Posted in

De la Espriella SEÑALA a la Fiscal Camargo por OMISIÓN y Estalla la Polémica

El sobre que hizo temblar la RepúblicaLa tarde en que Ernesto de la Sierra levantó el sobre amarillo frente a las cámaras, nadie en Santa Aurelia volvió a respirar igual.

Yo estaba allí, a tres metros de él, apretada entre un camarógrafo que olía a café frío y una reportera joven que no dejaba de temblar. Afuera, la lluvia golpeaba los vidrios del Palacio Legislativo como si alguien quisiera entrar a patadas. Adentro, el aire era peor. Denso. Sucio. De esos aires que uno siente antes de que algo se rompa para siempre.

Ernesto no sonrió. Y eso fue lo primero que me inquietó.

Él era un abogado famoso por sonreír incluso cuando destruía a sus enemigos. Una sonrisa de cuchillo. Blanca, elegante, peligrosa. Pero esa tarde tenía la cara de un hombre que había dormido con muertos hablándole al oído.

—La fiscal general Clara Montoya sabía que iban a matar a Mateo Uribe Luján —dijo.

No gritó. No hizo teatro. No necesitó hacerlo.

El salón se partió en dos.

Una periodista soltó un insulto. Alguien dejó caer un micrófono. Desde el fondo, un senador oficialista se levantó furioso y gritó que aquello era una infamia. Pero nadie lo miró. Todos mirábamos el sobre.

Dentro, según Ernesto, había setenta y dos páginas de correos, reportes de inteligencia, actas internas y nombres. Nombres de funcionarios que habían recibido alertas. Nombres de policías que suplicaron protección. Nombres de asesores que, supuestamente, recomendaron no mover un dedo porque “podía afectar el clima político”.

Esa frase, lo confieso, me heló más que la acusación.

Porque a veces un país no se hunde por una bala, sino por una firma que nunca aparece.

Mateo Uribe Luján había sido asesinado once días antes, al salir de un foro sobre seguridad ciudadana. Era joven, terco, brillante para unos, insoportable para otros. Un político de oposición con más enemigos que guardaespaldas. Su muerte había dividido al país, pero también lo había cansado. En Santa Aurelia estábamos acostumbrados al horror. Y esa es una vergüenza que uno no debería admitir tan fácil.

Yo había cubierto demasiados funerales para saber que las lágrimas públicas duran poco. La indignación dura menos. Pero aquella tarde ocurrió algo distinto.

Ernesto abrió el sobre.

Sacó una hoja.

Y leyó una línea que, hasta hoy, me persigue cuando intento dormir:

—“Riesgo alto. Atentado en fase de preparación. Recomendación: elevar protección de inmediato”.

Luego levantó la vista.

Read More