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Harfuch lanza una cacería implacable contra un poderoso líder huachicolero vinculado con más de 40 empresas fantasma, lavado de dinero y millones desaparecidos VL

 Harfuch lanza una cacería implacable contra un poderoso líder huachicolero vinculado con más de 40 empresas fantasma, lavado de dinero y millones desaparecidos

Entos revelan que Jesús Ricardo N había realizado estudios y trámites para un proyecto de combustible en Salinas Victoria. Escuche. Atención, atención. Omar García Harfush da un golpe sobre la mesa contra el huachicol. Reventó 40 empresas fantasma, 23,000 millones de pesos robados y a un solo hombre que creyó que los papeles lo protegerían mejor que cualquier arma.

Omar García Harfuch ordenó el operativo antes del amanecer no porque tuviera una pista nueva, sino porque después de 7 meses de inteligencia acumulada, 43 días de vigilancia aérea y una llamada telefónica interceptada a las 22:47 horas de la noche anterior, el cerco ya estaba tan cerrado que esperar un minuto más era regalarle tiempo al enemigo.

Harfuch activó el protocolo y Nuevo León dejó de dormir. Lo que ningún noticiero te va a decir esta noche es que los permisos que usó Jesús Ricardo para mover combustible ilegal no eran falsos. Eran permisos reales, firmados, sellados, obtenidos. El problema es que la empresa que lo solicitó nunca existió.

Pero hay algo más profundo que eso, algo que los noticieros no te van a contar. Porque la pregunta verdadera de este caso no es cómo robaron 23,000 millones. La pregunta es, ¿quién dentro de Pemex los dejó entrar? ¿Ese nombre existe, está en los archivos de Harf? Y esa pregunta tiene respuesta, solo que todavía no es pública.

Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Para entender lo que ocurrió en Nuevo León, hay que entender primero qué eran los petrofactureros. No era un cartel de hombres armados en la sierra. No había campamentos, no había sicarios apostados en retenes, no había naromantas colgadas en los puentes.

Lo que había era algo más sofisticado y en muchos sentidos más peligroso. Era una corporación criminal. Jesús Ricardo Puente no operaba desde un rancho escondido. Operaba desde oficinas, tenía escritorios, impresoras, asistentes, tarjetas de presentación, dirigía una red de más de 40 empresas que en papel se dedicaban a logística. transporte y energía, empresas con razón social, con RFC, con cuentas bancarias activas, con contratos firmados, empresas que pagaban algunos impuestos para no levantar sospechas, empresas que existían perfectamente en el sistema y

que en la realidad no tenían un solo empleado real, un solo camión registrado a su nombre, una sola bodega que les perteneciera. El negocio era simple en concepto y brutal en escala. Introducir combustible al país por puertos marítimos, moverlo en tren hasta el centro, redistribuirlo por tierra usando tractocamiones que en papel pertenecían a empresas limpias y cobrar como si fuera combustible legítimo, sin pagar los impuestos que corresponden, sin pasar por los controles que exige la ley. El margen de ganancia por litro era

obseno multiplicado por millones de litros, se convirtió en 23,000 millones de pesos. Jesús Ricardo era una pieza esencial de esa maquinaria, no el cerebro, este Tom ese era otro hombre al que en este canal vamos a llamar el contador y al que vamos a dedicarle tiempo más adelante porque su historia es más perturbadora que la de cualquiera de los que ya cayeron.

Jesús Ricardo era el operador logístico el que resolvía el problema práctico, mover el combustible físicamente de un punto a otro sin que nadie hiciera preguntas. y durante años lo logró y entonces llegó el dato que lo cambió todo. Jesús Ricardo Puente no era un improvisado, era un hombre que había construido su operación con cuidado, con paciencia, con una inteligencia fría para los detalles.

No cometió errores de novato, cometió errores de arrogante. Y en este negocio la arrogancia tiene una sola consecuencia. El primero de esos errores lo cometió seis semanas antes de que los agentes tocaran su puerta. Hasta ese momento, los petrofactureros distribuían sus operaciones de trasbase entre tres predios distintos en el área metropolitana de Monterrey.

Era ineficiente, era lento, era costoso. Jesús Ricardo tomó la decisión empresarial más lógica del mundo. Centralizar un solo predio en Salinas Victoria. Mejor infraestructura, acceso más directo a la carretera federal. capacidad para mover los 62 contenedores cilíndricos sin tener que coordinar entre múltiples ubicaciones.

Fue una decisión de optimización que cualquier consultor logístico habría aplaudido. Lo que Jesús Ricardo no sabía era que esa decisión acababa de crear el patrón que los analistas de la Agencia de Investigación Criminal necesitaban. A partir del 14 de marzo, un dron de vigilancia comenzó a registrar el tráfico vehicular en ese predio.

43 tractó camiones en un radio de 2 km. El mismo recorrido, las mismas horas, la misma secuencia. En inteligencia eso no es logística, es una firma. Y esa firma quedó grabada en los servidores del Centro Nacional de Inteligencia. Ese fue el primero. El segundo error lo cometió 16 días antes del operativo. Una auditoría fiscal de rutina se acercaba a tres de sus empresas.

Era el tipo de presión administrativa que los petrofactureros habían navegado decenas de veces. Sabían cómo responder, qué documentos presentar, qué explicaciones dar. Pero esta vez Jesús Ricardo decidió ser precavido. Ordenó concentrar la documentación sensible de esas tres empresas en el inmueble de San Pedro Garza García.

La dirección más limpia de la red. Una zona residencial de alto valor, una dirección que nunca había aparecido en ningún operativo previo. Parecía el movimiento más inteligente posible, sacar los papeles comprometedores del predio industrial y resguardarlos en la dirección corporativa de mayor perfil. Lo que Jesús Ricardo no sabía era que ese inmueble en San Pedro llevaba 3 semanas bajo vigilancia de la FEMdo y que el movimiento de cajas, carpetas y archiveros hacia esa dirección fue fotografiado, catalogado y añadido al expediente federal esa misma tarde. El

tercer error llegó la noche anterior a las 21:30 horas, Jesús Ricardo recibió una llamada desde un número no identificado. Alguien en su red había escuchado rumores, cateos en el sector, movimiento inusual de vehículos federales. La advertencia era vaga, pero era una advertencia. Jesús Ricardo analizó sus opciones.

Si movía los tractocamiones esa noche, el movimiento masivo de vehículos industriales en horario nocturno llamaría más atención que cualquier otra cosa. Decidió no mover nada, quedarse quieto, dejar que el rumor pasara. Lo que Jesús Ricardo no sabía era que esa llamada había sido interceptada a las 22:47 horas por el Centro Nacional de Inteligencia y que su decisión de no moverse fue exactamente la confirmación que los analistas necesitaban para saber que el objetivo estaba en su posición.

En ese momento, Harf dio la orden definitiva. Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa madrugada Harf ya tenía todo lo que necesitaba. A las 4:15 de la mañana, los primeros vehículos sin identificación comenzaron a moverse por las calles de San Pedro Garza García. No había sirenas, no había torretas encendidas, no había columnas de patrullas con escolta, lo que había era silencio calculado, el tipo de silencio que se entrena, que se ensaya, que se ejecuta con la precisión de una coreografía que nadie va a ver, pero que

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