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2008 – El caso aterrador de Cecilia Pérez en la maleta, la chica que nadie quería.

2008 – El caso aterrador de Cecilia Pérez en la maleta, la chica que nadie quería.

Un martes de octubre, un hombre encontró una maleta a la orilla de un canal. Adentro había una niña de 4 años. Nadie la había reportado como desaparecida. Y cuando descubrieron por qué, nadie en la sala del juzgado pudo contener las lágrimas. Esta historia está basada en hechos reales.

 Sin embargo, los nombres, lugares e identidades de los involucrados han sido modificados para proteger la integridad del caso original y de las personas relacionadas con él. Cualquier similitud con nombres reales es pura coincidencia. Era martes, 14 de octubre de 2008. El olor llegó primero. Don Aurelio Rivas llevaba más de 30 años caminando esa misma vereda todas las mañanas.

 Era su ritual desde que se jubiló de una fábrica de calzado en el Salto, municipio del área metropolitana de Guadalajara. Salía puntual a las 6, cruzaba el viejo puente de tablas sobre el canal ahogado y seguía el camino de tierra que serpenteaba entre los matorrales y los terrenos valdíos de esa zona que nadie terminaba de urbanizar del todo.

 Le llamaban así al canal desde siempre, canal ahogado. Nadie recordaba bien de dónde venía el nombre. Algunos viejos del barrio decían que fue por un niño que se cayó ahí en los 50. Otros simplemente encogían los hombros. Lo que sí era cierto es que el canal llevaba décadas recibiendo lo que la ciudad no quería.

 aguas negras, basura doméstica, animales muertos, esa mezcla oscura y estancada que huele a abandono. Ese martes el olor era diferente. Don Aurelio se detuvo, frunció la nariz, miró hacia la orilla y entonces la vio. Una maleta negra de ruedas del tipo que uno lleva al aeropuerto estaba semihundida entre el lodo y los juncos secos a orilla del canal.

 La tela estaba hinchada, tensa, demasiado tensa para ser solo ropa o basura. Don Aurelio no se acercó. Tenía 72 años y había visto suficiente en su vida para saber que hay cosas frente a las cuales es mejor no moverse. Sacó su teléfono celular, un Nokia de teclas que usaba casi solo para hablar con su hija en Zapotlanejo y marcó el 066.

Los agentes tardaron 40 minutos en llegar. Antes de contarte lo que encontraron esa mañana, necesito pedirte algo. Si esta historia te está llegando, suscríbete al canal, dale like a este video y déjame en los comentarios desde qué ciudad estás viendo esto. Son unos segundos y me ayudan un chingo a seguir trayendo historias como esta.

 Ya con eso, sigamos. Los primeros dos agentes que llegaron pensaron que sería basura. Siempre era basura en el canal ahogado, ropa vieja, colchones, a veces animales. El agente Flores, el más joven de los dos, fue quien se acercó primero a la maleta, la empujó con el pie, sintió resistencia, se agachó, jaló con cuidado el cierre, el olor lo hizo retroceder de un golpe.

 Su compañero, el agente Domínguez, ya estaba llamando por radio antes de que Flores pudiera decirle nada. No hacía falta. La expresión en la cara de su compañero lo decía todo. Acordonaron la zona, llamaron a investigación y mientras esperaban, ninguno de los dos habló. Ninguno quería ser el primero en nombrar lo que ya sabían.

 Dentro de esa maleta había una persona pequeña, muy pequeña. El detective Rodrigo Vargas llegó 50 minutos después. Venía de otro levantamiento en Tlaquepaque, uno más en esa temporada violenta que Jalisco estaba atravesando. Tenía 43 años, bigote poblado entre Cano y la mirada de quien ya no se sorprende con facilidad.

 Pero esa mañana, al ver el perímetro acordonado y las caras de sus compañeros, algo en su pecho se apretó de una forma particular. Se puso los guantes, se acercó a la maleta. Lo que vio no lo olvidaría jamás. Era una niña, 4 años, según calcularían después los forenses, pequeña, delgada, doblada hacia sí misma, como si alguien la hubiera acomodado adentro con cuidado o con prisa.

 Vestía una sudadera morada con manchas que no eran de barro. tenía el cabello negro, corto, aplastado sobre la frente. Rodrigo Vargas se quedó inmóvil unos segundos, luego dio un paso atrás, respiró y empezó a trabajar. Identificar a la niña no fue inmediato. No traía ningún documento, nada con su nombre, nada que indicara quién era, de dónde venía, quién la había amado o quién había fingido amarla.

Solo la maleta negra, el cuerpo de 4 años y el silencio del canal. Vargas ordenó revisar los reportes de personas desaparecidas en las últimas semanas en toda el área metropolitana de Guadalajara. El resultado fue desconcertante, aunque no sorprendente para quien conocía el sistema. Había decenas, niños, mujeres, hombres.

 Algunos llevaban días desaparecidos, otros, muchos de esos casos, ni siquiera habían sido levantados formalmente porque las familias no sabían cómo hacerlo, o porque en las delegaciones les pedían esperar 72 horas, o porque simplemente nadie en la estación había tenido tiempo. México 2008, un país que ya empezaba a contar a sus muertos de otra manera. Los forenses trabajaron rápido.

Determinaron que la niña había muerto entre tres y cco días antes de ser encontrada, que tenía marcas de golpes en el cuerpo. Estaba desnutrida y que no había signos de que alguien la hubiera buscado. Nadie había reportado su desaparición. Eso, pensó Vargas, era lo más perturbador de todo.

 Una niña de 4 años desaparece y nadie en el mundo nota su ausencia. o sí la notaron y simplemente callaron. Pasaron dos días, el caso circuló tímidamente en los noticieros locales. Una foto del tipo de maleta, no de la niña, por respeto a la víctima. Una descripción general, un número de la fiscalía para llamar si alguien tenía información.

 Al tercer día llamó una mujer. Se identificó como doña Graciela Sandoval. Tenía 68 años. Vivía en la colonia Lomas del Paraíso, en el municipio de Zapopan. Dijo que llevaba varios días sin ver a la niña del departamento de enfrente. Dijo que le preocupaba. Dijo que la niña se llamaba Cecilia. Cecilia Pérez. 4 años.

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