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EL CASO QUE CONGELÓ ECUADOR: UNA VIDA SOÑADA, DÍAS DE FELICIDAD Y UN SUMISO SIN PISTAS

Andrea Solano, amiga cercana de Samantha, recordaría. Yo hablé con ella unos días antes de que todo pasara. me llamó un martes por la tarde, creo. Me dijo que estaba cansada, que había tenido una semana pesada en el trabajo. Le pregunté si todo estaba bien con Bruno y me dijo que sí, que estaban bien, pero había algo en su voz, no sé cómo explicarlo, como si estuviera pensando en otra cosa mientras hablaba conmigo.

Yo no le di importancia, ahora me arrepiento. El martes 14 de marzo de 2017, Bruno Ceballos llegó al trabajo a las 8 de la mañana. Como siempre, saludó a sus compañeros, revisó los pedidos pendientes, tomó un café del termo que siempre traía de la casa. Al mediodía almorzó solo en su escritorio, lo cual no era inusual.

A las 5:15 de la tarde marcó la salida, recogió su chaqueta del perchero y le dijo a Rodrigo que hasta mañana. Subió a su motocicleta en el estacionamiento y se fue. Nunca llegó a la casa. Esa noche Samantha lo esperó hasta las 9. Le envió mensajes que quedaron en visto. Le llamó cuatro veces y ninguna fue contestada. A las 10 de la noche llamó a la madre de Bruno, que vivía en Loja, a más de 200 km de Cuenca.

La madre no sabía nada. A las 11:30, Samantha marcó el número de la Policía Nacional. Al día siguiente, cuando los agentes llegaron a la casa de las orquídeas para iniciar el levantamiento de información, encontraron algo que los desconcertó desde el primer momento. La motocicleta de Bruno no estaba, su ropa estaba, su billetera también, su cédula de identidad, su teléfono de repuesto, los documentos del vehículo, todo estaba en el cajón de la mesita de noche, exactamente donde siempre los guardaba. Solo él no estaba. Y mientras

los investigadores comenzaban a trazar el perfil de un hombre que según todos era perfectamente normal, una pregunta empezaba a tomar forma en la mente de la gente a cargo del caso. El inspector Fabián Morocho, un hombre de 42 años con 20 de experiencia en la policía judicial de la Zuai.

Inspector Fabián Morocho, lo primero que uno piensa en estos casos es accidente, problema personal, deuda. Pero cuando revisas y no hay señales de violencia, cuando la billetera está, cuando el teléfono está, cuando todo está, ahí es cuando te das cuenta de que esto no es lo que parece. Ese fue el momento en que empecé a sospechar que había algo más grande detrás de todo esto.

Lo que nadie sabía todavía era cuán profundo era ese algo más grande y cuánto tiempo llevaba enterrado. La desaparición de Bruno Ceballos comenzó a circular por los medios locales de Cuenca el jueves 16 de marzo de 2017, dos días después de que Samantha presentara la denuncia, un canal de televisión regional publicó una nota breve con su fotografía y los datos básicos.

nombre, edad, descripción física, última vez visto. El número de la policía judicial al final del texto, nada extraordinario, al menos en apariencia, pero en las redes sociales la historia tomó otra velocidad. Las mismas fotografías que Bruno y Samantha habían publicado desde baños apenas semanas atrás comenzaron a circular de nuevo, esta vez acompañadas de mensajes de preocupación y solidaridad.

¿Alguien sabe algo de Bruno Ceballos? Que aparezca pronto. Samantha, te mandamos fuerzas. Los comentarios se multiplicaron durante horas y entonces entre ese flujo constante de mensajes apareció uno que nadie esperaba. Una mujer identificada en redes como Valeria Monserrat escribió debajo de una de las publicaciones, “Yo conozco a esa persona, pero no como Bruno Ceballos.

¿Podemos hablar?” El comentario fue borrado pocas horas después, pero ya lo habían visto demasiadas personas. El inspector Morocho fue informado al día siguiente. Un agente del equipo que monitoreaba las redes sociales le mostró una captura de pantalla del mensaje. Morocho la leyó dos veces, la dejó sobre su escritorio y dijo solamente, “Encuéntrenla.

” Inspector Fabián Morocho. Cuando vi ese comentario entendí que teníamos que cambiar el enfoque de la investigación. Hasta ese momento estábamos buscando a un hombre desaparecido. A partir de ese momento, empezamos a buscar quién era realmente ese hombre. Valeria Monserrat tenía 31 años y vivía en Guayaquil.

Era diseñadora gráfica, madre de una niña de 4 años y había conocido a Bruno o a quien ella creía que era Bruno en 2014, 3 años antes de su desaparición. En esa época él se llamaba, según los documentos que ella había visto, Andrés Villasís, le había dicho que era de Ambato, que trabajaba en una empresa de construcción, que viajaba seguido por trabajo.

Habían tenido una relación de 7 meses, habían hablado de convivir y entonces, de un día para otro él desapareció. Valeria Monserrat. Yo pensé que simplemente me había dejado, que había conocido a alguien más o que simplemente no quería estar conmigo. Me dolió mucho, pero con el tiempo lo fui aceptando. Pero cuando vi esa foto en las redes, la que publicaron cuando desapareció, yo me quedé helada.

Era él, el mismo hombre, los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma forma de pararse para las fotos, solo que con otro nombre. Los investigadores viajaron a Guayaquil para entrevistar a Valeria en persona. Ella les entregó fotografías, mensajes guardados en su teléfono viejo y una copia del número de cédula que él había usado cuando alquilaron juntos un departamento en el norte de Guayaquil durante 3 meses.

Cuando el equipo forense verificó ese número de identificación, el resultado fue perturbador. El número correspondía a una persona fallecida en 2009, un hombre de la tacunga que había muerto en un accidente de tráfico. Alguien había usado esa identidad durante años sin que nadie lo detectara. Inspector Fabián Morocho.

Ahí fue cuando entendimos la magnitud del caso. No estábamos frente a un hombre que había desaparecido por problemas personales o económicos. Estábamos frente a alguien que había construido al menos dos identidades distintas, que había convivido con dos mujeres en dos ciudades diferentes, que había usado documentos de una persona muerta.

Eso no se hace en un día, eso se planea. De regreso en Cuenca, el equipo revisó los documentos originales que Bruno había presentado cuando alquiló la casa en las orquídeas. La cédula de identidad parecía auténtica a simple vista. El número estaba registrado en el sistema, pero cuando los técnicos de documentología la analizaron bajo luz ultravioleta, encontraron inconsistencias en la laminación y en la tipografía del número de serie.

Era una falsificación de alta calidad. El tipo que no se encuentra en cualquier lugar y que en el Ecuador de 2017 tenía un costo que un trabajador de logística de salario básico no podría pagar fácilmente. Samantha, que hasta ese momento había sido tratada como víctima y testigo principal, fue convocada nuevamente a la Unidad de Policía Judicial de la SUA para una segunda entrevista formal.

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