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Cuando una monja levantó el piso de una iglesia en , los lamentos comenzaron a subir desde el suelo

Arturo y su ayudante volvieron a levantar la losa, esta vez con más precaución. Domingo bajó primero con una linterna potente, seguido por Teresa, que llevaba otra. Los escalones estaban desgastados por el uso, lo que significaba que no eran tan antiguos como la iglesia misma o que habían sido usados más recientemente de lo que los registros indicaban.

El pasadizo era estrecho, las paredes de piedra resumaban humedad. Bajaron 15 escalones antes de llegar a un túnel horizontal que se extendía en dos direcciones. Las marcas en las paredes se multiplicaban aquí. Arañazos desesperados, mensajes fragmentados, fechas recientes que hicieron que Teresa sintiera náuseas. 2023, Socorro. 2024, Mamá, te amo.

Una fecha era de apenas 6 meses atrás. Dios mío”, susurró Domingo, su linterna temblando en su mano. “Esto no es antiguo, esto es” No terminó la frase, pero Teresa supo que quería decir. Esto es reciente. Esto está pasando ahora. siguieron por el túnel hacia la derecha, donde el olor se volvía más intenso. Después de 20 m encontraron puertas, tres puertas de metal pesado con cerrojos oxidados, pero funcionales.

Domingo extendió la mano hacia la primera, pero Teresa lo detuvo. Padre, quizás deberíamos esperar a las autoridades. Y si hay alguien ahí adentro que necesita ayuda ahora. respondió Domingo y Teresa no tuvo respuesta para eso. El cerrojo chirrió al abrirse un sonido que pareció propagarse por todo el túnel.

Domingo empujó la puerta lentamente. Lo que encontraron del otro lado los cambiaría para siempre. Era una celda, no había otra palabra para describirla. pequeña, quizás 3 m por 3 m, con un catre de metal en una esquina, un cubo en otra y las paredes completamente cubiertas de marcas. Pero lo más perturbador era lo que estaba sobre el catre, una manta doblada con cuidado, como si alguien hubiera intentado mantener un vestigio de dignidad en medio del horror y sobre la manta un rosario.

Teresa lo recogió con manos temblorosas. Era de madera simple, desgastado por el uso, con una cruz de metal que tenía grabado un nombre, María Fernanda Gutiérrez. Padre”, dijo Teresa, su voz apenas un susurro. “Conozco ese nombre. Su madre viene a misa todos los domingos. Desapareció hace 8 meses. La policía dijo que probablemente se había ido con un novio.

Domingo cerró los ojos, su rostro pálido, a la luz de la linterna. Revisa las otras celdas.” La segunda celda estaba vacía, pero mostraba signos de haber sido ocupada recientemente. Había un plato de plástico con restos de comida seca. La tercera puerta estaba cerrada desde afuera y cuando Domingo la abrió, se detuvieron en seco.

No estaba vacía. En el catre había una joven, no podía tener más de 20 años, acurrucada de cara a la pared. No se movía. Teresa corrió hacia ella. Su formación como enfermera de años atrás tomando control. La tocó suavemente en el hombro y la joven se volteó con lentitud. Sus ojos estaban abiertos pero vacíos.

Su piel estaba pálida, casi translúcida. Parecía mirar a través de Teresa, como si no estuviera allí. Tenía el cabello enmarañado y sucio, la ropa rasgada. No dijo nada, no hizo ningún sonido, solo miraba con esos ojos huecos que habían visto demasiado. “Estás a salvo”, susurró Teresa, aunque sabía que esas palabras probablemente no significaban nada para alguien que había sido arrancado de su vida y encerrado en la oscuridad.

“Vamos a sacarte de aquí.” La joven finalmente parpadeó y luego con una voz ronca por el desuso, murmuró una sola palabra que el heló la sangre de ambos religiosos. Regresan. Domingo miró hacia el túnel oscuro que se extendía más allá, hacia las sombras que la luz de sus linternas no alcanzaba a penetrar. ¿Quiénes regresan? Pero la joven había cerrado los ojos de nuevo, retrayéndose dentro de sí misma a ese lugar interior donde quizás todavía podía sentirse segura.

Teresa y Domingo la ayudaron a levantarse. Era liviana, demasiado liviana, como si hubiera estado desnutrida durante semanas. La llevaron hacia los escalones con cuidado, pero cuando llegaron al pie de estos, escucharon algo que los hizo detenerse en seco. Voces, hombres hablando en voz baja y no venían de arriba de la iglesia, venían del otro extremo del túnel, de la dirección que no habían explorado.

“Suban”, susurró Domingo a Teresa, “Rápido, lleva a la chica arriba y cierra la losa. Llama a alguien a quien sea que pueda ayudar. ¿Y usted?, preguntó Teresa, aunque su corazón ya latía con miedo. Voy a ver de dónde vienen esas voces. Necesitamos saber qué es este lugar. Teresa quiso protestar, pero la urgencia en los ojos de Domingo la detuvo.

Ayudó a la joven a subir los escalones, cada uno una agonía de esfuerzo para el cuerpo debilitado de la chica. Cuando finalmente emergieron a la luz de la iglesia, Arturo las esperaba con expresión de horror. “Hermana, ¿qué es todo esto? Llama a la policía”, ordenó Teresa, su voz adquiriendo una firmeza que no sentía.

“Diles que es una emergencia, que encontramos a una desaparecida y llama a una ambulancia.” Mientras Arturo corría hacia afuera para hacer las llamadas, Teresa recostó a la joven en uno de los bancos de la iglesia. La luz del sol que entraba por los vitrales bañaba su rostro, revelando moretones antiguos y nuevos, cicatrices en sus muñecas que parecían marcas de ataduras.

La joven abrió los ojos brevemente, mirando los colores del vitral de San Miguel Arcángel, venciendo al demonio. “Pensé que Dios me había olvidado”, murmuró. “Nunca”, respondió Teresa tomando su mano. “Nunca te olvidó.” Pero incluso mientras decía esas palabras, Teresa sintió que algo en su fe se había fracturado.

¿Cómo podía Dios permitir que esto existiera literalmente bajo su casa, bajo un lugar de culto y oración? ¿Cuántas personas habían sufrido en esas celdas mientras ella celebraba misa metros arriba, ajena a los gritos silenciosos bajo sus pies? Pasaron 10 minutos, 15, 20. El padre Domingo no subía. Teresa comenzó a inquietarse, su mirada alternando entre la losa abierta y la joven en el banco.

Finalmente escuchó sirenas a la distancia. La policía llegaba, pero del túnel subterráneo no venía ningún sonido, ningún grito de ayuda, ningún paso apusurado del Padre Domingo regresando, solo silencio, un silencio terrible y absoluto que pesaba sobre la iglesia como una mortaja. Cuando los primeros policías entraron por las puertas de la iglesia, Teresa señaló hacia la losa abierta con mano temblorosa.

Hay más abajo. El padre Domingo bajó a investigar. No ha regresado el comandante a cargo, un hombre de mediana edad con cicatrices en las manos y mirada cansada se asomó al hueco. Su expresión cambió inmediatamente. Hizo una seña a sus hombres y tres de ellos descendieron con armas desenfundadas y linternas potentes.

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