Nada de problemas, mi amigo y yo solo queremos el silencio. Ruis asintió, pero había algo en sus ojos. Respeto mezclado con lástima. Esa noche, Brille se sentó en el porche de la única pensión, fumando un cigarro mientras Tebaco pastaba cerca. Los recuerdos lo invadían. 48 hombres caídos bajo su pistola, bandas enteras desechas en cañones olvidados.
Pero ahora solo era un viejo con un caballo viejo, o eso parecía. Al día siguiente, el viento trajo problemas. El polvo se levantó en el horizonte como un mal presagio. Siete jinetes entraron al pueblo al galope, disparando al aire y riendo como demonios. El líder era un joven de 28 años. alto, de ojos negros y crueles, con dos revólveres cruzados en el pecho.
Se llamaba Alles, y su fama corría por las fronteras como un incendio. Robaba, mataba y dejaba huérfano sin pestañar. Sus seis compañeros eran escoria, caras marcadas, cicatrices y sonrisas de dientes podridos. Aes detuvo su caballo negro frente al pozo, justo donde Brille y Tebaco descansaban a la sombra de un mesquite.
El viejo Marsal no se movió, siguió limpiando su revólver con un trapo lento metódico. “Mira esto, muchachos”, gritó Alles con voz burlona, señalando. Un viejo arrugado y su mula medio muerta. “Vas a morir aquí, abuelo. Este pueblo es nuestro ahora. Muévete del pozo o te mando al infierno con tu animal. Los hombres rieron.
Uno escupió cerca de las patas de tebaco. El caballo ni siquiera levantó la cabeza. Brilla el sol a vista lentamente. El sol le daba de lleno en la cara, marcando cada arruga como grietas en el desierto. Solo estamos bebiendo agua, muchacho. Dijo con calma. No hay necesidad de alboroto. Ale sacó su pistola con rapidez, apuntando al pecho de brille.
Te di una orden, viejo, y a ese saco de huesos lo voy a usar de blanco. ¿Cuántos años tiene esta ruina? 20, 30. Tebaco resopló suavemente, como si entendiera cada palabra. El aire se puso pesado. Los aldeanos se escondieron detrás de las puertas espiando por las ventanas. Ruis, el serf, observaba desde lejos con la mano temblando sobre su propia arma.
Nadie se movía. Aes amartilló el revólver. El kick resonó como un trueno en el silencio del mediodía. Última oportunidad, Marsal de Pacotilla. O te mato a ti primero y luego a tu caballo. Brille no parpadeó. Sus dedos, nudosos pero firmes, descansaban cerca de la culata de su colt. Tebaco.
Una oreja tenso como un resorte. El viento soplaba entre los cactus levantando pequeñas nubes de arena. Los compañeros de sacaron sus armas, rodeando al viejo y su caballo. Parecía el final inevitable. Un viejo cansado contra siete lobos jóvenes y hambrientos. El corazón de Brille latía lento, pero fuerte.
Sentía la fiebre de la batalla que había dormido por meses. Tebaco, a su lado, parecía más vivo que nunca. Los músculos bajo su pelaje gastado se contrajeron ligeramente. El pueblo entero contenía la respiración. Ale sonrió con maldad y empezó a bajar el cañón hacia Tebaco. Primero el caballo, luego tú, abuelo. En ese instante preciso, algo cambió en el aire.
El viejo Marsal y su caballo ya no parecían tan viejos. Los años de experiencia de supervivencia en mil batallas despertaron como un rayo. Brille movió la mano con una velocidad imposible para su edad. El revólver salió de su funda en un borrón. Un disparo resonó. Continuará en la segunda parte. Palabras aproximadas. 1020. El disparo resonó como un trueno en el desierto, pero no fue el de AES.
El viejo marsal Cleten Brell había desenfundado con una velocidad que desafiaba a la muerte misma. La bala rozó el sombrero del bandido, arrancándolo de su cabeza y haciendo que girara en el aire como una hoja seca. En el mismo segundo, Brille se lanzó hacia adelante con una fuerza sorprendente. Su mano izquierda, nudosa y llena de cicatrices, atrapó la muñeca de Alles con un giro brutal.
Se escuchó un crujido seco como rama quebrada por el rayo. El joven pistolero gritó de dolor mientras su revólver caía al polvo. Tebaco, el fiel Alasan, que parecía medio muerto momentos antes, cobró vida como un demonio del infierno. Sus patas traseras se alzaron con potencia salvaje y golpearon el pecho de uno de los compañeros de Alles, lanzándolo por los aires como un muñeco de trapo.

El hombre voló 3 met antes de estrellarse contra un barril de agua, rompiéndolo en pedazos. Los otros cinco forajidos reaccionaron tarde. Brille ya estaba en movimiento, girando como en sus mejores años. Sucod escupió fuego dos veces más. Una bala desarmó a un bandido herido en el hombro. La otra perforó la bota de otro, clavándolo al suelo con un aullido.
Tebacon no se quedó atrás. El caballo cargó contra el grupo, mordiendo el brazo de uno y derribando a otro con su hombro poderoso. El polvo se levantó en una nube espesa, mezclada con gritos y maldiciones. En menos de 10 segundos, la pandilla de Aes yacía desarmada y humillada en la tierra caliente de Cold Water Creek.
Alles, con la muñeca rota colgando como un trapo inútil, retrocedía gateando, los ojos llenos de furia y sorpresa. ¿Quién demonios eres tú, viejo? escupió entre dientes, sosteniendo su mano herida. Antes de que Brille pudiera responder, el Sery Freuy salió de su escondite con la voz temblorosa pero clara. Ese es Clonen Brill, muchachos.
El marzal de las llanuras. 48 hombres caídos bajo su pistola. Dicen que una vez detuvo solo a toda la banda de los hermanos al azar en el cañón del No es un viejo cualquiera, es una leyenda viva. Los aldeanos empezaron a salir de sus casas, murmurando con asombro. Una mujer se persignó.
Un niño señaló a Tebaco con ojos abiertos como platos. Aes y sus hombres, sangrando y cojeando, se arrastraron hasta sus caballos. El líder lanzó una última mirada cargada de odio. Esto no termina aquí. Brille. Volveré con más hombres. Te arrancaré esa estrella oxidada del pecho. Montaron como pudieron y galoparon fuera del pueblo, dejando una nube de polvo y promesas de venganza.
El silencio regresó al pueblo, pero ahora era un silencio cargado de respeto y miedo. Brille guardó su cot con lentitud, respirando con dificultad. El esfuerzo había cobrado su precio. Sentía un dolor agudo en el pecho, como si un cuchillo caliente le atravesara las costillas. Tebaco se acercó y frotó su occoo contra su hombro, calmándolo.
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“Tranquilo, viejo amigo”, susurró Brille, acariciando su crevorienta. “Aún nos queda algo de fuego.” El serifi se acercó ofreciéndole agua. “Marsal, no sabíamos por qué no dijo nada. Ese es peligroso. Ha quemado tres pueblos al norte. Sus hermanos lo apoyan desde la frontera. Brille bebió despacio, dejando que el agua fría calmara su garganta seca.
No vine buscando más sangre, Ruiz. Solo paz. unos meses tranquilos con mi compañero. El desierto ya me ha dado demasiado. Esa noche, en la pensión de doña Elena, Brille se sentó en una silla mecedora bajo las estrellas. Tebaco estaba atado cerca, comiendo avena fresca. Los aldeanos pasaban de vez en cuando dejando regalos, tortillas calientes, un poco de whisky, incluso una manta nueva para el caballo.
Todos querían escuchar historias, pero Brille hablaba poco. Solo mencionaba los vientos fríos de Waomen, las persecuciones bajo la luna y como tebaco lo había salvado más veces de las que podía contar. Pero en la oscuridad de su habitación la verdad pesaba. El doctor del pueblo, un viejo mexicano llamado Vargas, lo había examinado esa tarde en secreto.
El corazón está fallando, Maral. Tal vez tres meses, si tiene suerte, debería estar en cama. Brill había sonreído con amargura. No quería camas ni lástima. Quería cabalgar con tebaco hasta que el último aliento los uniera. Los días siguientes fueron engañosamente tranquilos. Brilla ayudaba en pequeñas cosas, reparaba cercas, contaba historias a los niños sobre justicia en la frontera.
Tebaco se convirtió en atracción del pueblo. Los vaqueros lo miraban con respeto, sabiendo que aquel caballo había pateado a forajidos como si fueran moscas. Pero Brille sentía que la oscuridad se acercaba. A veces, en medio de la noche, despertaba con el pecho oprimido, sudando frío.
Tebaco siempre estaba allí vigilando desde la ventana. relinchando suavemente como si supiera. Una tarde, mientras el sol caía rojo sobre las colinas, Brille y Tebaco caminaron hasta las afueras del pueblo. El viejo Marsal se sentó en una roca mirando el horizonte infinito. “Amigo mío”, le dijo al caballo, “hemos corrido juntos por 38 años.
Bandidos, tormentas, traiciones. Y ahora solo queremos un poco de silencio, pero siento que no se quedará quieto. Vi ese odio en sus ojos. Tebaco resopló y golpeó el suelo con una pata, como respondiendo. El viento trajo un eco lejano, cascos de caballos. Era el regreso de la banda. Brill entrecerró los ojos, su mano yendo instintivamente al CT.
El polvo se levantaba en la distancia. No eran siete jinetes, esta vez parecían más. El corazón del marzal latió con fuerza irregular. El dolor regresó más agudo. Ruiz llegó corriendo desde el pueblo. Marsal, hemos visto señales. Aes está reuniendo hombres en las montañas. Dicen que viene por usted.
¿Qué hacemos? Brille se levantó lentamente, apoyándose en Tebaco. El caballo parecía entender la gravedad. Sus orejas estaban erguidas, alerta. El viejo Marsal miró a su fiel compañero y sintió una mezcla de orgullo y tristeza profunda. Los meses de paz se estaban acortando. La fiebre de la batalla volvía a llamar, pero esta vez su cuerpo podía traicionarlo en el peor momento.
Prepara a la gente, Ruiz. No dejaré que destruyan este pueblo por mi culpa. Pero si vienen, Tebaco y yo estaremos listos una última vez. La noche cayó pesada sobre Cold Water Creek. Las luces de las casas se apagaron temprano. Brillen no durmió. Se quedó en el porche limpiando su revólver bajo la luz de la luna mientras Tebaco pastaba cerca.
Cada sombra parecía un enemigo, cada ruido del desierto una amenaza. El viejo Marsal sabía que la verdadera prueba estaba por llegar y que su cuerpo cansado quizás no resistiría. Pero con su caballo a su lado, aún sentía que el destino les daría una última oportunidad. El viento del norte trajo el olor de la pólvora lejana.
Mañana quizás la tormenta caería sobre ellos. Continuará en la tercera parte. Aproximadamente 1015 palabras. El viento del desiertoaba como un lobo herido esa madrugada en Cold Water Creek. Clayon Brille estaba de pie en el centro del pueblo, con la estrella oxidada brillando débilmente bajo la luz plateada de la luna.
Tebaco permanecía a su lado, inmóvil como una estatua de bronce vivo, las orejas erguidas y los músculos tensos bajo el pelaje gastado. El polvo se levantaba en remolinos anunciando la llegada de la tormenta que todos temían. Ayes regresaba y no venía solo. “Son más de 20, Marsal”, susurró el ser y fruis con la voz quebrada por el miedo.
“Trae pistoleros de la frontera, hermanos de sangre y escoria apagada. Dicen que van a quemar el pueblo si no lo entregamos.” Brille escupió al suelo y cargó los tambores de su colt con movimientos lentos pero precisos. Cada cartucho entraba como un recordatorio de las 48 tumbas que había dejado atrás. No entregamos nada, Ruis.
Este es su pueblo. Yo solo soy un viejo de paso. Pero si la muerte viene hoy, que venga bailando con plomo. Los aldeanos se atrincheraron en las casas de adobe. Las mujeres cargaban rifles viejos, los niños escondían municiones. Doña Elena, la dueña de la pensión, le entregó a Brille una taza de café negro y fuerte. Que Dios lo cuide, Maral.
y a su caballo también. Nunca vi una lealtad igual. Brille sonrió apenas, acariciando el cuello de Tbaco. Él es más que un caballo, señora. Es mi sombra, mi hermano, mi último pedazo de vida. El trueno de los cascos llegó como un terremoto. Ale se encabezaba la carga con el brazo vendado y la cara torcida por el odio.
25 jinetes irrumpieron en la calle principal, disparando al aire y gritando maldiciones. Las balas picaban las paredes de adobe levantando nubes de tierra. Saca al viejo Ruiz, bramó Alles. O lo sacamos nosotros y colgamos su cuerpo del mezquite. Brille salió a la luz de las antorchas que los bandidos llevaban.
Tebaco lo siguió caminando con paso firme. El viejo marzal levantó la mano. Esto es entre tú y yo. Alles. Deja al pueblo fuera. Tú querías sangre, pues ven por ella. Ayes río con crueldad y levantó su pistola. Primero mato al caballo, como prometí, luego te hago sufrir, viejo. Disparó. La bala silvó cerca de Tebaco, pero el alán ya se movía.
Con un relincho feroz, cargó contra los jinetes delanteros. Sus cascos golpearon como martillos. Un bandido cayó con el pecho hundido. Otro fue lanzado contra una cerca. Brille desenfundó. Suold cantó la canción de la frontera. Cuatro disparos, cuatro caídos. Cada bala encontraba su blanco con precisión mortal.
A pesar de los años, el tiroteo se volvió infernal. Balas cruzaban en todas direcciones. Ruiz y los aldeanos respondieron desde las ventanas. Un bandido intentó rodear a Brille, pero Tebaco lo interceptó mordiendo su brazo y derribándolo. El viejo Marsal sintió el dolor en el pecho como un cuchillo al rojo vivo. Su visión se nublaba, pero no se detenía.
Giró, disparó, recargó con dedos temblorosos. Ayes avanzaba entre el caos buscando el tiro limpio. “Muere ya, leyenda de mierda”, gritó vaciando su revólver. Una bala rozó el hombro de brille, otra le quemó la pierna. Cayó de rodillas, pero Tebaco estuvo allí en un instante, protegiéndolo con su cuerpo.
El caballo recibió un rasguño en el flanco, pero no flaqueó. Brille se apoyó en él, se levantó y disparó por última vez. Su bala alcanzó aes en la mano derecha desarmándolo. El joven pistolero gritó y cayó de su caballo. Los pocos bandidos que quedaban vivos huyeron al galope, perseguidos por los disparos de los aldeanos.
El silencio regresó, roto solo por los gemidos de los heridos. Brille se tambaleó hasta el pozo y se sentó en el borde, respirando con dificultad. La sangre corría por su camisa. Tebaco se arrodilló a su lado apoyando la cabeza en su regazo. “Tranquilo amigo”, susurró Brille con voz shota. “Lo hicimos una última vez.

” El doctor Vargas llegó corriendo, pero una mirada bastó. El corazón del marzal se estaba apagando. Los aldeanos rodearon al viejo con respeto. Brille miró al cielo estrellado y sonrió débilmente. Solo quería unos meses de paz con mi compañero. Eso es todo. No más balas, no más sangre, solo el viento y él. Esa misma noche, en una cama sencilla de la pensión, Clayton BR cerró los ojos por última vez.
murió con la mano sobre el hocico de Tebaco, que no se separó de su lado ni un segundo. El pueblo entero lloró a la leyenda. Lo enterraron al amanecer en una colina suave frente al desierto, bajo una cruz de madera con su nombre y su estrella clavada. Tebacon no se movió de la tumba.
Tres días y tres noches permaneció allí de pie como una estatua viviente. No comió, no bebió, no durmió. Sus ojos oscuros miraban la tierra removida como si esperara que su amigo despertara. Los aldeanos intentaron moverlo, pero el caballo se resistía con fuerza silenciosa. Al tercer día, una anciana de 83 años llamada Clara, viuda de un vaquero y sabia del pueblo, se acercó con pasos lentos.
se sentó junto a Tebaco bajo el sol ardiente y le habló con voz suave, como a un viejo amigo. Él te amaba más que a nada, caballo. Me lo dijo antes de irse. Si me voy primero, dile a Tebaco que viva, que corra por los dos, que sienta el viento en la cara por mí. No quiere verte morir aquí.
Quiere que vivas, amigo fiel. Tebaco resopló suavemente temblando. Bajó la cabeza y por primera vez en tres días bebió un poco de agua de la mano de Clara. Poco a poco aceptó la vida. Los aldeanos lo cuidaron como a un tesoro. Lo alimentaron, curaron su herida y lo dejaron pastar libre por las colinas. Tebaco vivió 9 años más.
Se volvió leyenda él también, el caballo que peleó junto al marsal brille y que guardó su tumba como un centinela. Los niños crecieron escuchando sus historias. Los vaqueros lo miraban con respeto cuando pasaba por el pueblo, erguido y orgulloso a pesar de los años. Una mañana de primavera, 9 años después, Tebaco caminó solo hasta la tumba de Brille.
Se acostó junto a la cruz, cerró los ojos y no despertó. Los aldeanos lo enterraron al lado de su amigo bajo la misma tierra que los había unido en vida y en muerte. Anc Water Creek aún se cuenta esta historia alrededor de las fogatas. La del viejo marsal y su caballo que desafiaron al tiempo, a la muerte y al olvido.
Porque algunos lazos no se rompen ni con balas ni con años. La verdadera amistad, la lealtad más pura, sobrevive más allá de la última bala y del último aliento. Y sobre la pregunta que muchos se hacen, ¿hizo bien brilla al dejar vivir a Alles? Creo que sí. En sus últimos días eligió la misericordia que pudo, no por debilidad, sino porque ya había derramado suficiente sangre en su vida.
Dio una lección más grande al pueblo, que incluso un hombre de 48 muertes podía elegir la paz al final. Aes vivió con su mano rota y su orgullo destrozado, recordando siempre que un viejo y su caballo fueron suficientes para quebrarlo. A veces dejar vivir al enemigo es la victoria más dura y más limpia. Alrededor de 1020 palabras.
Fin de la historia. M.