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The case that froze Tijuana: Best friends, a dream trip, and an unexplained disappearance

La habitación era sencilla. Dos camas individuales, un baño pequeño, pero tenía un balcón. Y desde ese balcón se veía el mar. Abril dejó caer su maleta, corrió al balcón. Valen a ver esto. El mar Caribe se extendía ante ellas. azul turquesa brillante bajo el sol, olas suaves tocando la arena. Era exactamente como lo habían imaginado.

Pero mejor se abrazaron en ese balcón. Lloraron de felicidad. Este era su sueño y lo estaban viviendo. Pero lo que no sabían era que esa felicidad duraría muy poco, porque en menos de 72 horas una de ellas desaparecería y nada volvería a ser igual. Esa tarde descansaron un poco. El viaje las había cansado. A las 6 pm salieron a caminar por la playa, sacaron sus pies del hotel y sintieron la arena por primera vez cálida, suave.

Abril corrió hacia el agua. Valeria la siguió. Se mojaron los pies. Gritaron de emoción. Un vendedor ambulante les ofreció cervezas. Compraron dos. Se sentaron en la arena. Vieron el atardecer. El cielo se pintó de naranja y rosa. Esto es un sueño, dijo Abril. Un sueño real, agregó Valeria. Cenaron en un restaurante cercano.

Tacos de camarón, conversación ligera, planes para los próximos días. Todo parecía perfecto, natural, como siempre había sido entre ellas. Esa noche, Abril publicó en Instagram fotos del mar, del atardecer, de ellas dos riendo. El caption decía: “Día 1 en el paraíso con mi hermana del alma. A las 11 pm ya estaban en el hotel, cansadas, pero felices.

Se durmieron casi de inmediato. 16 de enero, día 2. Despertaron temprano. El plan era ir a Xcaret, un parque ecoarqueológico famoso. Habían reservado el tour con anticipación. El transporte los recogería a las 80 am. Desayunaron rápido en el hotel. Pan dulce, café, jugo de naranja. A las 7:50 am ya estaban esperando en la recepción.

La camioneta llegó puntual. Subieron con otros turistas, parejas, familias, todos emocionados. El viaje a Excaret duró una hora. Abril no dejaba de tomar fotos del camino, de Valeria, de todo. Llegaron al parque a las 9:15 a. Era enorme. Ríos subterráneos, animales exóticos. ruinas mayas. No sabían por dónde empezar.

“Vamos primero a nadar en el río”, sugirió Valeria. Se pusieron los chalecos salvavidas. Entraron al agua. Era fría, cristalina. Nadaron por túneles de roca. Vieron peces de colores. La corriente las llevaba suavemente. En un momento, Abril se adelantó. Valeria la perdió de vista por unos segundos. Abril”, gritó.

El corazón le latió rápido, pero Abril apareció al doblar una curva. “Estoy aquí. Esto es increíble.” Pasaron 4 horas en el parque. Vieron el show de delfines. Comieron en un restaurante típico. Caminaron por senderos entre la selva. Pero algo sucedió esa tarde que cambiaría el rumbo de todo. A las 1308 pm, mientras descansaban en una banca, un hombre se les acercó.

Tendría unos 35 años. Bien vestido, camisa de lino blanca, jeans oscuros, sonrisa amable. Disculpen, ¿ustedes son de México?, preguntó en español con acento chilango. Valeria asintió con cautela. Sí, de Tijuana. Qué coincidencia, yo soy de Ciudad de México. Es su primera vez en Cancún. Abril, siempre más abierta, sonríó.

Sí, es nuestro viaje soñado. El hombre se presentó. Mucho gusto, soy Leonardo. Leo para los amigos. Vengo seguido por trabajo. Conversaron unos minutos. Leonardo era amable, carismático. Les recomendó lugares que visitar, restaurantes buenos y baratos, playas menos turísticas. “Si necesitan algo, aquí está mi contacto”, dijo dándole una tarjeta de presentación a Valeria.

“Cualquier duda sobre la ciudad, me escriben.” La tarjeta decía Leonardo Huerta, consultor de negocios. Gracias”, dijo Valeria guardando la tarjeta. Leonardo se despidió. “Disfruten Cancún, es un lugar mágico.” Abril esperó a que se alejara. “Qué buena onda el tipo, ¿no?” Valeria frunció el ceño. No sé, me pareció raro que se acercara así no más.

Ay, Bal, siempre tan desconfiada. Solo fue amable. Valeria no insistió, pero guardó la tarjeta en su mochila. regresaron al hotel a las 7:0 pm exhaustas pero contentas. Se cambiaron de ropa y decidieron salir a cenar. Elegieron un restaurante en la zona hotelera, el capitán, especializado en mariscos, pidieron ceviche, pescado a la parrilla, limonadas.

Mientras cenaban, Valeria notó que Abril revisaba su celular constantemente. “Todo bien”, preguntó. Abril levantó la vista. Sí, es que Javier me ha estado mandando mensajes. Javier era el novio de abril o exnovio. La relación era complicada. ¿Qué quiere ahora?, preguntó Valeria con tono molesto.

¿Quiere que hablemos? Dice que me extraña. Valeria dejó el tenedor. Abril dejamos Tijuana justamente para alejarte de eso, de él. Este viaje es para ti, para nosotras. Lo sé, lo sé, no le voy a responder. Pero su voz no sonaba convincente. Terminaron de cenar en silencio, un silencio incómodo que no era normal entre ellas.

De regreso al hotel, Abril se disculpó. Perdón, Bal, tiene razón. Este es nuestro viaje. Voy a bloquear a Javier. Valeria la abrazó. No tienes que disculparte. Solo quiero que seas feliz. Esa noche, antes de dormir, Abril cumplió su promesa. Bloqueó a Javier en WhatsApp, en Instagram, en todas partes. Ya está, dijo mostrándole el teléfono a Valeria, libre al fin.

Se durmieron tranquilas, sin saber que al día siguiente todo comenzaría a desmoronarse. 17 de enero, día 3. Amaneció nublado. El cielo gris presagiaba lluvia, pero a ellas no les importó. El plan era visitar Tulum, las ruinas mayas, junto al mar. Desayunaron temprano. Esta vez rentarían un coche.

Valeria sabía manejar. Era más económico que los tours organizados. A las 9:00 a ya estaban en la carretera, la 307, una autopista larga que conectaba a Cancún con Tulum. El viaje duraría hora y media. Abril puso música, reggaetón, bachata. Cantaban a todo pulmón como lo hacían en Tijuana cuando manejaban por la ciudad. Todo parecía normal, feliz como siempre.

Pero a las 10:15 a algo extraño sucedió. Un coche negro comenzó a seguirlas. Al principio, Valeria no le dio importancia. La carretera era transitada. Era normal que otros coches fueran en la misma dirección, pero el coche negro se mantenía siempre a la misma distancia. Tres carros atrás, nunca más cerca, nunca más lejos.

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