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Encontraron su cámara con 47 fotos. La última no debería existir.

En octubre de 2019, una cámara fotográfica fue encontrada en la orilla del río Palotoa en Madre de Dios, Perú. El periodista que la llevaba había desaparecido 11 días antes. La cámara contenía 47 fotografías. Las primeras 40 eran lo que cualquier expedición documental produce. Senderos incas, vegetación cerrada, petroglifos milenarios grabados en roca.

 Las fotos 41 a la 46 mostraban algo que no aparece en ningún mapa oficial del Perú. Estructuras de piedra perfectamente trabajada, muros en pie, una puerta de piedra de 4 m de altura tallada con el disco solar Inca. una ciudad. La fotografía 47 mostraba al periodista visto de espaldas caminando hacia la puerta de piedra entrando.

 Él estaba solo cuando tomó esas fotos. No había nadie más en aquella parte de la selva. Y sin embargo, alguien tomó esa fotografía con su cámara en el minuto exacto en que su guía en el campamento base a 6 km registró la pérdida de contacto de radio. Gabriel Morales nunca fue encontrado. Para entender lo que esa cámara capturó, necesitas entender [música] quién era Gabriel Morales y por qué llevaba 7 años buscando [música] algo que 500 años de expediciones no habían podido encontrar.

Gabriel [música] Augusto Morales Vega, 43 años, periodista investigativo [música] de Buenos Aires, Argentina, colaborador de medios como La Nación, El País y la revista peruana [música] Caretas, especializado en misterios históricos, expediciones [música] perdidas y arqueología no oficial. Si hay alguien en América Latina que conocía la [música] historia del paiti, mejor que cualquier académico, ese era Gabriel.

 Había leído cada [música] crónica colonial, cada expedición fallida, cada documento desclasificado. Sabía que en 1567 el conquistador [música] Juan Álvarez Maldonado partió de Cuzco siguiendo el río Madre de Dios en busca de la provincia del Paititi. Nunca llegó. Sabía que en 1600 el misionero jesuita Andrés López escribió una carta al virrey del Perú, describiendo una ciudad grande, rica en oro [música] y joyas, ubicada en medio de la selva tropical cerca de una catarata.

 Sabía que en 1970 tres exploradores, el estadounidense [música] Nichols y los franceses de Bru y Puel, desaparecieron en el Parque Nacional del Manu buscando [música] Paititi. Nunca regresaron y sabía que en 1997 el biólogo noruego Lars [música] Hfschol partió desde Sandia en la misma dirección.

 Sus huellas se perdieron en la selva amazónica. Nunca volvió. Pero Gabriel tenía algo que ninguno de ellos tuvo. En 2012, mientras revisaba el Archivo Regional del Cuzco, encontró un documento que nadie había reclamado en 25 años. Era un informe técnico de la empresa minera del Estado del Perú, fechado en 1987. [música] El informe incluía fotografías aéreas de la región del río Palotoa en Madre de Dios, tomadas durante una prospección minera.

 En una de esas fotografías, parcialmente visible bajo el dosel selvático, había algo que no debería estar ahí. Una forma geométrica demasiado [música] regular para ser natural, demasiado grande para ser ignorada y completamente invisible en cualquier mapa o imagen satelital [música] posterior. La empresa minera que encargó la prospección quebró en 1989.

El informe fue archivado y olvidado. Gabriel pasó 3 meses analizando esa fotografía, calculando dimensiones, buscando referencias. Lo que encontró lo llevó a la doctora Carmen Quispe. Carmen Quispe Mamani, 47 años. Arqueóloga de la Universidad Nacional de San Antonio, Abad del Cuzco, la UNSAC. Especialista en petroglifos y vías incas región de Madre de Dios.

 Le mostró la fotografía de 1987. Carmen tardó 48 horas en responder. Cuando llamó, dijo una sola cosa. Gabriel, las coordenadas de esa estructura coinciden con los petroglifos de Pusharo. Para entender lo que Carmen descubrió, necesitas conocer Pusharo. Pusharo es un lugar sagrado en la margen derecha del río Palotoa, afluente del Alto Madre de Dios, dentro del Parque Nacional del Manu.

 En ese lugar existe una pared de roca de 11 m de [música] largo por dos de ancho, completamente cubierta de petroglifos, figuras, símbolos, diseños que no coinciden con ninguna otra cultura registrada [música] en la región. Los petroglifos de Pucharo fueron descubiertos en 1921 por el misionero dominico Vicente [música] de Senitagoya.

 Desde entonces, decenas de arqueólogos los estudiaron. Ninguno pudo descifrarlos completamente. Muchos investigadores [música] creyeron siempre que Pusarro era un mapa, una señal que los incas dejaron para [música] quien supiera leerla, pero nadie lo había leído. En 2018, Gabriel y Carmen aplicaron una técnica de realce digital desarrollada por la NASA para análisis de imágenes de Marte a las fotografías de alta resolución de Pucharo.

 Lo que encontraron dentro de los diseños principales, casi invisible a simple vista, [música] cambió todo. Grabadas en los márgenes de los petroglifos más grandes, entre los trazos principales, como si fueran decoración, había marcas más pequeñas, marcas que seguían [música] el patrón del sistema de notación Kipu Inca.

 Carmen las transcribió, las analizó contra tablas de correspondencia geográfica quechua. eran coordenadas, coordenadas que apuntaban a un punto específico en la cuenca del Palotoa. El mismo punto donde la fotografía aérea de 1987 mostraba la forma geométrica bajo el dosel. Los incas llevaban 500 años señalando el camino en una roca, en un río, en un idioma que nadie supo leer, hasta que llegaron dos personas con una fotografía olvidada y un programa de análisis de imágenes marcianas.

Gabriel fue a Carmen con el entusiasmo de quien finalmente tiene la prueba que buscó toda su vida. Carmen lo escuchó, revisó los datos y luego le dijo algo que Gabriel anotó en su diario de campo. Las coordenadas son reales, el lugar existe, pero hay algo que los queros de Paucarambo dicen sobre Paititi que no deberías ignorar.

 ¿Qué dicen?, preguntó Gabriel. Dicen que todo [música] aquel que decide conocer ese lugar no puede volver. Gabriel escribió eso en su diario y en la misma página con su letra de siempre escribió: “Salgo el 3 de octubre”. Gabriel planeó la expedición durante 4 meses. Llevaba una Nikon D850, [música] su cámara de trabajo desde 2017, 45 megapíxeles, [música] GPS integrado que graba coordenadas geográficas precisas en los metadatos de cada fotografía.

imposible de manipular sin dejar rastros digitales detectables. También llevaba un diario de campo, un cuaderno Mall Skin negro donde anotaba [música] observaciones, tiempos y coordenadas a mano. Era su método desde sus primeras expediciones. Nunca dejó de usarlo y llevaba un mapa. No, el de 1987, ese era demasiado frágil para el campo, sino una copia digitalizada, impresa en papel resistente al agua, con las coordenadas de PARO marcadas y la ruta calculada desde el campamento base.

Su guía era Tomás Pacheco Hualpa, 58 años, descendiente quechua de Pau Cartambo. Conocía el Palotoa mejor que nadie. Había guiado a los exploradores Gregory de Yermenyan y Tierry Yamin en expediciones anteriores en esa región. Tomás aceptó guiar a Gabriel hasta el [música] campamento base a 6 km del punto señalado por las coordenadas.

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