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HARFUCH CATEA el RANCHO SECRETO de SILVIA PINAL y DESCUBRE los SECRETOS de la ÉPOCA de ORO del CINE

Bajo capas y capas de mentiras perfectamente construidas. Usted está lista para descubrir qué escondía Silvia Pinal. ¿Está lista para saber por qué Harfuch tuvo que intervenir? ¿Está lista para la verdad que nadie se atrevió a contar? Prepárese porque en las próximas 3 horas vamos a desenterrar todo. Y le advierto desde ahora, después de escuchar esto, usted nunca va a ver a Silvia Pinal de la misma forma.

 Nunca va a ver la época de oro del cine mexicano de la misma forma. Nunca va a creer en las leyendas oficiales de la misma forma, porque lo que vamos a revelar aquí destruye mitos, derrumba ídolos, reescribe la historia y todo empezó con una llamada anónima.  Una llamada que llegó al escritorio de Harfuch hace 3 meses.

 Una llamada que cambió todo. Silvia Pinal ya no está con nosotros. Falleció rodeada de su familia. México entero lloró su partida. Los homenajes se extendieron por semanas. Las portadas de todos los periódicos mostraban su rostro. Los programas especiales de televisión repasaban su vida, su carrera, sus películas, sus matrimonios, sus hijos, su legado.

 Se  fue en paz, dijeron, rodeada de amor, dijeron, dejando un legado imborrable para el cine mexicano dijeron. Los políticos la alabaron. Los actores lloraron su muerte, los fans hicieron vigilias. México perdía a su última gran diva,  a la última sobreviviente de la época de oro. Pero lo que nadie dijo en esos homenajes, lo que nadie mencionó en esas conferencias  de prensa, lo que nadie se atrevió a susurrar siquiera en privado,  es que Silvia Pinal se llevó secretos a la tumba.

 Secretos tan grandes que incluso después de muerta seguían siendo peligrosos. Secretos tan oscuros que había  gente dispuesta a matar para que permanecieran enterrados. Secretos que involucraban a los nombres más importantes de  la historia del entretenimiento mexicano. Y esos secretos no estaban guardados en una bóveda bancaria, no estaban en manos de abogados, no estaban protegidos por contratos de confidencialidad, estaban guardados en una propiedad.

 Una propiedad que oficialmente no existía, una propiedad fantasma, un rancho escondido en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México. ¿Cómo es posible que una propiedad  no exista oficialmente? Es más común de lo que usted piensa, especialmente cuando se trata de personas con poder,  con dinero, con conexiones.

 No está registrada a nombre de Silvia Pinal, eso hubiera sido demasiado obvio, demasiado fácil de rastrear. Cualquier periodista curioso, cualquier investigador persistente, cualquier enemigo buscando munición la hubiera  encontrado. Tampoco está registrada a nombre de ninguno de sus hijos, ni Silvia Pasquel, ni Alejandra Guzmán,  ni Luis Enrique Guzmán, ni Viridiana Ala Triste.

 Ninguno de ellos aparece en ningún registro vinculado a esa propiedad.  No aparece en catastro, no aparece en Predial, no aparece en ningún registro público  de la Ciudad de México. Si usted buscara en los archivos oficiales, encontraría que en esas coordenadas exactas hay un terreno valdío  sin construcciones.

 Pero existe, vaya que existe. Es un rancho de 3 hectáreas completas en Jardines del Pedregal.  Y cuando digo jardines del Pedregal, estoy hablando de una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, donde los terrenos cuestan millones de dólares, donde viven empresarios,  políticos, las familias más poderosas del país.

 El rancho está rodeado de muros  altos, muros de 3 m de altura hechos de piedra volcánica, del tipo que parece decorativo, pero que en realidad es una fortaleza. con alambre de púas en la parte superior. No el alambre de púas común,  sino alambre de púas militar del que te corta hasta el hueso si intentas cruzarlo. Tiene cámaras de seguridad,  no las cámaras baratas que venden en cualquier tienda.

 Cámaras profesionales de visión nocturna con rotación de 360 gr,  capaces de leer una placa de auto a 200 m de distancia. Y esas cámaras llevan ahí décadas. Desde los  años 80, cuando apenas empezaba a popularizarse ese tipo de tecnología,  alguien invirtió una fortuna en mantener ese lugar vigilado, protegido,  inaccesible.

 También tiene guardias o los tuvo durante años. Guardias que vivían en una caseta en la entrada, que trabajaban en turnos de 24 horas, que recibían su pago en efectivo cada semana sin falta durante décadas. un pago que venía de un fideicomiso anónimo, una cuenta bancaria alimentada automáticamente por regalías, por derechos de autor, por las reposiciones interminables de las películas de Silvia  Pinal en televisión, cada vez que pasaban Viridiana en algún canal, cada vez que transmitían El Ángel  Exterminador, cada vez que

alguien veía Simón del Desierto o La Soldadera  o cualquiera de las más de 100 películas en las que Silvia Pinal actuó.  Una fracción de los derechos iba directo a ese fideicomiso y ese fideicomiso pagaba por mantener vivo un  secreto, por proteger un rancho fantasma, por asegurar que nadie se acercara, que nadie preguntara,  que nadie descubriera qué había ahí dentro.

 Pero entonces, si todo estaba tan bien protegido, si todo estaba tan cuidadosamente  ocultado, ¿cómo llegó Harfuch a ese lugar? ¿Cómo descubrió algo que había permanecido invisible durante más de 60 años? La respuesta es simple  y a la vez misteriosa. Una denuncia anónima. Todo empezó  tr meses atrás.

 Un día normal, una mañana de lunes en las oficinas centrales de la Secretaría de Seguridad Ciudadana. El teléfono de  denuncias sonó, como suena cientos de veces al día. Un operador contestó rutinariamente  esperando otra llamada de las tantas que reciben. Quejas de vecinos, reportes de robos,  denuncias que nunca llevan a nada.

 Pero esta llamada era diferente.  Era una voz de mujer, una mujer mayor por el  tono, por la forma de hablar, alguien de 70 años, tal vez más. Una voz temblorosa,  asustada, pero decidida. La mujer dijo, “Y esto está grabado en los archivos de la secretaría. Hay una propiedad en el pedregal.

 Les voy a dar las coordenadas exactas. Anótenlas  bien porque no voy a repetir.” El operador entrenado para este tipo de situaciones empezó a grabar. Tomó nota. La mujer continuó. “En esa propiedad están enterrados documentos, miles de documentos que prueban  delitos financieros de los años 60.

 Delitos que nunca fueron investigados. Delitos que involucraron a las personas más importantes del cine mexicano. Lavado de dinero, evasión fiscal, contratos fraudulentos  con funcionarios corruptos. Todo firmado, todo documentado, todo guardado. El operador preguntó, “¿Quién es usted? ¿Cómo sabe esto?” La mujer  no respondió esa pregunta.

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