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Agente de la Frontera Asesinaba a Mexicanas por la Noche — La Razón Impactó Incluso al Juez

Agente de la Frontera Asesinaba a Mexicanas por la Noche — La Razón Impactó Incluso al Juez

La jueza Elena Vargas había visto de todo.

Hombres que lloraban cuando escuchaban su sentencia. Madres que se desmayaban al ver las fotos de sus hijas sobre una mesa de evidencia. Policías corruptos. Narcos arrogantes. Maridos que juraban amor después de haber convertido una casa en un infierno. Durante veintidós años en tribunales federales, Elena había aprendido a mantener el rostro quieto, la voz limpia y las manos firmes.

Pero aquella mañana, en la sala 4B del tribunal de San Antonio, algo se rompió.

No fue un grito.

No fue una amenaza.

No fue una confesión dramática con lágrimas ni golpes en la mesa.

Fue una frase dicha con una calma tan fría que hasta los periodistas dejaron de escribir.

Ramiro Fuentes, exsupervisor de la Patrulla Fronteriza, padre de dos niños, veterano de la Marina y vecino ejemplar de Puerto Seco, apareció en la pantalla del tribunal sentado frente a dos investigadores. Tenía las manos cruzadas, la espalda recta y la misma voz pausada que muchos habían considerado señal de disciplina.

Le preguntaron por qué había elegido a esas mujeres.

Hubo cuatro segundos de silencio.

Cuatro segundos que parecieron abrir un agujero debajo de todos.

Luego Ramiro miró hacia un punto fuera de cámara y dijo:

—Porque nadie más iba a hacerlo. Yo actué con criterio.

La sala entera quedó inmóvil.

La madre de Valeria Mendoza, sentada en la segunda fila, apretó una fotografía contra el pecho. Sofía Guerrero, la única mujer que había escapado viva de la camioneta blanca, cerró los ojos como si esa voz volviera a encerrarla en la oscuridad del camino de tierra. El fiscal bajó la mirada. Un agente del FBI tragó saliva.

Y la jueza Vargas, la misma mujer que jamás había pedido una pausa por emoción personal, apoyó lentamente la mano izquierda sobre la mesa.

No dijo nada.

Solo miró la pantalla.

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