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50.000 MILLONES ROBADOS — CÓMO 3 HOMBRES del MINISTERIO de DEFENSA DEJARON 11 MI-17 En TIERRA

50.000 MILLONES ROBADOS — CÓMO 3 HOMBRES del MINISTERIO de DEFENSA DEJARON 11 MI-17 En TIERRA

Mientras los soldados se juegan la vida en la selva, 11 helicópteros Mi17 están parados como chatarra en Tolemaida, no por falta de repuestos, sino por un contrato sucio de 50,000 millones de pesos. Hoy tres hombres de confianza del Ministerio de Defensa están capturados, pero la pregunta es sencilla y duele.

¿Quién dejó que se robaran las alas del ejército? Bienvenidos a Historia Oculta. Antes de continuar, deja tu me gusta, suscríbete al canal y cuéntanos en los comentarios desde qué parte del mundo nos estás viendo. La historia de este escándalo no empezó ayer. Viene creciendo en silencio desde hace años, mientras muchos miraban para otro lado.

 Los helicópteros Mi-17 llegaron a Colombia como respuesta a una necesidad simple, pero dura. Mover hombres. Comida y ayuda en un país de montañas, selvas y trochas donde no hay carreteras y donde el estado solo se ve cuando pasa un aparato por encima. Son helicópteros rusos, grandes, resistentes, diseñados para aguantar carga pesada y climas difíciles.

 Para muchos soldados y pilotos, el Mi17 no es solo una máquina, es un compañero de guerra, una mula de carga con alas que siempre ha estado ahí cuando hace falta. Durante años, estas aeronaves cumplieron su tarea sin que casi nadie en las ciudades se preguntara por ellas. Despegaban de Tolemaida, cruzaban cordilleras, entraban al Catatumbo, al sur de Bolívar, al Chocó, al Cauca.

Llevaban raciones a los pelotones que llevaban meses en el monte. Traían de vuelta a los heridos y muchas veces a los muertos. En tragedias como inundaciones, incendios forestales y derrumbes, también eran ellos los que llegaban primero cuando el resto del país todavía estaba preguntando qué había pasado.

 Eran, en silencio, una de las herramientas más importantes para que el Estado pudiera decir, “Aquí estoy.” Pero las máquinas, como los cuerpos, se cansan. Cada helicóptero tiene un número de horas de vuelo que puede usar antes de necesitar mantenimiento mayor. No es un capricho, es seguridad. Si se vuela más de lo debido sin revisar motores, transmisiones, palas, la aeronave se vuelve un peligro para quienes van adentro.

 Por eso, cada cierto tiempo, los Mi17 tienen que entrar a mantenimiento profundo. Hay que desmontar piezas, cambiar partes, hacer pruebas. Eso cuesta plata y requiere empresas con experiencia real. No se puede improvisar. Un error en un tornillo, en un helicóptero, no es un error cualquiera. Puede costar vidas. Hasta hace algunos años parte de ese mantenimiento se hacía con firmas rusas autorizadas, pero el mundo cambió.

 La guerra en Ucrania, las sanciones internacionales y las restricciones a negocios con empresas rusas complicaron todo. Los contratos que antes eran rutinas se volvieron casi imposibles. Los papeles se demoraban, las autorizaciones no llegaban, las transferencias tenían trabas. Mientras tanto, en los hangares de Tolemaida, poco a poco, varios Mi17 fueron cumpliendo sus horas de vuelo sin poder entrar al gran mantenimiento que necesitaban.

 Primero fueron dos, luego cuatro, después siete. Para cuando muchos quisieron reaccionar, ya la mayoría de la flota estaba en tierra inoperativa. Oficialmente se dijo que la culpa era de la guerra y de las sanciones, que el país no podía contratar legalmente a la fábrica rusa encargada del mantenimiento, que había que tener paciencia, pero la paciencia no alimenta pelotones ni evacúa heridos.

y el ejército empezó a sentir el golpe. Con menos helicópteros disponibles, se redujeron los vuelos de abastecimiento y se priorizaron las misiones más urgentes. Algunos batallones empezaron a recibir la comida más espaciada. Otros tuvieron que esperar más tiempo para rotar a la tropa.

 Los oficiales al mando hacían malabares con lo que quedaba, pero era evidente que algo tenía que hacerse y rápido. Fue en ese contexto cuando el Ministerio de Defensa, ya bajo el gobierno de Gustavo Petro, decidió buscar una salida diferente. Si no se podía contratar con los rusos, había que mirar hacia otro lado. Apareció en el mapa una empresa llamada Bertol Systems Company con sede en Estados Unidos.

ofrecía hacerse cargo del mantenimiento y recuperación de parte de los helicópteros M17 de Colombia. Sobre el papel parecía una opción, una compañía con experiencia en transporte aéreo que había trabajado con gobiernos extranjeros que aseguraba conocer el modelo de helicóptero. El contrato que se empezó a estructurar tenía un valor cercano a los 32 millones dó unos 50,000 millones de pesos.

 Era una cifra enorme, pero muchos decían que valía la pena. Al fin y al cabo, se trataba de devolverle la vida a la flota que sostiene a los soldados en la selva. En los documentos se hablaba de poner nuevamente en condiciones de vuelo varios helicópteros, de entregar repuestos, de hacer trabajos de taller que el país no podía hacer solo.

Sonaba como la tabla de salvación para la aviación del ejército. Sin embargo, dentro del mismo proceso de contratación ya empezaron las dudas. El Comité evaluador del Ministerio en un primer momento no habría recomendado a Vertol Systems como la mejor opción. Había observaciones sobre su experiencia específica en Mi17, sobre sus capacidades reales, sobre la manera en que se acreditaban sus antecedentes.

Se hablaba de certificados que no convencían a todos, de documentos que parecían más maquillaje que prueba. Aún así, algo cambió en el camino. Entre septiembre y octubre de 2024, los términos del proceso se modificaron de manera que terminaron favoreciendo a esta empresa, pese a las objeciones iniciales. En esas modificaciones aparece un nombre clave, el coronel Julián Ferney Rincón Ricaurte, comandante de la brigada de aviación 32 del Ejército.

Él actuaba como gerente del proyecto de mantenimiento del 2017 y en esa calidad habría participado en prórrogas para la presentación de ofertas. En cambios a los estudios previos y en la presentación de certificaciones a favor de Bertol Systems, que según las investigaciones no tenían soporte suficiente. En palabras simples, dio el visto bueno a una empresa cuya capacidad real estaba en duda y ayudó a que quedara con el contrato.

No estaba solo. En la parte civil del Ministerio de Defensa también se movían fichas. La Secretaría General, a cargo en ese momento de Hugo Alejandro Moraayo y la Dirección de Proyección de Capacidades e Innovación, donde trabajaba como asesor Diego Alejandro Mandique, tuvieron papel en la estructuración y aprobación del negocio.

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