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EL CASO QUE OCURRIÓ EN 2026 Y CONGELÓ A COLOMBIA: PAREJA DESAPARECIÓ EN AEROPUERTO SIN EXPLICACIÓN

 Son dos personas normales esperando un vuelo normal hacia un viaje que habían planeado con ilusión durante meses. El checkin no presentó inconvenientes. Las maletas fueron registradas y enviadas a bodega sin observación alguna. Les asignaron los asientos 18C y 18D juntos junto a la ventana del lado derecho del avión.

 Rosalva había solicitado específicamente asientos con ventana porque le gustaba ver las nubes y porque en los vuelos largos se quedaba dormida mirando el horizonte. El vuelo salía a las 9:20 de la mañana. Faltaban algo más de dos horas. Todo iba exactamente como debía ir. Pasaron por el desayuno.

 Germán comió un sándwich de pollo y tomó café negro. Rosalba pidió jugo de naranja y un croant que comió a medias porque a esa hora de la mañana no tenía mucho apetito. Hablaron de lo que harían en México, de la cara que pondría Jennifer cuando los viera aparecer en el aeropuerto de Guadalajara de que tenían que comprar chocolates colombianos en la tienda de la terminal para llevar de regalo.

 Eran las 7:18 cuando pagaron la cuenta y empujaron sus maletas de mano hacia el área de control de seguridad para pasar a la zona de embarque internacional. El problema comenzó a las 7:38 minutos de la mañana. La maleta de Rosalba, una troley negra de tamaño mediano con una cinta azul amarrada alaasa para distinguirla de las demás.

 Pasó por la banda del escáner de rayos X y fue detenida de inmediato. El agente que monitoreaba la pantalla levantó la mano izquierda en señal de parada y detuvo la cinta con el control manual. No dijo nada en ese primer momento. Llamó a un segundo agente con un gesto. El segundo agente se inclinó sobre la pantalla.

 Ambos observaron la imagen en silencio durante varios segundos, más de lo que habitualmente se observa cuando el resultado es trivial. Sus expresiones no eran de alarma abierta, eran de algo más contenido, más calculado, más parecido a la confirmación que a la sorpresa. Uno de ellos se acercó a Rosalba y le indicó con tono protocolar y sin mayor explicación que debía acompañarlos junto con su maleta para una revisión adicional en sala privada.

 Rosalba preguntó qué habían encontrado. El agente respondió que era un procedimiento estándar y que no había motivo de preocupación. Germán, que estaba a su lado con la mochila ya recuperada del escáner, preguntó si podía acompañarla. El agente lo miró un momento y luego asintió brevemente, como quien acepta algo que no puede impedir sin generar una escena. necesaria.

Los condujo a los dos hacia una puerta lateral de acero, más ancha que una puerta convencional, marcada con un letrero plastificado que decía área restringida, personal autorizado. La puerta se cerró detrás de ellos. Eso es lo último que las cámaras del sistema principal de videovigilancia del aeropuerto internacional El Dorado registran con claridad a las 7:41 minutos de la mañana del 14 de enero de 2026, Rosal Batinoco y Germanus Cegiui desaparecen del sistema de videovigilancia del aeropuerto.

No hay registro de que hayan regresado a la zona pública de la terminal. No hay registro de que hayan abordado ningún vuelo ese día ni en los días posteriores. No hay registro de que hayan salido por ninguna de las salidas del aeropuerto. No hay registro de que hayan sido formalmente detenidos, procesados penalmente, ni ingresados a ningún centro de reclusión del sistema penitenciario colombiano.

No existe una sola línea en ningún sistema oficial del Estado colombiano que dé cuenta de qué ocurrió con ellos después de que esa puerta se cerrara. Simplemente desaparecen. Jennifer Tinoco los esperaba esa tarde en el aeropuerto internacional de Guadalajara. Había llegado una hora antes de lo necesario, porque así era ella, puntual hasta la ansiedad, con un letrero escrito a mano que decía: “Bienvenidos!” Preparado la noche anterior, riéndose sola de lo cursy que era.

 Cuando el vuelo de conexión desde Panamá aterrizó y los pasajeros empezaron a salir, Jennifer buscó entre cada rostro. Esperó hasta que el último pasajero salió. Esperó 30 minutos más. Luego llamó al teléfono de Rosalva. No hubo respuesta. Llamó al de Germán. Lo mismo mandó mensajes por WhatsApp. Los mensajes llegaron, pero las palomillas azules de lectura nunca aparecieron.

Para las 11 de la noche del 14 de enero, la familia había interpuesto una denuncia formal por personas desaparecidas ante la Fiscalía General de la Nación. La respuesta fue rutinaria y fría. Los agentes indicaron que debían esperar 72 horas antes de que el caso fuera escalado como desaparición prioritaria, un protocolo estándar que en cualquier otra circunstancia sería razonable, pero que en este contexto resultaría devastadoramente inadecuado.

que lo que le había ocurrido a Rosalva y Germán esa mañana en el aeropuerto más importante de Colombia no era una desaparición ordinaria, era el inicio de algo que tardaría semanas en comenzar a entenderse y que hoy, mientras ves este video, sigue sin tener una respuesta definitiva. El vuelo a Ciudad de México despegó a las 9:20 sin ellos.

 Los asientos 18C y 18D permanecieron vacíos durante todo el trayecto. Su equipaje despachado tampoco apareció en la cinta de reclamo en el destino. Nadie sabe dónde están sus maletas. Nadie sabe dónde están ellos. Y lo que las investigaciones de la semana siguiente revelarían, capa por capa, haría que Colombia entera contuviera el aliento.

 ¿Qué encontraron las autoridades cuando finalmente accedieron a las cámaras restantes? ¿Qué decía el informe filtrado que llegó a manos de un periodista tres días después? ¿Y quiénes son realmente las personas que aparecen en los pasillos esa mañana antes de que la maleta fuera detenida? Bogotá, 16 de enero de 2026.

 Fiscalía General de la Nación. Dos días después de la desaparición, la investigadora Luzmaris Cadavid llegó a su oficina en la fiscalía a las 7 de la mañana con un café negro y la certeza tranquila de que el caso Tinokouská era una de esas situaciones que se resolverían rápido. La pareja había perdido el vuelo por algún problema personal.

 habían salido por una puerta secundaria sin registrarse correctamente o había un malentendido con los sistemas biométricos de la terminal, que tenían fama de fallar en horas pico. Ese tipo de cosas pasaba, no era frecuente, pero pasaba. Y cuando pasaba, normalmente había una explicación sencilla al fondo. Luzmaris llevaba 11 años en la Fiscalía General de la Nación.

 Había trabajado casos de desaparición forzada en el Chocó, en comunidades donde los cuerpos aparecían semanas después a orillas de ríos sin nombre en los mapas. había investigado redes de microtráfico en SOACHA que operaban con la complicidad de funcionarios que cobraban sueldo del Estado. Había pasado meses reconstruyendo testimonios en casos donde los archivos habían sido destruidos deliberadamente, donde los testigos cambiaban sus versiones y donde la presión para cerrar investigaciones llegaba de arriba.

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