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La poderosa familia del joven exilió a su novia sin dinero de Valencia y le ocultó las cartas de amor durante años

La poderosa familia del joven exilió a su novia sin dinero de Valencia y le ocultó las cartas de amor durante años

Parte 1

En Valencia, el verano no entra por la puerta: se cuela por las persianas, se sienta en la mesa de la cocina y te mira como diciendo: “A ver cuánto aguantas sin quejarte”. Aquel agosto, la ciudad parecía una sartén puesta al fuego desde las nueve de la mañana, y aun así la mansión de los Montesinos olía a cera cara, jazmín recién cortado y dinero viejo, de ese que no hace ruido porque ya tiene a otros haciendo ruido por él.

La casa estaba en una avenida tranquila, con naranjos alineados como si también ellos hubieran recibido educación privada. Tenía fachada color crema, balcones de hierro negro y una puerta tan grande que parecía diseñada para que entraran por ella ministros, obispos y algún que otro ego familiar de tamaño industrial.

Clara llegó allí con un vestido sencillo, unas sandalias gastadas y una carpeta azul apretada contra el pecho. No tenía aspecto de amenaza para nadie, salvo quizá para los nervios de Begoña Montesinos, que llevaba tres días repitiendo que “esa chica no convenía” con la misma intensidad con la que otras personas repiten que mañana van a empezar la dieta.

Clara era de barrio, de risa fácil y manos trabajadoras. Había nacido cerca de Benimaclet, en un piso donde siempre había una silla de más para quien apareciera sin avisar. Su madre vendía flores en el mercado, su padre arreglaba persianas y su abuela opinaba de todo con la autoridad de quien había sobrevivido a dos mudanzas, tres cuñadas y una olla exprés defectuosa.

Adrián Montesinos, en cambio, había nacido con apellido compuesto, cuna lacada y una cuenta bancaria que no se mencionaba en voz alta por educación, aunque todos la imaginaban con reverencia. Estudiaba Derecho porque su padre lo había decidido antes de que él aprendiera a decir “papá”, y llevaba toda la vida escuchando frases como “un Montesinos no improvisa”, “un Montesinos no se mezcla” y “un Montesinos no se deja llevar por sentimentalismos”.

Por eso, naturalmente, se había enamorado de Clara como quien se cae en una fuente pública: sin plan, sin dignidad y con todo el mundo mirando.

Se conocieron en una librería pequeña del Carmen, una de esas donde los libros parecen saber más que el dependiente. Adrián había entrado buscando una edición antigua para aparentar interés cultural delante de su padre. Clara estaba allí porque la dueña le dejaba ordenar estanterías a cambio de llevarse novelas prestadas.

Él preguntó por un libro de filosofía.

Ella le señaló la estantería.

Él cogió uno al azar, lo abrió por la mitad y puso cara de concentración profunda.

Clara lo observó dos segundos y dijo:

—Ese está al revés.

Adrián parpadeó.

—Era… para comprobar la encuadernación.

—Claro. Muy importante. Platón siempre entra mejor boca abajo.

Él se rió. Y aquella risa fue el primer acto de rebeldía de su vida.

 

Desde entonces, Adrián empezó a visitar la librería con excusas lamentables. Un día buscaba “algo sobre el mar, pero no demasiado marítimo”. Otro día quería “una novela triste, pero que no me arruine el fin de semana”. Clara le recomendaba libros y se burlaba de sus camisas demasiado planchadas.

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