Andrea Solano, amiga cercana de Samantha, recordaría. Yo hablé con ella unos días antes de que todo pasara. me llamó un martes por la tarde, creo. Me dijo que estaba cansada, que había tenido una semana pesada en el trabajo. Le pregunté si todo estaba bien con Bruno y me dijo que sí, que estaban bien, pero había algo en su voz, no sé cómo explicarlo, como si estuviera pensando en otra cosa mientras hablaba conmigo.
Yo no le di importancia, ahora me arrepiento. El martes 14 de marzo de 2017, Bruno Ceballos llegó al trabajo a las 8 de la mañana. Como siempre, saludó a sus compañeros, revisó los pedidos pendientes, tomó un café del termo que siempre traía de la casa. Al mediodía almorzó solo en su escritorio, lo cual no era inusual.
A las 5:15 de la tarde marcó la salida, recogió su chaqueta del perchero y le dijo a Rodrigo que hasta mañana. Subió a su motocicleta en el estacionamiento y se fue. Nunca llegó a la casa. Esa noche Samantha lo esperó hasta las 9. Le envió mensajes que quedaron en visto. Le llamó cuatro veces y ninguna fue contestada. A las 10 de la noche llamó a la madre de Bruno, que vivía en Loja, a más de 200 km de Cuenca.
La madre no sabía nada. A las 11:30, Samantha marcó el número de la Policía Nacional. Al día siguiente, cuando los agentes llegaron a la casa de las orquídeas para iniciar el levantamiento de información, encontraron algo que los desconcertó desde el primer momento. La motocicleta de Bruno no estaba, su ropa estaba, su billetera también, su cédula de identidad, su teléfono de repuesto, los documentos del vehículo, todo estaba en el cajón de la mesita de noche, exactamente donde siempre los guardaba. Solo él no estaba. Y mientras
los investigadores comenzaban a trazar el perfil de un hombre que según todos era perfectamente normal, una pregunta empezaba a tomar forma en la mente de la gente a cargo del caso. El inspector Fabián Morocho, un hombre de 42 años con 20 de experiencia en la policía judicial de la Zuai.
Inspector Fabián Morocho, lo primero que uno piensa en estos casos es accidente, problema personal, deuda. Pero cuando revisas y no hay señales de violencia, cuando la billetera está, cuando el teléfono está, cuando todo está, ahí es cuando te das cuenta de que esto no es lo que parece. Ese fue el momento en que empecé a sospechar que había algo más grande detrás de todo esto.
Lo que nadie sabía todavía era cuán profundo era ese algo más grande y cuánto tiempo llevaba enterrado. La desaparición de Bruno Ceballos comenzó a circular por los medios locales de Cuenca el jueves 16 de marzo de 2017, dos días después de que Samantha presentara la denuncia, un canal de televisión regional publicó una nota breve con su fotografía y los datos básicos.
nombre, edad, descripción física, última vez visto. El número de la policía judicial al final del texto, nada extraordinario, al menos en apariencia, pero en las redes sociales la historia tomó otra velocidad. Las mismas fotografías que Bruno y Samantha habían publicado desde baños apenas semanas atrás comenzaron a circular de nuevo, esta vez acompañadas de mensajes de preocupación y solidaridad.
¿Alguien sabe algo de Bruno Ceballos? Que aparezca pronto. Samantha, te mandamos fuerzas. Los comentarios se multiplicaron durante horas y entonces entre ese flujo constante de mensajes apareció uno que nadie esperaba. Una mujer identificada en redes como Valeria Monserrat escribió debajo de una de las publicaciones, “Yo conozco a esa persona, pero no como Bruno Ceballos.
¿Podemos hablar?” El comentario fue borrado pocas horas después, pero ya lo habían visto demasiadas personas. El inspector Morocho fue informado al día siguiente. Un agente del equipo que monitoreaba las redes sociales le mostró una captura de pantalla del mensaje. Morocho la leyó dos veces, la dejó sobre su escritorio y dijo solamente, “Encuéntrenla.
” Inspector Fabián Morocho. Cuando vi ese comentario entendí que teníamos que cambiar el enfoque de la investigación. Hasta ese momento estábamos buscando a un hombre desaparecido. A partir de ese momento, empezamos a buscar quién era realmente ese hombre. Valeria Monserrat tenía 31 años y vivía en Guayaquil.
Era diseñadora gráfica, madre de una niña de 4 años y había conocido a Bruno o a quien ella creía que era Bruno en 2014, 3 años antes de su desaparición. En esa época él se llamaba, según los documentos que ella había visto, Andrés Villasís, le había dicho que era de Ambato, que trabajaba en una empresa de construcción, que viajaba seguido por trabajo.
Habían tenido una relación de 7 meses, habían hablado de convivir y entonces, de un día para otro él desapareció. Valeria Monserrat. Yo pensé que simplemente me había dejado, que había conocido a alguien más o que simplemente no quería estar conmigo. Me dolió mucho, pero con el tiempo lo fui aceptando. Pero cuando vi esa foto en las redes, la que publicaron cuando desapareció, yo me quedé helada.
Era él, el mismo hombre, los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma forma de pararse para las fotos, solo que con otro nombre. Los investigadores viajaron a Guayaquil para entrevistar a Valeria en persona. Ella les entregó fotografías, mensajes guardados en su teléfono viejo y una copia del número de cédula que él había usado cuando alquilaron juntos un departamento en el norte de Guayaquil durante 3 meses.
Cuando el equipo forense verificó ese número de identificación, el resultado fue perturbador. El número correspondía a una persona fallecida en 2009, un hombre de la tacunga que había muerto en un accidente de tráfico. Alguien había usado esa identidad durante años sin que nadie lo detectara. Inspector Fabián Morocho.
Ahí fue cuando entendimos la magnitud del caso. No estábamos frente a un hombre que había desaparecido por problemas personales o económicos. Estábamos frente a alguien que había construido al menos dos identidades distintas, que había convivido con dos mujeres en dos ciudades diferentes, que había usado documentos de una persona muerta.
Eso no se hace en un día, eso se planea. De regreso en Cuenca, el equipo revisó los documentos originales que Bruno había presentado cuando alquiló la casa en las orquídeas. La cédula de identidad parecía auténtica a simple vista. El número estaba registrado en el sistema, pero cuando los técnicos de documentología la analizaron bajo luz ultravioleta, encontraron inconsistencias en la laminación y en la tipografía del número de serie.
Era una falsificación de alta calidad. El tipo que no se encuentra en cualquier lugar y que en el Ecuador de 2017 tenía un costo que un trabajador de logística de salario básico no podría pagar fácilmente. Samantha, que hasta ese momento había sido tratada como víctima y testigo principal, fue convocada nuevamente a la Unidad de Policía Judicial de la SUA para una segunda entrevista formal.
Esta vez las preguntas fueron distintas. Samantha Ríos. Me preguntaron si yo sabía que Bruno usaba otro nombre. Me preguntaron si alguna vez lo había visto con documentos distintos. Me preguntaron si sabía de dónde venía realmente. Yo les decía que no, que no sabía nada, que yo lo conocí como Bruno, que así me lo presentaron, que así se identificó siempre.
Pero mientras les respondía, yo misma empezaba a darme cuenta de que había cosas que nunca me había preguntado, cosas que debía haber preguntado y nunca pregunté. Entre esas cosas estaba la familia. Bruno le había dicho a Samantha que era de Loja, que tenía una madre y un hermano menor con quien no tenía buena relación y que prefería no hablar de su infancia porque había sido difícil.
Samantha había respetado ese silencio, nunca lo presionó, nunca insistió en conocer a su familia. Se dijo a sí misma que todos tenían heridas del pasado y que no era su lugar forzar una conversación. que él claramente no quería tener. Pero cuando los investigadores contactaron a la supuesta madre de Bruno en Loja, la mujer respondió algo que lo cambió todo.
Rosa Ceballos, supuesta madre de Bruno. Yo sí tengo un hijo que se llama Bruno Ceballos, pero mi hijo vive en España hace 8 años. Trabaja en Barcelona. Yo hablo con él cada semana por videollamada. Ese hombre del que me están hablando no es mi hijo. El nombre era real, la identidad era real, pero había sido tomada de una persona viva que vivía a miles de kilómetros.
Alguien que nunca supo que su nombre había sido usado en Ecuador durante años para construir una vida completamente falsa. Cuando Morocho recibió esa información esa noche, permaneció varios minutos en silencio frente a su escritorio. Luego abrió el expediente del caso por primera vez desde el principio, desde la página 1, comenzó a leerlo de nuevo, como si todo lo que había leído antes fuera ahora un texto completamente diferente.
Inspector Fabián Morocho. Había un hombre que nadie conocía realmente, que había construido una vida de cero con un nombre que no era suyo, que tenía un pasado que nadie había visto y que de repente, sin dejar rastro, había desaparecido. La pregunta ya no era donde estaba, la pregunta era quién era y esa pregunta en ese momento no tenía respuesta.
Afuera, en las calles de Cuenca, la lluvia de marzo golpeaba los adoquines. El río Tomebamba crecía lento bajo los puentes, y en algún lugar que nadie podía señalar en ningún mapa, el hombre que había vivido con ese nombre falso seguía sin aparecer. Hay una manera en que los secretos sobreviven durante años. No es el silencio absoluto, es algo más sutil.
La habilidad de darle a cada persona exactamente la versión de ti que necesita ver. Una historia ajustada para cada contexto, una respuesta preparada para cada pregunta, una sonrisa lista para el momento en que alguien se acerque demasiado. El hombre que en Cuenca se hacía llamar Bruno Ceballos era un maestro en ese arte.
A mediados de marzo de 2017, mientras la investigación policial se expandía hacia otras provincias del Ecuador, el equipo del inspector Morocho comenzó a construir una línea de tiempo. No la línea de tiempo de Bruno, sino la de la persona real que se escondía detrás de ese nombre. Y para eso necesitaban retroceder mucho más lejos de lo que habían imaginado al principio.
El primer hilo que jalaron llegó desde Esmeraldas. Una mujer llamada Carmen Delgado, de 43 años, contactó a las autoridades luego de ver una nota en un noticiero nacional donde se mencionaba el caso. Carmen vivía en el barrio Las Palmas, en la ciudad de Esmeraldas y tenía una historia que contar, una historia que comenzaba en 2009, Carmen Delgado.
Yo lo conocí cuando él llegó al barrio buscando una habitación para alquilar. En ese tiempo él se llamaba Mauricio Herrera. Decía ser de Ibarra, que había venido a buscar trabajo en el puerto. Era bien parecido, educado, sabía hablar bien. Empezamos a salir, estuvimos juntos casi un año. Yo le tenía confianza total.
Le conté cosas de mi vida que no le había contado a nadie y él me escuchaba, me entendía, siempre decía las palabras correctas. Pero un día llegué a casa y sus cosas no estaban. Se fue sin decirme nada, sin cartas, sin mensaje, sin nada. Carmen no fue la única. En los días siguientes, otras dos mujeres de distintas ciudades del país contactaron a la policía judicial.
con historias similares, una de ambato, otra de manta. En todos los casos la descripción física coincidía. En todos los casos, el hombre había llegado solo, sin vínculos visibles, con una historia de fondo que sonaba verosímil, pero que nadie había verificado. En todos los casos había construido una relación de confianza y luego desaparecido sin dejar rastro.
Inspector Fabián Morocho. Cuando empezaron a aparecer esos testimonios, lo que teníamos delante ya no era el perfil de un hombre que había cometido un error. Era el perfil de alguien que había convertido esta forma de vivir en un método, en un sistema. Había aprendido a entrar en la vida de las personas, a ganarse su confianza, a tomar lo que necesitaba y a salir antes de que nadie pudiera hacer preguntas.
Pero aún faltaba la pieza más importante. ¿Quién era ese hombre antes de todo eso? ¿Dónde había comenzado realmente? La respuesta llegó de la manera más inesperada. Un funcionario del Registro Civil de Río Bamba contactó a la policía judicial con una información que había surgido durante una revisión interna de documentos.
En el sistema informático había una anomalía, un número de cédula que había sido tramitado dos veces en dos fechas distintas, con dos fotografías distintas, pero con exactamente la misma huella dactilar del dedo índice derecho. Cuando los técnicos forenses procesaron esa huella y la compararon con la base de datos del sistema nacional de identificación, encontraron una coincidencia.
El nombre que apareció no era Bruno Ceballos, no era Andrés Villacís, no era Mauricio Herrera, era Edgar Oswaldo Vega Suárez, nacido el 3 de mayo de 1983 en el cantón Chambo, provincia de Chimborazo, hijo de Lorenzo Vega y María Suárez. Tenía antecedentes registrados en el sistema. una denuncia por estafa en 2008 en Riobamba archivada por falta de evidencias.
Una orden de comparecencia en 2011 que nunca fue cumplida y un informe de paradero desconocido desde 2012. Edgar Oswaldo Vega Suárez. Ese era el nombre real del hombre que había vivido en Cuenca como Bruno Ceballos. Inspector Fabián Morocho. Cuando vimos ese nombre, todo empezó a encajar.
Los saltos entre ciudades, los cambios de identidad, la capacidad para desaparecer sin dejar rastro. Este hombre llevaba más de una década construyendo y destruyendo vidas y lo había hecho con una eficiencia que en términos investigativos resultaba inquietante. Los agentes viajaron a Chambo para buscar a la familia de Edgar. La madre María Suárez los recibió en una casa pequeña de paredes de bloque con un patio de tierra y un perro atado a una cadena corta junto a la puerta.
Era una mujer de unos 60 años, delgada, con el rostro marcado por años de trabajo en el campo. María Suárez, madre de Edgar. Edgar se fue de aquí cuando tenía 18 años. Dijo que iba a Riobamba a estudiar, que iba a mandar plata. Los primeros meses llamaba, después cada vez menos. Y un día dejó de llamar. Yo pensé que le había pasado algo malo.
Mandé a mi cuñado a buscarlo y me dijo que nadie sabía dónde estaba. Eso fue hace mucho tiempo. Yo rezaba por él todos los días. Nunca imaginé que anduviera haciendo esas cosas. El hermano menor de Edgar, un hombre de 28 años llamado Javier, fue más directo. Javier Vega. Edgar siempre fue así desde chico.
Aprendió rápido que podía convencer a la gente con palabras, que si sonreía bien y contaba una historia bonita, la gente le creía. Mi papá decía que tenía lengua de vendedor, pero no era eso, era otra cosa. Era que no le importaba la gente de verdad. Para él la gente era un medio para llegar a un fin.
Eso yo lo vi desde pequeño y nadie me creyó. Mientras los investigadores armaban el rompecabezas de la identidad real de Edgar en Cuenca, Samantha Ríos atravesaba uno de los periodos más difíciles de su vida. No solo porque el hombre con quien había compartido dos años había resultado ser una persona completamente diferente a quien decía ser, sino porque en el proceso de la investigación algunos vecinos y conocidos habían comenzado a murmurar, a preguntarse en voz baja si ella realmente no sabía nada, si era posible vivir dos años con alguien y no notar
Nada. Andrea Solano. Yo la defiendo siempre. Samantha no sabía nada. Yo la conozco desde la universidad. Sé cómo es ella, pero la gente habla, la gente juzga y eso le hizo mucho daño. Ella ya estaba destrozada por la traición y encima tenía que lidiar con que algunos la miraban como sospechosa. Samantha Ríos. Lo que más me dolía no era que me hubiera mentido sobre su nombre, era que cada recuerdo que tenía de él, cada momento que yo creía que había sido real, de repente se convertía en una pregunta. ¿Eso fue verdad? ¿Eso lo
sintió realmente? ¿O también fue parte de su actuación? Cuando alguien te miente en lo más básico que es su propio nombre, ya nada de lo demás puede darte certeza. Y mientras Samantha intentaba reconstruir su propia historia, la investigación avanzaba hacia una nueva dirección, porque alguien en algún lugar del país deía haber visto a un hombre que coincidía exactamente con la descripción de Edgar Oswaldo Vega Suárez, en una ciudad que nadie esperaba, con un nombre que nadie conocía todavía. El 28 de marzo de 2017,
14 días después de la desaparición de Bruno Ceballos, un guardia de seguridad de un centro comercial en Santo Domingo de los Chilas, contactó a la Policía Nacional con una información que enviaría el caso en una dirección completamente nueva. Guardia, un hombre de 45 años llamado Patricio Guerrero, había visto la fotografía de Bruno en las noticias de su celular durante su turno de la madrugada y había reconocido el rostro de inmediato, no porque lo hubiera visto en las noticias antes, sino porque lo había visto en persona en su trabajo apenas 4
días atrás. Patricio Guerrero. Yo trabajo en ese centro comercial hace 6 años y tengo buena memoria para las caras. Vi a ese señor entrar un sábado en la mañana. Estaba bien vestido. Llevaba una mochila pequeña. Entró directo a la tienda de ropa del segundo piso. Estuvo como media hora. salió con una bolsa y se fue caminando hacia la salida norte.
Lo que me llamó la atención fue que antes de salir miró para los lados así despacio, como verificando que nadie lo estuviera mirando. Eso me quedó grabado, pero como no tenía ninguna razón para actuar, no hice nada. El equipo del inspector Morocho viajó a Santo Domingo al día siguiente. Revisaron las cámaras del centro comercial.
En las grabaciones del sábado 25 de marzo aparecía con claridad suficiente para no dejar dudas el rostro de Edgar Oswaldo Vega Suárez. Llevaba ropa diferente a la que usaba en Cuenca, el cabello ligeramente más corto y había pagado todo en efectivo. No había usado ninguna tarjeta, pero estaba ahí vivo y moviéndose. rastreo de sus movimientos en Santo Domingo, llevó a los investigadores a un barrio de clase media, al oeste de la ciudad.
Un vecino reconoció la foto y dijo haberlo visto entrar a una casa de la calle Tercera cerca del parque central del barrio. La casa tenía las persianas cerradas, la puerta estaba con candado, pero adentro había señales de ocupación reciente. Una taza de café a medias en la cocina, ropa de hombre doblada sobre una silla, un mapa de ecuador con marcas hechas con bolígrafo rojo en varias ciudades.
Cuando los agentes ampliaron el mapa con fotografías forenses, las ciudades marcadas eran Esmeraldas, Guayaquil, Manta, Ambato, Cuenca y con un círculo más grande que los demás. Santo Domingo, inspector Fabián Morocho. Ese mapa nos dijo todo lo que necesitábamos saber sobre cómo operaba. Cada ciudad marcada coincidía con uno de los testimonios que habíamos recibido.
Había un patrón. Él elegía ciudades medianas lo suficientemente grandes para pasar desapercibido, pero lo suficientemente pequeñas, para que una persona con buenas habilidades sociales pudiera construir una red de confianza rápidamente. Y cuando sentía que el cerco se cerraba, se movía siempre hacia adelante.
nunca volvía al mismo lugar. Pero lo que encontraron dentro de esa casa en Santo Domingo no era solo evidencia de fuga, era evidencia de algo más estructurado, más elaborado de lo que cualquiera había anticipado. En una caja de cartón guardada debajo de la cama, los investigadores encontraron siete cédulas de identidad distintas, todas con diferentes nombres, todas con la misma fotografía, con variaciones menores en el cabello y en los rasgos, el tipo de cambios que se logran con maquillaje y ropa diferente.
Cinco de esas cédulas eran falsificaciones de alta calidad. Dos eran documentos originales que habían sido alterados. También había una agenda de bolsillo. Estaba escrita en una letra pequeña y apretada con fechas, nombres de mujeres, montos de dinero y ciudades. La agenda cubría un periodo de 9 años, desde 2008 hasta 2017.
No todos los registros eran claros, pero los investigadores pudieron identificar al menos 11 nombres de mujeres distintas en esas páginas distribuidas en siete ciudades del país. Inspector Fabián Morocho. Lo que tenía ese hombre en esa caja era básicamente el archivo de su vida paralela. 9 años de operaciones, 11 mujeres documentadas, siete identidades preparadas.
Esto no era la historia de un hombre que tomó malas decisiones. Era la historia de alguien que había construido un sistema de vida basado en el engaño y que lo había mantenido durante casi una década sin ser detectado. La noticia del hallazgo llegó a los medios nacionales el 30 de marzo. Canales de televisión de Quito y Guayaquil enviaron equipos a Santo Domingo.
El caso dejó de ser una nota regional sobre un hombre desaparecido y se convirtió en un escándalo nacional. En las redes sociales, el nombre de Edgar Vega se volvió tendencia. Los comentarios oscilaban entre la indignación, la incredulidad y en algunos casos una especie de fascinación perturbada ante la magnitud de lo que había construido.
En Cuenca, Samantha Ríos se enteró de los hallazgos por una llamada del inspector Morocho. Después de colgar, no llamó a nadie. Se sentó sola en la cocina de la casa de sus padres, a donde se había mudado después de la desaparición, y estuvo en silencio durante mucho tiempo. Samantha Ríos.
Cuando me dijeron lo de las siete cédulas y la agenda con los nombres, yo no lloré. Creo que ya no me quedaban lágrimas para eso. Pensé en cada momento que habíamos vivido juntos y me pregunté en cuál de esos momentos estaba él realmente presente y en cuál ya estaba planeando el siguiente paso. Esa es la herida que no cierra. No saber cuándo fue real y cuándo no.
Patricia Ríos. Yo veía a mi hija y me dolía en el alma. Ella no merecía eso. Nadie merece eso. Que alguien venga, se meta en tu vida, te haga creer que te quiere, que tienen un futuro juntos y que todo sea mentira desde el principio. Eso no es solo una traición, eso es un crimen contra una persona.
Mientras el país procesaba la magnitud del caso, la policía judicial activó alertas en todos los puestos fronterizos y en los terminales terrestres y aéreos del Ecuador. La hipótesis que comenzaba a tomar fuerza era que Edgar Vega tenía intenciones de salir del país. El mapa encontrado en Santo Domingo tenía en el margen inferior una anotación que los investigadores habían estado analizando desde el momento en que la encontraron.
Tres palabras escritas con mayúsculas y subrayadas dos veces. Decían, Colombia, tiempo límite, inspector Fabián Morocho. Esa frase nos decía que él ya tenía un plan de salida, que no estaba improvisando, que sabía que en algún punto el sistema lo alcanzaría y que tenía preparado el siguiente movimiento. La pregunta era si ya lo había ejecutado o si todavía estábamos a tiempo.
La respuesta llegó 48 horas después. El 1 de abril de 2017 a las 6:40 de la mañana en el puesto fronterizo de Rumichaca, en la provincia del Carchi, un agente de migración detuvo a un hombre que intentaba cruzar hacia Colombia con un pasaporte colombiano a nombre de Felipe Andrés Montoya. La fotografía coincidía, los datos biométricos no.
Cuando el sistema identificó la huella dactilar, el resultado fue inmediato. Edgar Oswaldo Vega Suárez, búsqueda activa. Policía Judicial de la Suay. El hombre no opuso resistencia, no intentó correr. Cuando los agentes de frontera lo rodearon y le dijeron que estaba detenido, él los miró con una calma.
que los agentes describirían después como desconcertante. Luego dijo solamente, sabía que iba a pasar, solo esperaba que tardara un poco más. Agente Miguel Cárdenas, puesto de Rumichaca, yo he detenido a muchas personas en este trabajo, contrabandistas, fugitivos, personas con órdenes de arresto y la mayoría reacciona con nervios. con angustia, con agresividad.
Este hombre no se quedó tranquilo, como si lo hubieran parado en la calle para pedirle documentos. Esa frialdad me impactó más que cualquier otra cosa. Edgar Vega fue trasladado de inmediato a Aquito, donde fue recibido por el equipo del inspector Morocho y por fiscales de la Fiscalía General del Estado, que ya habían iniciado los trámites para formalizar los cargos.
El traslado duró varias horas. Durante todo el trayecto, según los agentes que lo custodiaron, Edgar permaneció en silencio, mirando por la ventana del vehículo, sin hacer ninguna pregunta y sin pedir ninguna explicación. fue en Quito durante las primeras horas del interrogatorio formal, donde comenzaron a aparecer las respuestas que el país entero estaba esperando.
Inspector Fabián Morocho, cuando uno lleva años en esto, aprende a leer a las personas que tiene enfrente. Hay quienes mienten de manera compulsiva que no pueden parar aunque saben que uno sabe la verdad. Hay quienes se derrumban, hay quienes negocian. Edgar Vega fue diferente. Llegó al interrogatorio como si ya hubiera decidido exactamente qué iba a decir y qué no.
Había una especie de cálculo en cada respuesta. Incluso en ese momento seguía siendo un hombre que administraba la información que daba. Lo que Edgar confirmó durante el interrogatorio era en esencia lo que la investigación ya había reconstruido. Había nacido en Chambo, había crecido en una familia con dificultades económicas. Había salido de su provincia a los 18 años con la intención de no volver nunca.
Desde el principio había entendido que su única herramienta para avanzar en la vida era su capacidad de convencer a otros. Primero usó esa habilidad para trabajos menores. Luego, en algún momento que él describió de manera vaga, como cuando entendí que las reglas no estaban diseñadas para gente como yo, comenzó a construir sus identidades alternativas.
Edgar Oswaldo Vega Suárez durante el interrogatorio. Yo nunca le hice daño físico a nadie, eso quiero que quede claro. Nunca levanté la mano contra ninguna persona. Lo que hice fue vivir de una manera que el sistema no permite. Eso es todo. ¿Y por qué el sistema no lo permite? Porque el sistema está hecho para que la gente como yo se quede quieta donde nació y no aspire a más.
Yo simplemente decidí no aceptar eso, inspector Fabián Morocho. Esa respuesta me dijo todo. No había remordimiento, no había reconocimiento del daño que había causado en la vida de personas concretas, personas con nombre y apellido, que habían apostado por él y que habían perdido tiempo, confianza y en algunos casos dinero.
Para él, esas personas eran parte del sistema que lo había limitado. Eso es lo que más me preocupó de todo este caso. Sobre Samantha, Edgar habló brevemente y con una frialdad que varios de los presentes en la sala recordarían durante mucho tiempo. Edgar Oswaldo Vega Suárez. Con ella me quedé más tiempo que con las demás. Eso debería decirle algo.
Cuando esa frase llegó a oídos de Samantha a través del inspector Morocho, que se la comunicó personalmente, ella guardó silencio por varios segundos. Luego respondió, Samantha Ríos. Eso se supone que es un cumplido, que me usó más tiempo que a las otras. No, eso solo me dice que yo fui más útil para su plan, nada más.
En los meses siguientes, la justicia ecuatoriana procesó a Edgar Oswaldo Vegas Suárez por falsificación de documentos, uso de identidad ajena, estafa y otros delitos vinculados a las denuncias presentadas por varias de las mujeres identificadas durante la investigación. El proceso legal fue extenso y generó un debate nacional sobre los vacíos en el sistema de verificación de identidades en el país y sobre los mecanismos de protección para las víctimas de este tipo de delitos. Andrea Solano.
Lo que más me quedó de todo esto es que nadie lo vio venir. Ni los vecinos, ni los compañeros de trabajo, ni la familia de Samantha, ni ella misma. Eso me hace pensar cuántas personas hay así viviendo entre nosotros, construyendo vidas falsas y nadie lo sabe hasta que ya es demasiado tarde.
Doña Mercedes Andrade, yo lo veía todos los días desde mi ventana, le daba los buenos días, pensaba que era un buen muchacho. Ahora, cuando paso frente a esa casa que está vacía, pienso en lo fácil que es no conocer a las personas, aunque las veas todos los días. Rodrigo Tello. Yo trabajé con ese hombre más de un año. Almorzamos juntos, hablamos de fútbol, de trabajo, de cosas del día a día y resulta que ni su nombre era real.
Eso te hace dudar de todo, ¿no? Que sí era real en ese hombre. ¿Había algo? La pregunta de Rodrigo es quizás la que más personas se hicieron durante los meses que siguieron al cierre del caso y es también de cierta manera, la más difícil de responder, porque Edgar Vega había pasado tantos años, siendo otras personas, que era casi imposible determinar dónde terminaba la actuación y dónde, si es que existía. comenzaba algo genuino.
Inspector Fabián Morocho. 20 años de carrera. Este fue uno de los casos que más me marcó, no por la violencia que no la hubo, sino por la escala del engaño, por la capacidad que tuvo una sola persona para construir múltiples realidades paralelas durante años, sin que nadie en ninguna de esas realidades tuviera acceso a la verdad completa.

Eso dice algo sobre la confianza humana. sobre lo vulnerables que somos cuando decidimos creer en alguien. Cuenca siguió siendo Cuenca. Las calles empedradas, el río Tomebamba, las fachadas coloniales, la lluvia de marzo, la vida del barrio. Las orquídeas volvió a su ritmo habitual.
La casa donde vivieron Bruno y Samantha fue alquilada por otra familia meses después. Las begonias rojas de la jardinera fueron reemplazadas por geranios blancos y Samantha Ríos, con el tiempo y con el apoyo de su familia y sus amigos más cercanos, fue reconstruyendo su vida un día a la vez, como hace la gente real cuando la realidad que conocía se rompe, y no queda más opción que aprender a vivir con los pedazos. Samantha Ríos.
La gente me pregunta si lo odio y yo les digo que no. Odi sería darle más espacio del que ya tomó. Lo que sí tengo claro es que aprendí algo que no quería aprender, que hay personas que son capaces de mirarte a los ojos todos los días y nunca mostrarte quiénes son realmente y que la única defensa contra eso no es la desconfianza, es aprender a hacerse las preguntas correctas, aunque duelan.
El caso de Bruno Ceballos, el hombre que en realidad era Edgar Oswaldo Vega Suárez, quedó registrado en los archivos de la Policía Judicial de la Suay como uno de los casos de falsificación de identidad más elaborados documentados en Ecuador en la última década. Y en algún lugar entre los expedientes, los testimonios y las fotografías de una pareja sonriendo frente a un volcán en un viaje de carnaval, quedó también la historia de una vida que pareció perfecta hasta el día en que de repente ya no lo fue. Si llegaste hasta aquí,
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