Tres cárteles, una ciudad y una red que llevaba meses abasteciendo de armas a todas las facciones al mismo tiempo. Tijuana no duerme, nunca lo ha hecho. Pero hay noches en que las calles de la ciudad, fronteriza más poblada del país, se vuelven más oscuras que de costumbre. Noches en que algo se mueve en silencio entre las colonias, entre las casas de seguridad, entre los puntos de venta que el crimen organizado ha instalado en cada esquina estratégica de una ciudad que mueve más droga, más armas y más dinero que cualquier otra plaza del
norte de México. Esta fue una de esas noches. los murciélagos. La Unidad de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano, entrenada específicamente para operar en la oscuridad con sigilo y precisión quirúrgica, se ejecutaron un operativo que en pocas horas desmanteló lo que las autoridades describen como una de las redes criminales más complejas detectadas en Baja California en los últimos años.
Una red que no servía me a un solo cártel. Una red que abastecía a varios al mismo tiempo y al resultado, 101 sicarios capturados, 240 armas aseguradas, la mayoría traficadas desde Estados Unidos, decenas de casas de seguridad desmanteladas y un mensaje que resuena desde Tijuana hasta Washington. México está golpeando en donde más duele.
Tijuana. una organización que en sus años de gloria entre los 90 y los 2000 fue una de las más temidas del país, responsable de masacres, atentados contra funcionarios y el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Campo en 1993.
Hoy, debilitado tras décadas de capturas y golpes, el CAF sobrevive a través de alianzas, la más reciente y más significativa, un pacto con el cártel Jalisco Nueva Generación desde 2017, confirmado y reforzado hasta la captura de el flaquito Pablo Edwin Huerta Nño en junio de 2025.
Una alianza que convierte a los remanentes del CAF en el brazo local del CJNG en Tijuana. El tercer actor es el propio CJNG, que a través de su alianza con el CAF y mediante la infiltración directa de células propias, ha ido ganando presencia en Baja California desde 2015. Operadores como el L12 José Socorro Sánchez Gómez, capturado en diciembre de 2025 en Sinaloa, generaban violencia en Tijuana desde células que respondían directamente al CJNG y que competían tanto contra el cártel de Sinaloa como en algunos momentos contra sus propios aliados del CAF,
cuando los intereses divergían. Tres organizaciones, múltiples subfacciones dentro de cada una. una ciudad de 2 millones de habitantes en medio de esa tormenta. Antes de reconstruir el operativo, hay que entender quiénes lo ejecutaron, porque los murciélagos no son una unidad convencional del ejército mexicano, son algo distinto.
Y entender esa diferencia es entender por qué el resultado de esa noche fue el que fue el cuerpo de fuerzas especiales del ejército mexicano, conocido popularmente como los murciélagos por su capacidad para operar en la oscuridad con sigilo absoluto. Nació en la década de los 90 con un propósito específico, enfrentar escenarios de seguridad que superaban las capacidades de una tropa convencional.
Su centro de adiestramiento está en Temamatla, Estado de México, y los aspirantes deben superar pruebas físicas, psicológicas y tácticas de una exigencia comparable a los programas de fuerzas especiales de las principales potencias militares del mundo. Los elementos de esta unidad son entrenados en operaciones nocturnas con visión infrarroja, infiltración en zonas urbanas de alta densidad y neutralización de objetivos sin exposición del equipo, combate en condiciones extremas de temperatura y visibilidad y coordinación táctica en
espacios reducidos donde el margen de error es cero. No son soldados que llegan a un lugar y abren fuego. Son operadores que estudian, planifican, ensayan ejecutan con una precisión que convierte cada operativo en un procedimiento quirúrgico. Su despliegue más documentado hasta ese momento había sido en Michoacán, dentro del plan Michoacán por la Paz y la Justicia, donde 180 elementos fueron enviados a cinco de los municipios más violentos de Tierra Caliente a finales de 2025.
Los resultados en esa región fueron inmediatos. De comisos de armas, explosivos y más de 300 kg de droga sintética. En las primeras semanas de operación la metodología funcionó. Yendien, esa metodología fue la que se trasladó a Tijuana porque Tijuana necesitaba exactamente ese tipo de intervención, no una operación masiva y ruidosa que alertara a las redes criminales con semanas de anticipación.
una operación silenciosa, nocturna, basada en inteligencia previa y ejecutada con la velocidad suficiente para que las células criminales no tuvieran tiempo de activar sus protocolos de escape. Los murciélagos entran cuando nadie los espera. Esa es su ventaja principal y esa noche en Tijuana nadie los esperaba.
Lo que ocurrió esa noche en Tijuana no comenzó esa noche, comenzó meses antes en salas de análisis donde equipos de inteligencia de La Sedena, la FGR y la Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana comenzaron a mapear algo que los reportes de seguridad ya tenían identificado, pero que requería tiempo y profundidad para ser comprendido en su totalidad.
la existencia de una red de abastecimiento de armas que no servía a un solo cártel, sino que operaba de forma transversal, vendiendo y distribuyendo armamento a múltiples organizaciones criminales que competían entre sí. Una red de ese tipo es más difícil de detectar que la estructura de un cártel convencional, precisamente porque no tiene una lealtad fija, no tiene colores, no tiene una cadena de mando que apunte hacia un solo líder.
Es una red de intermediarios, bodegueros, transportistas y vendedores que hacen negocios con quien pague, independientemente de qué organización criminal sea el comprador. Las primeras señales habían aparecido en enero de 2026 cuando una denuncia al 911 llevó a las autoridades a una casa de seguridad en la colonia Colinas de Alamar, donde se aseguró un lanzacohetes calibre 66.
un AK47, una escopeta y dos pistolas, entre ellas una calibre 40 conocida en los registros policiales como mata policías. Y apenas días después, en un operativo nocturno sobre la carretera antigua Tijuana Tecate, se decomizaron más de 50 armas de fuego, entre ellas 21 largas y 30 cortas, todas traficadas desde Estados Unidos y almacenadas en Tijuana para ser redistribuidas hacia Sinaloa, donde la guerra interna del cártel de Sinaloa demandaba reabastecimiento constante.
Esos dos operativos no fueron resultados aislados, fueron hilos. Y los analistas de inteligencia comenzaron a tirar de esos hilos con paciencia y metodología hasta que el mapa completo de la red tomó forma. Casas de seguridad en distintas colonias de la ciudad, rutas de distribución que conectaban puntos de almacenamiento con células de los tres cárteles activos en Tijuana, nombres, vehículos, frecuencias de comunicación y un volumen de armamento almacenado que superaba lo que cualquier operativo convencional podría haber anticipado.
Cuando la imagen estuvo completa, la orden fue clara. Los murciélagos entran esta noche y lo que encontraron cuando esa noche los equipos de fuerzas especiales comenzaron a ejecutar los cateos simultáneos en múltiples colonias de Tijuana. Superó incluso las proyecciones más altas de los equipos de inteligencia.
No era una casa de seguridad, no eran dos. Era una red de inmuebles distribuidos estratégicamente por distintas zonas de la ciudad, cada uno con una función específica dentro de la cadena logística que la red criminal había construido con años de operación. Unos inmuebles funcionaban como bodegas de almacenamiento primario, donde el armamento recién traficado desde Estados Unidos llegaba y era clasificado antes de ser redistribuido.
Otros operaban como puntos de distribución secundaria, desde donde el armamento salía en lotes más pequeños hacia los compradores finales, las células de los tres cárteles en guerra en la ciudad y algunos funcionaban como espacios de habilitación donde armas que llegaban en partes o con desperfectos eran ensambladas, reparadas o modificadas antes de entrar al circuito de venta.
Dice, “El inventario que comenzó a emerger de esos inmuebles en las primeras horas de la operación era de una escala que los elementos de las fuerzas especiales habían visto pocas veces en un solo operativo. Armas largas de múltiples calibres, incluyendo fusiles de asalto con modificaciones de uso exclusivo militar.
Armas cortas en cantidades que apuntaban a una operación de distribución de gran volumen, no de uso propio, cargadores abastecidos, miles de cartuchos de distintos calibres, equipos de comunicación táctica, chalecos balísticos marcados con siglas de distintas células criminales, lo que confirmaba que la red proveía a organizaciones diferentes de forma simultánea y en al menos tres de los inmuebles, equipamiento de mayor especialización visores nocturnos e supresores de sonido y accesorios que no están disponibles en ningún mercado legal mexicano. Al cierre
del operativo, el conteo de armamento asegurado llegó a 240 piezas, una cifra que la Secretaría de Seguridad de Baja California describió como el mayor decomiso de armas en un solo operativo en la historia reciente de la entidad. 101 personas detenidas en una sola noche. Ese número por sí solo exige contexto para ser comprendido en toda su dimensión.
Porque los 101 detenidos no son 101 sicarios de un mismo cártel capturados en un enfrentamiento. Son 101 personas con perfiles distintos, roles distintos y vínculos a organizaciones distintas que formaban parte de una red criminal que operaba de forma transversal mapa del crimen organizado en Tijuana. Y esa diversidad de perfiles es precisamente lo que hace a este operativo, diferente de cualquier redada convencional.
El análisis de los detenidos realizado por los equipos de la FGR y la Sedena reveló al menos cinco categorías de perfil claramente diferenciadas. La primera categoría, la más numerosa, correspondía a operadores de células activas de los tres cárteles presentes en la ciudad, hombres con antecedentes documentados en actividades de sicariato, cobro de piso y control de puntos de venta, que habían sido identificados previamente como generadores de violencia en los registros de la mesa de coordinación por la paz y seguridad de Baja California.
La segunda categoría era la de los intermediarios de la red de armas, propiamente dicha, individuos sin afiliación fija a ninguna organización criminal que operaban como corredores, conectando a los traficantes que introducían el armamento desde Estados Unidos con las células compradoras en México, hombres que conocían los dos lados de la transacción sin pertenecer formalmente a ninguno.
La tercera categoría correspondía a bodegueros y personal logístico, los encargados de recibir, clasificar, almacenar y despachar el armamento desde los inmuebles de la red, perfiles de bajo perfil público que en muchos casos habían pasado bajo el radar de los sistemas de inteligencia durante meses, precisamente porque su función no implicaba violencia directa, sino administración, la cuarta categoría y quizás la más relevante desde el punto de vista de intel inteligencia era la de los mandos medios.
Individuos identificados como coordinadores de sectores específicos de la red eh con capacidad para tomar decisiones operativas y con acceso a información sobre múltiples eslabones de la cadena. Sus testimonios en el proceso de investigación posterior serían la llave para continuar desarticulando la red más allá de los 101 detenidos esa noche.
Y la quinta categoría, la más sorprendente para los propios elementos que ejecutaron el operativo. Tres individuos de nacionalidad extranjera identificados como especialistas en la habilitación y modificación de armamento con conocimientos técnicos que iban más allá de lo que cualquier sicario de una célula local podría haber desarrollado de forma autodidacta.
Su presencia en la red confirmaba algo que los analistas de seguridad binacional entre México y Estados Unidos ya sospechaban, las redes de tráfico de armas en la frontera norte han dejado de ser operaciones locales para convertirse en esquemas con componentes transnacionales. Y aquí llegamos al punto que este operativo ilumina con una claridad que ningún discurso político ha logrado en años.
El punto que México lleva décadas señalando y que Washington ha tardado en reconocer con la contundencia que merece, el 75% de las armas incautadas en México en los últimos años, más de 21,000 piezas solo en el periodo más reciente provienen de Estados Unidos. Eso no es una acusación, es un dato reconocido por el propio Departamento de Justicia de los Estados Unidos y reiterado en múltiples ocasiones por la presidenta Claudia Shainbown.
Las armas no se fabrican en México, no en las cantidades ni en los calibres que el crimen organizado necesita para sostener sus guerras. Se compran legalmente en tiendas de armas, en estados americanos con regulaciones laxas. Se pasan de forma ilegal por los puertos de entrada fronterizos, aprovechando el volumen masivo de cruce diario y se redistribuyen en México con una eficiencia logística que el crimen organizado ha perfeccionado durante décadas.
Tijuana es el punto más activo de ese flujo en dirección sur. Las 240 armas aseguradas en ese operativo no llegaron a Baja California desde ningún arsenal militar ni desde ningún taller clandestino mexicano. Llegaron desde el norte, cruzaron la frontera más transitada del mundo, escondidas en vehículos, en cargamentos de mercancía, e en compartimentos ocultos que los traficantes han perfeccionado hasta volverlos casi imperceptibles para los sistemas de inspección fronteriza.
Y una vez en suelo mexicano, esas armas no tienen un solo destino. Como lo demostró la red desmantelada esa noche, el negocio del tráfico de armas en Tijuana es un negocio de provisión múltiple. Le vende a quien pague sin importar los colores, al cártel de Sinaloa, al CAF, al CJNG, a cualquier célula con dinero suficiente y necesidad de reabastecerse.
Eso convierte a la red de armas no en el brazo armado de un cártel. sino en la infraestructura compartida de todos los cárteles al mismo tiempo. Y desmantelar esa infraestructura tiene un efecto multiplicador que ninguna captura individual de un líder puede replicar. Debilita a todos los actores violentos de forma simultánea.
Ese es el valor estratégico real del operativo de esa noche. No los 101 detenidos, no las 240 armas, es haber golpeado la columna vertebral logística de la violencia en Tijuana. de una sola vez. Hay una dimensión de este operativo que raramente aparece en la cobertura mediática de los eventos de seguridad en la frontera norte y que, sin embargo, es fundamental para entender por qué lo que ocurre en Tijuana importa más allá de las colonias tijuanenses.

San Diego, California, tiene a 3 km de distancia una de las ciudades más violentas del occidente de México. Esa proximidad crea una dinámica de seguridad que ningún muro, ninguna reja y ningún acuerdo bilateral ha logrado resolver de forma definitiva la interdependencia criminal entre los dos lados de la frontera.
Las armas salen de Estados Unidos y entran a México. La droga sale de México y entra hasta Estados Unidos. El dinero lavado cruza en ambas direcciones y las redes que hacen posible ese flujo operan con plena conciencia de las jurisdicciones, aprovechando los vacíos que existen entre los sistemas legales de los dos países para construir operaciones que ninguno de los dos puede desmantelar.
Solo la operación Frontera Norte, lanzada en 2025 con el despliegue de 10,000 elementos de la Guardia Nacional en la franja fronteriza, fue un primer paso en la dirección correcta. En su primer mes de operación registró más de 7,000 detenidos y casi 6,000 armas incautadas en Baja California y otros estados fronterizos.
Pero los números, aunque significativos, siguen siendo una fracción del volumen real que cruza en ambas direcciones. Lo que el operativo nocturno de los murciélagos en Tijuana aporta a ese esfuerzo es algo diferente. No es una operación de volumen, sino de precisión. No se trata de detener a tantos como sea posible en cada revisión de vehículos.
Se trata de desarticular la red que hace posible el flujo atacando sus nodos logísticos, sus almacenes, sus intermediarios y sus coordinadores con la información necesaria para que el golpe sea estructural y no superficial. Ese es el salto de calidad que los analistas de seguridad binacional llevan años pidiendo.
Y esa noche en Tijuana con 101 detenidos y 240 armas fuera de circulación ese salto de calidad se dio. Pero hay algo que emergió del procesamiento de los detenidos y de los equipos de comunicación asegurados en los inmuebles de la red, que va más allá del inventario de armas y el conteo de capturas.
Es algo que los investigadores de la FGR describieron como una señal de alerta sobre la dirección que está tomando la violencia en Tijuana en este momento. La red de armas no solo proveía de armamento convencional, proveía también de equipamiento táctico especializado, que hasta hace pocos años era prácticamente inexistente en el inventario del crimen organizado tijuanense.
Isores nocturnos, chalecos balísticos de nivel cuatro con capacidad para detener proyectiles de rifle, supresores de sonido y sistemas de comunicación encriptada, equipamiento que en el contexto del crimen organizado mexicano solía estar reservado a grupos de élite como el grupo Élite Fuerzas Especiales del CJ G y que ahora aparecía distribuido entre células de tamaño mediano que operan en colonias específicas de Tijuana.
Lo que eso indica es una evolución en el nivel de militarización del crimen organizado en la frontera norte que las autoridades no pueden ignorar. El crimen organizado tijuanense de hace una década peleaba con pistolas y AK47. El crimen organizado tijuanense de hoy tiene acceso a equipamiento que compite con el de unidades tácticas de las fuerzas del orden y esa brecha, si no se cierra con la misma velocidad con que se abre, puede tener consecuencias que México no está en condiciones de absorber. La captura del L12. José
Socorro Sánchez Gómez, operador del CJNG en Tijuana en diciembre de 2025, fue un golpe importante. La captura del flaquito Pablo Edwin Huerta Núño, líder del CAF en junio del mismo año, fue otro. Pero ambos operativos, aunque significativos, no tocaron la infraestructura logística de la red de armas.
Eh, fueron capturas de cabezas, no desmantelamiento de sistemas. Lo que ocurrió esa noche con los murciélagos fue diferente y esa diferencia es lo que le da a este operativo su dimensión real. Hay que detenerse un momento y nombrar lo que realmente ocurrió en esa noche en Tijuana con la claridad y el peso que merece. 240 armas fuera de circulación en el contexto de la violencia que vive Tijuana.
donde cada arma que entra a la ciudad tiene una probabilidad real de terminar disparada en una colonia, en un negocio, en una calle transitada o frente a una escuela. Ese número no es estadístico, es concreto. Es vidas que esas armas no van a poder quitarle a nadie porque ya no están en manos de quien hubiera podido dispararlas.
101 personas retiradas de una red criminal que abastecía a tres organizaciones simultáneamente. No sicarios de calle sin estructura detrás, operadores con roles específicos, con conocimiento de la red, con vínculos documentados a cadenas de suministro que conectaban el mercado de armas de Estados Unidos con los cárteles mexicanos.
Cada uno de esos 101 detenidos es un eslabón que la red va a tener que reemplazar en un momento en que el crimen organizado en Tijuana ya enfrenta una crisis de estructura interna por la guerra entre facciones y las capturas recientes de sus líderes más visibles y detrás de todo eso la demostración de algo que México necesita ver con más frecuencia, que la inteligencia funciona, que los meses de trabajo invisible, de análisis de comunicaciones interceptadas, de seguimiento de vehículos y de mapeo de inmuebles producen resultados que
ninguna operación reactiva podría haber generado. Que la diferencia entre un operativo que se queda en la superficie y uno que llega a las raíces está en la calidad de la información previa y en la precisión con que se ejecuta. Los murciélagos esa noche no improvisaron, entraron con un mapa, salieron con resultados.
Las investigaciones derivadas de este operativo están abiertas en múltiples frentes y ninguno de ellos es menor. El primero es el procesamiento legal de los 101 detenidos que en función de los cargos imputados enfrentarán procedimientos ante la FGR por delitos que incluyen portación de armas de uso exclusivo de las fuerzas armadas, delincuencia organizada y, en varios casos, delitos adicionales por actividades previas documentadas para los tres individuos de nacionalidad extranjera.
El proceso incluirá la evaluación de posibles extradiciones según los acuerdos bilaterales vigentes con sus países de origen. El segundo frente es el análisis de los equipos de comunicación asegurados que representan una fuente de inteligencia de primer orden. Las frecuencias utilizadas, los contactos registrados y los patrones de comunicación detectados en esos dispositivos pueden arrojar información sobre redes que van más allá de Tijuana.
proveedores en el lado americano de la frontera, intermediarios en otros estados mexicanos y posibles conexiones con estructuras del crimen organizado transnacional que abastecen a los cárteles mexicanos con armamento de uso militar. El tercero y estratégicamente el más importante es el seguimiento de las cadenas de suministro hacia el norte.
Porque mientras México puede y debe desmantelar las redes en su territorio, la solución de fondo requiere que Estados Unidos endurezca el control sobre la venta y exportación ilegal de armas desde su lado de la frontera. El Departamento de Justicia Americano ya reconoció que el 75% de las armas incautadas en México tienen origen estadounidense.
Ese reconocimiento necesita traducirse en acción concreta, en regulación real, en persecución penal de los traficantes que operan en territorio americano con la misma contundencia que México persigue a los que operan en el suyo. Porque la guerra de las armas en la frontera norte no se gana solo desde un lado, se gana desde los dos.
Y ese es un mensaje que este operativo manda con claridad hacia Washington, tanto como hacia las células criminales que esa noche vieron desaparecer su red de abastecimiento. Tijuana no va a resolverse en una noche. Ninguna ciudad con la complejidad criminal de la capital baja californiana se resuelve en un solo operativo, por exitoso que sea.
Lo que ocurrió esa noche establece un precedente que las autoridades de Baja California, del gobierno federal y de los sistemas de seguridad binacional deben capitalizar con la misma velocidad e inteligencia con que los murciélagos ejecutaron su misión, porque el crimen organizado en Tijuana ya está tomando nota, ya está evaluando las brechas en su red, ya está buscando la manera de reemplazar lo que perdió esa noche y la velocidad con que México responda hasta esa recomposición va a determinar si este operativo fue el principio de algo
diferente o solo una victoria puntual en una guerra que sigue. La esperanza basada en la evidencia de lo que se hizo esa noche apunta hacia lo primero, porque hay algo que el crimen organizado en Tijuana con toda su estructura y con todo su armamento no tiene. No tiene 101 detenidos de vuelta, no tiene 240 armas recuperadas.
no tiene los contactos, las frecuencias y los mapas que esa noche quedaron en manos de los investigadores. Y eso no se recupera de un día para otro. Tijuana merece paz. Sus familias o sus comerciantes, sus trabajadores que cada día cruzan esa frontera buscando una vida mejor. Merecen una ciudad donde el sonido de las balas no sea parte del paisaje nocturno.
Esa noche México dio un paso en esa dirección. M.