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La increíble traición entre dos hermanas por una lujosa finca en Andalucía tras aparecer un documento oculto

La increíble traición entre dos hermanas por una lujosa finca en Andalucía tras aparecer un documento oculto

PARTE 1

La finca se llamaba La Marquesita, aunque en la familia nadie tenía claro si el nombre venía de una antigua marquesa, de una yegua muy fina que había tenido el bisabuelo o de la tendencia de la abuela Remedios a ponerle nombres de nobleza a todo lo que no sabía cómo llamar. A un gato cojo lo llamó Don Pelayo, a una batidora que sonaba como una moto vieja la llamó La Duquesa, y al olivar familiar, que tenía más piedras que aceitunas cuando venía un mal año, le puso La Marquesita, como si aquello fuera Versalles con albero.

Estaba a las afueras de Carmona, mirando hacia un paisaje de olivos, tierra seca, cigarras y una casa blanca con tejas viejas que al atardecer parecía sacada de una postal turística. Claro que la postal no enseñaba las goteras del cuarto de los aperos, ni el termo que se apagaba cada vez que alguien se duchaba más de siete minutos, ni el gallo del vecino, que cantaba a las cuatro y media de la mañana con la seguridad de un funcionario que ficha antes que nadie.

Carmen, la hermana mayor, llevaba toda la semana repitiendo lo mismo:

—Esto hay que arreglarlo con cabeza. Con cabeza y con papeles.

Su hermana menor, Lola, respondía siempre igual:

—Carmen, tú lo quieres arreglar todo con papeles. Un día te van a invitar a una boda y vas a pedir el certificado de alegría.

—Pues si lo pidieran, habría menos divorcios —contestaba Carmen.

Carmen tenía cincuenta y dos años, una permanente discreta, gafas colgadas del cuello y una forma de mirar las cosas como si todas escondieran una deuda pendiente. Era de esas personas que, al abrir un cajón, no buscaban lo que necesitaban, sino que investigaban. Si en la cocina había una factura de luz de hacía tres años, Carmen la encontraba, la doblaba, la clasificaba y decía:

—Esto no se tira, que luego vienen los disgustos.

Lola, en cambio, tenía cuarenta y seis, el pelo suelto, las uñas pintadas de colores que Carmen llamaba “de discoteca de carretera” y una manera de entrar en cualquier habitación como si acabara de llegar tarde a una fiesta pero trajera aceitunas para todos. Lola no archivaba. Lola amontonaba. Lola no recordaba fechas, recordaba olores, canciones y quién había llorado en qué Navidad.

Las dos habían heredado La Marquesita tras la muerte de su madre, Rosario, una mujer de carácter fuerte, lengua afilada y corazón escondido detrás de una capa gruesa de “a mí no me vengas con tonterías”. Rosario había dejado dicho, según creían todos, que la finca era para las dos hermanas “a partes iguales, y que no me monten un circo cuando yo no esté, que ya bastante circo tengo yo con San Pedro si me deja entrar”.

Eso lo había repetido la madre mil veces, tantas que nadie pensó que hiciera falta buscar más. La finca era de las dos. Una mitad para Carmen, otra mitad para Lola. Lo normal. Lo justo. Lo razonable.

Hasta que apareció el documento.

La mañana empezó con calor. No un calor cualquiera, sino ese calor andaluz que no se limita a estar, sino que participa. Se mete en la ropa, en las conversaciones, en el humor y hasta en la paciencia. A las diez de la mañana, Carmen ya estaba sudando con dignidad en el salón grande de la finca, abriendo cajas antiguas. Lola había llegado con una bolsa de churros, dos cafés y unas gafas de sol enormes.

—He traído desayuno —dijo Lola, dejando la bolsa sobre una mesa de madera que había pertenecido a la abuela.

—Estamos ordenando papeles, Lola, no celebrando la Feria.

 

—Precisamente por eso. Los papeles entran mejor con azúcar.

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