Vamos a ser claros. Cuando le conté a la gente del pueblo lo que iba a hacer, me trataron de loca de remate. “La Valeria ha perdido la cabeza por la herencia”, decían en el bar de la plaza mientras apuraban los carajillos. Y oye, no los culpo del todo. Desde fuera, la idea de mudarse a vivir a un pozo seco parece el argumento de una mala película de terror o el delirio de una ermitaña. Pero la realidad de la España rural es la que es: si no tienes dinero para pagar una hipoteca que te ahogue durante cuarenta años, te buscas la vida o te mueres de asco.
Yo no tenía dinero, pero tenía tiempo, los brazos duros de trabajar el campo y una terquedad que heré del mismo viejo cabrón que me había desheredado.
Lo primero fue romper el candado y quitar la chapa metálica. Cuando la luz del sol golpeó el fondo del pozo por primera vez en cincuenta años, lo que vi no fue barro ni ratas. El fondo estaba completamente seco, cubierto por una capa de arena fina y piedras sueltas. El aire allí abajo era extrañamente fresco. Mientras arriba estábamos a casi cuarenta grados a la sombra —un calor de justicia que te achicharraba las pestañas—, al asomarte al brocal del pozo te llegaba una corriente de aire frío que te aliviaba el cuerpo. Ahí fue cuando me di cuenta de que mi padre no era tonto. Era un viejo rencoroso, sí, pero sabía de la tierra más que todos los ingenieros de Madrid juntos.
Compré una escala de cuerda y bajé por primera vez. He de confesar que me dio un vuelco el estómago. El espacio era circular, imponente. Las paredes de piedra, colocadas a mano piedra sobre piedra sin una gota de cemento, se mantenían firmes, desafiando a la gravedad. Era una obra de arte de la arquitectura popular, subterránea, oculta a los ojos de los envidiosos.
Mis ahorros eran ridículos: apenas tres mil euros que había rascado vendiendo unas pocas colmenas que tenía en el monte. Con eso no te compras ni los azulejos de un baño en la ciudad. Así que tuve que tirar de ingenio y de lo que en el pueblo llamamos “reciclaje forzoso”, que no es otra cosa que rebuscar en los vertederos y pedir lo que los demás tiran.
“La necesidad agudiza el ingenio, pero la rabia lo vuelve peligroso”. Esa frase la leí una vez en un libro viejo y se me quedó grabada a fuego.
Empecé el trabajo en absoluto secreto. No quería que Tomás ni Susana vinieran a husmear para reírse de mí. Cada mañana, cargaba la C15 con maderas viejas, sacos de cal hidráulica y herramientas que le había robado al almacén de mi propio padre antes de que Tomás cambiara la cerradura.
El primer gran reto fue el acceso. No podía estar subiendo y bajando por una escala de cuerda toda la vida si pretendía meter allí dentro una cama y una mesa. Pasé tres semanas picando la roca viva de la superficie alrededor del brocal para crear una rampa en espiral, una especie de trinchera disimulada que bajaba rodeando la estructura del pozo hasta una entrada que abrí rompiendo un trozo del muro de piedra, a unos tres metros de profundidad. Cada golpe de pico me costaba una ampolla, pero ver cómo la tierra cedía, ver cómo mi idea iba tomando forma con mis propias manos, era un chute de adrenalina mejor que cualquier droga.
Para las paredes del interior, decidí usar la técnica del “encalado” tradicional. La cal viva diluida en agua es maravillosa: desinfecta, blanquea de una forma que da una luz espectacular y, lo más importante, permite que la piedra respire. Pasé días enteros colgada de un arnés improvisado, brocha en mano, pintando de blanco aquel cilindro de piedra. El pozo empezó a transformarse. Ya no parecía un agujero lóbrego; parecía la torre invertida de un castillo medieval, un espacio místico donde la luz del sol creaba un juego de sombras que cambiaba a cada hora del día.
Un viernes por la tarde, mientras terminaba de asentar el suelo con una mezcla de arcilla, paja y cal para crear un pavimento natural y cálido, escuché unos pasos arriba. Me quedé helada, sosteniendo la paleta en el aire.
Era la voz de Tomás. Me asomé por la abertura de la rampa y lo vi allí arriba, con sus zapatos de piel ya polvorientos y cara de asco. Miraba hacia el interior del pozo como quien mira un vertedero.
—¿Qué quieres, Tomás? Estoy ocupada —le dije, limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo.
—He venido a ver si es verdad lo que dicen en el pueblo. Madre mía, estás peor de lo que pensaba. ¿Te vas a meter a vivir como las ratas? Mira, si necesitas dinero para un psicólogo, yo te lo presto, de verdad. Me da vergüenza que los vecinos digan que mi hermana vive en un agujero mientras yo estoy reformando la casa de la plaza.
Se me subió la sangre a la cabeza, pero respiré hondo. Sabía perfectamente lo que buscaba: quería provocarme, quería que suplicara, que le pidiera caridad. Pero yo ya no era la niña buena que se callaba para no armar jaleo en las cenas de Navidad.
—Esta “rata” tiene algo que tú no vas a tener en tu vida, Tomás: una casa que no le debe nada a ningún banco y unas manos que saben construir cosas, no solo firmar cheques falsos. Así que coge tus zapatos caros y lárgate de mi parcela antes de que te baje de un guantazo.
Se puso rojo como un tomate, murmuró algo sobre mi “falta de clase” y se dio la vuelta. Esa visita fue el empujón definitivo. Si antes tenía dudas sobre si mi proyecto funcionaría, en ese momento juré por mi madre que haría de ese pozo la casa más increíble de la comarca, aunque me costara la salud.
Mucha gente piensa que vivir bajo tierra es sinónimo de oscuridad y humedad, pero eso es porque solo conocen los sótanos mal construidos de las ciudades. La arquitectura subterránea, la de verdad, la que usaban nuestros antepasados en Andalucía o en las zonas desérticas de Aragón, es pura física y sentido común.
El pozo tenía una ventaja brutal: el aislamiento térmico. La temperatura de la tierra a partir de los tres metros de profundidad se mantiene constante casi todo el año, en torno a los 15 o 17 grados centígrados. Eso significa que en pleno invierno estás caliente y en verano estás fresco sin gastar un solo céntimo en calefacción ni aire acondicionado. Un lujo que hoy en día, con los precios de la luz por las nubes, vale oro.
Pero el gran problema era la luz. ¿Cómo iluminar una vivienda que está en el fondo de un tubo de diez metros? La respuesta me la dio un viejo pastor del pueblo, el tío Laureano, el único que no me miraba como si fuera una perturbada.
—Valeria, hija —me dijo una tarde mientras compartíamos un trozo de queso de cabra—, los antiguos usaban espejos para llevar la luz a las minas. Si colocas un cristal grande arriba, orientado al sur, meterás el sol hasta el fondo del pozo.
Y eso hice. Conseguí un espejo enorme de un armario viejo que tiraron en la casa parroquial y diseñé un sistema de poleas en la boca del pozo. Con un cabo de cuerda desde abajo, podía regular la inclinación del espejo según la hora del día. El resultado fue mágico. Cuando el sol de mediodía pegaba en el reflector, un chorro de luz dorada bajaba recto por el centro del pozo, iluminando todo el espacio como si fuera la nave central de una catedral.
Para distribuir los ambientes dentro del círculo de cuatro metros de diámetro, tuve que agudizar el ingenio espacial. No podía poner tabiques normales porque me comerían el poco espacio que tenía. Así que diseñé una estructura en niveles, como una casa flotante.
El nivel inferior (El suelo del pozo): Aquí instalé la cocina y una pequeña zona de estar. Los muebles los hice todos con palets de madera que me regaló el frutero del pueblo vecino. Con un poco de lija, tinte de nogalina y paciencia, quedaron con un toque rústico espectacular. La encimera de la cocina era una losa de pizarra que encontré tirada en una cantera abandonada.
El nivel intermedio (La entreplanta): A unos tres metros del suelo, aprovechando unos salientes naturales de la piedra caliza, encajé unas vigas de madera de pino carrasco que compré a precio de saldo en un aserradero local. Sobre estas vigas monté un suelo de tablas machihembradas. Ese sería mi dormitorio. Para subir, instalé una escalera de caracol de hierro que encontré en un desguace de maquinaria agrícola y que yo misma pinté de negro mate.
El nivel superior (La entrada): Justo donde terminaba la rampa exterior, creé una especie de distribuidor que hacía las veces de recibidor y zona de lavado, aprovechando el agua de lluvia que recogía mediante un sistema de canalones que instalé en la superficie.
Aquí viene un detalle que a muchos les parecerá una guarrada, pero que es pura supervivencia: el baño. No podía meter tuberías de desagüe tradicionales sin cargarme la roca y gastarme una fortuna. Así que instalé un váter seco ecológico, de esos que usan serrín y separan los residuos. No huele a nada si lo gestionas bien, y al cabo de un año tienes un abono maravilloso para los pocos árboles que intentaba plantar fuera.
El agua era el verdadero reto. El pozo estaba seco, sí, pero descubrí que a unos quince metros de profundidad, cinco metros por debajo de mi suelo, todavía quedaba una veta húmeda. No era suficiente para sacar un chorro de agua, pero sí para mantener la base de la tierra fresca. Para el agua de consumo diario, instalé un depósito de mil litros en la superficie, camuflado entre unos matorrales, que llenaba yendo a la fuente pública del pueblo con mi furgoneta por las noches, cuando nadie me veía para evitar los chismes.
Recuerdo perfectamente la primera noche que dormí allí. Era finales de agosto. Arriba, el aire estaba tan espeso y caliente que era imposible respirar; los grillos cantaban con una especie de desesperación histérica. Abajo, en mi cama de la entreplanta, la temperatura era perfecta. Encendí una vela y la coloqué en un nicho que había picado en la pared de piedra blanca. El silencio era absoluto. Un silencio denso, protector, que no se encuentra en ningún piso de la ciudad, donde siempre escuchas el motor de la nevera del vecino o el tráfico de la avenida.
Miré hacia arriba, por el ojo del pozo. A través de la abertura, recortado contra la negrura de la noche, se veía un círculo perfecto de cielo estrellado. Las estrellas parecían más brillantes, más grandes, como si estuvieran ahí solo para mí. Por primera vez en muchos años, sentí que estaba en el lugar correcto. No me importaba la herencia de Tomás, ni las hectáreas de Susana. Yo tenía mi refugio. Lo que no sabía, lo que nadie en el pueblo podía siquiera imaginar, es que ese refugio subterráneo pronto dejaría de ser una excentricidad para convertirse en el único lugar seguro de toda la región.
Los años del polvo y el fuego
Pasaron tres años. Tres años en los que el clima de la península ibérica terminó de volverse loco. Los telediarios abrían todos los días con lo mismo: embalses al mínimo, restricciones de agua en las grandes ciudades, cosechas enteras perdidas por el calor. Pero lo que vivimos aquel verano de 2029 no tuvo nombre. En la televisión empezaron a llamarlo “La Gran Sequía”, pero los que vivíamos en la tierra lo llamábamos, simplemente, el fin del mundo.
No llovió ni una gota en catorce meses. El paisaje de la Vera, tradicionalmente verde y fresco, se tiñó de un color gris ceniza. Los robles centenarios empezaron a perder las hojas en pleno mes de mayo; los ríos se convirtieron en caminos de piedras blancas y agrietadas. El aire quemaba al respirar. En el pueblo, los ánimos estaban caldeados. La gente hacía cola en el camión cisterna del ayuntamiento con garrafas de plástico, peleándose por un litro más o menos de agua clorada que sabía a rayos.
Yo observaba todo desde mi páramo. Mi pozo seguía siendo un oasis de frescor. Mientras arriba el termómetro alcanzaba la cifra récord de 47 grados a la sombra, abajo yo me ponía una rebeca fina por las tardes. Mi huerto subterráneo —unas macetas grandes de barro que había colocado en el fondo del pozo, justo donde daba el reflejo del espejo— me daba tomates y pimientos gracias al agua reciclada de lavar los platos.
Una tarde de julio, el aire se volvió irrespirable. El viento soplaba del sur, cargado de una arena fina del Sáhara que lo cubría todo con una pátina rojiza. Y entonces, llegó el olor. Un olor que cualquier persona del campo reconoce al instante y que te hace dar un vuelco al corazón: madera quemada.
Me subí a la superficie por la rampa. Al mirar hacia el valle, vi la columna de humo. Era inmensa, una pared negra que borraba el horizonte. El monte estaba ardiendo. Con esa temperatura y ese viento, el fuego no corría; volaba.
En menos de dos horas, las sirenas de los bomberos empezaron a sonar en el pueblo, pero era una batalla perdida de antemano. El monte bajo estaba tan seco que ardía como la pólvora. Desde mi loma, vi cómo las llamas saltaban la carretera nacional como si fuera un simple charco. El fuego se dirigía directo hacia las fincas del valle, hacia los olivos centenarios de Tomás y los campos de Susana.
El pánico se apoderó de la comarca. La policía ordenó la evacuación inmediata del pueblo. Vi pasar coches a toda velocidad por la pista forestal, cargados de colchones y maletas, huyendo hacia la autovía. Yo me quedé allí, parada junto al brocal del pozo, mirando cómo el fuego avanzaba hacia mi parcela. No iba a huir. ¿A dónde? ¿A un polideportivo de la capital a morir de calor? Mi vida estaba allí abajo.
El cielo se volvió completamente negro a media tarde. Las cenizas caían como una nieve maldita, cubriendo la tierra de luto. El calor en la superficie se volvió insoportable, una radiación térmica que te derretía la piel. Tomé una decisión drástica: subí a la superficie, tapé la boca del pozo con una gran lona ignífuga que había comprado por si acaso y la aseguré con piedras pesadas, dejando solo una pequeña rendija para que entrara algo de aire. Luego, bajé a mi refugio y cerré la compuerta de la rampa.
Entonces empezó el verdadero infierno. El fuego llegó al páramo alto.
Abajo, el silencio habitual se transformó en un rugido espantoso. Sonaba como el motor de un avión de combate pegado a tu oreja, combinado con el crujido constante de miles de ramas rompiéndose a la vez. El aire que entraba por la rendija se volvió denso, con un fuerte olor a humo que me obligó a empapar una camiseta en el agua que me quedaba y atármela a la cara.
La temperatura dentro del pozo empezó a subir. Pasó de los 16 grados habituales a los 22, luego a los 26. Las paredes de piedra caliza, que llevaban siglos frías, empezaron a irradiar un calor sordo. Me tumbé en el suelo de arcilla, que seguía siendo la zona más fresca, abrazada a mis dos gatas que temblaban como hojas. Rezaba. No sé a qué ni a quién, porque nunca he sido muy de iglesia, pero rezaba para que la estructura del pozo aguantara, para que las piedras no se dilataran tanto por el calor como para derrumbarse sobre mi cabeza.
Fueron seis horas de terror puro. Seis horas en las que sentí la presencia de la muerte justo encima de mí, devorándolo todo con dientes de fuego. Podía escuchar el estallido de las rocas calizas de la superficie al romperse por las altísimas temperaturas. Era como si el mismísimo diablo estuviera zapateando sobre mi techo.
Y de repente, hacia la medianoche, el rugido empezó a amainar. El viento cambió de dirección, empujando el frente del incendio hacia la roca pelada de la sierra donde ya no había nada que quemar. El silencio regresó al pozo, pero esta vez era un silencio de cementerio, un silencio de ceniza y devastación.
El día después
Esperé hasta el amanecer para subir. Cuando abrí la compuerta de la rampa y retiré la lona ignífuga, que estaba medio chamuscada y deshecha por los bordes, lo que vieron mis ojos me rompió el alma.
El mundo que conocía había desaparecido. Ya no había páramo, ni matorrales, ni encinas. Todo, absolutamente todo hasta donde alcanzaba la vista, era un desierto de ceniza gris y negra. Los troncos de los árboles que quedaban en pie parecían espectros carbonizados, estatuas de carbón que se deshacían con el viento. El aire seguía flotando con una neblina densa de humo que te hacía llorar los ojos.
Caminé unos metros fuera de mi parcela, pisando un suelo que todavía quemaba las suelas de mis botas. Miré hacia el fondo del valle. La gran casa señorial que Tomás había heredado, la joya de la corona de mi padre, tenía el tejado hundido y las ventanas negras de hollín; había ardido por dentro como una chimenea. Los olivos centenarios, esos que daban el mejor aceite de la región, eran ahora palos negros clavados en la tierra quemada. Tardarían cincuenta años en volver a dar una oliva, si es que la tierra volvía a recuperarse alguna vez.
A media mañana, vi aparecer una silueta que caminaba tropezando por el camino de ceniza. Era Susana. Traía la ropa rota, la cara manchada de negro y los ojos desorbitados de quien lo ha perdido todo. Detrás de ella, unos metros más atrás, venía Tomás. Ya no llevaba su traje de Madrid ni su reloj de oro; vestía un chándal viejo y caminaba con la cabeza gacha, arrastrando los pies como un viejo de ochenta años.
Se detuvieron al ver la boca de mi pozo. Estaba intacta. La cal blanca de la rampa de entrada se veía reluciente en medio de aquel desierto gris, como un faro de vida en un planeta muerto.
—Valeria… —susurró Susana, con una voz rota por el humo—. ¿Estás bien? Pensamos que habías muerto aquí arriba.
—Estoy bien —dije, manteniéndome firme junto al brocal—. Mi casa ha aguantado.
Tomás miró hacia el interior del pozo. Vio el chorro de luz que empezaba a bajar gracias al espejo que yo ya había vuelto a posicionar; vio mis plantas verdes en el fondo, mi mesa de madera intacta, el orden y la paz que se respiraban allí abajo. Se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Un llanto descontrolado, de niño mimado al que le quitan el juguete. Su millonaria herencia se había evaporado en una tarde; sus cuentas corrientes no podían comprar agua ni volver a levantar un olivar de la noche a la mañana en una España devastada por la crisis climática.
—No nos queda nada, Valeria —dijo Susana, dejándose caer de rodillas sobre la ceniza—. El ganado ha muerto, la finca del valle está quemada. No tenemos ni un techo donde pasar la noche. El pueblo está sin luz y sin agua potable.
Los miré desde arriba. Sentí una punzada en el estómago. Hubiera sido muy fácil soltarles un “os lo merecéis”, recordarles sus burlas, sus risas en el despacho del notario, sus desprecios de los últimos años. Hubiera sido lo humano, lo que cualquiera en mi lugar habría hecho. Pero la tierra, cuando te abraza y te salva la vida, te quita las ganas de venganza. Te vuelve más sabia, más dura, pero también más justa.
—Podéis bajar —les dije, apartándome de la entrada—. Abajo hay agua fresca y tengo un poco de pan y queso. Pero aquí abajo se siguen mis normas. Aquí la tierra no se vende, se respeta. Y el que no trabaja, no come.
Tomás levantó la cabeza, me miró con una mezcla de vergüenza y agradecimiento infinito, y asintió. Bajaron por la rampa despacio, casi con miedo, como si estuvieran entrando en un templo sagrado. Al verlos desaparecer por el túnel de piedra, miré al cielo una última vez antes de bajar yo también. Un cielo limpio por fin de humo, donde el sol volvía a brillar con fuerza. Mi padre me había dejado un pozo seco, sí. Pero resultó ser el pozo más fértil del mundo.
La Nueva Era del Páramo Alto
Han pasado siete años desde la Gran Sequía y el gran incendio de 2029. Hoy es junio de 2036, y si alguien viniera por aquí pensando encontrar el desierto gris de aquel entonces, se llevaría una sorpresa de campeonato.
La vida siempre encuentra una rendija por la que brotar, solo necesita que le eches una mano y no la pises. Mi pozo ya no es una vivienda solitaria; se ha convertido en el centro neurálgico de un nuevo modelo de vida en la comarca. Lo que empezó como un acto de rebeldía y supervivencia extrema contra mi familia se ha transformado en algo mucho más grande, en una especie de escuela de la tierra a la que viene gente de todas partes a aprender cómo adaptarse al mundo que nos ha quedado.
La transformación de Tomás y Susana fue un proceso lento y, no os voy a mentir, bastante doloroso para ellos. Los primeros meses fueron infernales. Tomás no sabía ni coger una azada sin hacerse ampollas que luego se le infectaban, y se pasaba los días quejándose de la falta de cobertura móvil y de la comida “de pobres”. Pero el hambre y la necesidad son los mejores profesores del mundo. Cuando se dio cuenta de que sus acciones de bolsa y sus pisos en la capital ya no valían nada porque las ciudades grandes colapsaron por las olas de calor y la escasez de suministros, bajó los humos.
Hoy en día, Tomás es el encargado de gestionar el sistema de energía solar y reciclaje de agua que hemos ampliado por toda la parcela. Resulta que el chico, cuando deja de lado la prepotencia, es un hacha para la organización. Ha aprendido a soldar, a arreglar motores viejos y a diseñar sistemas de riego por goteo que aprovechan hasta la última gota de condensación nocturna. Ya no lleva trajes de marca; viste camisas de trabajo gastadas y tiene los brazos curtidos por el sol, y os puedo asegurar que se le ve mucho más feliz y sano que cuando vivía estresado en su oficina de Madrid.
Susana, por su parte, descubrió una vocación que ni ella misma sabía que tenía: la permacultura y la regeneración del suelo. Se pasó dos años enteros estudiando cómo fijar nitrógeno en la tierra quemada usando plantas leguminosas y estiércol de las pocas cabras que logramos recuperar. Gracias a ella, el páramo alto ya no es un desierto. Hemos conseguido crear un “bosque de alimentos” en la superficie, una técnica que combina árboles frutales resistentes a la sequía, como los higueros y los granados, con arbustos aromáticos que protegen el suelo de la erosión del viento.
¿Y el pozo? El pozo original sigue siendo mi rincón privado, mi santuario. Pero ya no vivimos los tres ahí metidos como sardinas en lata; eso hubiera terminado en un crimen familiar, seguro. Aprovechando la experiencia que adquirí construyendo mi casa subterránea, picamos la roca juntos y ampliamos la estructura. Creamos tres “satélites” circulares alrededor del pozo principal, conectados por túneles subterráneos. Ahora cada uno tiene su propio espacio de vida, fresco en verano y protegido en invierno, mientras que el pozo central sigue siendo la zona común, la cocina y el lugar donde nos reunimos a cenar y a charlar por las noches.
Mirando atrás con la perspectiva que te da el tiempo y la experiencia, a menudo pienso en mi padre. He cambiado de opinión sobre él mil veces. Pasé del odio más absoluto en el despacho del notario a una especie de veneración mística cuando el pozo me salvó del fuego. Ahora, con cuarenta y pico años y la piel curtida de trabajar el campo, lo entiendo mejor. El viejo no me odiaba; al contrario. Era el único que me conocía de verdad. Sabía que Tomás y Susana eran débiles, que dependían del dinero y de las comodidades del sistema, y que si les dejaba el pozo, lo habrían vendido por cuatro perras o lo habrían abandonado. Sabía que yo era la única con la fuerza suficiente para entender el mensaje oculto en ese testamento: “La verdadera riqueza no es la que se gasta, sino la que te sostiene cuando todo lo demás se cae”.
El modelo de nuestra “casa-pozo” ha llamado tanto la atención que el verano pasado vinieron unos estudiantes de arquitectura de la Universidad Politécnica de Cataluña a hacer un estudio sobre eficiencia térmica y resiliencia rural. Me hacía mucha gracia verlos con sus ordenadores portátiles y sus medidores láser, asombrados de que un agujero excavado en la roca con técnicas del siglo XIX tuviera un rendimiento energético mejor que el de cualquier edificio moderno eco-sostenible de millones de euros.
—Es que esto no es tecnología, chavales —les dije yo mientras les servía una jarra de agua fresca que guardábamos en la zona más profunda—. Esto es geomimética. Es entender cómo funciona el planeta y adaptarse a él, en lugar de intentar que el planeta se adapte a nuestros caprichos con aire acondicionado y hormigón.
A veces, por las tardes, cuando el trabajo en el huerto termina y el sol empieza a caer por detrás de la sierra de Gredos, me gusta sentarme en el brocal del pozo con una taza de poleo menta silvestre que recolectamos nosotros mismos. El paisaje actual es diferente al de mi infancia, no lo voy a negar. El verde exuberante de antes ha dado paso a un tono más sabanero, más mediterráneo duro, pero está vivo. Se escuchan los pájaros otra vez, las abejas zumban entre las flores del romero y la lavanda que plantó Susana, y el aire huele a tierra limpia, no a quemado.
Hemos aprendido la lección de la peor manera posible, como sociedad y como individuos. Nos creíamos los reyes del mundo por tener pantallas táctiles y coches eléctricos, pero la naturaleza nos recordó con un par de veranos duros que seguimos siendo simples mamíferos que necesitan agua, sombra y una comunidad en la que apoyarse para no volverse locos.
Tomás sale del túnel de la rampa con una caja de tomates maduros, de esos feos pero que huelen a tomate de verdad, de los que ya no existen en los supermercados de la ciudad. Me mira, sonríe y me lanza uno. Lo cazo en el aire y le doy un mordisco. Está dulce, crujiente, lleno de vida.
—¿En qué piensas, jefa? —me pregunta, apoyándose en la barra de hierro que sostiene el espejo reflector.
—En nada, Tomás. En que este año vamos a tener una cosecha de higos espectacular —le contesto, mirando las ramas verdes que asoman por el borde de la parcela.
Él asiente, mira hacia el fondo del pozo donde Susana está canturreando una vieja tonada extremeña mientras prepara la cena, y vuelve a bajar. Yo me quedo un rato más arriba, disfrutando de la brisa de la tarde. El mundo de la superficie puede seguir cambiando, las tormentas pueden volver y los termómetros pueden subir todo lo que quieran. A nosotros ya no nos da miedo. Tenemos nuestras raíces bien hundidas en la piedra caliza, tenemos agua en la memoria de la tierra y una casa que nació de la nada para resistirlo todo.