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 Exigieron que el padre negara a Jesús…pero un milagro de Carlo Acutis lo salvó en los últimos minuto

 Bauticé a los hijos de personas que yo mismo bauticé cuando llegué joven. Enterré a abuelos cuyos nietos ahora me ayudan a cargar los santos en las procesiones. Celebré bodas entre personas que se conocieron en la catequesis, que yo mismo impartí cuando eran adolescentes. Escuché en confesión a tres generaciones de las mismas familias, lo cual no quiere decir nada sobre lo que escuché, sino todo sobre el tipo de confianza que se construye lentamente, sin pretenderla.

 Cuando uno se queda en el mismo lugar, el tiempo suficiente. Hay una cosa que aprendí sobre los pueblos pequeños que no se aprende en el seminario porque no puede enseñarse en el seminario. Que la presencia continua tiene un peso diferente a la presencia episódica. Un sacerdote que llega a misionar durante un mes y luego se va es una cosa.

 Un sacerdote que está ahí cuando el granizo destruye la cosecha de maíz y también cuando el siguiente año la cosecha es abundante y también cuando muere el patriarca de la familia más antigua del pueblo. Y también cuando nace el primer hijo de la generación siguiente, ese sacerdote es otra cosa. No más importante en términos abstractos, pero diferente en lo concreto, diferente en el tipo de conversaciones que la gente tiene con él a las 2 de la mañana cuando no pueden dormir y necesitan hablar con alguien que los conoce de verdad. Esa era mi

vida, era una vida buena. era la vida que elegiría de nuevo si pudiera elegir. Y lo digo sin romanticismo, sino con la convicción sobria de alguien que ha tenido suficiente tiempo para comparar lo que tiene con lo que podría haber tenido. Lo que me llevó a Afganistán fue una conversación con el Dr. Ernesto Salcedo, médico de médicos sin fronteras y feligrés irregular de mi parroquia desde hacía 20 años.

 Necesitaban a alguien con experiencia en acompañamiento humano para una misión de distribución de alimentos en la provincia de Sarepol, en el norte del país. Me tomó 3 días decidir que sí. La preparación fue lo que fue. Vacunas, documentos, reuniones en Oaxaca de Juárez y en la Ciudad de México. Algunas palabras básicas en Dari que aprendí y que no alcanzaron para ninguna conversación real, pero que decían al menos que uno había hecho el esfuerzo.

El día antes de partir, el diácono Rodrigo Fuentes, 28 años, hijo de una familia que conozco desde que él era niño, que venía a catequesis con los zapatos siempre desatados, metió algo en el bolsillo interior de mi colete de viaje sin decirme que era. Le pregunté, me dijo, “Ya lo verá cuando lo necesite, padre.

 No lo vi hasta que ya estaba en Afganistán.” El vuelo desde la Ciudad de México hasta Acabul tomó 16 horas con escala en Dubai. 16 horas en las que dormí poco y pensé mucho mirando por la ventana del avión esa oscuridad particular del vuelo nocturno sobre el océano donde no hay ninguna referencia exterior y el tiempo pierde su textura habitual.

 Ernesto dormía en el asiento de al lado con la facilidad de alguien acostumbrado a dormir en cualquier condición, lo cual yo siempre he considerado una habilidad que no puedes aprender, sino que simplemente tienes o no tienes. Los otros tres miembros del equipo, una enfermera guatemalteca llamada Valeria y dos médicos jóvenes, cuyo primer día de misión era este, dormían o fingían dormir con distintos grados de convicción.

 Yo miraba la oscuridad exterior y pensaba en San Miguel Amatlán. pensaba en la misa del domingo siguiente que iba a tener que cubrir el padre benigno desde el pueblo vecino de Santa Catarina, La Chatao, un hombre de 71 años que conducía su propia camioneta por esos caminos de sierra con una confianza que yo encontraba admirable y ligeramente aterradora a partes iguales.

 pensaba en Donato, el sacristán, que iba a tener que abrir y cerrar la iglesia sin mí durante las semanas que duraría la misión y que haría eso con la misma eficiencia silenciosa con que hacía todo, sin queja, pero también sin entusiasmo excesivo, que era su manera de demostrar que era indispensable. Pensaba en doña Consuelo Martínez, 73 años, que había venido a cada misa de los domingos desde que yo llegué al pueblo y que el día antes de mi partida había llegado a la sacristía con un bordado de punto de cruz de la Virgen de Juquila, que había

hecho ella misma y que me había dicho que me lo pusiera en el colete para que la Virgen me cuidara. Le expliqué amablemente que en Afganistán no podía llevar ningún símbolo religioso visible. me miró con la expresión de alguien que considera que eso es un problema menor y dobló el bordado en un cuadrado perfectamente geométrico que guardó en mi bolsa de mano sin decir nada más, como si la conversación hubiera terminado a su favor.

 El aeropuerto de Kabul tenía esa calidad particular de los lugares donde la normalidad y la tensión coexisten sin resolverse, donde la gente camina con la cara de quien ha aprendido que mostrar demasiado cuesta caro. Yo caminé con el grupo, seguí instrucciones, mantuve la expresión neutral que Ernesto me había recomendado con la misma precisión con que un cirujano recomienda no tocar la herida.

El equipo de logística que nos esperaba era eficiente y silencioso. Los trámites en el aeropuerto fueron más rápidos de lo que esperaba. El vehículo que nos llevó desde Kabul hacia el norte era una camioneta blanca con el logo de la organización en los costados y el conductor manejaba con la concentración de alguien para quien cada kilómetro de esa carretera tiene una historia específica que prefiere no contar.

Salimos de Kabul a las 6 de la mañana. El paisaje cambió gradualmente de lo urbano a lo árido, de los edificios grises de la capital a las montañas ocres y grises del norte. Un terreno que me recordó vagamente la sierra de Oaxaca, pero sin verde, como si alguien hubiera tomado la misma topografía y le hubiera quitado toda la vida vegetal, dejando solo los huesos del terreno.

 En algunas cumbres todavía había nieve que brillaba de forma extraña bajo el sol frío de noviembre. Una nieve que no parecía suave, sino dura y permanente. La nieve de un lugar que no espera que las cosas mejoren, sino que simplemente continúan. Ernesto dormía de nuevo. Valeria miraba por la ventana con una expresión que yo no sabía cómo interpretar.

 Los dos médicos jóvenes hablaban en voz baja sobre algo que no alcanzaba a escuchar. Yo miraba el paisaje y rezaba en silencio el rosario sin rosario, contando los misterios con los dedos de la mano izquierda de la manera que aprendí en el seminario y que nunca he olvidado, porque el cuerpo recuerda lo que la mente a veces no puede sostener.

 Llegamos al campo de distribución en las afueras del poblado a las 10:30 de la mañana. Era un espacio abierto entre estructuras de adobe, con carpas instaladas por el equipo que había llegado el día anterior y mesas donde se organizaba la distribución de paquetes de alimentos secos. Había familias esperando desde temprano, filas ordenadas con esa disciplina silenciosa de quien ha esperado muchas cosas y ha aprendido que el orden es la única forma de preservar la dignidad cuando uno depende de lo que otros traen.

 Mujeres con niños cargados en la espalda o tomados de la mano. Niños que miraban con esa mezcla de curiosidad y cautela que tienen los niños de los lugares donde la cautela se aprende temprano. hombres de edad avanzada con la mirada de quienes han visto demasiado y que han decidido que lo que les queda es la dignidad y que la van a mantener aunque cueste.

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