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ABISMO NEGRO: CONFESARON LA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE EN AAA – TODO ERA MENTIRA 

ABISMO NEGRO: CONFESARON LA VERDAD DETRÁS DE SU MUERTE EN AAA – TODO ERA MENTIRA

bicampeón de la Triple A, juez con máscara del programa familiar más visto de la televisión mexicana, el rey del movimiento más prohibido en la lucha libre y ese mismo hombre gritando como un loco que el [ __ ] lo perseguía dentro de un autobús sobre la carretera de Sinaloa, saltando del bus de la madrugada sobre la oscura carretera y al día siguiente su cuerpo destrozado, muerto boca abajo dentro del agua sucia del río.

 Hoy vas a saber cómo realmente murió y quién estuvo detrás de su muerte y lo más asqueroso que le hizo a su propia esposa mientras ella moría, reventada lentamente por el cáncer de mamá. Pero antes de saber cómo acabó así, tienes que entender cómo llegó ahí, porque lo que pasó esa madrugada de marzo sobre la carretera Mazatlante Epic no empezó ahí.

 Empezó 33 años antes en una casa de techo bajo en Villa Herermosa, Tabasco, donde un niño de 4 años se quedó dormido en el suelo esperando que su padre regresara con la comida y nunca regresó. Andrés Alejandro Palomeque González nació en el 71. Tabasco. Tierra de calor sofocante, de lluvia que cae a las 5 de la tarde sin avisar, de patios que huelen a barro hasta la mañana siguiente.

 Su padre se fue cuando Andrés tenía 4 años, una madrugada cualquiera, sin nota, sin dirección ni despedida. La madre lo siguió poco después. A esa edad, cuando los demás niños del barrio aprendían los números con los dedos, Andrés ya sabía algo que muchos hombres tardan toda una vida en aprender. Sabía que los adultos pueden cerrar una puerta y no volver y que el silencio que dejan adentro de la casa no se cura con nada.

 Lo recogió la abuela paterna, una mujer mayor llamada María de Jesús Torres. Junto a ella vivía la tía Rebeca Palomeque Torres, que ayudó a criarlo desde aquellos 4 años. Dos mujeres trabajadoras, una casa modesta, un patio de tierra, un niño con la mirada apagada que aprendió temprano a no preguntar por su papá.

 Lo que ninguna de las dos sabía aquella tarde era que ese mismo niño, 34 años después, también iba a desaparecer sin avisar. en plena madrugada sobre una carretera oscura de Sinaloa, dejándole a su esposa un mensaje de texto que ella iba a leer 1 veces hasta el día de su propia muerte. A los 9 años, la tía Rebeca lo llevó a su primera función de lucha libre.

 Arena vieja de Villa Hermosa, bancas duras de madera, olor a fritanga, sudor y perfume barato. Andrés agarrado de la mano de su tía en la tercera fila. Los rudos cayendo a la lona, el público gritando como poseído, las máscaras brillando bajo las luces amarillas del techo. Y ahí, en aquella tercera fila, el niño que se había quedado sin padre entendió algo de golpe.

 Los hombres con máscara no se iban, eran intocables. Esta noche, regresando a casa de la mano de la tía Rebeca, le dijo a la abuela María de Jesús que él iba a ser luchador, que iba a ponerse una máscara y que nadie en toda su vida le iba a quitar la cara nunca. La abuela se rió, le sirvió un vaso de agua de horchata. Le dijo que primero terminara la primaria, pero el niño ya no la escuchaba.

 Estaba mirando sus propias manos, imaginando cómo iban a verse adentro de unos guantes negros de luchador rudo. A los 16 años empezó a entrenar formalmente. Lo recibió un viejo luchador conocido como el noruego. Nombre real, don Nerio Soto. Hombre seco, callado, de manos como piedras. Después llegaron Delio Soto, el [ __ ] Velasco y el legendario Ray Mendoza.

 Una de las leyendas del pancracio mexicano. Cuatro maestros para un solo muchacho que llegaba todos los días al gimnasio a las 5 de la mañana sin importar el calor. Su primera identidad fue Alex Dinamo. Duró poco, después fue Pequeño Samurá. Tampoco prendió. Furor fue el siguiente. El público apenas lo recordaba.

 Tres máscaras gastadas, 10 años invertidos y un público que todavía no aprendía su nombre. Cualquier otro luchador habría renunciado. Andrés no renunció. A principios de los 90 adoptó el nombre que iba a usar durante 5 años. The Winners. Llegó a la DAA, la empresa que estaba revolucionando la lucha libre mexicana. Y aunque The Winners tampoco lo hizo famoso, lo metió por la puerta correcta.

En el 97, Andrés Palomeque debutó bajo un nuevo nombre y una nueva máscara negra, abismo negro. 9 días después de su debut, apareció en el Royal Rumble de la World Wrestling Federation en el prhow transmitido para Estados Unidos, 26 años. Máscara negra brillante, traje oscuro, mirada de rudo.

 Por primera vez en su vida, el niño que había perdido a su padre estaba en el único lugar donde los hombres con máscara no se podían ir. Arriba del cuadrilátero, frente a las cámaras con un nombre que pesaba. Aquella aparición en la WF abrió todas las puertas. Lo metieron en una nueva facción de la triple A llamada Los Vipers, junto a psicosis, Histeria y otros luchadores rudos.

 Andrés se convirtió en líder, carismático arriba del ring, sonriente afuera de él y desarrolló un movimiento de firma que iba a marcarle la carrera y, sin saberlo, la vida. Se llamaba El Martinete. En inglés lo conocían como Pile Driver. En México estaba prohibido. Lo prohibieron porque mataba. Consistía en levantar al rival por los pies, voltearlo de cabeza, encajarle el cráneo entre los muslos y dejarse caer al suelo.

 La coronilla del rival impactaba directamente contra la lona. Las vértebras cervicales se comprimían. El cráneo absorbía toda la fuerza sin posibilidad de desviarse a un lado. Había paralizado luchadores en México, mandado al hospital a varios. matado a otros tantos en distintos países. Andrés decidió que ese, exactamente ese sería su movimiento firma.

 Aceptaba la descalificación, aceptaba perder la máscara en luchas de apuesta, aceptaba la sanción de la comisión. Jamás aceptó dejar de hacerlo y el público le puso un nombre que iba a usar hasta la muerte. El rey del Martinete, el luchador obsesionado con el único movimiento capaz de matarlo. A finales de los 90 principios de los 2000, Abismo Negro era ya una figura central de la triple A.

Triple manías. Rey de reyes, giras nacionales. Una pequeña aparición en TNA en Estados Unidos. Funciones en Japón, en Michinoku Pro Wrestling y en Pro Wrestling Noah. Pero la verdadera explosión vino de la televisión. Televisa lo metió como juez en un programa familiar matutino llamado Cale, con la máscara puesta, con el traje completo, sentado en el panel de jueces, decidiendo concursos de talento de niños y de familias mexicanas que aparecían en cadena nacional.

 Lo apodaron el juez de hierro de la televisión, otro matutino. Mismo formato, misma máscara negra, el rudo del cuadrilátero convertido en un personaje que las madres mexicanas veían tomando café por las mañanas mientras planchaban. En 10 años había construido lo que el niño de 4 años nunca tuvo. Identidad, reconocimiento, casa propia, familia completa, una máscara que nadie le podía quitar.

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