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Fidel Castro se burla de la vida humilde de José Mujica — Su respuesta lo deja completamente helado

Fidel Castro se burla de la vida humilde de José Mujica — Su respuesta lo deja completamente helado

En el mundo de la política internacional, pocos encuentros han sido tan reveladores como el de Fidel Castro y José Mujica. El líder cubano, acostumbrado a los lujos del poder, no pudo ocultar su asombro al visitar la humilde chakra donde vivía el expresidente uruguayo. ¿Cómo puede un jefe de estado movilizarse en ese automóvil tan antiguo? preguntó con cierto desdén mirando el viejo Volkswagen Escarabajo.

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 Acompáñeme y descubra la historia completa. La tarde caía sobre la chakra de Rincón del Cerro en las afueras de Montevideo. José Mujica, conocido cariñosamente como Pepe por su pueblo, se encontraba arrodillado entre los surcos de su huerta, con las manos hundidas en la tierra negra y fértil que tanto amaba a sus 78 años. El expresidente uruguayo mantenía la misma rutina que había conservado incluso durante su mandato presidencial.

despertar al amanecer, atender sus cultivos, alimentar a su inseparable perra Manuela y dedicar algunas horas a la lectura o a recibir visitantes que llegaban desde todos los rincones del mundo para conocer al presidente más pobre del mundo. El cielo de octubre se teñía de naranja cuando el sonido de un vehículo interrumpió el silencio habitual de la chakra.

 Manuela, ya mayor, pero siempre alerta, ladró un par de veces antes de reconocer el automóvil oficial del Ministerio de Minum, Relaciones Exteriores. “¿Y ahora qué querrán estos muchachos?”, murmuró Pepe, incorporándose con cierta dificultad mientras se sacudía la tierra de sus manos callosas. Del vehículo bajó Rodolfo Ninnovoa, el ministro de Relaciones Exteriores, con un gesto que mezclaba formalidad y la familiaridad propia de los viejos compañeros de lucha política.

 “Pe disculpa que vengas sin avisar”, dijo el ministro estrechando la mano de Mujica. “No te preocupes, Rodolfo, sabes que esta casa no tiene cerrojos ni protocolos”, respondió Mujica con una sonrisa afable. Pasemos adentro. Lucía debe estar preparando mate. La casa de los Mujica seguía siendo la misma construcción modesta de siempre.

 Una pequeña vivienda de ladrillo con techo de chapa, sin lujos ni ostentaciones, amueblada con lo esencial y algunos libros apilados por todas partes. Lucía Topolanski, esposa de Mujica y senadora, los recibió con la caldera ya humeante. “Pe, vengo a comunicarte algo importante.” Comenzó Ninnooa una vez que estuvieron sentados alrededor de la mesa sencilla de madera.

Hemos recibido una solicitud oficial. Fidel Castro quiere visitarte. Está realizando un viaje semiprivado por Sudamérica y ha expresado su deseo de conocer tu chakra. Mujica arqueó las cejas genuinamente sorprendido. A pesar de compartir ciertas afinidades ideológicas con la revolución cubana, nunca había mantenido una relación cercana con Castro.

 ¿Y por qué tanto interés en este viejo Tupamaro ahora? Preguntó Mujica, pasándose una mano por la barba entre cana. Según nos comentaron por canales diplomáticos, está interesado en conocer de primera mano tu estilo de vida”, explicó el ministro eligiendo cuidadosamente sus palabras. Lucía intercambió una mirada cómplice con su esposo.

 Ambos sabían lo que aquello significaba. La austeridad voluntaria de Mujica había generado tanto admiración como escepticismo en diversos líderes mundiales. ¿Cuándo sería esta visita?, preguntó Lucía sirviendo un nuevo mate. En tres días vendría con una comitiva reducida, sin prensa. Quiere que sea un encuentro discreto.

 Mujica guardó silencio unos momentos contemplando el vapor que se elevaba de su mate. Finalmente asintió. Que venga no más, pero que sepa que no habrá protocolos ni banquetes. Si quiere conocer cómo vivimos, verá exactamente eso, cómo vivimos de verdad. Los tres días siguientes transcurrieron con normalidad en la chakra.

 Mujica rechazó cualquier sugerencia de mejorar la apariencia de su hogar o cambiar sus hábitos cotidianos para impresionar al líder cubano. Si viene a ver cómo vive Pepe Mujica, verá a Pepe Mujica tal cual es, insistió ante los funcionarios del protocolo presidencial que intentaron en vano sugerir algunos ajustes.

 La mañana de la visita amaneció despejada con ese aire primaveral que tanto valoraban los uruguayos después del invierno. Mujica se levantó a su hora habitual, vistió sus ropas de trabajo y salió a atender sus tareas agrícolas como cualquier otro día. A las 11 en punto, una caravana de tres vehículos negros de alta gama apareció en el camino de tierra que conducía a la chakra.

 El contraste no podía ser más evidente. Los automóviles relucientes y ostentosos frente a la vivienda modesta y el Volkswagen Escarabajo de 1987 que Mujica usaba para desplazarse y que constituía prácticamente todo su patrimonio material de la limusina central. descendió Fidel Castro, ya anciano, pero conservando esa presencia imponente que lo había caracterizado siempre.

 Vestía su tradicional uniforme verde oliva, aunque adaptado a un corte más civil. Lo seguían dos asistentes y un médico personal, además del embajador cubano en Uruguay. Mujica los esperaba junto a la entrada de su casa, acompañado únicamente por Lucía y Manuela, quien observaba con curiosidad a los recién llegados. Compañero Mujica saludó Castro con voz potente extendiendo su mano.

 Bienvenido a mi casa, presidente Castro, respondió Mujica con sencillez, estrechando firmemente la mano del cubano. Esta es mi compañera Lucía Topolanski, senadora de la República y lo más importante, mi esposa. Tras los saludos formales, Mujica los invitó a pasar. El interior de la casa, con su mobiliario escaso y funcional, provocó una expresión imposible de disimular en el rostro de Castro.

 Sus ojos recorrieron las paredes descascaradas, la cocina antigua, la heladera de varias décadas de antigüedad y los libros, muchos libros. el único lujo verdadero que Mujica se permitía. Así que esta es la famosa casa del presidente más austero del mundo”, comentó Castro con un tono que oscilaba entre la curiosidad y cierto escepticismo.

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