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Así vive Guillermo Ochoa a los 80 Años — fama, fortuna y lo que la TV nunca mostró o 

Así vive Guillermo Ochoa a los 80 Años — fama, fortuna y lo que la TV nunca mostró o 

Hay una pregunta que los estudiosos del periodismo mexicano llevan décadas sin responder de manera satisfactoria. Si Guillermo Ochoa fue durante los años 80 el conductor matutino más influyente de México, si su programa hoy mismo llegaba a millones de hogares cada mañana con la credibilidad que ningún programa de entretenimiento podría igualar.

 Si fue el hombre que lanzó la carrera de Andrea Legarreta cuando era solo una reportera de espectáculo sin nombre propio, si fue corresponsal internacional que entrevistó a García Márquez en Cartagena y siguió a Pedro Arrupe por tres países para conseguir una entrevista de ocho columnas, ¿por qué desapareció de la televisión nacional sin un anuncio, sin despedida, sin explicación oficial, en una remoción silenciosa que Televisa nunca se dignó a explicar? públicamente cómo construyó Guillermo Ochoa, el hombre que empezó transportando dinamita en bicicleta en

una cantera de Toluca como adolescente huérfano de madre. El patrimonio que le permite vivir hoy con la tranquilidad de quien ya no le debe nada a ninguna corporación mediática ni a ningún poder político. ¿Qué hay en la vida retirada que construyó en Toluca, la misma ciudad donde comenzó todo? Que no había en los estudios de Televisa, donde fue apartado sin explicación dos veces en su carrera.

Y qué conflictos carga un hombre que vio como el periodismo que amaba se convertía en entretenimiento superficial, que peleó contra Jacobo Sabludowski desde la trinchera de un programa matutino y perdió, que sobrevivió al COVID-19 a los 80 años y una cirugía de columna cervical 4 meses después y que mientras todo eso ocurría, su hijo construía en Estados Unidos exactamente el tipo de carrera periodística que él nunca pudo terminar.

de construir en México. Hoy vamos a entrar a la vida de Guillermo Ochoa en Toluca. No al conductor de hoy mismo que sonreía para las cámaras de Televisa. No al personaje de la remoción silenciosa que los libros de historia de los medios mexicanos registran como una víctima del poder corporativo, al hombre real que comenzó su vida laboral cuidando 2000 gallinas en una granja avícola, que perdió a su madre a los 14 años y encontró refugio en una redacción por accidente durante una tormenta que construyó una carrera sobre la base de

la ética en un sistema que premiaba la corrupción. y que en sus últimos años vive en la ciudad que lo formó antes de que cualquier cámara de televisión apuntara hacia él. Vamos a hablar del dinero que construyó con cinco décadas de periodismo, de los conflictos que no se resolvieron, de la deuda que Televisa tiene con él y que probablemente nunca saldará y de lo que significa llegar a los 80 y tantos años, siendo una figura que el país reconoce como grande, pero que el sistema decidió silenciar en su mejor momento. Quédate hasta el final

porque la historia de Guillermo Ochoa es mucho más complicada, mucho más dolorosa y mucho más instructiva que cualquier segmento que él mismo haya conducido en 30 años frente a las cámaras. Para entender la vida actual de Guillermo Ochoa, hay que entender primero desde dónde partió.

 Y el punto de partida es tan bajo que lo que construyó después requiere ser explicado en detalle para que se entienda la escala real. Guillermo Ochoa nació en la ciudad de México, pero creció en Toluca, capital del Estado de México. Esa ciudad que vive permanentemente en la sombra de la capital, pero que tiene su propia identidad, su propia historia, su propio orgullo de provincia, que no tiene nada que envidiarle a ningún barrio de la gran ciudad.

Su infancia estuvo marcada por la inestabilidad desde el principio. Su bisabuela, al presenciar el colapso emocional del matrimonio de sus padres, supuestamente dijo al momento de su nacimiento, “Llámalo Salvador.” Vino a salvar el matrimonio. El nombre simbólico no fue suficiente para reparar la realidad. El hogar vivía en la pobreza real, aunque la madre hacía esfuerzos enormes por ocultarlo.

Aceptaba trabajos de costura para generar ingresos y vestía a Guillermo y sus hermanas con ropa limpia y presentable para que hacia afuera parecieran una familia acomodada. Puertas adentro apenas sobrevivían. La pérdida definitiva llegó cuando Guillermo tenía 14 años. Su madre murió. Su hermana menor, Belinda, tenía apenas siete.

 Sin otra opción, los niños fueron a vivir con su hermana mayor. Era una solución de supervivencia, no una resolución. El joven Guillermo tuvo que madurar de golpe y empezar a trabajar en lo que apareciera. Uno de sus primeros empleos fue en una granja avícola donde ayudaba a cuidar 2,000 gallinas. Después encontró trabajo en una cantera donde transportaba dinamita y detonadores en bicicleta.

 Un trabajo tan peligroso como suena, que un adolescente hacía porque no había alternativa y porque la supervivencia era más urgente que el miedo. Sus condiciones de vida eran igualmente precarias. En un momento vivió en un pequeño cuarto de servicio vacío, sin electricidad y aislado, después de que la madre de un amigo le pidiera que se fuera porque temía que distraía a su hijo de sus estudios de medicina.

 son los detalles de una adolescencia que no tiene nada de romántica, que fue dura con la dureza específica de quien no tiene red de seguridad ni persona adulta que garantice el mínimo. Y sin embargo, bajo esas condiciones, Guillermo mantuvo la determinación de buscar algo diferente.

 El encuentro que cambió todo ocurrió por accidente, que es como suelen ocurrir los encuentros que cambian todo. Una tormenta inesperada y una cita que se perdió lo llevaron a refugiarse en las oficinas del Heraldo de Toluca. Fascinado por el sonido, el olor y el ritmo de la redacción, pidió hablar con el director, escribió un texto de prueba, fue contratado.

Ese encuentro fortuito marcó el inicio de una carrera que duraría más de cinco décadas y que lo llevaría desde las redacciones de provincia hasta los estudios de Televisa. Desde las páginas de Excelsior hasta las conferencias de prensa en el Vaticano. Ahora hablemos del dinero con la seriedad que merece. Porque para entender la vida que Guillermo Ochoa lleva hoy en Toluca, hay que entender con precisión cómo se construye el patrimonio de un periodista en México durante cinco décadas de carrera activa en medios de primera

línea. La transición de Toluca a la Ciudad de México fue impulsada por el sueño compartido de todo periodista de provincia, trabajar en los grandes diarios nacionales. Gracias a una presentación hecha por el entonces gobernador Gustavo Bas, Ochoa ingresó a Excelsior en un momento crucial.

 Bajo el liderazgo de Julio Sherer García, el periódico atravesaba una transformación histórica de ser un órgano obediente del poder a convertirse en una voz independiente y crítica. Sherer hizo de Ocho a un socio cooperativista otorgándole tanto participación en la propiedad como libertad editorial. En el modelo cooperativista de Excelsior de los años 70, los periodistas de mayor nivel no eran empleados con salario fijo, sino socios con participación en las ganancias del periódico.

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