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La Intervención Francesa: Por qué Napoleón III Falló en su Conquista de México

El proyecto imperial francés había fracasado completamente. Las tropas se habían retirado, el imperio se había derrumbado y Napoleón Iero había sufrido la humillación más grave de toda su política exterior. ¿Por qué fracasó? ¿Cómo es posible que la potencia militar más poderosa de Europa, dotada del ejército considerado el mejor del mundo, fuera incapaz de consolidar su dominio sobre una nación devastada por décadas de guerras civiles.

 ¿Qué combinación de factores transformó el ambicioso proyecto imperial en uno de los mayores fracasos de la historia diplomática y militar del siglo XIX? Esta es la historia de aquel fracaso, de las causas profundas que condenaron desde el inicio el proyecto de Napoleón Icero, de la resistencia republicana que nunca se rindió, de los errores del emperador impuesto, del peso decisivo de la geopolítica internacional y de cómo un abogado zapoteco de origen indígena presidiendo una república itinerada y arruinada, derrotó al imperio más poderoso de Europa y

reafirmó la soberanía de su nación. Para entender por qué fracasó el proyecto imperial de Napoleón Icer en México, hay que comprender primero cuáles eran sus verdaderas motivaciones, considerablemente más ambiciosas que el pretexto de la deuda que justificó oficialmente la intervención. Aquellas motivaciones reales fundadas en un cálculo geopolítico que el desarrollo de los acontecimientos demostraría profundamente equivocado, contenían desde el inicio las semillas del fracaso que durante los 5co años siguientes se consumaría sobre el

territorio mexicano. El pretexto inmediato de la intervención fue la suspensión de pagos de la deuda externa que el gobierno de Benito Juárez había decretado en julio de 1861. México emergía de la guerra de Reforma, conflicto civil de 3 años entre liberales y conservadores, que había devastado las finanzas nacionales y el gobierno liberal de Juárez carecía de los recursos para cumplir las obligaciones financieras contraídas con las potencias europeas.

La suspensión de pagos afectaba a Francia, España e Inglaterra, que articularon mediante la Convención de Londres una respuesta conjunta destinada oficialmente a presionar al gobierno mexicano para garantizar el cobro de las deudas. Pero cuando España e Inglaterra comprendieron que las intenciones francesas excedían el cobro de los créditos, se retiraron de la expedición, dejando a Francia sola en territorio mexicano, ejecutando un proyecto que ya no tenía nada que ver con las deudas.

Las verdaderas motivaciones de Napoleón Icer eran de naturaleza geopolítica. El emperador francés articulaba un proyecto ambicioso que pretendía establecer en México una monarquía católica bajo protección francesa, proyecto que serviría a múltiples objetivos convergentes. El primero era crear un contrapeso a la expansión de los Estados Unidos en el continente americano.

Napoleón Iero observaba con preocupación el crecimiento de la potencia angloana, protestante y republicana, y calculaba que un imperio mexicano católico aliado de Francia frenaría aquella expansión y restauraría el equilibrio continental en favor de los intereses europeos. El segundo objetivo era económico.

El imperio mexicano abriría mercados para la industria francesa y proporcionaría acceso a las riquezas minerales del país. El tercero era el prestigio. El establecimiento de un imperio en América demostraría el poder del segundo imperio francés ante las demás potencias europeas y restauraría la grandeza que Napoleón Io pretendía evocar del legado de su tío.

El momento parecía propicio para aquel proyecto. Los Estados Unidos, que mediante la doctrina Monroe de 1823 habían declarado el continente americano fuera del alcance de la colonización europea, estaban sumidos desde 1861 en su propia guerra civil. Aquel conflicto interno incapacitaba temporalmente a Washington para hacer cumplir la doctrina Monroe ni oponerse a la intervención europea en su frontera sur.

 Napoleón Io calculó que la ventana de oportunidad que la guerra civil estadounidense proporcionaba permitiría consolidar el imperio mexicano antes de que los Estados Unidos, una vez resuelto su conflicto interno, pudieran intervenir. Adicionalmente, el emperador francés contemplaba la posibilidad de que un México monárquico aliado pudiera apoyar a la Confederación Esclavista del Sur, debilitando aún más a la Unión y consolidando la posición francesa en el continente.

Un factor decisivo que facilitó el proyecto fue la colaboración de los conservadores mexicanos. Aquel sector, derrotado en la guerra de Reforma por los liberales de Juárez, había buscado durante los años anteriores una solución que les permitiera recuperar el poder y los privilegios que la victoria liberal les había arrebatado.

 Una comisión de conservadores mexicanos encabezada por José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuseno al monte, había recorrido las cortes europeas buscando un príncipe que aceptara el trono de un imperio mexicano. Aquellos conservadores persuadieron a Napoleón Io de apoyar la intervención, articulando una visión según la cual el pueblo mexicano deseaba la monarquía y recibiría con entusiasmo a un emperador europeo.

Aquella visión profundamente equivocada fue una de las causas fundamentales del fracaso posterior. El proyecto imperial descansaba sobre la suposición errónea de que existía en México un apoyo popular a la monarquía que en realidad nunca existió. El imperio nacería así sobre un cálculo falso, sostenido por una minoría conservadora y por las bayonetas francesas, sin las raíces sociales que habrían podido garantizar su supervivencia.

 La primera causa del fracaso del proyecto imperial de Napoleón Iero se manifestó apenas unos meses después del inicio de la intervención, cuando el ejército francés, considerado el mejor del mundo, sufrió en Puebla una derrota que ningún cálculo previo había anticipado y que retrasó todo el proyecto durante un año crucial. Aquella resistencia inicial, lejos de ser un episodio aislado, anunciaba el problema estructural que durante los 5 años siguientes condenaría el proyecto francés.

 La negativa del pueblo mexicano y del gobierno republicano a aceptar la imposición de una monarquía extranjera. El 5 de mayo de 1862, sobre los cerros de Loreto y Guadalupe que dominaban la ciudad de Puebla, las fuerzas mexicanas comandadas por el general Ignacio Zaragoza derrotaron al ejército francés del general Charles de Lorenses. Los franceses, confiados en la superioridad de sus tropas, habían ejecutado un asalto frontal contra las posiciones fortificadas mexicanas y fueron rechazados con bajas considerables.

La victoria de Puebla, aunque no impidió definitivamente el avance francés, tuvo consecuencias estratégicas decisivas. retrasó el proyecto imperial durante un año entero. Obligó a Napoleón Icer a enviar refuerzos masivos que multiplicaron el costo de la operación y demostró que la conquista de México sería considerablemente más difícil de lo que el cálculo francés había anticipado.

Aquel retraso de un año resultaría crucial porque acercó el desenlace del proyecto al fin de la guerra civil estadounidense, momento a partir del cual la presión de Washington se haría insostenible. La respuesta de Napoleón Io a la humillación de Puebla fue el refuerzo masivo de la fuerza expedicionaria. El emperador envió a México un ejército considerablemente mayor, alcanzando aproximadamente 30,000 soldados bajo el mando del general Elí Frederick Forey, oficial determinado a no repetir los errores de la primera campaña.

El nuevo ejército francés sitió sistemáticamente la ciudad de Puebla durante aproximadamente dos meses, entre marzo y mayo de 1863. Las fuerzas mexicanas, comandadas por el general Jesús González Ortega resistieron con considerable heroísmo el asedio prolongado, pero la superioridad numérica y material francesa resultó finalmente decisiva.

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