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El caso que sacudió Paraguay: el seminarista desapareció en la víspera de su ordenación y fue encontrado con una monja

Aquella conversación duró casi dos horas. Mateo salió pálido. Sus compañeros pensaron que estaba rezando mucho. En realidad, estaba desarmándose.

Anselmo le pidió obediencia. Le dijo que todas las vocaciones pasaban por crisis. Que el amor humano podía sublimarse. Que no confundiera ternura con llamado. Que pensara en su madre, en su pueblo, en los jóvenes que lo admiraban. Que una renuncia de último minuto haría daño a mucha gente.

Y aquí está el problema: todo eso era verdad a medias. Sí, haría daño. Sí, sería un escándalo. Sí, su madre sufriría. Pero ninguna verdad a medias debería usarse para obligar a alguien a vivir una mentira entera.

Inés también fue llamada por su superiora, la madre Lucinda. No hubo gritos. Hubo algo peor: dulzura con filo.

—Hija, tu corazón está confundido.

—Madre, mi corazón está despierto.

—No digas esas cosas. Te haces daño.

—Me hago más daño fingiendo que no siento.

La superiora le anunció que sería trasladada a una comunidad en el Chaco “por un tiempo de discernimiento”. Inés entendió. La estaban alejando.

Esa noche, escribió la nota que luego encontrarían en su cama.

“No puedo servir a Dios mintiendo sobre quién soy.”

No decía “me voy por un hombre”. No decía “abandono la fe”. Decía algo mucho más incómodo. Decía que la mentira también puede ponerse hábito.

La víspera de la ordenación, Mateo estaba en el seminario como un condenado que todos felicitaban.

Sus compañeros le daban palmadas en la espalda.

—Mañana, padre Mateo.

—Ya casi, hermano.

—Tu mamá debe estar orgullosísima.

Él sonreía. Agradecía. Asentía.

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