Posted in

Asi FUE la LUJOSA VIDA de RODOLFO DE ANDA – La vida detrás del actor de películas de Vaqueros

Primero de febrero de 2010, un hospital de la Ciudad de México. Las enfermeras que hacen la ronda rutinaria de la madrugada entran a una habitación y encuentran lo que nadie que lo conocía quería encontrar. Rodolfo de Anda, el galán de más de 150 películas, el hijo del legendario charro negro, el hombre que durante cinco décadas fue el rostro del western mexicano y que hizo suspirar a generaciones de mujeres en toda América Latina, ya no responde.

Los médicos intentan todo. Desfibrilación, medicamentos de emergencia, el protocolo completo de reanimación cardiopulmonar. Nada funciona. los 66 años, después de décadas de trabajo en una industria que en sus mejores tiempos lo pagó como a una estrella y que en sus peores tiempos apenas lo sostuvo, Rodolfo de Anda murió sin las dos cosas que más quería conservar, su pierna, que los médicos le habían dicho que debían amputar y que él se negó a perder porque prefería renunciar a la cirugía antes que renunciar a su dignidad y su rancho en

el ajuzco. ese rancho que fue su refugio, su orgullo, su demostración más concreta de que el hijo del charro negro había construido algo que era completamente suyo, ese rancho al que sus cenizas fueron llevadas después de la cremación, cumpliendo su último deseo de descansar en el lugar donde más había sido él mismo.

Y aquí vienen las preguntas que van a mantenerte en este video hasta el final. ¿Cómo construyó Rodolfo de Anda el patrimonio que acumuló en cinco décadas de carrera cinematográfica? ¿Cuánto valían sus propiedades, sus autos clásicos, ese rancho en el Ajuzco donde descansó por siempre? ¿Y cómo es posible que un hombre que protagonizó más de 150 películas, que fue el galán más cotizado del cine de vaqueros mexicano durante dos décadas completas, llegara al final de su vida con una salud destruida? tres matrimonios rotos y un legado que su hijo heredó solo para

morir 13 años después. Esas respuestas llegan, pero primero hay que ver lo que tuvo, porque Rodolfo de Anda tuvo mucho y lo que tuvo dice más sobre quién era que cualquier declaración que haya dado en entrevista. Empecemos por el rancho. El rancho de Rodolfo de Anda en el Ajusco, al sur de la Ciudad de México, en esa zona donde la capital termina y el bosque empieza, era mucho más que una propiedad de fin de semana.

Era la declaración de principios de un hombre que creció viendo a su padre, el gran Raúl de Anda, construir un nombre en una industria donde los nombres se construyen con trabajo y se mantienen con carácter. El ajuzgo de los años 60 y 70, cuando Rodolfo empezó a acumular los ingresos que le permitieron pensar en propiedad propia, era todavía tierra relativamente accesible para un actor en ascenso.

Los terrenos en esa zona se cotizaban a un precio por metro cuadrado que en valores actuales parece increíblemente bajo, pero que en la época representaba una inversión seria para alguien que llegaba de una familia de artistas, no de una familia de empresarios con capital acumulado. Rodolfo compró sus primeras hectáreas en el Ajuzco cuando tenía menos de 30 años.

En una época en que sus contemporáneos gastaban los honorarios de las películas en autos y fiestas, y en ese estilo de vida del galán de cine que la industria esperaba de sus figuras masculinas más populares, Rodolfo invirtió en tierra. Tierra que con el tiempo, con la expansión de la Ciudad de México hacia el sur, con el desarrollo que convirtió a la Ajusco en una de las zonas más cotizadas de los alrededores de la capital, multiplicó su valor de manera que ninguna cuenta bancaria hubiera podido igualar. El rancho, en su

configuración final tenía dimensiones que para un actor del cine mexicano de los años 70 representaban un patrimonio inmobiliario de primer nivel. varias hectáreas de terreno boscoso con la vista de la ciudad de México abajo cuando el aire estaba limpio, que en el ajusco de esa época era muchos días del año.

Construcciones principales con la arquitectura de Hacienda que Rodolfo prefería, la que evocaba el México de las películas de su padre, pero construida con los materiales y las técnicas de su propia generación. Establos para los caballos. Porque Rodolfo de Anda tenía caballos no como accesorio fotográfico para los carteles de las películas, sino como animales de trabajo y de pasión que venían directamente de la tradición familiar.

Su abuelo, su padre, él mismo. La familia de Anda tenía una relación con los caballos que precedía al cine y que seguiría existiendo independientemente de cuántas películas se filmaran o no se filmaran. Los corrales del rancho eran funcionales, diseñados por alguien que entendía el manejo de animales de verdad, no por un decorador de interiores que había visto las haciendas en películas.

madera de buena calidad, herrería sólida, los bebederos y comederos en los lugares exactos donde deben estar para que los animales tengan acceso sin complicaciones y los autos, porque los autos de Rodolfo de Anda eran otra parte del patrimonio que construyó a lo largo de su carrera y que decían exactamente quién era él como hombre y como artista.

La época de oro del cine mexicano, los años 50 y 60, cuando Rodolfo estaba en su primer ascenso profesional, coincidió con la época dorada del automóvil americano, los Chrysler Imperial con sus aletas traseras que parecían cohetes, los Wick Road Master con sus cromados que brillaban como espejos bajo el sol de las locaciones del desierto norte donde se filmaban los westerns, los Cadilac serie 62, que en el México de esa época época eran el símbolo más visible del éxito, la declaración material de que alguien había llegado a

un nivel donde ya no necesitaba el camión para moverse por la ciudad. Rodolfo tenía ese tipo de autos, no uno, varios acumulados a lo largo de décadas de trabajo en la industria. El Ford Galaxie de los años 60, que en su momento fue el auto de los profesionales exitosos en todo México, el sedán grande, cómodo, con el motor V8 que en las carreteras nacionales de esa época, todavía en desarrollo en muchos tramos, daba una sensación de poder y seguridad que los autos más pequeños no podían dar.

Un Ford Galaxy nuevo en 1965 costaba el equivalente a entre 600,000 y 800,000 pesos actuales. El Chevrolet Impala de la misma era, el convertible en el que los galanes del cine mexicano aparecían en las portadas de las revistas de espectáculos. El impala con el techo abierto, con el viento en el cabello que el publicista siempre pedía que Rodolfo llevara un poco más largo de lo que él hubiera preferido, naturalmente, para que la foto quedara más dramática.

Un Impala convertible de ese año en el mercado de coleccionistas actual tiene un valor de mercado que oscila entre 400,000 y 800,000 pesos, dependiendo del estado de la carrocería y el motor. Y los clásicos que fue adquiriendo cuando los originales ya no eran nuevos, pero se estaban convirtiendo en objetos de colección.

El Mercury Grand Marquí, que en la colección de Rodolfo no era el auto diario, sino la pieza que se guardaba con cuidado, que se sacaba en las ocasiones especiales, que se mantenía en condiciones, que en el mercado de autos clásicos mexicanos representan una diferencia de precio de entre el 100 y el 300% respecto a un ejemplar descuidado.

La colección completa de vehículos de Rodolfo de Anda en sus años de mayor prosperidad, contando los autos de uso diario y los clásicos de colección, tenía un valor de mercado que en pesos actuales supera fácilmente los 3,illones y medio. Una suma que para alguien que construyó esa colección comprando a lo largo de tres décadas, en épocas donde los precios eran mucho menores, representa una multiplicación del valor original que ninguna cuenta de ahorro hubiera producido.

Read More