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Creía cuidar a un soldado herido… sin imaginar que era el príncipe heredero en secreto

La primera vez que Clara vio la fotografía, sintió que el suelo de tierra de su clínica se abría bajo sus pies.

No fue una sospecha. No fue una duda. Fue una certeza brutal.

El hombre de uniforme ceremonial, con la mirada verde y la mandíbula fina, era el mismo que llevaba tres semanas durmiendo en la cama del fondo, bebiendo sopa de pollo con manos temblorosas y fingiendo llamarse Javier.

Solo que en aquella foto no aparecía como un soldado raso.

Aparecía como el príncipe heredero de Almería.

Y el oficial que sostenía la imagen frente a ella no había venido a pedir ayuda. Había venido a cazarlo.

—¿Lo ha visto? —preguntó el hombre con una voz tan seca que parecía raspar las paredes.

Clara sintió que la sangre se le congelaba. Detrás de ella, en la habitación pequeña, Javier —o quien demonios fuese— estaba demasiado débil para correr. Si los guardias entraban y lo reconocían, lo matarían allí mismo. Y si descubrían que ella lo había protegido, también la arrastrarían como traidora.

Durante un segundo, pensó en decir la verdad.

Soy sanadora, no conspiradora, quiso gritar. Yo solo curo heridas. Yo no elegí esta guerra.

Pero entonces recordó la noche en que él llegó casi muerto, envuelto en una manta empapada de sangre. Recordó su voz rota pidiendo agua. Recordó aquellos ojos tristes, no de cobarde, sino de alguien que llevaba años sobreviviendo en una jaula invisible.

Y Clara tomó una decisión que le cambiaría la vida.

Miró al oficial directamente.

—No —dijo—. No he visto a ese hombre.

El oficial no parpadeó.

—Piénselo bien, mujer.

—Aquí solo hay campesinos, soldados pobres y gente que viene a morirse lejos de casa.

—Ese hombre es peligroso.

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