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El Caso que Horrorizó a México:una niña desapareció en estación de tren—2 años después,boleto fue va

El teléfono sonó justo cuando Patricia Andrade estaba doblando una camiseta pequeña que ya no le quedaba a nadie.

No era de Camila. Ya no.

Era una de esas prendas que una madre conserva aunque duela mirarla. Azul claro, con una mariposa bordada en el pecho. Patricia la había guardado durante dos años en el último cajón del armario, junto a unas coletas rosas, una libreta de segundo de primaria y una foto arrugada donde su hija sonreía sin dientes frente a un pastel de chocolate.

El celular vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Patricia se quedó inmóvil.

Durante dos años había contestado cada llamada con el corazón en la garganta. Al principio, eran policías, periodistas, voluntarios, personas que juraban haber visto a una niña parecida en una terminal, en un mercado, en una carretera. Después llegaron los crueles. Los bromistas. Los enfermos que llamaban de madrugada para decir: “Yo tengo a tu hija”, y colgaban mientras ella gritaba.

Por eso dudó.

Pero esa tarde algo fue distinto.

No sabría explicarlo. Tal vez fue el silencio que cayó sobre el departamento. Tal vez fue el modo en que la lluvia empezó a golpear el vidrio, igual que aquel viernes en que Camila desapareció. Tal vez fue esa cosa extraña que tienen las madres, esa alarma enterrada debajo del pecho que nunca se apaga del todo.

Patricia contestó.

—¿Señora Patricia Andrade?

La voz era masculina, seca, oficial.

Ella tragó saliva.

—Sí. Soy yo.

—Habla el agente Julián Torres, de la Fiscalía Estatal. Necesitamos que venga de inmediato. Es sobre el caso de su hija.

El mundo se inclinó.

Patricia apoyó una mano en la mesa. La camiseta azul cayó al suelo como si también hubiera perdido las fuerzas.

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