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¿Por qué Fanny Kauffman murió en la miseria? La injusticia con Vitola

¿Por qué Fanny Kauffman murió en la miseria? La injusticia con Vitola

¿Por qué Fanny Kaufman murió en la miseria? La injusticia con Bitola, Ciudad de México. La madrugada del 21 de febrero de 2009. En los pasillos del Hospital Santa Elena hay un silencio que pesa. Una mujer de 84 años acaba de morir. Insuficiencia cardíaca, insuficiencia renal. Sus restos serán cremados.

 No habrá entierro. No habrá tumba, solo cenizas. Esa mujer había pasado 50 años haciendo reír a un continente. Había construido una fortuna desde cero, siendo hija de un tintorero, llegando a este país sin nada. Y sin embargo, ahí estaba, muerta en un hospital sin dinero, dependiendo hasta el último día de la generosidad de su hijo.

 El mundo la conocía como bitola. Porque hay dos versiones de esta historia. La primera dice que Vitóla destruyó su propia vida. Tenía un vicio que la consumió. Apostó lo que ganó, perdió lo que construyó. La segunda dice algo muy distinto, que fue usada durante décadas por una industria que la pagó como prescindible y que cuando ya no le servía, simplemente le dio la espalda.

Las dos tienen algo de verdad. Ninguna de las dos es suficiente sola. Hoy vamos a revisar las dos con hechos, con fechas, con lo que ella misma dijo. Antes de llegar ahí necesitas saber tres cosas. Tin Tan fue a verla actuar en secreto sin que nadie supiera que estaba ahí y lo que hizo al salir del teatro cambió la carrera de ella para siempre.

Vitola perdió dos casas y más de 100 monedas de oro en una mesa de póker. Y la razón detrás de ese vicio es la parte de esta historia que nadie quiere contar. Y el premio más importante del cine mexicano llegó cuando ella estaba muerta. El sistema que no la protegió en vida la premió cuando ya no podía recibirlo.

 Si eso no es una injusticia, alguien va a tener que explicar qué es. Para entender cómo terminó esta historia, hay que volver al principio. Y el principio es tan improbable que parece inventado. Toronto, Canadá. 11 de abril de 1924. Una familia judía está terminando de hacer las maletas. El padre se llama Koffman.

 Trabaja con lo que puede y ha tomado una decisión que va a cambiar el rumbo de todos en esa casa. Se van a Cuba, no en primera clase, no en segunda, en tercera, en un tren de vapor que huele a madera vieja y a gente apretada. Y en brazos de su madre, durmiendo sin saber nada de lo que le espera, va a una bebé de 10 meses que todavía no tiene nombre artístico, que todavía no sabe que va a hacer reír a un país entero. Se llama Fanny Koffman.

 La familia llega a La Habana, el padre monta una tintorería, la madre cuida el hogar y la pequeña Fanny crece en la capital cubana absorbiendo todo lo que la rodea, la música, el ritmo, la energía de una ciudad que nunca se queda quieta. Desde muy niña siente que tiene algo adentro que quiere salir y ese algo está convencida. Es la ópera.

 Toma clases de canto, toma clases de declamación. Se para frente al espejo y practica. Se imagina en un teatro grande con un vestido elegante cantando mientras el público contiene la respiración. Pero el sueño tiene un problema. Cada vez que Fanny canta, la gente no contiene la respiración. La gente se ríe no porque cante mal, sino porque su cara, sus gestos, sus expresiones tienen algo que dispara la carcajada de manera inevitable.

 A los 8 años ya lo sabe. Su cara es cómica, sus gestos son cómicos y eso en ese momento le duele porque ella quiere ser tomada en serio, pero sus padres, en lugar de frenarla la empujan de otra manera. Cuando ella tiene 11 años y medio, la inscriben en un concurso de radio. El concurso está buscando una niña para un programa infantil diario que se llama La escuelita.

 Fanny se presenta, compite y gana. A partir de ese momento comienza a aparecer en la radio cubana junto al dúo cómico Agapito y Timoteo. Y es ahí, en esos estudios de radio, aprendiendo el timing de los chistes, absorbiendo el ritmo de la comedia, que algo cambia dentro de ella. El sueño de la ópera no desaparece del todo, pero empieza a compartir espacio con algo para lo que aunque todavía no lo sabe, tiene un talento fuera de serie.

 Y es también en esa radio cubana donde nace el nombre que la acompañará el resto de su vida. Sus compañeros empiezan a llamarla Vitola, en referencia a una marca de puros cubanos que costaban más que los demás. Más finos, más elegantes, más caros. Bitola. El nombre le queda perfecto. Años después, cuando alguien le preguntara por qué ese nombre, respondería con la naturalidad de quien lleva décadas viviendo con algo que simplemente encaja.

 Eran unos puros muy sabrosos que costaban más que los otros. Así era ella y así se quedó. ¿Tú también tuviste algún sueño que la vida transformó en algo completamente diferente, pero que al final tenía más sentido que el plan original? Cuéntame en los comentarios. Con 20 pocos años, Fanny Koffman toma la decisión que va a definir todo lo que viene después.

 Cuba le ha dado el nombre, le ha dado el oficio, le ha dado los primeros años de carrera, pero algo le dice que hay un escenario más grande esperándola y ese escenario está en México. Se sube a un camión, cruza la frontera y llega a la Ciudad de México sin grandes contactos, sin palancas, sin nadie que le abra una puerta de favor.

Lo que tiene es el nombre Vitola, el talento que pulió en la radio cubana y las ganas de demostrar que puede. Consigue entrar al teatro Arbeu, una de las salas más importantes de la capital en ese momento, y debuta como cantante. Ahí está de nuevo parada en un escenario intentando ser tomada en serio. Y de nuevo el público la mira y sonríe, no por las canciones, por ella, por su cara, por cómo mueve el cuerpo, por ese algo que no se puede enseñar ni comprar.

Bitola en un escenario es un imán. Un día cualquiera entre el público de esa sala se sienta un hombre que no quiere que nadie lo reconozca. Entra sin hacer ruido, se acomoda entre la gente y desde ahí observa. Ese hombre es Germán Valdés. Tin Tan, El Pachuco de oro, el comediante más importante del cine mexicano de la época.

 Tin Tan había escuchado hablar de esa mujer flaca y desgarbada que hacía reír con solo pararse en el escenario y decidió ir a verla por su cuenta sin anunciarse, sin que nadie supiera que estaba ahí. vio el espectáculo completo y lo que vio lo convenció de inmediato. Antes de que terminara la noche, ya había pedido que le ofrecieran un contrato a Bitola para trabajar juntos. No lo pensó dos veces.

No pidió pruebas de cámara ni reuniones con productores, la vio actuar y supo. Así de simple y así de poderoso. En 1946, Vitola debuta en el cine con Se acabaron las mujeres, pero el paso que la vuelve inmortal llega en 1949, cuando se filma El rey del barrio. Vitola aparece como la nena y su actuación detiene la escena cada vez que aparece.

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