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La impactante redada encabezada por Harfuch en la supuesta mansión ligada a “El Negro Durazo” desató una tormenta política y mediática que está haciendo temblar viejos secretos del poder VL

La impactante redada encabezada por Harfuch en la supuesta mansión ligada a “El Negro Durazo” desató una tormenta política y mediática que está haciendo temblar viejos secretos del poder

Hay una mansión frente al mar en Cihuatanejo, levantada como una copia del templo más famoso de la antigua Grecia con 42 columnas, pisos de mármol y una discoteca que imitaba al club nocturno más exclusivo de Nueva York. Y para construir la entrada de esa mansión, el dueño mandó arrancar parte de las rejas del bosque de Chapultepec, en plena Ciudad de México, como si el patrimonio de la nación fuera material de obra para su capricho.

Ese hombre no era un empresario, no era un magnate, no era un heredero, era el jefe de la policía y México lo recuerda todo. Recuerda su nombre, recuerda su poder, recuerda el miedo que imponía y recuerda sobre todo ese palacio griego que se alzó como un monumento a la corrupción más descarada que ha visto este país en el siglo XX.

Su nombre era Arturo Durazo Moreno. Todos lo conocían como el negro Durazo. Y su historia es la prueba de hasta dónde puede llegar el poder cuando nadie se atreve a tocarlo. [música] Quiero ser claro contigo desde el primer segundo, porque esta historia lo merece y porque tú mereces que te la cuenten bien. Lo que vas a escuchar a continuación no es un rumor.

Es historia documentada, contada en libros, en investigaciones periodísticas, en expedientes judiciales y hasta en una película. La fortuna de Durazo, su mansión, su caída, su detención y el destino final de El Partenón están registrados y son verificables. Lo que sí voy a hacer es invitarte a un ejercicio de memoria, porque el título mismo lo pide, México recuerda.

Y recordar a Durazo hoy en una época en la que se habla otra vez de ir tras los patrimonios mal habidos no es un capricho nostálgico. Es una manera de entender de dónde venimos y de medir cuánto o qué tampoco hemos cambiado. Porque aquí está la pregunta incómoda que esta historia te va a dejar clavada. Si un hombre pudo construir un templo griego con dinero robado a la vista de todos durante años sin que nadie lo detuviera.

¿Qué dice eso del sistema que lo permitió? Y cuántos durazos, con otros nombres, con otras mansiones, con otros disfraces, han pasado por el poder desde entonces creyendo exactamente lo mismo que él creyó, que el cargo era una licencia para tomar lo que se les antojara y que nadie jamás les pediría cuentas.

Quédate conmigo porque lo que viene no es solo la historia de un policía corrupto. Es la radiografía de cómo funcionaba el poder en México, de cómo se construyó la impunidad como sistema y de por qué, décadas después todavía no sigue persiguiendo el fantasma del Partenón. Si te quedas hasta el final, vas a entender el caso Durazo completo.

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Vas a conocer los detalles de esa mansión que casi nadie cuenta y vas a poder responder por ti mismo la pregunta que de verdad importa. Y si todavía no estás suscrito, este es el momento de hacerlo y de activar la campanita, porque la memoria en un país que tiende a olvidar es la herramienta más poderosa que tenemos contra la repetición.

Aquí no olvidamos, aquí recordamos todo. Empecemos por el principio, por el hombre. Arturo Durazo Moreno fue jefe de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal, lo que hoy sería la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México durante el sexenio de José López Portillo, entre 1976 y 1982. Y la clave para entender todo lo que hizo está en una sola palabra, amistad.

Durazo era amigo de López Portillo desde la infancia. habían crecido juntos. Y cuando López Portillo llegó a la presidencia, le entregó a su viejo amigo el control de la policía de la capital del país. No por sus méritos, no por su trayectoria, no por su capacidad, por confianza personal, por lealtad de juventud.

Esa es la primera lección oscura de esta historia. En el México de aquellos años el poder no se ganaba, se regalaba entre amigos y a Durazo le regalaron uno de los aparatos de fuerza más grandes del país. Lo que hizo con ese aparato es lo que lo convirtió en uno de los máximos símbolos de la corrupción en la historia moderna de México.

Durante su gestión, según investigaciones periodísticas y testimonios que se acumularon durante años, Durazo no administró la policía, la convirtió en una empresa criminal a su servicio. Se le señaló de institucionalizar la delincuencia desde el propio gobierno. Se le vinculó con redes de extorsión, con cobro de plazas dentro de la corporación, con protección a delincuentes a cambio de dinero, con tortura, con desapariciones y con nexos con el tráfico de drogas.

La policía que debía proteger a la ciudadanía se transformó bajo su mando en un instrumento de saqueo. Los propios policías tenían que pagar por sus puestos, por sus ascensos, por el derecho a trabajar. Y todo ese dinero subía, peldaño por peldaño hasta llegar a las manos del jefe. Para que dimensiones bien lo que esto significa, tienes que entender el momento que vivía el país.

El sexenio de López Portillo coincidió con el gran auge petrolero de México. Se habían descubierto enormes yacimientos. El precio internacional del petróleo estaba por las nubes y el discurso oficial prometía que México por fin iba a administrar la abundancia. El presidente llegó a pronunciar frases que quedaron grabadas en la memoria nacional.

como aquella promesa de defender el peso, una promesa que el tiempo se encargaría de convertir en amarga ironía cuando la moneda se desplomó y el país entró en una de sus peores crisis. Porque esa es la gran contradicción de la época. Mientras se hablaba de abundancia y de riqueza petrolera, la corrupción devoraba por dentro al estado y al final del sexenio la fiesta terminó en devaluación, deuda y desencanto.

La fortuna de Durazo se construyó exactamente en ese contexto, en el de un país que creía estar nadando en dinero y que en realidad estaba siendo vaciado desde las propias instituciones que debían cuidarlo. Y la maquinaria que Durazo montó dentro de la policía era de una eficiencia escalofriante. No se trataba de actos aislados de corrupción, de un mando que de vez en cuando aceptaba un soborno.

Se trataba de un sistema completo, organizado, jerárquico, en el que la extorsión y el cobro de cuotas funcionaban como una estructura empresarial. Cada nivel de la corporación tenía que entregar. El policía de a pie debía producir para su superior, el superior para el suyo y así hasta la cúspide.

La corrupción dejó de ser una desviación del sistema y se convirtió en el sistema mismo. Quien quería pertenecer tenía que participar. Quien se negaba no duraba. Ese diseño perverso explica por qué el dinero fluía en cantidades tan astronómicas que permitían levantar palacios. No venía de un golpe de suerte ni de un negocio puntual.

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