Posted in

CUQUITA: El INFIERNO que vivió con VICENTE… y el ASQUEROSO SECRETO del HIJO que no ERA SUYO

CUQUITA: El INFIERNO que vivió con VICENTE… y el ASQUEROSO SECRETO del HIJO que no ERA SUYO

12 de diciembre de 2021. Rancho Los Tres Potrillos, Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. 4 de la mañana. En la habitación principal de la casa donde Vicente Fernández había dormido durante décadas, una mujer de 79 años sostenía la mano de su esposo, mientras el cuerpo que había llenado estadios en todo el mundo dejaba de respirar en silencio, sin mariachis, sin aplausos, sin las multitudes que durante 55 años habían gritado su nombre con la intensedad de una religión popular.

 Solo ella, María del Refugio Abarca Villaseñor, la que todos conocían como Cuquita, la misma que había esperado en ese rancho mientras él cantaba en Argentina, en España, en Los Ángeles, en cualquier escenario donde cupiesen 70,000 personas y donde México entero lloraba con sus canciones. La misma que había criado cuatro hijos prácticamente sola durante décadas.

 La misma que había aguantado los rumores, las infidelidades confirmadas, los escándalos. Las mujeres que aparecían en las revistas con el nombre de su esposo, al lado como si fuera lo más natural del mundo. La misma que cuando la prensa le preguntó cómo había sobrevivido 58 años al lado del hombre más infiel del espectáculo mexicano, respondió con una frase que dejó a toda una nación sin saber exactamente qué sentir.

 Ni modo de andarlo cuidando. Imposible. De las puertas para adentro es mi marido. De las puertas para afuera, yo no sé qué haga. Esa frase dicha con la serenidad de quien ha procesado algo durante décadas hasta que ya no duele de la misma manera o hasta que aprendió a hacer que pareciera que no dolía, es el centro de toda la historia de Cuquita.

No el romance, no la boda de 1963, no los hijos, ni los nietos, ni las canciones que él le dedicó frente a estadios llenos. esa frase, porque en esa frase está todo, el precio que pagó, el acuerdo tácito que sostuvo durante más de medio siglo, la decisión que tomó cuando era joven y que nunca revisó en público, aunque la vida le dio razones suficientes para haberlo hecho varias veces y algo más que la frase no dice explícitamente, pero que cualquier persona que la escucha de verdad entiende sin necesidad de explicación,

que Cuquita no aguantó porque no tuvo otra opción, aguantó porque eligió aguantar. Y esa distinción pequeña en apariencia y enorme en la práctica, es la que define la historia de esta mujer de una manera que ningún homenaje oficial al rey Vicente Fernández ha querido o podido reconocer. Pero antes de llegar a esa frase, hay que entender algo que México nunca terminó de ver con claridad, que la historia de Vicente Fernández, que el país conoce, la del charro de Gen Titán, que cantó al honor y a la familia y a la fidelidad como si

fueran los valores más sagrados del universo, no existía sin Cuquita, que el hombre que México convirtió en símbolo del amor eterno, pasó más de 40 años fuera de su casa dejando a una mujer sola con cuatro hijos en un rancho de Jalisco, mientras él construía una leyenda con la que ella no tenía casi nada que ver.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que México creyó saber sobre la mujer detrás del rey. Primero, ¿quién era María del Refugio Abarca Villaseñor antes de convertirse en Cuquita antes de que ese apodo la redujera a una función de esposa y madre? Y antes de que el apellido Fernández la envolviera en una identidad que nunca eligió del todo, segundo, ¿qué tipo de vida fue exactamente la de una mujer casada con el artista más famoso de México durante 58 años? Lo que eso significó en términos concretos de ausencia, de

soledad, de decisiones tomadas sin consultarle y de escándalos procesados en silencio frente a sus hijos. Tercero, ¿qué ocurrió con los momentos más oscuros de esa historia? El secuestro de Vicente Junior, la prueba de ADN que destruyó 18 años de certeza familiar y los secretos que Vicente Fernández se llevó a la tumba del rancho, donde hoy descansa a pocos metros de la habitación, donde ella todavía duerme.

 Y cuarto, ¿qué dice realmente la frase “Ni modo de andarlo cuidando” sobre el tipo de amor que Cuquita eligió sostener y sobre el precio que ese amor tuvo en una vida que el público siempre vio desde afuera con una idealización que ella nunca pidió y que nunca correspondió del todo a lo que vivía adentro de esas paredes.

 Esta no es la historia del rey Vicente Fernández, esa ya la conoces. Esta es la historia de la mujer que lo hizo posible y que casi nadie supo ver. Empecemos desde el principio. Jalisco, México, 1942. Nace María del Refugio Abarca Villaseñor en una familia humilde del estado que décadas después se convertiría en el escenario central de la leyenda, que ella misma contribuiría a sostener.

 Una niña jaliciense criada con los valores específicos del México rural de esa época. El trabajo, la discreción, la lealtad al marido por encima de cualquier cosa, la idea de que la familia se sostiene desde adentro con la fuerza silenciosa de la mujer que no aparece en los carteles, pero que mantiene todo en pie cuando los aplausos terminan. Cuquita.

 El apodo que se da en México a las mujeres que se llaman refugio. Un nombre que en su diminutivo suena a algo cariñoso y pequeño, a algo que protege, pero que también se protege, a algo que no necesita más explicación que las cinco letras que lo componen. Conoció a Vicente Fernández, siendo los dos muy jóvenes. Él tenía 23 años, ella tenía 20.

 Vicente no era todavía el rey, era un muchacho de buen titán, el alto que había llegado a Guadalajara con el sueño de cantar y que había pasado años trabajando en empleos que no tenían nada que ver con la música para mantenerse mientras golpeaba. Puertas que no siempre se abrían, lavaba coches, cargaba cajas en mercados, cantaba en bodas y 15añas por lo que le dieran. Era guapo, era carismático.

Tenía una voz que cuando la escuchabas en una sala pequeña hacía que la gente dejara de hablar sin saber exactamente por qué, pero no era nadie todavía. Cuquita lo vio antes de que fuera nadie. Eso es lo que la historia de ella tiene de más importante y de más ignorado al mismo tiempo, que ella no eligió a un ídolo, eligió a un hombre, a un muchacho de pueblo con deudas y con sueños y con una voz que todavía no había encontrado el escenario que merecía y que ese hombre con el tiempo se convirtió en algo tan grande que la persona que lo

había elegido cuando no era nadie quedó sepultada bajo el peso de lo que se convirtió. Se casaron en 1963 en una ceremonia sencilla en Guadalajara, sin grandes lujos, sin el fasto que décadas después rodearía cualquier evento que llevara el nombre Fernández, una boda de gente joven y humilde que prometía cosas que en ese momento probablemente ambos creían de verdad.

 Los primeros años fueron difíciles. Vicente seguía luchando por abrirse paso en una industria que tardó tiempo en reconocerlo. Los rechazos de las disqueras eran la constante. Las puertas de Televisa se cerraban. Los productores que lo escuchaban decían que su voz era demasiado parecida a la de José Alfredo Jiménez o a la de Pedro Infante y que el mercado no necesitaba una copia.

 Cuquita sostenía la casa, trabajaba, criaba a Vicente Junior, que llegó en 1964. Después a Gerardo, después a Alejandro, el que décadas después se convertiría en el potrillo y en una figura tan grande como su padre. administraba lo poco que había con la eficiencia específica de las mujeres, que saben que el dinero no aparece solo y que alguien tiene que hacer las cuentas, aunque nadie le pregunte cómo.

Read More