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¡El final más cruel y estremecedor de la Biblia! En el año 64 d.C VL

¡El final más cruel y estremecedor de la Biblia! En el año 64 d.C

Hay una imagen que no abandona a quien la contempla. ¿Tú la [música] has visto quizás en algún fresco antiguo, en el mármol oscurecido de alguna basílica o en la reproducción [música] impresa de un cuadro que alguna vez colgó en la pared de tu abuela [música] un hombre viejo de espaldas al suelo clavado a una cruz que apunta hacia el cielo, pero al revés con la cabeza hacia abajo y los pies hacia [música] arriba, los brazos abiertos? como quien abraza la tierra, que ya no puede tocar los ojos entrecerrados, no de terror, sino

de algo que se parece demasiado a la paz. Durante casi 2000 años, esa imagen ha circulado por [música] iglesias, museos, manuscritos, iluminados y pantallas de teléfono. Y sin embargo, [música] la mayoría de quienes la miran se detienen solo un momento antes de seguir caminando. Lo que pocos se preguntan es, ¿qué hubo detrás? [música] ¿Qué vivió ese hombre en las semanas que precedieron ese instante? ¿Qué clase de vida puede terminar de esa manera? con la cabeza hacia abajo y los [música] pies señalando el cielo y aún así

producir en el rostro esa expresión que no se parece al miedo. Esta es la [música] historia de Simón, el hijo de Jonás, el pescador de Galilea, el que caminó sobre el agua y se hundió [música] el que desenvainó la espada en un huerto y le cortó la oreja a un esclavo, el que lloró amargamente [música] en un patio frío mientras su maestro era procesado para morir.

el que décadas [música] después predicó en la capital del mundo y terminó sus días, [música] invertido en una cruz romana en el año 60 y cuatro después de Cristo. No, la versión del [música] catecismo, la versión completa. Roma en el verano del año 60 [música] y cuatro era una ciudad que olía a catástrofe. El olor no era metáfora, era el olor literal de miles de toneladas [música] de madera, quemada de telas, chamuscadas de piedra, caliza reventada por el calor de carne de animales y de seres humanos que no habían podido escapar a tiempo. El gran

incendio había comenzado en la noche del 18 [música] al 19 de julio en los negocios del circo máximo, donde los comerciantes almacenaban aceites, resinas y mercancías inflamables, [música] que llevaban semanas sin llover el viento de verano, ese viento romano que baja desde las colinas y cruza el Tiber con la garra imprevisibilidad de un capricho, [música] lo había convertido en monstruo durante se días y siete noches.

[música] ardió la ciudad más grande del mundo conocido. Tres de los 14 distritos de Roma quedaron [música] reducidos a escombros siete, más fueron severamente dañados. Decenas de templos, miles de casas de madera y ladrillo apiladas en las [música] insulinos, los archivos de familias antiguas, los dioses domésticos de terracota, que generaciones enteras habían heredado y venerado.

Todo eso desapareció en el fuego. La gente dormía en los campos de Marte bajo el cielo naranja con las cenizas cayendo sobre sus ropas como una nevada negra y tibia que no enfriaba nada. [música] Nerón tenía 26 años, estaba en Ancio. Cuando comenzó [música] el incendio en su villa frente al mar, Tirreno dicen que regresó a Roma de inmediato.

Otros dicen, “Con el tono de quien ha [música] esperado años para poder contarlo, que mientras la ciudad ardía, él tomó su [música] lira y recitó versos sobre la destrucción de Troya. Su etonio lo escribirá con [música] esa deliciosa crueldad de los biógrafos que llegan tarde, Tácito más prudente, pero igualmente letal.

dirá simplemente [música] que el rumor circuló sin afirmarlo ni negarlo del todo. La historia [música] nunca sabrá con certeza qué hizo Nerón esa noche. Lo que sí sabe [música] es lo que hizo. Después alguien tenía que cargar con la rabia de un pueblo que había perdido sus casas, sus muertos, sus [música] templos, la memoria material de generaciones Nerón.

comprendió esto con la claridad fría [música] del político, que sabe que el poder se sostiene, entre otras cosas, en la capacidad [música] de señalar a un culpable. En el momento en que el pueblo empieza a mirar hacia el palacio y señaló hacia el trastévere [música] los cristiano los seguidores del Cristo, ejecutado en Judea, para [música] entender lo que significó ese señalamiento.

Hay que entender lo que era ser cristiano en Roma. En ese año [música] no era la fe dominante, ni siquiera era una fe tolerada como el judaísmo, que gozaba de ciertos privilegios legales como religión licita por su antigüedad. El cristianismo era algo distinto, algo nuevo, [música] algo que los romanos cultos observaban con una mezcla de desdén intelectual y desconfianza política.

El historiador Tácito los llamará portadores [música] de una extitiábilis. supersticione, una superstición perniciosa. [música] Plinio, el joven, unos 50 años más tarde le confesará al emperador [música] Trayano en una carta que no termina de entender qué delito exactamente [música] cometen estos cristianos más allá de una obstinada contumacia y de reunirse antes de [música] amanecer para cantar himnos a un tal Cristo como a un Dios y de tomar ciertos alimentos rituales.

Pero en el año 64, [música] los rumores que circulaban sobre ellos en las tabernas y en los baños públicos eran bastante más [música] oscuros. Se decía que en sus reuniones secretas comían la carne y bebían la sangre de sus propias víctimas, [música] que llamaban hermanos y hermanas, a personas con las que luego se unían de manera obsena, que practicaban ritos nocturnos, que nadie que no fuera [música] iniciado podía describir con precisión, porque nadie había salido de ellos con vida para contarlo.

Cada uno de esos rumores era completamente falso. Ninguno de ellos dejó de circular ni [música] un solo día. Era en ese clima de rumor, sospecha y miedo acumulado donde Simón [música] Pedro, el pescador vivía sus últimos meses en la capital del mundo. Y lo que resulta asombroso, lo que la [música] historia no siempre subraya con suficiente énfasis, es que Pedro sabía perfectamente a dónde lo llevaba a quedarse [música] en Roma.

No era un ingenuo, no era un hombre que ignorara el peligro. Era un hombre que había sobrevivido [música] ya a la persecución de Herodes Agripa en Jerusalén, que había [música] pasado por cárceles y azotes y ciudades que lo echaban. Llevaba décadas viviendo con el precio de ser reconocido como líder [música] de un movimiento que los poderes de turno encontraban incómodo.

Pedro sabía lo que era el miedo [música] mejor que cualquier teólogo que escribiera sobre él desde la comodidad de una biblioteca. Reconstruir los años romanos de Pedro exige honestidad sobre lo [música] que las fuentes pueden y no pueden decir el Nuevo Testamento. No narra en detalle [música] su llegada a Roma ni su actividad.

Allí lo que ofrece es un rastro de huellas. La primera carta de Pedro [música] termina con un saludo enviado desde Babilonia, nombre que los estudiosos [música] identifican con abrumadora unanimidad como un apelativo cifrado para Roma. Ese segundo imperio que como el primero había destruido el templo de Dios y dispersado a [música] su pueblo.

Si esa identificación es correcta y las razones [música] para sostenerla son sólidas. Pedro estaba en Roma escribiendo cartas hacia el final de su vida. [música] Hacia el año 96, Clemente de Roma escribe a la iglesia de Corinto [música] una carta que es uno de los documentos más antiguos del cristianismo posterior al Nuevo Testamento.

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