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Cuando la Monja lavaba platos en Zacatecas, encontró al obispo abrazado con otra monja en la cama

Sor Inés había aprendido a desconfiar de las noches demasiado perfectas.

En Santa Lucía de los Arcos, un convento antiguo levantado sobre piedra rosa en una calle estrecha de Zacatecas, las ceremonias importantes siempre terminaban igual: señoras ricas prometiendo donativos, políticos locales haciéndose fotos junto a las monjas, niños del coro cantando con hambre y una mesa larguísima llena de platos que nadie quería lavar.

Ella los lavaba.

No lo hacía con resentimiento. O al menos eso se repetía. Había cosas peores que lavar platos. Había madres enterrando hijos, jornaleros perdiendo cosechas, mujeres esperando a maridos que jamás volvían de Estados Unidos. Fregar una fuente no era tragedia.

Pero aquella noche, mientras el agua caliente le arrugaba los dedos, sor Inés sentía una inquietud difícil de explicar.

La cena había sido para recaudar fondos para la Casa de Santa Marta, un refugio para niñas abandonadas que el convento mantenía con más fe que dinero. El obispo había llegado a las siete, con su sonrisa tranquila, sus palabras medidas y ese modo suyo de mirar a todos como si ya los hubiera perdonado antes de que hablaran.

A muchas personas eso les daba paz.

A sor Inés, no siempre.

No porque creyera que don Alejandro fuera malo. De hecho, durante años lo había admirado. Había apoyado la escuela del barrio, había conseguido medicamentos para ancianos, había frenado a más de un funcionario que quería convertir terrenos de la iglesia en negocios privados. Era inteligente. Cercano. De esos hombres que sabían hablar con un gobernador y con una vendedora de tamales sin cambiar demasiado el tono.

Pero precisamente por eso ella lo observaba con cuidado.

La bondad pública es hermosa. También puede ser una máscara muy resistente.

Sor Clara, en cambio, no sabía usar máscaras.

Tenía veintiséis años, piel clara, ojos grandes y una manera de pedir perdón incluso cuando no había hecho nada. Había llegado al convento dos años antes desde un pueblo cerca de Jerez. Decía poco de su familia. Solo que su madre había muerto y que su padre era “un asunto cerrado”. Esa frase le pareció rara a sor Inés desde el primer día.

Un padre no suele ser un asunto. Es una herida, una ausencia, una carga o una bendición. Pero un asunto cerrado… eso suena a puerta con llave.

La madre Eulalia, superiora del convento, protegía mucho a Clara. Demasiado, quizá. Le asignaba tareas suaves, le evitaba visitas largas y no le permitía salir sola al mercado.

—Es sensible —decía—. No todas nacen para cargar el mundo en la espalda.

Sor Inés nunca discutía. Pero había visto suficiente vida para saber que a veces, cuando alguien dice “es sensible”, quiere decir “sabe algo”.

La cena empezó con música de guitarra y terminó con aplausos. El obispo habló de misericordia.

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