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EL IMPERIO FRANCÉS SE BURLABA DE LA GUERRILLA, HASTA SER DESTROZADO EN QUERÉTARO

EL IMPERIO FRANCÉS SE BURLABA DE LA GUERRILLA, HASTA SER DESTROZADO EN QUERÉTARO

El mariscal Francois Ashil Basen recibió en su despacho del Palacio Imperial de la Ciudad de México el informe del general Charles August de Castañí la mañana del 14 de septiembre de 1864. Lo leyó con la paciencia específica del oficial profesional, que ha visto suficientes operaciones de contrainsurgencia para reconocer cuándo un reporte exagera y cuándo describe la realidad.

 Y le respondió al ayudante de campo con la frase que sus subordinados recordarían durante los meses siguientes con la incomodidad específica de los que reciben órdenes que saben equivocadas, pero que no tienen la autoridad para desobedecer. le dijo que los chinacos no eran un ejército, que no merecían el tratamiento que un ejército profesional reservaba para sus enemigos, que las columnas francesas debían barrerlos como se barren las ratas de un sótano, sin protocolos formales y sin la cortesía militar que distinguía las operaciones civilizadas de las casas de bandidos y

que cualquier oficial francés que continuara reportando los movimientos de los chinacos como si fueran maniobras militares serias estaría revelando con el reporte la propia incompetencia para reconocer la diferencia entre un ejército regular y una colección de campesinos armados con escopetas oxidadas.

 3 años después, el 19 de junio de 1867, el archiduque Maximiliano de Absburgo, emperador de México por la voluntad de Napoleón Icer y por las bayonetas francesas que Basain había comandado, estaba de pie frente a un muro de adobe en el cerro de las campanas en las afueras de Querétaro, vestido con levita negra y mirando al cielo de la mañana mexicana con la dignidad específica del aristócrata que ha decidido morir bien, aunque no haya logrado vivir bien.

Frente a él, a 3 metros de distancia, estaba formado un pelotón de fusilamiento del ejército republicano comandado por un general que había sido considerado por los franceses durante años como un chinaco más, un campesino con uniforme inventado al frente de una colección de campesinos similares. Ese general era Mariano Escobedo.

 El ejército que le había dado la orden de ejecutar al emperador era el ejército que durante 3 años había sido despreciado por los franceses como una colección de bandidos sin valor militar real. Las descargas de fusilería que mataron a Maximiliano esa mañana, junto con las que mataron simultáneamente al general conservador Miguel Miramón y al general indígena Otomí Tomás Mejía, fueron las descargas que cerraron formalmente el experimento imperial francés en América.

 Más de 40,000 soldados franceses habían cruzado el Atlántico durante los 5 años anteriores para sostener el régimen imperial. Cientos de millones de francos de la tesorería del segundo imperio habían sido gastados en la operación y el resultado de toda esa inversión se reducía esa mañana a tres cadáveres en el cerro de las campanas.

 Tres hombres que habían sido los pilares del régimen imperial y que ahora yacían en la tierra, mientras los soldados de la República que los había derrotado, se preparaban para regresar a la Ciudad de México con el cuerpo del emperador embalsamado para su eventual repatriación aviena. Esta es la historia de como el ejército imperial francés, que había sido considerado en 1862, el más poderoso del mundo, fue derrotado entre 1864 y 1867 por los chinacos que sus generales habían descartado como ratas de sótano.

Es la historia del tratamiento específico que los franceses aplicaron a la guerrilla republicana durante los años de la ocupación y de cómo ese tratamiento produjo precisamente la radicalización que aceleró el colapso del régimen imperial. Es la historia del decreto negro de octubre de 1865, el documento que Maximiliano firmó autorizando la ejecución sumaria de cualquier mexicano capturado con armas en la mano y que se convertiría dos años después en el específico instrumento legal que justificaría su propia

ejecución cuando la situación se hubiera invertido. Y es la historia del asedio final de Querétaro entre marzo y mayo de 1867. Los 71 días durante los cuales el régimen imperial se redujo a una pequeña ciudad colonial en el centro del país y donde el destino del experimento imperial fue sellado por la combinación de la traición interna y el cerco republicano que ningún manual militar francés había anticipado adecuadamente.

Para entender lo que ocurrió en Querétaro, hay que entender primero qué tipo de guerra había estado peleando el ejército imperial francés desde 1862, porque la naturaleza específica de esa guerra determinó la forma final del colapso imperial. Cuando el ejército francés desembarcó en Veracruz en enero de 1862, sus oficiales habían sido entrenados para una guerra que México no iba a librarles.

 Habían estudiado en Sansir y en la Ecol Militer los manuales de táctica que las experiencias europeas del siglo XIX habían producido. Conocían los principios de la guerra napoleónica adaptados al combate moderno. Sabían cómo desplegar columnas de infantería, cómo coordinar la artillería con los movimientos de la caballería, cómo conducir asedios formales contra fortificaciones permanentes, cómo enfrentar batallas campales contra ejércitos regulares enemigos, lo que no sabían, lo que sus instructores nunca les habían enseñado, porque la doctrina

militar francesa del periodo no contemplaba la posibilidad de que sería relevante. cómo conducir operaciones sostenidas contra una guerrilla descentralizada que operaba con apoyo popular en territorio que conocía mejor que sus invasores. La guerrilla republicana mexicana, que los franceses despreciativamente llamaban los chinacos, era exactamente ese tipo de fuerza que la doctrina francesa no había previsto.

 La palabra chinaco había aparecido durante las guerras de reforma como término despectivo para los liberales rurales que peleaban con tácticas irregulares contra los conservadores. Para 1864, después de 2 años de ocupación francesa, la palabra había adquirido un significado más específico. Designaba a los hombres que peleaban contra la intervención francesa desde los caminos rurales y los bosques.

 hombres que llevaban a menudo la indumentaria del trabajador del campo en lugar de uniformes militares formales que iban armados con la combinación de fusiles capturados y armas tradicionales como machetes y lanzas y que operaban en pequeños grupos sin estructura jerárquica formal, pero con coordinación que los servicios de inteligencia franceses no lograban identificar.

 Las descripciones específicas que los oficiales franceses producían de los chinacos en sus informes a París reflejaban la incomprensión específica que su formación profesional les imponía. describían a los chinacos como bandidos, como ladrones que aprovechaban el caos de la guerra para robar ganado y asaltar diligencias, como desertores del ejército regular, que no tenían el coraje de pelear en formación, como cobardes que huían al primer contacto con tropas francesas y que reaparecían posteriormente en otros lugares para

hostigar a las patrullas más débiles. Esas descripciones contenían elementos verdaderos, pero estaban estructuradas de tal manera que ocultaban el hecho fundamental sobre los chinacos, que eran un ejército popular distribuido a lo largo de todo el territorio mexicano, sostenido por la complicidad activa de las poblaciones rurales y comandado por oficiales liberales que habían acumulado experiencia en las guerras de reforma anteriores.

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