preguntaba si el hotel prestaba cargadores o si tenían uno de cortesía, como hacen muchos hoteles de la zona hotelera, que se acostumbran a los descuidos de los turistas. Si no, preguntaba si había

alguna tiendita dentro del complejo. Había visto una especie de tienda de conveniencia cerca del lobby. Fue al espejo del baño, se recogió el cabello que ya traía suelto, se puso las pantuflas del hotel, pensó en cambiarse la pijama, pero el recorrido era corto. El cuarto estaba en el cuarto piso, el lobby en la planta baja. 5 minutos.

Máximo. No tomó llaves, no tomó el bolso, no despertó a Alan. Abrió la puerta con cuidado, tratando de no hacer ruido. Salió al pasillo. La puerta se cerró detrás de ella con ese clic suave y definitivo que tienen las puertas de hotel. Eso fue lo último que registró la cámara del pasillo del cuarto piso, Alejandra Ruiz Solano, a las 10:47 de la noche del miércoles 13 de marzo de 2019, caminando descalza sobre las pantuflas del hotel hacia el elevador con el cabello en trenza, la pijama azul marino y sin nada

en las manos. Lo siguiente que se sabe de ella con certeza es que llegó al lobby. Las cámaras del área de recepción la capturaron a las 10:49. Habló con un empleado del hotel, un hombre joven de uniforme rojo con el logotipo del resort. La conversación duró aproximadamente 2 minutos. El empleado señaló hacia el lado derecho del lobby.

Ella asintió, sonrió y caminó en esa dirección. A las 10:52, las cámaras del corredor que conectaba el lobby con la zona de tiendas y servicios la registraron avanzando hacia la pequeña tienda de conveniencia del hotel. Después de eso, no hay más imágenes, ninguna. Alan Bautista despertó pasadas las 2 de la mañana con una sed intensa.

Extendió el brazo hacia el lado de Alejandra en la cama. Estaba vacío. Pensó que estaba en el baño. Esperó un momento. Silencio. Se levantó. Revisó el baño. Nadie. Encendió la luz del cuarto. La cama de ella estaba tal como la había dejado cuando se acostó más temprano, ligeramente revuelta. El libro que ella leía antes de dormir sobre la almohada, su bolso estaba sobre la silla, su maleta cerrada, sus sandalias debajo de la cama.

Solo faltaban las pantuflas del hotel. Alan pensó que había bajado a la alberca o al lobby o a algún lugar dentro del hotel. Miró el celular. Eran las 2:11. Le mandó un mensaje de WhatsApp. Esperó, no llegó respuesta, le llamó. fue directo a Buzón. Esperó 20 minutos, luego bajó a buscarla.

En recepción le dijeron que sí, que una mujer con esa descripción había estado ahí cerca de las 11 de la noche, que había ido hacia las tiendas. El empleado que la había atendido ya no estaba de turno. Alan recorrió los corredores del hotel. La alberca exterior estaba cerrada a esa hora. El restaurante de playa también la tienda de conveniencia.

cerrada, regresó a recepción. Pidió que buscaran a su novia. La chica de recepción lo miró con esa expresión cautelosa que tienen las personas cuando no saben si están frente a una emergencia real o a un malentendido de pareja. Llamaron por el sistema interno. Nada. Las 3:30 de la mañana, Alan Bautista estaba de vuelta en recepción, esta vez con la voz tensa.

“Lléveme 3 horas y media desaparecida. Necesito que llamen a la policía.” La primera patrulla de la policía municipal de Benito Juárez llegó al Sunset Royal a las 3:58 de la madrugada. Los agentes que respondieron el llamado eran dos hombres jóvenes, ninguno mayor de 25 años. Uno se llamaba Óscar, el otro Fermín.

Escucharon a Alan con atención visible, pero sin urgencia. La zona hotelera de Cancún tiene un ritmo nocturno que a veces genera reportes de personas desaparecidas que en realidad terminan apareciendo en otro hotel, en una fiesta o en la playa con alguien que no debería estar ahí. No lo dijeron, pero Alan lo leyó en su actitud.

Read More