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Un hermano roba en secreto la fortuna familiar y ahora ambos están atrapados en la misma mansión de Barcelona

Un hermano roba en secreto la fortuna familiar y ahora ambos están atrapados en la misma mansión de Barcelona

Parte 1

La mansión de los Rovira estaba en una de esas calles de Barcelona donde los árboles parecían llevar más años cotilleando que los propios vecinos. Era una casa enorme, con fachada modernista, balcones de hierro forjado, una puerta de madera tan pesada que cada vez que se cerraba sonaba como si alguien hubiera tomado una decisión irreversible, y un jardín delantero donde las buganvillas crecían con la dignidad exagerada de una señora de Sarrià que nunca ha esperado turno en la carnicería.

Marcos Rovira no había pisado aquella casa desde hacía casi dos años.

No porque no quisiera. Bueno, también porque no quisiera. Pero sobre todo porque allí todo olía a su padre: a colonia antigua, a tabaco de pipa que ya nadie fumaba, a café fuerte, a discusiones de domingo y a esa mezcla de barniz y humedad noble que solo tienen las casas donde una lámpara puede valer más que un coche.

Cuando metió la llave en la cerradura, notó que le temblaba la mano.

—Venga, Marcos —se dijo en voz baja—. Tienes treinta y ocho años. Has sobrevivido a tres mudanzas, a una ex que hacía crossfit emocional y a una comunidad de vecinos con grupo de WhatsApp. Puedes entrar en una casa.

Giró la llave.

La puerta cedió con un quejido largo, dramático, casi teatral.

—Ya estamos —murmuró—. Ni la casa sabe hacer algo sin montar una escena.

Dentro, el vestíbulo seguía igual. El suelo hidráulico dibujaba flores geométricas en azul y crema. La escalera principal subía con arrogancia hacia la segunda planta. En la pared, el retrato del bisabuelo Rovira observaba a todo visitante con cara de haber inventado el concepto de “no me decepciones”.

Marcos dejó la maleta junto al perchero.

—Hola, abuelo. Sí, ya sé que vengo con zapatillas. Denúnciame.

Avanzó hacia el salón principal, esperando encontrar silencio, polvo y quizá algún fantasma familiar con ganas de reprocharle algo. Lo que no esperaba encontrar era a su hermano mayor sentado en el sofá de terciopelo verde, con una taza de café en la mano y el aspecto de quien llevaba allí no cinco minutos, sino toda la vida.

Álvaro Rovira levantó la mirada.

Durante un segundo, ninguno dijo nada.

 

Álvaro tenía cuarenta y cinco años, camisa blanca impecable, jersey azul marino sobre los hombros y una barba perfectamente recortada que parecía necesitar cita previa. Siempre había tenido ese aire de hombre solvente, serio, de los que saben qué vino pedir aunque solo quieran cenar tortilla. De pequeño, cuando rompían algo, Marcos lloraba y Álvaro ya estaba redactando una explicación convincente.

—Marcos —dijo Álvaro.

—Álvaro.

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