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La Echaron Del Velorio De Su Madre, Pero Lo Que Encontró En El Rancho De Su Abuela Cambió Su…

Dentro había una llave oxidada y una nota escrita con la letra de Carmen.

“Hija, perdóname. Si te niegan delante de mi cuerpo, vete al rancho de la abuela Jacinta. Busca la habitación del pozo. Ahí está lo que nunca me atreví a contarte. No firmes nada. No confíes en Víctor. Y, sobre todo, no creas que no fuiste mía.”

Elena dejó caer la nota sobre sus rodillas.

Por primera vez desde que llegó al tanatorio, lloró.

Pero no lloró como una hija que acaba de perder a su madre.

Lloró como una mujer a la que acababan de robarle también el derecho a llamarla así.


El rancho de la abuela Jacinta estaba a cuarenta minutos del pueblo, metido entre encinas, olivares viejos y caminos de tierra que en invierno se convertían en barro y en verano en polvo.

Elena no había vuelto desde los doce años.

Recordaba poco y demasiado a la vez. Una casa baja, blanca, con ventanas azules. Un pozo en el patio trasero. Gallinas. El olor a pimientos asados. La voz ronca de Jacinta diciendo:

—Niña, no corras cerca del aljibe, que las desgracias no avisan dos veces.

También recordaba a Carmen poniéndose nerviosa cada vez que Elena preguntaba por aquel lugar.

—El rancho está viejo.

—¿Por qué no vamos?

—Porque allí no hay nada para nosotras.

Mentira.

Ahora lo sabía.

O empezaba a saberlo.

Condujo bajo la lluvia con las manos rígidas. Tenía el vestido negro pegado a la piel, el pelo húmedo, la nota de Carmen en el asiento del copiloto y una sensación extraña en el estómago. Dolor, sí. Rabia también. Pero bajo todo eso había otra cosa.

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