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SASHA MONTENEGRO: La “Amante” pasó del Lujo a la SOLEDAD… El DESPRECIO de la Familia Presidencial

14 de febrero de 2024, Cuernavaca, Morelos. Mientras el mundo celebraba el amor con flores y promesas, Sasha Montenegro dejaba de respirar en silencio. Tenía 78 años. No hubo homenajes de estado, no hubo discursos, no hubo perdón. murió por un derrame cerebral provocado por un cáncer de pulmón que llevaba tiempo devorándola desde adentro con la paciencia implacable de las enfermedades que no respetan historias ni apellidos.

Una muerte lenta, dolorosa, solitaria. Exactamente lo contrario de la vida de poder y privilegios que el país entero creyó que había tenido durante décadas. Afuera, el mundo la seguía llamando la amante del expresidente, la oportunista, la actriz de ficheras que se metió en la cama del poder y destruyó una familia presidencial.

Adentro, en esa casa cerrada de Cuernavaca, moría una mujer que había apostado todo a una promesa que nunca fue diseñada para sostenerla hasta el final. Esta no es una historia de romance, es una historia de precio, del precio de amar al hombre equivocado, del precio de entrar al corazón del poder político mexicano, creyendo que ahí estaba la protección definitiva del precio de ganar todas las batallas legales y aún así perder la guerra contra el tiempo, el cuerpo y la memoria colectiva de un país que sabe cómo olvidar a quienes ya no le sirven. Hoy

vas a conocer la historia completa, cómo una relación iniciada en secreto en Sevilla en el año de 1984 terminó dividiendo a una familia presidencial y encendiendo una guerra de herencias que duró décadas, el verdadero significado de la colina del perro, la mansión, símbolo del poder que terminó convertida en ruinas y vergüenza pública, el golpe político que en el año de 2018 le arrebató la pensión [música] y la dejó enfrentando por primera vez la fragilidad económica real y el karma final, la enfermedad, el aislamiento y

la muerte sin honores de una mujer que creyó que el poder la salvaría y descubrió demasiado tarde que el poder nunca ama de vuelta. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una, pero si te vas antes del final, te pierdes la última revelación. Y la última es la que explica por qué Sasa Montenegro no ganó nada, incluso cuando parecía haberlo ganado todo.

Escríbeme en los comentarios ahora mismo, ¿crees que el poder puede proteger a alguien que no nació dentro de él? Solo escribe sí o no, porque la respuesta que esta historia da es la más incómoda que vas a escuchar hoy. Para entender cómo terminó Sasa Montenegro, hay que entender cómo empezó, no el escándalo, no el romance.

la persona que existía antes de que existiera el escándalo y el romance. Porque las decisiones que parecen incomprensibles desde afuera siempre tienen una lógica que solo se ve cuando uno conoce de dónde viene quien las toma. 20 de enero de 1946, Bari, Italia, en una Europa que todavía olía a ceniza y a guerra, que no termina de cerrar sus heridas, nace Alexandra Achimovic Popovic, un nombre que no encaja con el destino que después le van a imponer, porque tampoco encaja con el lugar donde nace, ni con el lugar al que

va a terminar llegando. Porque Alexandra no viene de la nada, como tantas veces se dijo, con el desprecio específico de quienes necesitan que el origen de alguien sea insignificante para justificar el trato que le dan. Viene de un linaje que alguna vez tuvo nombre Tierra y Orgullo, un pedazo del viejo mundo que la guerra trituró sin piedad ni consideración por lo que destruía.

Sus padres, Siboyina Achimovik y Silvia Popovik son sobrevivientes. Esa palabra lo dice todo porque sobrevivientes no significa valientes de película, sino personas que escaparon cuando otros no pudieron, que cargaron con el rumor de familiares perdidos que vivieron con una elección tatuada en el alma desde el primer día de consciencia.

Nada es permanente, ni la casa, ni el apellido y la seguridad que hoy existe. Todo puede desaparecer de un día para otro con la brutalidad de los procesos que no piden permiso para ocurrir. Y cuando una persona crece con esa idea instalada como verdad fundamental, hay algo que se vuelve obsesión.

[carraspeo] La estabilidad, la protección, el dinero como chaleco antibalas, la cercanía al poder como refugio contra la intemperie que ya vivieron los padres. y que los hijos juran que no van a volver a vivir. No es ambición elegante, es miedo, es supervivencia, es la respuesta lógica de alguien que aprendió demasiado pronto que el suelo puede moverse bajo los pies sin aviso.

La ruta familiar los lleva a Argentina, Mendoza, lejos de Europa, lejos de los fantasmas, lejos de la guerra, pero no lejos del trauma que viaja con las personas, independientemente de la distancia geográfica que pongan entre ellos y el lugar donde ocurrió lo que los marcó, Sasha crece con educación, con idiomas, con una inteligencia que no se nota en la pantalla.

Cuando el mundo decide mirarte solo como cuerpo, ella habla, entiende, observa. Por un tiempo incluso se acerca al periodismo como si quisiera tener el control de la historia contándola ella misma antes de que otros la cuenten por ella. Pero la vida no siempre respeta los planes de una mujer. El año de 1969, tiene 23 años.

llega a México con una idea simple, una escala, un paso breve antes de seguir rumbo a Nueva York para estudiar inglés una semana. Eso era todo. Una semana que terminó convirtiéndose en una vida entera porque México en esos años era una fábrica de imágenes, una máquina que producía ídolos con la misma facilidad con que los destruía.

Y cuando una joven europea alta, magnética, de belleza distinta a la de las actrices de siempre aparece en ese circuito, la industria no pregunta que sueña, pregunta que vende. Ahí nace la paradoja que la perseguirá como sombra durante décadas. El cine de ficheras, ese cine popular de los años 70 y 80, le abre la puerta de la fama, le pone reflectores, le da dinero y al mismo tiempo le quita algo esencial.

El respeto la reduce, la convierte en un personaje que no es ella. En la pantalla Sasaha es deseo, es provocación, es el mito fácil que la industria necesita para vender boletos. Pero detrás, en lo privado, hay otra mujer, una que lo vive como una humillación, una que lo describe como algo violento, una que confiesa que no quería seguir haciéndolo, que se sentía incómoda, atrapada, obligada a sostener una imagen que el mundo consumía sin preguntarle si ella estaba de acuerdo con ser consumida de esa manera. Esa contradicción crea un

vacío y el vacío es peligroso porque cuando tienes fama sin dignidad, empiezas a buscar una llave que abra otra puerta. Empiezas a buscar algo que le dé a tu existencia el tipo de legitimidad que los aplausos del cine de ficheras no pueden dar. En esos años, Sasa aprende algo que muchas mujeres aprenden tarde.

El aplauso no te protege, la belleza no te protege. El dinero te compra tiempo, pero no te compra un lugar en la mesa donde se sientan los intocables. Y ella quiere ese lugar, no solo en el cine, en la sociedad, que la mira por encima del hombro con el desprecio específico de quienes se creen superiores a lo que ven en la pantalla, aunque vayan a verlo todos los viernes.

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