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Juan Gabriel: Se Grabó en Secreto 40 Años… y la Verdad Salió 9 Años Después de Muerto 

Juan Gabriel: Se Grabó en Secreto 40 Años… y la Verdad Salió 9 Años Después de Muerto

El cuarto estaba a oscuras. Solo había un punto de luz pequeño, rojo, parpadeando despacio en una esquina junto a la ventana que daba al mar. Era el ojo de una cámara de video encendida y debajo en el suelo, ordenadas como ladrillos contra la pared, había cintas. Decenas de cintas de esas viejas que tú y yo todavía recordamos, amiga, las que se metían en la videocaetera con un golpe seco.

 Estaban etiquetadas con una letra apretada, nerviosa. El cuarto olía encierro, a aire acondicionado frío, a alfombra que llevaba demasiado tiempo sin que nadie abriera las ventanas. Y esa luz roja seguía ahí parpadeando sobre las cintas, como si llevara 40 años esperando que alguien por fin le diera al play.

 Ese departamento estaba en Santa Mónica, California, y el hombre que grabó todas esas cintas había muerto a unos metros de ahí en el piso de un baño, completamente solo, un domingo por la mañana de agosto. Se llamaba Alberto Aguilera Baladés, pero tú lo conocías por otro nombre. Tú lo escuchaste en el radio de tu cocina mientras lavabas los trastes.

 Tú lo viste en la televisión de tu sala las noches de domingo. Para ti casi era de la familia. Hoy te voy a contar la historia de Juan Gabriel, pero no la que ya escuchaste mil veces. No te voy a repetir lo del niño abandonado y ya. Te voy a contar algo distinto. Te voy a contar porque un hombre que se pasó la vida entera escondiéndose, ocultando quién era, negando, callando, esquivando cada pregunta que le hacían, un día agarró una cámara y se grabó a sí mismo durante 40 años en secreto, para que algún día, cuando él ya no pudiera ser castigado

por nada, alguien encontrara esa cinta y supiera la verdad. Y esa verdad salió. Salió en noviembre de 2025, 9 años después de que lo enterraran. Y lo que esas cintas dijeron dejó callado a México entero. Hoy vas a entender tres cosas que nadie te explicó bien. La primera, porque el gobierno de México perdió, así como lo oyes, perdió el expediente de la cárcel donde lo encerraron sin pruebas.

 La segunda, ¿qué pasó con el albergue de niños huérfanos que él mismo levantó con su propio dinero? ¿Y por qué terminó con las ventanas rotas y los niños en la calle? Y la tercera, la que más duele, lo que confesó en esa cinta sobre lo que un hombre le hizo cuando tenía 13 años.

 Algo que se guardó 50 años, algo que ni siquiera pudo contar cuando tuvo la oportunidad. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes tienes que entender de dónde venía este hombre, porque nadie nace queriendo grabarse a sí mismo en secreto. A eso te empuja algo. Y Alberto lo empujó la primera institución que le falló, la primera de muchas. Parácuaro, Michoacán.

7 de enero de 1950. Alberto llega al mundo como el menor de 10 hermanos en una familia de campesinos que no tenía nada. Y digo nada de verdad. Su padre, Gabriel Aguilera, trabajaba la tierra de sol a sol y aún así no alcanzaba para llenar 10 bocas. Y entonces pasó lo que rompió a esa familia para siempre.

 El padre tuvo una crisis de la que no se recuperó. Terminó internado en un hospital psiquiátrico de la Ciudad de México y de ahí ya no salió como el hombre que entró. Unos dicen que murió ahí, otros que se escapó. La familia, en los hechos nunca supo que fue de él. El padre de Alberto desapareció de su vida cuando él era apenas un bebé.

No murió, simplemente dejó de existir para él. Guarda este detalle del padre que se borra, amiga, porque Alberto va a pasar el resto de su vida repitiéndolo sin darse cuenta. La madre, Victoria Baladés, se quedó sola con los hijos y sin un peso. Hizo lo que pudo. Empacó a los niños y se fue al norte, a Ciudad Juárez, a la frontera, donde había fábricas y casas grandes que necesitaban quien las limpiara.

 Y consiguió trabajo de sirvienta, de empleada del hogar. Guarda también esa palabra porque va a volver a aparecer en esta historia de una manera que te va a estremecer. Pero ni con eso alcanzaba. Con un niño chiquito de 5 años colgado de su falda, no se podía. Y V Dector tomó la decisión que marcaría todo.

 Llevó a Alberto, el más chico, a un internado del gobierno, la escuela de mejoramiento social para menores, un nombre bonito para algo que no lo era. Era el lugar donde el estado guardaba a los niños que las familias pobres ya no podían cargar. Le dijo que volvería pronto, que era temporal, que en cuanto se acomodara las cosas iría por él.

Fíjate bien en esto, porque aquí empieza todo. Alberto tenía 5 años cuando su madre lo dejó en esa puerta y la espera que vino después no se mide en días ni en semanas, se mide en años. El niño esperaba los domingos, que era el día de visitas. Veía como las familias llegaban por los otros niños, como se los llevaban un rato, como regresaban con un dulce o un juguete.

 Y él se quedaba parado en el patio mirando la reja, esperando una visita que casi nunca llegaba. ¿Y tú sabes que le hace eso a un niño de cinco, de se de 7 años? No le enseña que su mamá no lo quiere, le enseña algo peor. Le enseña que él hizo algo mal, que si se portara mejor, si fuera más bueno, si valiera más, alguien vendría por él.

[música] Y el niño que aprende eso a los 5 años se pasa el resto de la vida tratando de valer lo suficiente para que no lo vuelvan a dejar. A lo mejor tú conoces a alguien así, amiga, alguien que da y da y da, que necesita gustar. que no soporta que se enojen con él, que perdona lo que no se debe perdonar con tal de que no lo dejen solo.

 Muchas veces detrás de esa persona hay un niño parado frente a una reja esperando. Y déjame pedirte una cosa aquí mismo. Si conoces a alguien así o si tú misma fuiste alguna vez ese niño o esa niña que esperaba, suscríbete a este canal. No te lo pido por mí, te lo pido porque estas historias, las de la gente que el mundo decidió dejar esperando en una reja, solo se cuentan si hay alguien como tú del otro lado queriendo escucharlas.

Aquí no las dejamos olvidadas. Aquí decimos sus nombres en voz alta y hoy estamos diciendo el de Alberto. Pero en ese internado, en medio de todo ese abandono, pasaron dos cosas buenas, dos personas que le cambiaron el destino, una mujer que le dio un poco del cariño que su madre no le daba y un hombre llamado Juan Contreras.

Juan Contreras era maestro en el internado. Enseñaba un oficio ojalatería, trabajar el metal. Pero además sabía de música y vio en ese niño callado y triste algo que nadie más había visto. Le puso una guitarra en las manos, le enseñó a tocar, le mostró que ese dolor que cargaba adentro podía salir convertido en otra cosa, en una canción.

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