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El Gringo Arrogante Humilló a Barrera en Público y Terminó Suplicando de Rodillas

” Era el 3 de febrero de 1996 y el Great Western Forum de Los Ángeles se preparaba para hacer historia. Hatcheb o estrenaba esa noche su nuevo programa Boxing After Dark, y necesitaban una pelea que justificara el lanzamiento. Lo que consiguieron fue mucho más que eso. Consiguieron una guerra que todavía hoy, casi 30 años después, hace que los aficionados al boxeo se pongan de pie cuando la ven.

 En una esquina estaba Marco Antonio Barrera, apenas 22 años, invicto en 39 peleas, 27 de ellas por la vía rápida. Le llamaban el bebé asesino y no era por casualidad. Había comenzado a pelear profesionalmente a los 15 años, cuando la mayoría de los chicos de su edad apenas pensaban en el primer beso. Ahora era el campeón mundial supergallo de la Organización Mundial de Boxeo y México entero lo señalaba como el sucesor de Julio César Chávez.

 La presión sobre sus jóvenes hombros era inmensa. En la otra esquina, Kennedy Mcini, 30 años, medallista de oro olímpico en Seú 1988, excampeón mundial de la Federación Internacional de Boxeo. Venía de Hernando, Mississippi, un pueblo tan pequeño que casi nadie lo ubicaba en el mapa. Pero Makini había puesto ese pueblo en el mapa mundial cuando subió al podio olímpico con el himno estadounidense sonando de fondo.

 Ahora, dos años después de perder su título ante el sudafricano Buyani Bungu en una de las mayores sorpresas del año, [música] Makini necesitaba esta pelea. No solo la necesitaba, la exigía como un hombre que sabe que esta podría ser su última oportunidad de volver a la cima. Pero antes de que sonara la campana, antes de que se lanzara el primer hub, antes de que corriera la primera gota de sangre, hubo ese momento en la conferencia de prensa.

 Ese martes, 4 días antes del combate, los dos peleadores se sentaron frente a los medios. Makini llegó con una energía extraña, nerviosa, casi maniática. Cuando le dieron el micrófono, no habló, gritó, se puso de pie, caminó hacia barrera y comenzó a vomitar palabras como si cada una fuera un puñetazo. Tengo una esposa, tengo una casa, tengo un auto, tengo facturas que pagar.

 Su voz se quebraba entre la ira y algo más, algo que sonaba a desesperación. ¿Y cómo te atreves a venir aquí y pensar que puedes vencerme? Barrera permanecía sentado. Su rostro impasible, como si Makini estuviera hablando en otro idioma. Pero sus ojos, sus ojos contaban otra historia. Había fuego ahí, contenido pero visible. Makini siguió.

¿Piensas que puedes vencerme, muchacho? No puedes vencerme. No puedes derrotarme aquí en mi ciudad. Y entonces Barrera se levantó lento, [música] deliberado, miró hacia su equipo como pidiendo permiso o quizás como avisándoles que se prepararan y lanzó ese derechazo que no llegó a conectar, pero que conectó con algo mucho más profundo.

 El orgullo de Makini, el orgullo de todos los presentes, el orgullo del boxeo mismo. Fue un puñetazo que decía, “El sábado te voy a mostrar quién soy.” Los equipos de ambos peleadores se lanzaron al centro. Gritos, empujones, caos absoluto. Las cámaras capturaron cada segundo y Larry Merchant, el legendario comentarista de HB o vio las imágenes y dijo algo profético.

 Si Makini entró en la cabeza de este chico, no estoy seguro de que le haya gustado lo que vio, porque Barrera puede parecer un chico tranquilo y pasivo, pero en el fondo hay mucha turbulencia. 4 días después, el foro rugía. Casi 8,000 personas habían pagado su boleto y millones más veían desde sus casas. Maini entró primero con una ovación educada, pero sin el fervor que esperaba.

 Después de todo, Los Ángeles tiene una enorme comunidad mexicana y esa noche el foro era Territorio azteca. Cuando Barrera hizo su entrada al sonido de La Negra, la tradicional canción mexicana, el lugar explotó. Banderas verdes, blancas y rojas sondeaban por todos lados. Gritos de México, México, sacudían las paredes.

 Minchini, vestido con una camiseta de los Lakers de Magic Johnson, intentó ganar simpatía local. No funcionó. El ring era enorme, 24 pies de esquina a esquina y tenía pintado en el centro el logo gigante de Badweiser. Nadie lo sabía entonces, pero ese logo iba a jugar un papel crucial en lo que estaba por venir.

 El árbitro Pat Russell reunió a los peleadores en el centro. Las instrucciones fueron breves. Los dos se miraron a los ojos y en esa mirada había algo primordial, algo que viene de siglos atrás, cuando los hombres resolvían sus diferencias con los puños y el más fuerte sobrevivía. Esto no era solo una pelea de boxeo, esto era personal.

 La campana del primer round sonó y Barrera salió disparado como un toro en Pamplona. No hubo tanteo, no hubo estudio, no hubo respeto. Lanzó un gancho de izquierda al cuerpo que hizo que Makini exhalara con fuerza. Luego vino el derechazo a la cabeza y otro y otro más. Minchini retrocedió a la esquina [música] sorprendido por la ferocidad del ataque, pero el estadounidense no era campeón olímpico por casualidad.

 Salió de la esquina con un shap limpio que pegó en la nariz de Barrera, seguido de un recto de derecha que hizo girar la cabeza del mexicano. Barrera apenas parpadeó, siguió adelante como una máquina programada para destruir. Los dos se plantaron en el centro del ring e intercambiaron golpes de poder.

 Barrera con sus ganchos cortos y Makini con sus rectos clásicos. 30 segundos de intercambio brutal, 60 segundos, 90. No había clínicas, no había abrazo táctico, solo guerra. Cuando sonó la campana terminando el primer round, la multitud estalló en aplausos. Muchos se pusieron de pie. Roy Jones Jor, que estaba comentando la pelea junto a Jim Lampley y Larry Merchant, dijo casi sin aliento, “Si así son los primeros 3 minutos, no sé si estos hombres van a llegar al final.

” El segundo round comenzó con más de lo mismo, barrera presionando, Makini contraatacando, pero había algo diferente ahora. Makini había encontrado su ritmo. Su jab comenzaba a marcar territorio en el rostro de Barrera y su derecha cruzada estaba llegando limpia. A mitad del round conectó un derechazo especialmente duro que hizo retroceder a barrera tres pasos.

 Era la primera vez en la pelea que el mexicano mostraba respeto por el poder de su rival. Merchand lo notó de inmediato. No ves eso a menudo con barrera. Pero el joven campeón absorbió el golpe y volvió al ataque, martillando el cuerpo de Makini con ganchos de izquierda que sonaban como tambores de guerra. Los números de Compu Box después de dos rounds eran alucinantes.

 Barrera había lanzado 129 golpes conectando 71. Makini había tirado 156 acertando 59. eran promedios de más de 30 golpes conectados por round para cada uno. Para poner esto en perspectiva, apenas unos meses antes, el mundo había visto una pelea de $,000 dólar donde uno de los protagonistas había conectado un promedio de menos de siete golpes por round. Esto era boxeo real.

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