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Vendía CERO sombreros… hasta que Clint Eastwood se puso uno

Vendía cero sombreros… hasta que Clint Eastwood se puso unoEl viejo Cecil Hargrove ya había decidido cerrar la mesa cuando vio al hombre detenerse al final del pasillo.

No fue una parada normal.

La gente suele detenerse en una feria por curiosidad, por hambre, por cansancio o porque un niño tira de la manga. Pero aquel desconocido se quedó inmóvil como si hubiera visto algo que no debía estar allí. Como si, entre el polvo, los gritos de los vendedores, el olor a cebolla frita y estiércol seco, hubiera encontrado una respuesta que llevaba horas buscando sin saberlo.

Cecil tenía treinta y siete sombreros sobre la mesa.

Treinta y siete.

Cada uno hecho a mano. Cada ala curvada con vapor. Cada cinta cosida con paciencia. Cada costura ajustada a la luz amarilla de una lámpara, en un taller viejo donde el calor de Arizona entraba por las rendijas aunque uno cerrara todas las ventanas.

Cuatro horas bajo el sol.

Ni un solo comprador.

Ni uno.

A tres puestos de distancia, un vendedor de Dallas se reía a carcajadas mientras apilaba sombreros de fábrica vendidos por tres dólares y medio. Los clientes pasaban frente a Cecil, tocaban un sombrero con dos dedos, miraban la etiqueta de treinta y cinco dólares y seguían caminando como si hubieran visto una locura.

Treinta y cinco dólares por algo hecho para durar años.

Tres dólares y medio por algo que se deformaría antes del próximo verano.

La vida, a veces, tiene una manera vulgar de burlarse de los hombres honestos.

Cecil no protestó. Ya no.

A los setenta y un años, uno aprende que no todo merece una pelea. Había discutido con el mundo durante siete años, y el mundo le había contestado siempre igual: “más barato, más rápido, más parecido”. No mejor. Parecido.

Esa palabra le daba asco, aunque nunca lo decía.

Parecido.

Como si una cosa casi bien hecha pudiera reemplazar a una cosa correcta.

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