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La Huérfana Que Fue Criada Por Monjas y Se Vengó siendo la amante del Obispo: Querétaro, 1735

 No parece una novicia, es solo una huérfana que acogimos por caridad de excelencia, respondió la madre superiora con desdén, una criada. El obispo miró a Isabel con curiosidad. ¿Tiene nombre esta criada? Isabel Hernández para servirle, excelencia”, respondió ella con una voz suave y melodiosa que sorprendió a las monjas presentes.

 Nunca la habían oído hablar así. “Isabel,” repitió el obispo como saboreando el nombre, un nombre bíblico, la madre de Juan el Bautista. También significa consagrada a Dios, añadió Isabel bajando la mirada con aparente humildad, aunque en sus ojos brillaba una chispa de astucia. El obispo sonríó, evidentemente complacido con la erudición inesperada de la sirvienta.

 Parece que esta joven ha recibido alguna educación, madre superiora. Sor Catalina se retorció incómoda en su asiento. Lee la Biblia, excelencia. Nada más. Después del banquete, mientras el obispo y las monjas discutían asuntos administrativos en la oficina de la madre superiora, Isabel se escabulló hasta los aposentos preparados para el ilustre visitante.

 Dejó caer unas gotas de su propio perfume, hecho con flores del jardín del convento sobre la almohada. Luego colocó estratégicamente un pequeño libro de oraciones con una página marcada, El Cantar de los Cantares. Esa noche, cuando el obispo se retiró a descansar, encontró el libro y el sutil aroma.

 Intrigado, comenzó a leer los pasajes marcados. que me bese con los besos de su boca, porque tus amores son mejores que el vino. Isabel esperó pacientemente en su habitación, contando las horas. Poco antes del amanecer, cuando sabía que debía levantarse para comenzar sus tareas, escuchó un suave golpe en su puerta. “Adelante”, susurró. La puerta se abrió revelando la figura de uno de los secretarios del obispo.

“Su excelencia desea hablar contigo”, dijo en voz baja. Ahora, con el corazón latiendo aceleradamente, Isabel siguió al hombre a través de los pasillos silenciosos del convento hasta la habitación del obispo. Fernández de Santa Cruz estaba sentado en un sillón junto a la ventana, vestido con una sencilla sotana negra en lugar de sus elaboradas vestiduras ceremoniales.

“Cierra la puerta”, ordenó suavemente cuando ella entró. Isabel obedeció, manteniendo la cabeza inclinada en una postura de su misión que había perfeccionado a lo largo de los años. Mírame”, dijo el obispo. Cuando ella alzó la vista, vio que sus ojos no mostraban lujuria como había esperado, sino curiosidad y algo parecido a la compasión.

“¿Fuiste tú quien dejó este libro en mi habitación?”, preguntó mostrando el pequeño volumen de oraciones. “Sí, excelencia”, respondió Isabel con honestidad. “¿Por qué?” Isabel dudó por un momento, pero luego decidió arriesgarse. Porque quiero salir de aquí y usted es mi única esperanza. El obispo la estudió en silencio durante largo rato.

 Cuéntame tu historia”, dijo finalmente así, mientras la primera luz del alba comenzaba a filtrarse por la ventana, Isabel le contó todo, cómo había sido abandonada, cómo las monjas la habían tratado como a una sirvienta en lugar de como a una hija de Dios. Cómo había aprendido a leer y escribir a escondidas y cómo soñaba con una vida diferente.

¿Qué es lo que quieres exactamente?, preguntó el obispo cuando ella terminó su relato. Isabel lo miró directamente a los ojos. Quiero ser libre y quiero justicia. Fernández de Santa Cruz se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver los arcos del acueducto recién terminado.

 Una obra monumental que había costado una fortuna, pero que aseguraría agua limpia para la ciudad durante siglos. La libertad tiene un precio, Isabel”, dijo sin volverse, “y justicia no siempre se parece a lo que imaginamos.” “Estoy dispuesta a pagar cualquier precio”, respondió ella con determinación. El obispo se volvió para mirarla. Mi secretario personal ha enfermado gravemente y debe regresar a España.

Necesito alguien que sepa leer y escribir, que sea discreto y leal, alguien como tú. Isabel sintió que su corazón daba un vuelco. Me está ofreciendo un puesto en su casa. Te estoy ofreciendo una oportunidad, precisó el obispo. Lo que hagas con ella dependerá de ti. Esa misma mañana, ante la sorpresa y consternación de Sor Catalina y las demás monjas, el obispo Fernández de Santa Cruz anunció que se llevaría a Isabel a su residencia para que sirviera como ayudante de su secretaría.

“Esta joven tiene talentos que están siendo desperdiciados aquí”, declaró con autoridad. Dios nos llama a usar los dones que nos ha dado, no a enterrarlos. Mientras Isabel recogía sus escasas pertenencias, Sor Catalina la enfrentó en su habitación. Sé lo que estás haciendo, siseó la anciana monja.

 Crees que has ganado, pero el pecado siempre se paga. Isabel, recuérdalo. Isabel se limitó a sonreír. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Lo recordaré, madre. Y usted recuerde que Dios ve todas nuestras acciones, incluso aquellas que hacemos a puerta cerrada. Esa tarde, mientras el carruaje del obispo se alejaba del convento, Isabel miró por última vez el lugar que había sido su prisión durante 19 años.

Los arcos del acueducto se alzaban sobre la ciudad como un recordatorio de que incluso las barreras más grandes podían ser superadas. En su regazo apretaba un pequeño crucifijo de madera, el único recuerdo que tenía de sus padres desconocidos. Pero en su corazón, donde debería haber gratitud hacia el obispo por rescatarla, solo crecía una semilla de venganza.

Porque Isabel había descubierto algo que nadie más sabía, una carta escondida entre los documentos del convento. una carta que revelaba que su abandono no había sido obra del azar, sino una decisión calculada para ocultar un pecado imperdonable, un pecado en el que estaban involucrados tanto el obispo como la madre superiora.

Y mientras el carruaje avanzaba hacia su nuevo destino, Isabel juró que pasara lo que pasara, descubriría toda la verdad y haría pagar a todos los responsables de su sufrimiento. La mansión del obispo Fernández de Santa Cruz se alzaba imponente en una de las mejores zonas de Querétaro, cerca de la plaza principal.

Construida con la misma cantera rosa que caracterizaba a los edificios nobles de la ciudad. contaba con un amplio patio central adornado con una fuente de mármol y corredores sostenidos por columnas labradas. El contraste con la austeridad del convento de las capuchinas no podía ser mayor. Isabel descendió del carruaje con el corazón latiendo aceleradamente.

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