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Ella lo esperó llorando en la estación de Barcelona mientras él era arrestado injustamente por un delito que no cometió

Ella lo esperó llorando en la estación de Barcelona mientras él era arrestado injustamente por un delito que no cometió

Parte 1

Clara llegó a Barcelona Sants con una maleta azul que tenía una rueda torcida y un corazón que, aunque no hacía ruido, venía igual de torcido.

La rueda de la maleta chirriaba cada tres pasos, como si quisiera denunciar públicamente que aquella escapada romántica tenía más pinta de tragedia que de luna de miel improvisada. Clara la arrastró por el vestíbulo, esquivando turistas con mochilas gigantes, señores que caminaban mirando el móvil y una familia entera que discutía delante de una máquina de billetes como si estuvieran resolviendo el presupuesto general del Estado.

—Perdón… perdón… ay, señora, cuidado con la rueda, que está haciendo más drama que yo —murmuró Clara, cuando la maleta casi atropelló el pie de una mujer con abrigo beige.

La mujer la miró como solo una barcelonesa con prisa puede mirar: sin hablar, pero dejando claro que ya había emitido sentencia.

Clara pidió disculpas con una sonrisa nerviosa y siguió hasta el andén indicado. Llevaba una chaqueta verde oscuro, el pelo recogido de cualquier manera y los ojos cansados de haber llorado antes de empezar oficialmente a llorar. En el bolsillo interior de la chaqueta guardaba dos billetes de tren. Uno a nombre de Clara Molina. El otro a nombre de Mateo Rivas.

Mateo.

Solo pensar su nombre le encogió el pecho.

Habían quedado a las seis y cuarto, junto al panel grande de salidas, al lado de una cafetería donde servían cafés a precio de pequeño préstamo bancario. Él había prometido llegar antes, con su mochila gris, su sonrisa de “tranquila, todo va a salir bien” y esa manía suya de llevar siempre un bocadillo envuelto en papel de aluminio “por si acaso”.

—Por si acaso un día no hay comida en Barcelona, claro —le decía Clara.

—No te rías, que luego te lo comes tú.

Y era verdad. Ella siempre acababa comiéndose la mitad.

Pero eran las seis y veintiséis, luego las seis y treinta y dos, luego las seis y cuarenta, y Mateo no aparecía.

Clara miró el móvil por décima vez en cuatro minutos. Nada. Ni llamada, ni mensaje, ni un simple “llego tarde, la vida me odia”. El último mensaje era suyo, enviado a las cinco y cincuenta y ocho.

“Estoy saliendo. Nos vemos en nada. No te vayas sin mí, brújula.”

Brújula. Así la llamaba desde el día en que se perdieron por el Gòtic intentando encontrar una librería de segunda mano y acabaron en una tienda de abanicos, comprando uno con flamencos rosas para la madre de él. Mateo decía que Clara no sabía orientarse, pero que, de alguna manera, siempre lo llevaba a donde tenía que estar.

Ese día, sin embargo, la brújula no apuntaba a ningún sitio. Solo giraba como loca.

El panel de salidas cambió. La vía del tren a Zaragoza empezó a parpadear. Quedaban quince minutos.

Clara apretó la pantalla del móvil con los dedos.

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