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El rancho que no estaba en venta

La noche en que Ransom Ortega volvió al rancho Santa Isabel, el cielo parecía estar partiéndose por la mitad.

No llovía todavía. Primero vino el polvo. Un polvo seco, áspero, furioso, que bajaba desde las colinas del altiplano de Nuevo México como si el desierto quisiera arrancarle la piel a todo hombre que se atreviera a cruzarlo. El caballo negro de Ransom avanzaba con la cabeza baja, resoplando, con espuma blanca en el hocico. El animal era fuerte, de esos que parecen tallados en sombra y músculo, pero aquella noche también él parecía cansado de huir.

Ransom no llevaba equipaje digno de un heredero. Llevaba una chaqueta de cuero rota, un revólver bajo la cadera, tres mil dólares de deuda en Santa Fe, una orden de captura dormida que podía despertar en cualquier momento y un telegrama doblado en el bolsillo interior, tan sucio de sudor como de rabia.

“Vende el rancho en catorce días o lamentarás haber nacido.”

Víctor Campos no necesitaba escribir más. Los hombres como él no daban explicaciones. Compraban tierra, compraban jueces, compraban silencios. Y cuando algo no podía comprarse, lo aplastaban.

Ransom escupió tierra y whisky al costado del camino.

—Que se lo quede todo —murmuró con la voz rota—. La casa, los establos, los muertos y los fantasmas.

Había abandonado aquel lugar quince años atrás con el pecho lleno de odio. Entonces era un muchacho de catorce años, flaco, orgulloso, herido hasta los huesos porque creía que su madre, María Ortega, amaba más a los desconocidos que entraban por la puerta que a su propio hijo. Desde entonces había dormido en establos ajenos, había disparado antes de preguntar, había ganado dinero con las manos sucias y lo había perdido en mesas de juego. No volvía para reconciliarse. No volvía para llorar. Volvía para venderlo todo, pagar sus deudas y desaparecer.

Pero cuando la silueta del rancho Santa Isabel apareció entre remolinos de arena, una luz amarilla tembló detrás de las ventanas.

Ransom tiró de las riendas.

La casa no estaba muerta.

Bajó del caballo con el revólver ya en la mano. Las botas hundieron el barro recién formado por las primeras gotas de lluvia. Empujó la puerta principal de un golpe, esperando encontrar ratas, polvo y madera podrida.

Y entonces el mundo se le cayó encima.

Olía a tortillas recién hechas.

Olía a carne seca ahumada.

Olía a café, a leña, a hogar.

La larga mesa del comedor, aquella mesa donde de niño había visto sentarse a mendigos, viudas, vaqueros heridos y familias perseguidas, estaba cubierta por un mantel blanco, limpio, planchado con una dedicación casi religiosa. La chimenea ardía con un fuego constante. Las sillas estaban alineadas. Sobre una repisa había flores silvestres en un vaso de barro.

Ransom sintió que alguien le apretaba la garganta desde dentro.

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