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La Monja Que Tuvo Gemelos Del Sacerdote y Los Hizo Herederos Del Convento: Puebla, 1729

 

Puebla, en 1729, era una ciudad de cúpulas, campanas y secretos.

Desde lejos parecía limpia. Hermosa. Casi celestial. Las iglesias levantaban sus torres hacia el cielo con una seguridad que a veces daba envidia. Las calles olían a pan, incienso, cuero, chile tostado y lluvia cuando las nubes bajaban desde los cerros. Las familias principales se saludaban con reverencias, los comerciantes contaban monedas detrás de mostradores oscuros y las mujeres pobres caminaban con cántaros en la cadera, como si cargaran medio mundo sin que nadie se lo agradeciera.

Pero toda ciudad tiene dos caras.

La de las procesiones y la de las puertas cerradas.

Y Puebla tenía muchas puertas cerradas.

El convento de Santa Isabel de los Remedios estaba en una calle tranquila, no lejos de una plaza donde los vendedores pregonaban fruta por la mañana y los mendigos buscaban sombra por la tarde. Era un edificio grande, severo, de muros gruesos y ventanas enrejadas. Desde fuera parecía un lugar de paz. Desde dentro, como casi todos los lugares donde viven muchas personas encerradas con sus culpas, era más complicado.

Había oración, sí.

También celos.

Había silencio.

También susurros.

Había mujeres verdaderamente entregadas a Dios.

Y también mujeres entregadas por sus familias porque salían más baratas detrás de una reja que disputando una herencia.

Sor Catalina de San José había llegado allí con dieciséis años.

Entonces no era sor Catalina.

Era Catalina de Sandoval y Ledesma.

Hija única de doña Leonor de Sandoval, muerta de sobreparto, y de don Hernando de Ledesma, comerciante de paños que dejó más deudas que bendiciones. La niña creció en la casa de su tío, don Gaspar, un hombre que hablaba de honor con la misma facilidad con que escondía cuentas.

Catalina era bonita. Eso fue su primera desgracia.

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