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Dean Martin nunca necesitó a Frank Sinatra — y Sinatra JAMÁS logró perdonárselo 

Dean Martin nunca necesitó a Frank Sinatra — y Sinatra JAMÁS logró perdonárselo 

En marzo de 1988, Frank Sinatra creyó que estaba a punto de cerrar el último gran capítulo de su leyenda. Todo estaba preparado. Los carteles ya estaban impresos. Los promotores hablaban de cifras millonarias. Los periodistas describían el evento como el regreso más esperado de la música estadounidense y por primera vez en muchos años los tres nombres que habían dominado Las Vegas durante décadas volverían a aparecer juntos.

 Frank Sinatra, Samy Davis Jr. Dean Martin. Para Sinatra, aquella gira significaba mucho más que una serie de conciertos. Era una coronación, la confirmación definitiva de que el Radpack seguía siendo el grupo más importante que había pisado un escenario. Pero apenas unos días después del inicio de la gira, algo ocurrió, algo tan simple que parecía insignificante, y sin embargo, terminó persiguiendo a Sinatra durante el resto de su vida.

 Din Martin se fue sin escándalos, sin entrevistas, sin acusaciones, sin una discusión pública. Simplemente hizo las maletas, tomó un avión y regresó a Beverly Hills. Mientras los organizadores entraban en pánico buscando una solución, Din cenaba tranquilamente en su restaurante favorito, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, como si abandonar la gira más importante del año no significara absolutamente nada.

 Y quizá ahí estaba precisamente el problema, porque para Frank Sinatra significaba todo, para Dean Martin no significaba tanto. La mayoría de las personas interpreta aquel episodio como una diferencia profesional. No lo fue. La verdadera historia había comenzado mucho antes, décadas antes, mucho antes de Las Vegas, mucho antes de las fotografías, las fiestas y los titulares.

 Porque Frank Sinatra y Dean Martin representaban dos formas completamente opuestas de entender la fama. Sinatra había pasado gran parte de su vida peleando por mantenerse en la cima. Desde joven aprendió que el éxito podía desaparecer de la noche a la mañana. Lo había vivido en carne propia. Había conocido la adoración del público y también el olvido.

 Por eso trabajaba como un hombre que siempre sentía el peligro detrás de él. Cada presentación importaba, cada relación importaba, cada oportunidad debía aprovecharse. La fama para Sinatra era algo que debía protegerse constantemente. Din Martin veía el mundo de otra manera. Nacido como Dino Paul Crochetti en Stuvenville, Ohio.

 Creció en una familia italiana humilde, donde las apariencias tenían poco valor comparadas con la tranquilidad. Su padre era barbero, su familia trabajaba duro y durante muchos años apenas hablaba inglés. Antes de convertirse en cantante había probado varios trabajos. Había sido boxeador, había trabajado en casinos, había conocido gente dura, personas que no impresionaban fácilmente.

 Aquellas experiencias le dejaron una enseñanza sencilla. La vida continuaba con o sin aplausos, con o sin reconocimiento, con o sin fama. Cuando finalmente alcanzó el éxito, esa forma de pensar nunca desapareció y eso hacía que resultara fascinante. Mientras otros artistas parecían desesperados por conservar cada centímetro de popularidad, Din transmitía una calma casi desconcertante.

No parecía competir con nadie, no parecía obsesionado con ganar, ni siquiera parecía especialmente interesado en demostrar algo. Simplemente aparecía, cantaba, sonreía. y el público quedaba cautivado. Era una clase de poder muy difícil de explicar, porque no nacía del control, nacía de la indiferencia.

 Y Frank Sinatra comenzó a notarlo. Cada vez que compartían escenario, cada vez que compartían una mesa, cada vez que compartían una noche en Las Vegas, los demás miembros del Rat Pack orbitaban alrededor de Sinatra. Era natural. Él era el líder, el centro de gravedad, la figura dominante. Pero Din jamás pareció moverse bajo esa lógica.

Llegaba cuando quería, se marchaba cuando quería, participaba cuando le apetecía y cuando no tenía ganas, simplemente desaparecía. Lo más sorprendente era que nadie podía obligarlo a actuar de otra manera. Ni los productores, ni los empresarios, ni siquiera Frank Sinatra. Con el paso de los años, Sinatra empezó a comprender algo que le resultaba profundamente incómodo.

 Todos los hombres que había conocido necesitaban algo. Dinero, fama, contactos, aprobación, protección, todos menos uno. Tin Martin. Y cuando un hombre poderoso descubre que existe alguien fuera de su influencia, suele reaccionar de dos maneras. intenta comprenderlo o intenta cambiarlo. Frank Sinatra pasó años intentando hacer ambas cosas sin darse cuenta de que estaba enfrentándose a algo que jamás lograría controlar, porque Dean Martin no estaba jugando el mismo juego.

 Y muy pronto esa diferencia silenciosa comenzaría a transformar una amistad legendaria en una herida que ninguno de los dos terminaría cerrando por completo. A comienzos de los años 60, Las Vegas era mucho más que una ciudad, era un reino y Frank Sinatra era su rey más visible. Los grandes hoteles competían por tenerlo en sus escenarios.

 Los políticos querían aparecer a su lado. Los empresarios buscaban su aprobación. Cuando Frank entraba en una sala, las conversaciones cambiaban de tono. La gente lo observaba, lo escuchaba, lo seguía y Sinatra disfrutaba ese poder. Había luchado demasiado para conseguirlo. Pero había algo curioso en aquellas noches legendarias del Sans Hotel.

 Cuando Frank estaba solo sobre el escenario, la atención era absoluta. Cuando Din Martin aparecía, la atmósfera cambiaba. No porque intentara robar protagonismo, todo lo contrario. Din parecía hacer menos esfuerzo que cualquiera. Llegaba con una sonrisa relajada, soltaba una broma improvisada, tomaba una copa y de repente el público comenzaba a reír de una forma diferente, más natural, más espontánea, más cercana. Sinatra dominaba la sala.

 Din hacía que la sala se sintiera cómoda. Era una diferencia pequeña, pero importante. Frank construía momentos, Din los desarmaba y precisamente por eso la gente adoraba verlo. Algunos artistas buscan convertirse en leyendas. Din parecía actuar como si las leyendas fueran simplemente personas normales con un poco más de suerte.

Aquello desconcertaba incluso a sus propios amigos porque no era una pose, no era una estrategia de imagen, era auténtico. Después del espectáculo, Sinatra solía organizar largas reuniones privadas, mesas llenas de bebidas, historias interminables, conversaciones que podían durar hasta el amanecer. Aquellas reuniones tenían una regla no escrita.

 Si Frank quería que te quedaras, te quedabas. Sammy Davis Jr. permanecía allí durante horas. Joey Bishop también. Muchos otros hacían lo mismo. Era parte del círculo, parte de la lealtad, parte del juego. Dean Martin, en cambio, tenía otra costumbre. Miraba el reloj, terminaba su copa, se levantaba, daba las buenas noches y se marchaba. Así de simple.

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