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Ella heredó nada más que un pozo seco… y luego construyó una casa dentro que sobrevivió a la Gran…

La locura de la tierra

Vamos a ser claros. Cuando le conté a la gente del pueblo lo que iba a hacer, me trataron de loca de remate. “La Valeria ha perdido la cabeza por la herencia”, decían en el bar de la plaza mientras apuraban los carajillos. Y oye, no los culpo del todo. Desde fuera, la idea de mudarse a vivir a un pozo seco parece el argumento de una mala película de terror o el delirio de una ermitaña. Pero la realidad de la España rural es la que es: si no tienes dinero para pagar una hipoteca que te ahogue durante cuarenta años, te buscas la vida o te mueres de asco.

Yo no tenía dinero, pero tenía tiempo, los brazos duros de trabajar el campo y una terquedad que heré del mismo viejo cabrón que me había desheredado.

Lo primero fue romper el candado y quitar la chapa metálica. Cuando la luz del sol golpeó el fondo del pozo por primera vez en cincuenta años, lo que vi no fue barro ni ratas. El fondo estaba completamente seco, cubierto por una capa de arena fina y piedras sueltas. El aire allí abajo era extrañamente fresco. Mientras arriba estábamos a casi cuarenta grados a la sombra —un calor de justicia que te achicharraba las pestañas—, al asomarte al brocal del pozo te llegaba una corriente de aire frío que te aliviaba el cuerpo. Ahí fue cuando me di cuenta de que mi padre no era tonto. Era un viejo rencoroso, sí, pero sabía de la tierra más que todos los ingenieros de Madrid juntos.

Compré una escala de cuerda y bajé por primera vez. He de confesar que me dio un vuelco el estómago. El espacio era circular, imponente. Las paredes de piedra, colocadas a mano piedra sobre piedra sin una gota de cemento, se mantenían firmes, desafiando a la gravedad. Era una obra de arte de la arquitectura popular, subterránea, oculta a los ojos de los envidiosos.

Mis ahorros eran ridículos: apenas tres mil euros que había rascado vendiendo unas pocas colmenas que tenía en el monte. Con eso no te compras ni los azulejos de un baño en la ciudad. Así que tuve que tirar de ingenio y de lo que en el pueblo llamamos “reciclaje forzoso”, que no es otra cosa que rebuscar en los vertederos y pedir lo que los demás tiran.

“La necesidad agudiza el ingenio, pero la rabia lo vuelve peligroso”. Esa frase la leí una vez en un libro viejo y se me quedó grabada a fuego.

Empecé el trabajo en absoluto secreto. No quería que Tomás ni Susana vinieran a husmear para reírse de mí. Cada mañana, cargaba la C15 con maderas viejas, sacos de cal hidráulica y herramientas que le había robado al almacén de mi propio padre antes de que Tomás cambiara la cerradura.

El primer gran reto fue el acceso. No podía estar subiendo y bajando por una escala de cuerda toda la vida si pretendía meter allí dentro una cama y una mesa. Pasé tres semanas picando la roca viva de la superficie alrededor del brocal para crear una rampa en espiral, una especie de trinchera disimulada que bajaba rodeando la estructura del pozo hasta una entrada que abrí rompiendo un trozo del muro de piedra, a unos tres metros de profundidad. Cada golpe de pico me costaba una ampolla, pero ver cómo la tierra cedía, ver cómo mi idea iba tomando forma con mis propias manos, era un chute de adrenalina mejor que cualquier droga.

Para las paredes del interior, decidí usar la técnica del “encalado” tradicional. La cal viva diluida en agua es maravillosa: desinfecta, blanquea de una forma que da una luz espectacular y, lo más importante, permite que la piedra respire. Pasé días enteros colgada de un arnés improvisado, brocha en mano, pintando de blanco aquel cilindro de piedra. El pozo empezó a transformarse. Ya no parecía un agujero lóbrego; parecía la torre invertida de un castillo medieval, un espacio místico donde la luz del sol creaba un juego de sombras que cambiaba a cada hora del día.

Un viernes por la tarde, mientras terminaba de asentar el suelo con una mezcla de arcilla, paja y cal para crear un pavimento natural y cálido, escuché unos pasos arriba. Me quedé helada, sosteniendo la paleta en el aire.

—¿Valeria? ¿Estás ahí abajo, pedazo de loca?

Era la voz de Tomás. Me asomé por la abertura de la rampa y lo vi allí arriba, con sus zapatos de piel ya polvorientos y cara de asco. Miraba hacia el interior del pozo como quien mira un vertedero.

—¿Qué quieres, Tomás? Estoy ocupada —le dije, limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo.

—He venido a ver si es verdad lo que dicen en el pueblo. Madre mía, estás peor de lo que pensaba. ¿Te vas a meter a vivir como las ratas? Mira, si necesitas dinero para un psicólogo, yo te lo presto, de verdad. Me da vergüenza que los vecinos digan que mi hermana vive en un agujero mientras yo estoy reformando la casa de la plaza.

Se me subió la sangre a la cabeza, pero respiré hondo. Sabía perfectamente lo que buscaba: quería provocarme, quería que suplicara, que le pidiera caridad. Pero yo ya no era la niña buena que se callaba para no armar jaleo en las cenas de Navidad.

—Esta “rata” tiene algo que tú no vas a tener en tu vida, Tomás: una casa que no le debe nada a ningún banco y unas manos que saben construir cosas, no solo firmar cheques falsos. Así que coge tus zapatos caros y lárgate de mi parcela antes de que te baje de un guantazo.

Se puso rojo como un tomate, murmuró algo sobre mi “falta de clase” y se dio la vuelta. Esa visita fue el empujón definitivo. Si antes tenía dudas sobre si mi proyecto funcionaría, en ese momento juré por mi madre que haría de ese pozo la casa más increíble de la comarca, aunque me costara la salud.

La arquitectura del subsuelo

Mucha gente piensa que vivir bajo tierra es sinónimo de oscuridad y humedad, pero eso es porque solo conocen los sótanos mal construidos de las ciudades. La arquitectura subterránea, la de verdad, la que usaban nuestros antepasados en Andalucía o en las zonas desérticas de Aragón, es pura física y sentido común.

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