Eso cambiaba radicalmente la estructura de sus ingresos. Un socio cooperativista de Excelsior durante los años de mayor circulación del periódico podía generar ingresos que hoy equivaldrían a entre 60,000 y 120.000 1000 pesos mensuales en términos reales, dependiendo de la posición y de la rentabilidad general de la cooperativa en cada periodo.
No era la fortuna de un ejecutivo corporativo, pero era una base económica sólida y lo más importante era un ingreso que venía con propiedad real sobre la empresa donde trabajaba. Las misiones internacionales que Ochoa realizó para Excelor fueron parte de esa etapa. cubrió la gira presidencial de Luis Echeverría, entrevistó al cardenal Jan Danielu, siguió a Pedro Arrupe, superior general de los jesuitas, por tres países para conseguir una entrevista en dos partes que ocupó ocho columnas.
Una pieza que se volvió emblemática dentro del periodismo internacional del periódico. Entrevistó a Gabriel García Márquez en Cartagena, Colombia, facilitado por una carta de Carlos Fuentes, gestionada por el propio Sherer. Esos viajes no generaban ingresos adicionales directos en el modelo cooperativista, porque los gastos se pagaban del presupuesto compartido, pero sí construían el capital de reputación que años después haría posible la transición a la televisión.
y los ingresos muy superiores que ese medio traía consigo. La televisión fue el tercer gran escalón económico de la carrera de Guillermo Ochoa. Cuando se convirtió en conductor de hoy mismo, el programa matutino de Televisa durante los años 80 ingresó a una categoría de ingresos completamente diferente a la del periodismo escrito.
En la televisión mexicana de los años 80, la Televisa de Emilio Azcárraga Milmo, que controlaba entre el 70 y el 85% de la audiencia televisiva nacional, los conductores de los programas matutinos principales tenían contratos que representaban ingresos anuales equivalentes a entre 2 y 4 millones de pesos actuales en el extremo conservador.
Y muy por encima de eso, si el programa tenía los niveles de audiencia y de influencia que hoy mismo efectivamente tenía. Además de conducir el programa, Ochoa desempeñó un rol significativo como director general editorial de Televisa, donde lanzó revistas de estilo de vida como Buena vida y activa. Ese tipo de cargo directivo tenía una compensación económica diferente al del conductor de pantalla con bonos ligados al desempeño editorial de las publicaciones que supervisaba.
Era un ingreso adicional a los cachets de conducción. Pero aquí entra el primer gran conflicto económico de la historia de Guillermo Ochoa. Porque la remoción silenciosa que sufrió a finales de los años 80 cuando desapareció de la programación de Televisa sin anuncio ni despedida, no fue solo una humillación profesional, fue también un impacto financiero real y brusco.
Los 7 años que pasó fuera de la televisión nacional entre finales de los 80 y 1996, periodo durante el cual regresó a la prensa escrita y la radio, representaron 7 años de ingresos significativamente más bajos que los de la televisión de primera línea. La prensa escrita y la radio de los años 90 en México no generaban ni remotamente los mismos ingresos que la conducción de un programa matutino en la cadena más grande del país.
El regreso a Televisa en septiembre de 1996 con una versión renovada de hoy mismo parecía la recuperación que el trabajo de un periodista de su nivel merecía. Duró año y medio. En febrero de 1998, apenas 18 meses después de su regreso, el programa fue cancelado en silencio y reemplazado por la versión de entretenimiento que existe hasta hoy.
Ochoa fue removido por segunda vez de la misma manera que la primera, sin anuncio, sin despedida, sin explicación oficial. Ese segundo corte que llegó poco después de la muerte de Emilio Azcárraga Milmo en 1997 y del ascenso de una nueva generación de ejecutivos orientados al rating y los márgenes de ganancia sobre el periodismo de contenido, cerró definitivamente el capítulo más lucrativo de la carrera económica de Guillermo Ochoa.
Lo que vino después fue la etapa de los ingresos complementarios, más bajos en monto, pero más sostenidos en el tiempo. Columnas en diversas publicaciones, colaboraciones en radio, su canal de YouTube La vida va, donde compartía reflexiones sobre la vida cotidiana y comentarios políticos con un tono accesible pero riguroso.
¿Cuánto acumuló en total a lo largo de cinco décadas de carrera? No hay cifras públicas precisas porque Guillermo Ochoa nunca fue un periodista que hablara de sus finanzas personales con el detalle con que otros hablan de las suyas, pero los elementos que componen ese patrimonio son rastreables. Décadas de trabajo en medios de primera línea con los ingresos correspondientes a cada etapa.
La participación cooperativista en Excelor, que durante los años que funcionó representó un activo real. los contratos de Televisa durante las dos etapas en pantalla, las colaboraciones posteriores, en prensa y radio, y eventualmente, como todo periodista de larga carrera que construyó un nombre con valor propio, los ingresos de conferencias, presentaciones, jurados y eventos donde su presencia tenía un valor de mercado específico.
El patrimonio inmobiliario de Guillermo Ochoa tiene su centro en Toluca, la ciudad donde comenzó todo. No en la Ciudad de México, no en alguna de las zonas residenciales de alto precio, donde los comunicadores de Televisa suelen concentrar sus inversiones. En Toluca, la ciudad del Estado de México, que lo vio crecer con los trabajos más difíciles antes de que cualquier cámara apuntara hacia él.
Esa elección geográfica dice algo sobre quién es Guillermo Ochoa en términos de identidad real debajo del personaje que construyó la fama. En Toluca, el mercado inmobiliario tiene características específicas que lo distinguen de la Ciudad de México. La ciudad es la capital del estado más poblado del país, sede de una burocracia estatal importante y de una base industrial y comercial sólida, pero no tiene los precios de la Ciudad de México ni de las colonias de lujo capitalinas.
Una propiedad cómoda en una zona residencial de calidad media alta en Toluca, con jardín y los espacios que permite una ciudad de esas dimensiones, puede valer entre 3 y 6 millones de pesos dependiendo de la ubicación exacta y las características de la construcción. Una propiedad más amplia con terreno suficiente para los elementos de vida tranquila que Ochoa ha descrito en sus comunicaciones públicas puede superar esa cifra sin necesariamente entrar en el rango de las propiedades de lujo extremo. La vida que Guillermo Ochoa
lleva en Toluca en sus años de retiro tiene la textura específica de alguien que eligió deliberadamente alejarse del ritmo que impone la capital y su industria mediática. Es la vida del periodista que ya no tiene que producir contenido para el rating, ni ajustar sus opiniones a lo que conviene a los accionistas de una corporación.
Es la vida del hombre que puede escribir en su columna lo que piensa sobre el deterioro ético del periodismo mexicano, sin que ningún director de contenidos lo llame a su oficina para pedirle que suavice el lenguaje. Esa libertad tiene un precio que Guillermo Ochoa ya pagó. Los 7 años de exclusión de la televisión nacional después de la primera remoción, los 18 meses de regreso seguidos de la segunda cancelación.
La batalla contra Jacobo Sabludowski, que era sistémica y no personal, la lucha contra una institución que decidió que el entretenimiento valía más que el periodismo y que lo demostró con la historia de lo que le hizo a hoy mismo y a su conductor. La atención con Sabludowski merece un capítulo propio porque es el conflicto que más define la historia profesional de Guillermo Ochoa y el que más explica por qué su vida eventual en Toluca, lejos de la televisión, tiene el carácter que tiene.
Sabludowski no era simplemente un colega, era el guardián de la influencia dentro de Televisa, con acceso directo al poder político, control editorial y el favor corporativo que en la televisión mexicana de los años 80 y 90 era la diferencia entre existir en la parrilla de programación y desaparecer de ella.
Ochoa, formado en el periodismo crítico e independiente de Excelsior bajo Sedder, nunca encajó cómodamente en el marco progubernamental que Sabludowski representaba. Mientras los reportajes de Sabludowski a menudo reflejaban la versión oficial de los hechos, Ochoa buscaba una voz periodística más independiente, más inquisitiva.
Esa ambición lo puso en desacuerdo con la cúpula de Televisa en una época en que la empresa operaba como brazo no oficial del Estado. La tensión no era teatral ni personal en el sentido banal del término, era sistémica. Sabludowski veía a Ochoa como una amenaza porque hoy mismo el programa matutino que Ochoa conducía no solo ganaba popularidad, sino también credibilidad periodística que competía con el tipo de autoridad que Sabludowski habría querido concentrar en su noticiero nocturno.
El resultado fue una salida forzada sin anuncio, una remoción silenciosa de las que en la televisión mexicana de esa época no se explicaban porque no necesitaban explicarse. El que tenía el poder simplemente lo ejercía. En privado, esa partida marcó uno de los capítulos más dolorosos de la vida de Guillermo Ochoa.
No solo perdió una plataforma, perdió la batalla por un tipo de periodismo que ponía la ética sobre el entretenimiento y en entrevistas posteriores lo dijo con la franqueza que lo caracterizó siempre. La redacción que alguna vez fue un templo se había convertido en un circo. Esa herida no sanó completamente con el tiempo.
El segundo regreso a Televisa en 1996, que parecía una reivindicación, terminó siendo otra demostración del mismo poder que lo había removido la primera vez. Con la muerte de Azcárraga Milmo en 1997, el equilibrio relativo que había permitido su regreso desapareció. Los nuevos ejecutivos tomaron el control y en febrero de 1998 cancelaron hoy mismo para siempre.
El periodismo que Ochoa representaba no tenía lugar en la Televisa del siglo XXI. Lo que siguió a esa segunda remoción es la etapa más interesante y menos documentada de la historia de Guillermo Ochoa, porque no se derrumbó, no desapareció, no se convirtió en una figura amargada que solo habla del pasado con resentimiento.
Construyó una tercera etapa de carrera basada en las colaboraciones periodísticas con diversas publicaciones. en su columna y canal de YouTube La vida va en el tipo de trabajo que no genera los ingresos de la televisión de primera línea, pero que tiene algo que la televisión de primera línea nunca le dio completamente. Autonomía Editorial Total.
El 15 de agosto de 2020, Guillermo Ochoa reveló a través de sus redes sociales que había dado positivo a COVID-19. Con casi 80 años, el diagnóstico era especialmente delicado. Compartió la noticia con la franqueza que siempre lo caracterizó. Llegó y se fue sin que me diera cuenta. Escribió en Twitter. Se había realizado una prueba rápida en el área de urgencias del hospital satélite, que resultó positiva a pesar de no presentar síntomas graves.
“Vivo solo y no recibo visitas”, escribió aclarando la extrañeza de un contagio que no encontraba explicación lógica en sus rutinas cotidianas. 4 meses después, el 14 de diciembre de 2020, anunció que se sometería a una cirugía en la columna cervical. El procedimiento estaba programado para la mañana del lunes siguiente.
Sus médicos lo describieron como mínimamente invasivo, pero dado que faltaban pocas semanas para su cumpleaños número 80, la operación implicaba riesgos considerables. “Algo no anda bien entre las vértebras cervicales y los hilos nerviosos”, escribió en Twitter. Aunque se mostró tranquilo y sereno, insinuó la gravedad del momento.
El doctor dice que es mínimamente invasivo, pero como este año no cuenta, cumpliré 80 enero. Creo en Dios que va conmigo, pero una oración no estorba. Su hijo Guillermo Ochoa Millán también compartió la noticia pidiendo oraciones al público. Su mensaje fue íntimo y emocionante. Estoy seguro de que todo saldrá perfecto, papá.
Te abrazo desde lejos y te amo. El apoyo de figuras prominentes de los medios mexicanos llegó inmediatamente. Joaquín López Dóriga escribió, “Ánimo, querido Guillermo, aún tienes muchas historias grandes por contar. te irá bien. Te mando un abrazo con muchos años de afecto. Ochoa se recuperó de la operación, retomó su rutina en la medida de lo posible, pero los episodios de 2020, el COVID y la cirugía de columna con 4 meses de diferencia, dejaron una huella en términos de lo que el cuerpo puede y no puede hacer cuando uno tiene 80 años.
Tareas que antes eran automáticas requieren ahora más cuidado, más tiempo, a veces asistencia. Es la realidad de la edad avanzada que no tiene excepciones para nadie, independientemente de los premios recibidos y de las décadas de trabajo. La relación con su hijo Guillermo Ochoa Millán es uno de los capítulos más ricos y más complejos de la vida actual del periodista.
El joven Ochoa comenzó como reportero para Grupo Mundo ejecutivo y se convirtió en editor en jefe de revistas como Mundo ejecutivo y Golf Tournament and Resorts. Su transición a la televisión inició en 2004 en televisión mexiquense. Eventualmente se integró como corresponsal en la oficina de Univisión en la Ciudad de México y en 2010 se unió a Noticiero Televisa.
Hoy es conductor del noticiero Telemundo 52 en Los Ángeles, la estación de habla hispana más importante de la costa oeste de Estados Unidos. El joven Ochoa es licenciado en comunicación por la Universidad Anawak y realizó estudios avanzados de periodismo en la Universidad de Miami y en Harvard. Entre sus reconocimientos destaca el Young Leader Award en comunicación del Estado de México en 2007 y un homenaje del Senado mexicano en 2017 por su trayectoria periodística.
Esa trayectoria, que en muchos aspectos es la continuación amplificada de lo que el padre comenzó, tiene una dimensión emocional que ninguna estadística puede capturar completamente. Guillermo Ochoa, padre, nunca pudo hacer en Televisa lo que quería hacer, periodismo independiente de contenido, sin la censura implícita de los intereses corporativos y políticos que controlaban la televisión mexicana.
Su hijo hace exactamente eso desde Los Ángeles, cubriendo noticias para la comunidad hispanohablante de Estados Unidos con la credibilidad que acreditó estudios en Miami y Harvard. Es la realización en la siguiente generación de un proyecto que el Sistema mexicano de medios no dejó completarse en la primera, pero la relación entre padres e hijos que trabajan en el mismo campo es siempre compleja.
La presencia de un apellido ilustre puede ser tanto una apertura de puertas como una presión invisible. Los que conocen la carrera de Guillermo Ochoa, hijo, señalan que construyó su reputación por méritos propios, que sus credenciales académicas son genuinas y que su trabajo en Telemundo habla por sí solo.
Pero la pregunta sobre cuánto pesa el apellido y cuánto pesa el trabajo propio es una que los hijos de figuras públicas tienen que responder continuamente, muchas veces sin que nadie se las formule directamente. desde Toluca, donde vive en una etapa de retiro activo que incluye su columna, sus reflexiones públicas y las apariciones ocasionales en medios que lo buscan para hablar sobre la historia del periodismo mexicano.
Guillermo Ochoa sigue siendo una voz que el sistema mediático mexicano no supo aprovechar completamente, pero que tampoco pudo silenciar del todo. La vida va, su canal de YouTube representa exactamente eso. El periodista que el rating y los ejecutivos corporativos no pudieron contener, porque la palabra escrita y la presencia digital no dependen de los mismos poderes que controlaban la parrilla de programación de Televisa en los años 80.
Su legado tiene una paradoja interesante que pocos han señalado. Guillermo Ochoa es recordado principalmente por hoy mismo, el programa que Televisa canceló dos veces. Su obra periodística más importante, las entrevistas en Excelor, las corresponsalías internacionales, las ocho columnas sobre Pedro Arrupe, es menos recordada precisamente porque el periodismo escrito de los años 70 no tiene el archivo visual que tiene la televisión.
El periodismo de papel se desvanece más rápido en la memoria colectiva que las imágenes en movimiento, aunque sea más profundo en contenido. Pero la paradoja más grande es la de Televisa misma. La institución que lo removió dos veces sin explicación, que eligió el entretenimiento sobre el periodismo que él representaba, usa su nombre en los registros históricos del canal cuando necesita hablar de credibilidad y de los años dorados de la televisión mexicana.
lo excluye del presente y lo instrumentaliza para hablar del pasado. Es el tipo de injusticia que en las instituciones de medios no tiene mecanismo de reparación porque nadie dentro de la institución tiene incentivos para repararlo. Guillermo Ochoa en Toluca, en sus años de retiro, vive con eso, con la satisfacción de haber hecho el trabajo que creyó que valía la pena hacer, con el reconocimiento de los colegas que saben lo que su carrera representó en términos de ética periodística, con los episodios de salud de 2020, que redimensionaron
las prioridades de quien tiene 80 años y ya pasó por una cirugía de columna y un COVID en el mismo año con un hijo en Los Ángeles que hace en Estados Unidos, lo que él habría querido hacer en México. Y con la ciudad de Toluca, que lo recibe como lo que siempre fue, el chico que creció ahí, que transportó dinamita en bicicleta para sobrevivir, que encontró una redacción durante una tormenta y nunca se fue del todo de ese mundo, aunque el mundo de los medios intentara sacarlo más de una vez.
Eso es la vida de Guillermo Ochoa en el retiro. No la más espectacular en términos de los lujos que el dinero puede exhibir. La más honesta en términos de la coherencia entre lo que un hombre dijo que era y lo que resultó ser cuando ya no había cámaras apuntando. ¿Crees que Televisa le debe una reparación pública a Guillermo Ochoa por las dos remociones silenciosas que sufrió en su mejor momento? O sientes que la carrera que construyó después por su propia cuenta y con la autonomía que la televisión nunca le dio completamente, ¿es en sí misma la mejor
reparación posible? Cuéntanos en los comentarios porque esta historia tiene tantas lecturas como personas que crecieron viendo hoy mismo en las mañanas y que se enteraron después de que el conductor que más admiraban había sido removido sin que nadie lo dijera claramente. Dale like si este recorrido valió tu tiempo, suscríbete y activa la campanita para no perderte las historias de las figuras que construyeron el periodismo mexicano y que merecen ser recordadas con la precisión que ellas mismas le exigieron siempre a los hechos. Porque el
periodismo que vale la pena es exactamente ese, el que no cede cuando el poder le pide que seda. Y Guillermo Ochoa lo practicó durante cinco décadas, aunque le costara todo lo que le costó. Hay un momento que Guillermo Ochoa describió en una de sus últimas entrevistas antes del COVID-19 y que resume mejor que cualquier estadística quién es este hombre y por qué la ciudad de Toluca, donde comenzó cargando dinamita en bicicleta, es el territorio donde eligió terminar.
Le preguntaron si se arrepentía de algo en su carrera de los 7 años fuera de la televisión, de no haber cedido cuando Televisa le pidió implícitamente que se diera, de haber peleado contra un sistema que tenía más poder que él, respondió que no, que el único arrepentimiento posible para un periodista era el de haber callado algo que debía decirse y que él no tenía ese arrepentimiento.
Esta respuesta dicha con la serenidad de quien ya no tiene nada que ganar ni que perder en términos de audiencias ni de contratos, es también la respuesta de un hombre que encontró en Toluca algo que Televisa nunca pudo ofrecerle. La certeza de que lo que hizo valió la pena exactamente como lo hizo, sin las concesiones que el sistema le pedía, sin los silencios que otros pagaban para que él guardara.
La vida en Toluca, en el retiro de un periodista de 80 años que sobrevivió al COVID y a una cirugía de columna y que sigue escribiendo La vida va porque la vida efectivamente sigue y porque él tiene todavía cosas que decir. También la demostración de algo que el periodismo mexicano necesita escuchar más seguido, que se puede construir una carrera de cinco décadas sobre la base de la ética sin que eso sea sinónimo de fracaso, aunque el sistema de medios haya intentado más de una vez que lo pareciera.
Guillermo Ochoa en Toluca tiene el patrimonio que construyó con su trabajo, la ciudad que lo formó antes de que cualquier cámara apuntara hacia él, un hijo en Los Ángeles que hace en Estados Unidos lo que él no terminó de poder hacer en México. Y la historia entera del periodismo mexicano de la segunda mitad del siglo XX, guardada en la memoria con la fidelidad que solo tienen los que la vivieron desde adentro.
Eso no es todo lo que pudo haber tenido. Es todo lo que eligió tener cuando el sistema le ofreció más a cambio de menos. Y que haya elegido así con esa consistencia durante cinco décadas es exactamente el tipo de historia que el periodismo que él practicó siempre supo que valía la pena contar. El sistema mediático mexicano tiene una deuda con Guillermo Ochoa que probablemente nunca saldará de manera formal.
No porque no tenga los recursos para hacerlo, sino porque saldarla implicaría reconocer públicamente lo que hizo, que removió dos veces a uno de sus mejores conductores sin explicación, que eligió el entretenimiento sobre el periodismo cuando el periodismo era más caro de producir y menos rentable en ratings, que dejó ir a un hombre cuya credibilidad había construido durante décadas para reemplazarlo con un formato que ningún estudiante de periodismo serio defendería. como equivalente.
Ese reconocimiento no va a ocurrir. Las instituciones no suelen reconocer sus errores cuando los errores fueron también decisiones de negocios que en ese momento resultaron rentables. Y Guillermo Ochoa lo sabe. Lo sabe porque pasó décadas dentro del sistema y porque tiene el tipo de inteligencia práctica que le permite ver las instituciones sin ilusiones.
que sí ocurrió y que tiene su propio valor, aunque no sea el reconocimiento institucional que merecía, es que los estudiantes y los profesores de periodismo en México siguen usando su carrera como referencia. que cuando se habla de la época de oro del periodismo televisivo mexicano, el nombre de hoy mismo y el de Guillermo Ochoa aparecen como punto de referencia de lo que el medio podía hacer cuando se hacía con criterio periodístico real.
Que el contraste entre lo que el programa fue bajo su conducción y lo que se convirtió después de su cancelación es en sí mismo una lección sobre las prioridades de las corporaciones mediáticas que ningún manual de periodismo podría expresar de manera más clara. En Toluca, en la ciudad donde todo empezó con una tormenta que lo llevó a la redacción del Heraldo por accidente, Guillermo Ochoa vive esa historia completa, la de la pobreza inicial.
y los trabajos peligrosos de adolescente. La del periodismo de Excelor Bajo Sherer, que fue una de las épocas más brillantes del periodismo latinoamericano del siglo XX. La del hoy mismo que millones de mexicanos recuerdan como el programa que les daba la mañana con información y criterio. La de las dos remociones sin explicación que el sistema nunca se dignó a justificar.
la de los años de trabajo en medios alternativos que demostraron que el periodismo que importa no depende de los presupuestos corporativos para existir, la del COVID y la cirugía de columna a los 80 años, que redimensionaron lo que el tiempo significa y lo que cada día que continúa representa en términos de posibilidad, y la del Hijo en los Ángeles, que hace en otro idioma y en otro país, lo que el Padre nunca pudo terminar de hacer en el suyo.
es la vida de Guillermo Ochoa en Toluca. No la más ruidosa, no la más fotografiada, la más coherente con lo que él dijo que era durante cinco décadas de periodismo en el país más complicado del continente para ejercer ese oficio con integridad.